lunes, 28 de septiembre de 2026

¿Cómo no intervenir desde lo imaginario (cuando no es pertinente hacerlo)?

En la enseñanza de Lacan, lo Real, lo Imaginario y lo Simbólico son tres registros de la experiencia que permiten pensar de qué manera se constituye y se sostiene la realidad psíquica de un sujeto. Cada registro remite a una dimensión irreductible de la experiencia, pero ninguno funciona aisladamente: se encuentran enlazados y es precisamente ese anudamiento el que permite que un sujeto pueda habitar una realidad, relacionarse con otros y darse una cierta consistencia a sí mismo.

Lo Imaginario es el registro de las imágenes, las identificaciones y las formas en que el sujeto se reconoce y se desconoce, en una determinada representación de sí. Tiene una relación privilegiada con el cuerpo, con la imagen especular y con el semejante. El yo pertenece fundamentalmente a este registro: supone una cierta unidad, una forma reconocible, una continuidad que permite decir “yo soy este”. Pero esa unidad nunca es completamente propia, porque se constituye a partir de identificaciones y de imágenes que vienen del campo del Otro. Lo Imaginario introduce, así, tanto la posibilidad de una consistencia subjetiva como el terreno de la rivalidad, la comparación y las relaciones duales.

Lo Simbólico es el registro de la palabra, el lenguaje, las leyes, las diferencias y las estructuras que preceden al sujeto y en las que este queda inscripto. No se trata simplemente de “lo social” ni de un conjunto de símbolos que el individuo aprende, sino del orden significante que hace posible que algo pueda ser nombrado, diferenciado y articulado. El sujeto adviene en una red de significantes que ya estaba allí antes de su nacimiento y que continuará después de él. 

Por su parte, lo Real nombra aquello que no se deja absorber completamente por la imagen ni por el significante: aquello que resiste a ser simbolizado, que no puede reducirse a una representación y que puede irrumpir allí donde las coordenadas imaginarias y simbólicas no alcanzan. Por eso lo Real es, más precisamente, aquello que se presenta como un límite para la simbolización. 

Los tres registros adquieren su verdadera dimensión cuando se piensa su articulación: no hay sujeto sin ese entrecruzamiento de imagen, significante y aquello que permanece irreductible a ambos.

Hay que tener cuidado de no otorgarle una preponderancia a ninguno de los registros, especialmente si tenemos en cuenta la indicación de Lacan en el Seminario 2 acerca de cómo lo imaginario puede entorpecer la relación del sujeto con la verdad. Esto no significa que haya que prescindir de lo imaginario, sino, por el contrario, aprender a reconocer su funcionamiento para no quedar capturados por él. Una de las preguntas que podemos formular entonces es: ¿de qué manera podemos hacer uso de las imágenes para que el analista pueda advertir que se encuentra próximo al núcleo de aquello que organiza el padecimiento del sujeto?

Veamos un ejemplo. Un paciente dice: “Los ladrones son malos”. Estas palabras pueden estar funcionando predominantemente en el registro imaginario, más que como una articulación significante susceptible de ser desplegada. Supongamos que el analista toma la frase desde el sentido, e interviene desde su propia posición imaginaria: “Yo no creo que los ladrones sean malos”. El paciente responde: “Bueno, yo pienso así de los ladrones”. La intervención no produce demasiado movimiento. ¿Qué ocurrió? Se estableció una confrontación entre dos posiciones: la del paciente y la del analista. El sujeto se defiende, pero lo hace precisamente en el terreno en el que ha sido colocado: el de una opinión acerca de una imagen ya constituida.

¿Dónde podemos ubicar lo imaginario en esta escena? En principio, en la fijeza de la relación que se establece entre “ladrones” y “malos”. El verbo “ser” contribuye a presentar esa relación como una identidad estable: los ladrones son malos. Hay allí algo que adquiere la consistencia de una imagen, como si se tratara de una cualidad inherente al objeto. Pero justamente por eso conviene no quedarse en la imagen. Si suponemos que detrás de esa formulación hay algo que el sujeto intenta mantener a distancia, podemos pensar la defensa como un modo de organizar y ligar aquello que resulta traumático para el aparato psíquico. En este sentido, determinadas defensas —por ejemplo, las de carácter obsesivo, clasificatorio— pueden producir categorías rígidas que permiten mantener a distancia aquello que no ha podido ser elaborado.

En nuestro ejemplo podríamos suponer que al paciente le ocurrió algo con los ladrones. Pero no sabemos qué. Lo único que tenemos es una imagen ya organizada: “los ladrones son malos”. Si el analista responde desde esa misma dimensión imaginaria, corre el riesgo de quedar atrapado en ella. ¿Desde dónde intervenir, entonces? No se trata simplemente de discutir la cualidad atribuida al objeto, sino de interrogar aquello que quedó condensado en esa cualificación.

Cuando alguien dice “Los ladrones son malos”, en realidad todavía no sabemos qué quiere decir “malos”. A nivel especular, el emisor puede recibir del receptor su propio mensaje de manera invertida: “Los ladrones son malos” / “Sí, estoy de acuerdo” o “No, no me parece”. Pero en ninguno de los dos casos hemos avanzado demasiado. El receptor puede aceptar o rechazar la imagen, pero todavía no sabe qué es aquello de los ladrones que los hace “malos” para ese sujeto. Los que trabajan con el test de Rorschach están acostumbrados a encontrarse con este problema: durante la encuesta, una cualidad atribuida inicialmente a una percepción debe ser precisada, desplegada y traducida en sus determinantes.

En el análisis podemos hacer algo semejante: tomar aquello que quedó congelado en una imagen y ponerlo en relación con la historia del sujeto, para permitir que esa imagen se despliegue y pueda adquirir nuevas articulaciones significantes. Veamos otro posible desenlace:

—Los ladrones son malos.

—¿Qué sería “malos”?

—Y... se mandan cagadas, los agarran, los meten presos por años y dejan abandonada a su familia. ¡Son malos, desconsiderados con su familia!

Aquí comienza a aparecer algo que antes no estaba disponible. “Malos” deja de ser una cualidad abstracta y empieza a desplegarse en una serie: hacer cagadas, ser agarrado, quedar preso, abandonar a la familia. El analista tendría entonces mucho para abrir alrededor de esos significantes: “hacer cagadas”, “que lo agarren”, “estar preso”, “abandonar” y “ser abandonado”. Ya no se trata de decidir si los ladrones son buenos o malos, sino de escuchar qué se pone en juego para ese sujeto cuando dice que alguien es “malo”. Allí donde parecía haber solamente una imagen, comienza a aparecer una cadena significante.

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