Frente a ciertos discursos dominantes —e incluso hegemónicos— que caracterizan el lazo social contemporáneo, resulta pertinente interrogar hasta qué punto la operación del Nombre del Padre conserva su vigencia.
En “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, Lacan señala una particularidad de su época que consiste en una progresiva declinación de la estructura edípica. El Edipo declina allí donde determinada configuración del Otro debilita aquello que denomina “el sentido de la tragedia”.
¿En qué consiste este sentido de la tragedia? Debe entenderse como la centralidad que ocupa el deseo en una determinada estructura simbólica. La tragedia no designa aquí únicamente un género literario, sino una organización específica de las relaciones entre el sujeto, el deseo, el destino y la ley. Se trata de una escena estructurada según una lógica particular, en la que distintos personajes encarnan posiciones que permiten leer la articulación entre mandatos, filiación y deseo. Lacan encuentra inicialmente este modelo en la tragedia de la Grecia clásica.
Sin embargo, también recurre a la tragedia moderna, especialmente a la obra de Claudel, para mostrar de qué manera la figura paterna pierde progresivamente la consistencia que poseía en las configuraciones tradicionales. La trilogía de Claudel ofrece un escenario privilegiado para pensar esta transformación. No obstante, es fundamental precisar que Lacan habla de una declinación de lo edípico y no de una desaparición de la castración.
Esta distinción resulta decisiva. El complejo de Edipo constituye el entramado significante dentro del cual operan tanto la función paterna como el deseo materno. La castración, en cambio, designa una operación simbólica cuyo agente es el significante del Nombre del Padre. Es a esta operación a la que Lacan atribuye una función de anudamiento, en tanto constituye el punto a partir del cual el sujeto puede encontrar una referencia que le permita orientarse y sostener determinadas identificaciones.
Desde esta perspectiva, la vigencia del Nombre del Padre no depende necesariamente de la permanencia intacta de las formas edípicas tradicionales. Lo decisivo es que continúe operando aquello que la castración introduce como límite y como punto de anudamiento subjetivo.
Sin embargo, dicha función no se realiza de manera automática. Para que el anudamiento tenga eficacia es necesaria la mediación del semblante. Es precisamente en este nivel donde la cuestión de la declinación adquiere toda su relevancia. La pregunta contemporánea no concierne tanto a la desaparición de la función paterna como a las transformaciones de los semblantes que históricamente permitían sostenerla. Por ello, la investigación sobre la vigencia del Nombre del Padre exige interrogar las modalidades actuales a través de las cuales esa función puede aún encarnarse y producir efectos en la constitución subjetiva.
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