lunes, 31 de agosto de 2026

¿Cómo intervenir ante el silencio del paciente?

 «Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico» (1912) es fundamental para comprender qué hace el analista cuando el paciente no produce material. Freud no concibe la tarea del analista como la de producir material para que la sesión continúe. Por lo tanto, cuando el paciente queda en silencio, el analista no debería apresurarse a introducir material propio para evitar el vacío.

Freud no propone una «técnica para hacer hablar» al paciente. La abstinencia del analista también implica tolerar que no haya inmediatamente una ocurrencia comunicada.

Por otra parte, en «Sobre la iniciación del tratamiento» (1913) Freud introduce la cuestión de cómo el paciente puede sustraerse a la regla fundamental.

Hay distintas formas de hacerlo y una de ellas es hablar de la cura fuera de la cura. Freud describe al paciente que conversa con un amigo íntimo (hoy una IA) y coloca allí los pensamientos que estaban destinados a aparecer en presencia del médico. La cura queda entonces con una especie de «avería» por donde se escapa justamente lo mejor. 

Freud muestra que la inhibición de la palabra dentro de la sesión no necesariamente significa ausencia de material. Puede haber material, pero el paciente está evitando ponerlo en juego en el dispositivo analítico.

Y Freud responde de una manera muy precisa: debe tomar lo dicho antes o después y reintroducirlo en la cura.

Por eso este texto agrega una distinción: no hablar ≠ no tener nada que decir.

En «Recordar, repetir y reelaborar» (1914), Freud describe exactamente la situación:

«A menudo, tras comunicar a cierto paciente [...] la regla fundamental del psicoanálisis, y exhortarlo luego a decir todo cuanto se le ocurra, uno espera [...] que no sabe decir palabra. Calla, y afirma que no se le ocurre nada.»

Y esto se articula con la famosa tesis de ese texto: el paciente no recuerda lo reprimido, sino que lo actúa.

La repetición sustituye al recuerdo. Por eso el silencio puede ser una modalidad de actuación de lo reprimido. El silencio puede ser una formación producida en el lugar mismo donde la palabra encuentra su límite.

Pero, ¿qué lugar ocupa el silencio en la relación transferencial? ¿Cómo intervenir?

En ciertos momentos de su enseñanza, Lacan señala que la presencia real del analista se vuelve especialmente palpable justamente cuando el analizante calla.

Hay dos referencias sobre esto “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1958) y el Seminario 11 (1964), capítulo X, “Presencia del analista”.

Lacan dice, en Escritos 2, p. 589 en la edición de Amorrortu.:

El sentimiento más agudo de la presencia del analista se obtiene cuando el sujeto se calla.

Uno podría pensar ingenuamente que el paciente se calla y como falta algo, el analista debe intervenir para que vuelva a hablar. Lacan plantea casi lo contrario: si el paciente se calla es porque la presencia del analista se vuelve más sensible.

Cuando desaparece la palabra del analizante, queda mucho más expuesto el lugar que ocupa el analista para ese sujetoEl silencio hace aparecer la pregunta: ¿Qué quiere el analista (con esa pregunta, por ejemplo)? ¿Qué espera de mi? ¿Por qué no habla?

Y esto es crucial porque el analista no responde ocupando ese lugar con explicaciones. Recordemos que en La dirección de la cura, Lacan había formulado los famosos “pagos” del analista. El analista paga con sus palabras, con su persona y con lo que Lacan llama su juicio más íntimo.

Respecto de la persona, dice que el analista la presta en la transferencia como soporte de los fenómenos que allí se producen.

Además, en el capítulo X del Seminario 11, titulado precisamente “Presencia del analista”, dice:

La propia presencia del analista es una manifestación del inconsciente.

Y luego:

La presencia del analista [...] debe incluirse en el concepto de inconsciente.

(Seminario 11, pp. 131-133)

Esto significa que el analista no está fuera de aquello que está ocurriendo en el inconsciente durante la sesión. En el silencio del paciente, lo que aparece es "la presencia real del analista", que implica necesariamente la aparición del fantasma del paciente.

Theodor Reik En Listening with the Third Ear: The Inner Experience of a Psychoanalyst (1948), Reik plantea que el analista debe aprender a escuchar más allá de las palabras y del silencio.

La “tercera oreja” tiene una doble dirección:

  • escucha lo que el paciente dice;
  • escucha lo que el paciente no dice pero siente y piensa;
  • y, simultáneamente, escucha lo que ocurre dentro del propio analista.

El analista escucha sus propias resonancias internas producidas por el encuentro con el paciente, lo cual no implica desarrollar una especie de “superoído” para detectar significados ocultos. Reik llega a describir esto como una especie de diálogo inconsciente: “drive-to-drive talk”. Es decir, una comunicación que no pasa necesariamente por el intercambio consciente de palabras.

En el capítulo “In the Beginning is Silence”, desarrolla la cuestión del silencio. Para Reik, el silencio del paciente puede comunicar. La "tercera oreja" es ir más allá de de que el paciente no dice nada (primera oreja), el tono, la pausa, la respiración, la postura, el modo en que fue pronunciado (segunda oreja). Con "la tercera oreja" el analista escucha lo que ese silencio despierta en él mismo.

Por ejemplo, una sensación de aburrimiento, irritación, urgencia por hablar, ganas de tranquilizarlo, sensación de ser rechazado, etc. Para Reik, esas resonancias internas no son ruido que haya que eliminar inmediatamente. Pueden formar parte del material mediante el cual el analista capta la comunicación inconsciente del paciente.

No obstante, Reik confió mucho en la intuición y en la resonancia inconsciente del analista y Lacan lo criticó especialmente. En el Seminario 11, cuando habla de Reik y de Listening with the Third Ear, Lacan comentó críticamente la idea del “tercer oído”. Señaló que no se trata de que el analista tenga que “oír voces” o captar misteriosamente lo que está escondido.

Mucho de la crítica lacaniana se basa en criticar la idea de que el analista pueda ocupar la posición de quien sabe intuitivamente el significado oculto del paciente.

Lacan nos obliga a hacer una operación adicional: no tomar inmediatamente esa resonancia del analista como verdad sobre el paciente. Hay que preguntarse qué lugar ocupa esa resonancia dentro de la transferencia y cómo puede ser utilizada sin convertirla en una interpretación imaginaria.

Ese punto —Reik y la contratransferencia/intuición frente a Lacan y el deseo del analista— es probablemente donde se juega la diferencia teórica más interesante. 

¿Y qué hacemos entonces?

Correrse o retirarse un poco como analista. Se le pude decir al paciente que quizá no sea hoy el mejor día para ir por ahí, preguntarle entonces por dónde. Lacan desaconseja interpretar la transferencia (y por ende esta resistencia), sino sustraerse un poco y dejarle al paciente que diga cómo seguir. 

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