jueves, 15 de octubre de 2026

¿Erotomanías o locuras de amor? Distinciones clínicas e intervención

Hace unos (cuantos) años tuvo lugar la conferencia de Élida Fernandez sobre el tema de la erotomanía y qué pasaba cuando los amores enloquecen.

Más allá del caso de la erotomanía, en las consultan sobran casos de personas que insisten en una determinada relación, aún teniendo basta información de que esa persona no les corresponden. Pueden decir, por ejemplo "Ya sé que él dijo que no quiere tener nada conmigo, pero quizá cambie".

Aclaremos de entrada que no toda persistencia amorosa frente al rechazo es erotomanía en sentido estricto y que tampoco toda persistencia puede reducirse a una dificultad para aceptar la realidad.

La erotomanía clásica y el problema de ampliar el concepto a "las erotomanías"

En la descripción clásica de Clérambault, la erotomanía se organiza alrededor de una convicción delirante: el otro ama al sujeto, generalmente de manera secreta o disimulada. La fórmula paradigmática es que el otro comenzó a amar primero, ama más o no puede dejar de amar. En la evolución clásica se describen fases de esperanza, despecho y rencor, aunque no deben tomarse como una secuencia invariable en todos los casos.

El punto decisivo es que, en esa configuración, el rechazo no funciona como una refutación eficaz de la certeza delirante. Puede ser reinterpretado como una prueba más del amor, como una estrategia para ocultarlo o como consecuencia de circunstancias externas.

En la clínica tenemos muchos pacientes que dicen saber que no soncorrespondidos. Si ese saber tiene un alcance efectivo y no es simplemente una concesión verbal, claramente estamos ante otra lógica.

Propongo distinguir, al menos inicialmente, dos problemas:

  • La certeza de ser amado: el sujeto sostiene que el otro lo ama, independientemente de lo que este manifieste. Es el caso de la erotomanía.

  • La imposibilidad de abandonar el lugar de quien ama: el sujeto puede admitir que no es amado, pero no logra o no quiere desprenderse de esa posición.

Locuras de amor
Nos interesa investigar qué sostiene la persistencia cuando el amor no es correspondido.

En la erotomanía, propiamente dicha, el paciente sostiene con certeza: «Me ama, aunque diga que no». El rechazo no conmueve estacerteza, sino que queda incorporado a ella. Puede significar que el otro oculta sus sentimientos, que alguien impide la relación o que las circunstancias le impiden declararse. El no del otro no opera como límite: se convierte en material para la construcción delirante.

Lo que nos ocupa en esta entrada, sin embargo, es la persistencia amorosa con reconocimiento del rechazo: «Sé que no me ama, pero no puedo dejar de amarlo». En estos casos, habría que preguntarse varias cosas:

Es una imposibilidad subjetiva que el paciente padece? ¿Una negativa a renunciar? ¿La expectativa de que el tiempo cambie al otro? ¿O el rechazo es reconocido intelectualmente, pero desmentido en sus consecuencias?

No alcanza para hablar de psicosis. Puede tratarse de una fijación fantasmática, de una modalidad neurótica de sostener el deseo o de otras configuraciones. La cuestión es qué función cumple ese amor en la economía subjetiva.

Un tercer caso podría ser la erotomanía de la espera: «Ahora no me ama, pero algún día lo hará»

El sujeto no necesariamente afirma que ya existe reciprocidad. Puede reconocer el rechazo actual y conservar una certeza o una esperanza absoluta respecto del futuro. La vida queda organizada alrededor de una promesa que no necesita cumplirse para seguir operando.

Acá hay que tratar de distinguir: 

1) la esperanza sostenida por el deseo, que tiene relación con la incertidumbre, la contingencia y la palabra del otro.

2) de una convicción delirante sobre el destino amoroso.

El amor como reivindicación: «Después de todo lo que hice por él, no puede rechazarme»

El centro deja de ser exclusivamente el amor y pasa a ser una deuda. El sujeto se presenta como quien dio, esperó, sacrificó o comprendió demasiado. El rechazo se experimenta como una injusticia que debe ser reparada.

Esta modalidad puede enlazarse con rasgos reivindicativos y, en determinadas configuraciones, con una evolución hacia el despecho y el rencor descriptos por Clérambault. Pero no todo reclamo amoroso constituye un delirio pasional.

Tratándose de una neurosis, en estos casos donde la deuda (y la culpa) están presentes, un análisis podría intentar situar el origen de esa deuda, más allá de lo que el paciente denuncia en su relato. Muy probablemente haya una historia de esa injusticia que se remonta a los Otros primordiales del paciente.

Finalmente, una de las variantes más interesantes desde el psicoanálisis podrían ser eaquellos casos donde el amor como sostén de una posición subjetiva: «Si dejo de amarlo, ¿qué queda de mí?» El sujeto puede saber que no hay reciprocidad y, sin embargo, conservar el amor porque esa posición organiza su identidad, su historia o su relación con la falta.

