La presencia del prefijo psí en los términos «psicología» y «psicoanálisis» podría llevarnos a suponer que ambos comparten un mismo campo clínico. Sin embargo, esta proximidad etimológica no alcanza para establecer una pertenencia común. Más aún, resulta discutible que el inconsciente, uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis, pueda ser situado sin más dentro de la esfera de lo psíquico. La articulación del inconsciente con el cuerpo a través de la pulsión introduce una ruptura decisiva respecto de cualquier perspectiva dualista que conciba al sujeto a partir de la oposición entre mente y cuerpo.
La diferencia tampoco se reduce a que el psicoanálisis y las distintas corrientes psicológicas empleen conceptos diferentes. Se trata de una divergencia que alcanza a los fundamentos mismos de sus prácticas. Toda práctica clínica se sostiene en una determinada concepción de aquello sobre lo que opera, en las categorías con las que lo recorta y en los fines que orientan su intervención. Si una praxis se define, entre otras cosas, por los fundamentos conceptuales que la sostienen, entonces las diferencias entre psicología y psicoanálisis no son meramente terminológicas: implican modos distintos de concebir al sujeto, el padecimiento y la dirección de la cura.
Hay, en este sentido, un punto crucial que permite situar la diferencia.
La psicología tiene como horizonte orientador la unidad del sujeto. Es lo que Lacan señala en «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo», cuando sitúa la psicología del yo en relación con una concepción unificante del sujeto. Desde esta perspectiva, aquello que se encuentra en el centro de la práctica es el yo o alguna función susceptible de operar como instancia de síntesis, integración o adaptación.
El psicoanálisis parte de una posición radicalmente diferente. Su praxis se dirige a un sujeto en la estricta medida en que éste se encuentra dividido por efecto del significante. El sujeto del psicoanálisis no es, entonces, una unidad que la práctica debería recuperar, fortalecer o reconstruir. Es, por estructura, un sujeto dividido, cuya palabra puede decir más —o incluso otra cosa— de aquello que conscientemente pretende decir.
Por eso, allí donde una perspectiva psicológica puede encontrar como horizonte la restitución de una cierta unidad del sujeto, el psicoanálisis sostiene precisamente aquello que impide esa totalización. No se trata de conducir al sujeto hacia una versión más integrada de sí mismo, sino de alojar las consecuencias de su división y hacer posible que algo de esa división pueda ser escuchado.
Esta diferencia modifica radicalmente la posición del clínico. Si el sujeto no es una unidad previa que pudiera ser conocida, evaluada y eventualmente restituida, el analista tampoco puede ubicarse simplemente en el lugar de quien sabe quién es ese sujeto ni de quien posee los recursos necesarios para conducirlo hacia una determinada forma de normalidad o equilibrio.
El psicoanálisis se dirige, entonces, no al sujeto concebido como una totalidad psicológica, sino al sujeto que emerge allí donde el significante introduce una división. Y es precisamente por esto que su práctica no puede reducirse a una corriente más dentro del campo de la psicología: no se trata simplemente de otra manera de explicar lo psíquico, sino de una praxis fundada en una concepción diferente del sujeto.
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