La neurosis puede resultar profundamente agotadora. Desde una perspectiva psicoanalítica, ese agotamiento no constituye un fenómeno accesorio, sino que forma parte de la lógica misma de la defensa.
En los primeros desarrollos de Freud, la represión ya aparece organizada en dos tiempos. En un primer momento, se produce el esfuerzo por desalojar de la conciencia una representación que se ha vuelto conflictiva. Sin embargo, la operación no concluye allí. Una vez instaurada la represión, se hace necesario un segundo trabajo, permanente, destinado a sostenerla, defendiendo al aparato psíquico frente al eventual retorno de aquello que ha sido reprimido.
Siguiendo esta orientación, pero llevándola un paso más hacia la dimensión estructural, puede afirmarse que el mantenimiento de la neurosis exige un trabajo continuo. Se trata de una actividad psíquica destinada a sostener un cierto "no ver", un "no enterarse", que preserva al sujeto del encuentro con aquello que la neurosis intenta mantener a distancia. En este sentido, la neurosis funciona como una barrera frente a lo económico, es decir, frente a la irrupción de aquello que adquiere un carácter traumático por exceder las posibilidades de ligadura.
Desde esta perspectiva, el cansancio neurótico puede entenderse como el efecto acumulativo de todas las estrategias que el sujeto pone en marcha para sostener esa defensa. Los síntomas, las inhibiciones e incluso muchas de las modalidades del pensamiento participan de ese trabajo constante cuyo objetivo consiste en preservar la ilusión de un Otro completo, consistente y garante del sentido.
El mantenimiento de esa ilusión exige, correlativamente, que el sujeto permanezca sin advertir aquello que la pondría en cuestión. Por eso Lacan distingue distintos niveles de respuesta frente a este impasse estructural y llega a caracterizar el fantasma como una especie de campamento. La imagen resulta particularmente elocuente: el sujeto se instala en las inmediaciones de la castración del Otro, pero sin atravesar definitivamente ese límite. El fantasma ofrece un lugar relativamente estable desde el cual bordear la falta sin confrontarse plenamente con ella.
En esta lógica, el cansancio deja de ser únicamente un estado afectivo para convertirse en el índice del trabajo permanente que requiere la defensa neurótica. La distracción, el rodeo y las múltiples estrategias destinadas a evitar el encuentro con la falta no son operaciones gratuitas: comprometen al cuerpo y demandan una inversión constante de energía. El agotamiento neurótico expresa, precisamente, el costo subjetivo de sostener una defensa que nunca puede relajarse por completo, ya que debe renovarse una y otra vez frente a la insistencia de aquello que retorna.
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