El amado puede funcionar como objeto inalcanzable, como soporte de un fantasma o como aquello que permite mantener el deseo sin afrontar otras elecciones. No se trataría necesariamente de que el sujeto no pueda perder al otro, sino de que perderlo implicaría perder también una determinada forma de ser.

Estas modalidades no son excluyentes ni equivalen a diagnósticos. Un mismo caso puede desplazarse de una a otra, y una conducta aparentemente idéntica puede responder a lógicas diferentes.

¿Sostener el deseo o abolir la falta?

En el caso de alguien que dice «sé que no me quiere, pero aun así lo amo», preguntaría qué ocurre con la falta en el Otro. El rechazo puede ser doloroso, pero también puede funcionar como un límite que mantiene abierto el deseo. El amado conserva su condición de objeto deseado precisamente porque no está disponible.

En otra configuración, en cambio, el sujeto no consigue reconocer que el Otro es un sujeto deseante, separado de él, cuyo deseo no está bajo su dominio. La negativa del otro no es una respuesta posible dentro del vínculo: es algo que debe explicarse, corregirse o neutralizarse.

Y hay una tercera posibilidad: el sujeto reconoce perfectamente la alteridad del amado, pero no puede abandonar la posición que ocupa respecto de él. Acá no necesariamente está en juego una falla en el reconocimiento del Otro; podría estar en juego la función del fantasma.

Por eso evitaría la fórmula general «no acepta la castración». Sería más productivo precisar qué operación está en juego: ¿el sujeto no admite que el Otro carezca de una respuesta que lo complete?, ¿no puede consentir a la pérdida de ese objeto?, ¿o necesita mantener un deseo insatisfecho para preservar determinada posición subjetiva?

Son preguntas distintas y conducen a direcciones de la cura diferentes.

¿Qué-hacer en la clínica?

Nos interesaba la paradoja de que el sujeto puede aceptar la realidad del rechazo y, sin embargo, no aceptar sus consecuencias subjetivas.

En el lenguaje cotidiano, decimos que alguien reniega de la realidad cuando se comporta como si no hubiera ocurrido algo que sabe que ocurrió. Pero conviene no hacer equivaler automáticamente esa expresión con la Verleugnung freudiana, ni con la forclusión lacaniana. Veamos las diferencias: 

Desmentida: «Sé que me rechazó, pero eso no puede ser toda la verdad». El sujeto admite el dato, pero restringe su alcance o sostiene otra posición frente a él.

Represión y retorno del deseo: el rechazo puede haber sido registrado, pero el deseo persiste y reaparece en fantasías, sueños, expectativas o actos que el sujeto no consigue gobernar. La persistencia del deseo no implica por sí misma una alteración del juicio de realidad.

Rechazo psicótico de la significación del acontecimiento: no se trata simplemente de que el sujeto desee a alguien que no lo desea, sino de que el rechazo no consigue adquirir para él el estatuto que tendría en una relación compartida con la realidad. En la erotomanía clásica, esto puede expresarse mediante la certeza de que el otro ama y la reinterpretación delirante de sus negativas.

Alguien puede continuar enamorado durante años de una persona que no lo corresponde sin creer que será correspondido, sin acosarla y sin desconocer sus límites. Esto no es patológico.

El problema aparece cuando esa persistencia adquiere una función que empobrece la vida, impide otras elecciones, alimenta una convicción inamovible o conduce a desconocer los límites del otro.

Entonces, frente a la singularidad de un caso, habría que investigar:

Eje clínico

Nos preguntamos...

Saber

¿Qué reconoce efectivamente el sujeto del rechazo?

Certeza

¿Puede admitir que no sabe qué siente el otro ni qué sucederá?

Deseo

¿Qué sostiene el deseo cuando la reciprocidad queda descartada?

Acto

¿Qué hace el sujeto con el límite que el otro le impone?

La última dimensión es fundamental: la persistencia de un sentimiento no autoriza a insistir sobre alguien que ha dicho que no. Y, clínicamente, la conducta permite distinguir situaciones que una descripción puramente afectiva podría confundir.

Intentaría también localizar qué significa para él abandonar esa relación. Podríamos preguntar:

  • «¿Qué cambiaría si aceptaras que esa relación no va a ocurrir?»

  • «¿Qué es lo que todavía esperás de esa persona?»

  • «¿Qué significa para vos seguir amándola, aun sabiendo que no te corresponde?»

  • «¿Hay algo que perderías de vos mismo si dejaras de esperarla?»

No se trata de aplicar estas preguntas como un cuestionario, sino de localizar el punto en que el amor deja de ser solamente un afecto y pasa a organizar una posición subjetiva.

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