En reiteradas ocasiones, la práctica analítica confronta al analista con una demanda cuyo motivo manifiesto parece no coincidir del todo con aquello que impulsa la consulta. Recuerdo, por ejemplo, una consulta inicialmente motivada por el dolor de una separación amorosa que, al poco tiempo, viró hacia una pregunta de otro orden: «¿Por qué aguanté tanto?». La pregunta que se abre entonces es si la consulta está comandada por el dolor de la separación o si, más bien, es el exceso implicado en ese aguantar lo que adquiere valor para el sujeto.
La escucha analítica debe poder alojar esta aparente discrepancia, teniendo en cuenta que la demanda no necesariamente coincide con aquello que se pide de manera explícita. Se trata de seguir los hilos que se desprenden de esa diferencia para, a partir de ellos, ir aislando los significantes que ordenan la vida amorosa del sujeto. No me refiero aquí al campo de los sentimientos, sino a la modalidad de la demanda y a las formas en que esta circula entre el sujeto y el Otro, más allá de los vínculos con los otros concretos que le proporcionan su marco contingente.
Una coyuntura particular de la vida puede precipitar la consulta con un analista. Sin embargo, su eficacia clínica no reside necesariamente en el acontecimiento considerado en sí mismo, sino en el valor significante que adquiere para quien lo atraviesa. Si retomamos el ejemplo inicial, podríamos preguntarnos: ¿qué dimensión de la separación se puso en juego a partir de esa circunstancia contingente? ¿Qué se actualizó para el sujeto en ese encuentro con la pérdida?
La separación constituye una de las operaciones implicadas en la causación del sujeto y en su advenimiento como sujeto deseante. A través de ella, la falta en ser del sujeto se articula con la falta en el Otro, abriendo la pregunta por el lugar que aquel ocupa en el deseo de este. En esta operación, el sujeto se confronta con aquello que no puede colmar en el Otro ni encontrar allí como respuesta definitiva acerca de su propio ser. No resulta casual que la separación participe, en la elaboración lacaniana, de la constitución del fantasma, en tanto este ofrece una respuesta a la pregunta por el deseo del Otro y por la posición del sujeto respecto de él.
De este modo, el analista se sirve de la coyuntura histórica que el sujeto presenta como motivo de consulta, no para detenerse en la reconstrucción del acontecimiento ni para atribuirle un sentido de antemano, sino para interrogar aquello que, a través de los significantes y sus repeticiones, insiste en el discurso. La tarea consiste en delimitar qué de la relación con el deseo del Otro pudo haberse conmovido en esa circunstancia y qué coordenadas de esa relación se actualizan en las metonimias del deseo.
Así, el acontecimiento que precipita la consulta puede constituir una vía de acceso a una pregunta que lo excede: no solamente qué se perdió en una separación, sino qué lugar ocupaba el sujeto en el deseo del Otro, qué sostuvo durante tanto tiempo esa posición y qué se vuelve interrogable cuando ya no puede sostenerse del mismo modo.
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