En nuestro encuentro anterior señalamos la diferencia fundamental que Lacan establece entre la función del analista, su posición e incluso su presencia en la cura, y la persona que circunstancialmente ocupa ese lugar.
Lacan lleva esta distinción hasta sus últimas consecuencias, particularmente porque pudo advertir, en los comienzos de su enseñanza pública, los efectos clínicos derivados de aquellas concepciones que no lograban mantener separadas ambas dimensiones. Su crítica se dirigió especialmente a las corrientes posfreudianas que tendían a situar al analista dentro del eje imaginario, es decir, en una relación directa con el yo (moi) del paciente.
Desde esta perspectiva, el trabajo analítico quedaba centrado en lo que se denominó la “esfera libre de conflicto del yo”, orientándose hacia el fortalecimiento de las funciones yoicas y la adaptación a la realidad. Para Lacan, semejante orientación desconoce la dimensión propia del sujeto del inconsciente, dirigiéndose exclusivamente al moi y permaneciendo, por ello mismo, en el registro de lo imaginario.
La consecuencia de esta concepción es que la cura queda orientada hacia alguna forma de complementariedad o síntesis: la obtención de un objeto considerado adecuado, el logro de una integración armónica o la consolidación de una relación más adaptada con la realidad. En este contexto, el analista corre el riesgo de convertirse en un modelo identificatorio, es decir, en aquel término con el cual el sujeto debería identificarse al finalizar el análisis.
Entendido de este modo, el analista pasa a encarnar una medida de la realidad y un criterio normativo a partir del cual evaluar la experiencia del sujeto. El análisis tendría entonces como horizonte la adquisición de una visión de la vida más ajustada a esa supuesta realidad objetiva representada por el analista.
Sin embargo, para Lacan, esta posición descansa sobre un presupuesto problemático: la idea de que la neurosis constituiría una lectura equivocada de la realidad. Ahora bien, sostener que existe una lectura errónea implica asumir que podría existir otra correcta, transparente y libre de malentendidos. Precisamente contra esta ilusión se dirige la crítica lacaniana, en la medida en que el sujeto está estructuralmente atravesado por el lenguaje y, por lo tanto, no hay acceso a una realidad que se encuentre exenta de mediaciones simbólicas ni de equívocos.
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