Las razones por las cuales un analista puede no hacer lugar a una demanda de análisis no son todas del mismo estatuto. Algunas son técnicas o de encuadre, otras éticas, otras tienen que ver con la posición subjetiva del analista y otras con el hecho de que no toda demanda constituye, en ese momento, una demanda analizable.
He escuchado, en algunos espacios, como el “deseo del analista” termina degradado a una consigna superyoica del tipo “tenés que poder alojar cualquier demanda”, y eso va bastante en contra de la lógica misma del análisis. Por eso, en esta entrada, vamos a hacer ciertas distinciones.
Lo primero que conviene despegar es que no recibir una demanda no equivale necesariamente a “rechazar a un sujeto”, o sea, no tomar un caso no es lo mismo que desentenderse del padecimiento del otro.
Acá el punto no es sólo “el profesional que no sabe” sino no forzar un encuadre donde el analista no está en condiciones de sostener una dirección de la cura. No tomar un caso por estas razones puede ser incluso una posición ética: no usar al paciente para suplir una falta propia.
- imposibilidad horaria radical;
- imposibilidad de sostener frecuencia, modalidad o condiciones básicas del tratamiento;
- pedido de un dispositivo incompatible con el modo de trabajar del analista;
- condiciones económicas que no pueden resolverse sin que eso haga estallar el encuadre.
No digo que esto se decida de manera rígida o burocrática, muchas veces se conversa de acuerdo a lo que va surgiendo en las sesiones. El asunto es considerart que lo ofrecido por uno y lo que el otro necesita o demanda no sean compatibles.
Acá ya entramos en un terreno más sutil, que no se trata de “no me cae bien” ni de “este caso me complica”, sino cuando el analista advierte que no puede ofrecer una escucha suficientemente despejada con ese sujeto. Los puntos ciegos del analista también pueden producir un punto de implicación, fascinación, rechazo, identificación o captura que hace pensar que esa transferencia no podrá ser trabajada sino actuada. También, el caso puede tocar un punto del analista de una manera tal que no le permite ocupar la función.
En estos casos, el análisis personal del analista y la supervisión intentan superar estos impasses. El deseo del analista no consiste en sobreponerse heroicamente a toda limitación personal. A veces la posición ética es precisamente advertir: “No estoy pudiendo escuchar esto sin quedar demasiado tomado” y hacer algo al respecto.
Pongamos en cuestión el uso defensivo del ideal del “deseo del analista” que empuja a creer que un analista “de verdad” debería poder con todo. Un analista no deja de estar dividido, la ética no implica negarlo, sino saber leer cuándo esa división compromete la práctica.
Con fines prácticos yo me preguntaría:
- ¿El obstáculo es analizable dentro de la transferencia? (que puede trabajarse en supervisión, en análisis propio, etc.);
- o bien ¿El obstáculo es tal que vuelve inconveniente o imprudente tomar el caso?
No siempre es fácil diferenciarlo, pero la distinción importa.
Hay situaciones donde no conviene tomar un caso porque el analista ya ocupa otro lugar en la vida de esa persona o de su entorno. Entonces, nos metemos en el terreno del conflicto de intereses, el doble vínculo y imposibilidad de neutralidad relativa.
Es bastante difundido que no es nada recomendable analizar familiares, amigos, colegas, alumnos, personas con las que hay un vínculo previo fuerte. Esto también aplica a situaciones donde el analista tiene un interés personal, económico o institucional comprometido con su paciente o los casos donde la confidencialidad o la asimetría del dispositivo quedan comprometidas.
En todos estos casos, el lugar analítico queda demasiado contaminado por otros lazos.
No toda consulta es, en acto, una demanda de análisis, aunque venga formulada como “quiero empezar terapia”. El ejemplo clásico la demanda está orientada a obtener una certificado (como el hombre de las ratas cuando consulta inicialmente a Freud), un aval, un informe para mejorar una situación judicial o una legitimación.
Además, no pocas veces al analista se lo llama a tomar partido en un conflicto familiar o de pareja, utilizándolo como testigo, aliado o juez.
Esto no quiere decir que esas demandas no puedan transformarse. Justamente para eso están las entrevistas preliminares. Pero puede ocurrir que, tras un primer trabajo, el analista advierta que no hay allí una pregunta por la propia implicación ni posibilidad de instalar el dispositivo analítico, al menos en ese momento. Entonces no sería tanto “rechazo del paciente” como constatación de que no hay, por ahora, condiciones de analizabilidad.
Este punto es muy importante clínicamente. Hay consultas donde los tiempos del análisis se ven eclipsados por otra temporalidad: la actual. En estos casos, el análisis no puede tener lugar porque la prioridad es otra. Es el caso del riesgo suicida agudo, el brote psicótico o desorganización severa, el consumo problemático en fase crítica, la violencia actual grave y la necesidad de evaluación psiquiátrica o de intervención interdisciplinaria urgente.
Eso no implica que el psicoanálisis “no sirva” ahí; implica que la entrada no puede ser ingenuamente analítica, como si bastara con ofertar asociación libre y escucha. A veces el gesto clínico responsable es derivar, armar red, pedir interconsulta, o posponer la entrada en análisis hasta que algo de la urgencia esté mínimamente anudado.
Este me parece un motivo importante bastante extendido, lo mismo que poco admitido. Son los casos donde el paciente representa más un medio de subsistencia o como unidad de análisis para investigar algo.
De esta manera, a veces un analista podría tomar un caso por necesidad económica desesperada, por narcisismo (“este caso me interesa”, “yo sí puedo con esto”) u omnipotencia. En este último caso, aparece la dificultad para tolerar no ser elegido o no ser necesario o por dificultad para derivar.
En este terreno, no tomar el caso puede ser una forma de no servirse del paciente para resolver algo propio. Es decir, una negativa puede ser más ética que una aceptación.
El deseo de analista no es un mandato de admisión universal, sino una brújula para interrogar desde dónde se acepta o se rechaza una demanda.
La respuesta del analista no quedar gobernada por su ideal de ser “buen analista”, su culpa, su narcisismo, su afán de curar, su necesidad económica, su rechazo imaginario o su comodidad.
No hay deber analítico de tomar todos los casos. Sí hay deber ético de responder por qué uno toma o no toma un caso, y de hacerlo del modo más responsable para ese sujeto.
Esta cuadrícula me parece útil porque saca la cuestión del binario moral “buen analista / mal analista”.
En realidad, el problema no es si el analista “quiere” o “no quiere” tomar a alguien, sino qué lugar le ofrece a esa demanda.
La demanda puede ser escuchada, pero eso no implica que el analista deba responderle siempre con un “sí, empiece conmigo”. A veces la operación analítica inicial consiste justamente en no responder a la demanda en el nivel en que se presenta, lo que puede incluir justamente no tomar el caso.
Desde ahí, “deseo del analista” no sería una obligación de disponibilidad total, sino la posibilidad de no quedar capturado por el ideal de asistencia ilimitada, la fascinación por el caso, la identificación con el salvador o la evitación neurótica de decir que no.
En ese sentido, hasta podría decirse que saber no tomar un caso también forma parte del acto clínico, siempre que esa decisión esté orientada por la responsabilidad y no por la comodidad o el prejuicio.
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