lunes, 19 de octubre de 2026

La paradoja de la culpa: entre el superyó y el goce

A medida que el campo del significante fue revelando sus límites y aporías, los afectos adquirieron una presencia cada vez más relevante en la clínica psicoanalítica. No obstante, esta dimensión no es ajena a los comienzos de Freud, cuyos primeros desarrollos ya se ocupaban de aquellos montos económicos que se resisten a ser tramitados por la palabra y que constituyen un obstáculo para la cura. Entre los afectos que interrogan la práctica analítica, la culpa ocupa un lugar privilegiado.

La culpa funciona como una brújula para la escucha analítica, no tanto por las razones manifiestas que parecen justificarla, sino por las coordenadas discursivas que permiten situarla: los significantes con los que se articula, las modalidades de la repetición en las que se actualiza y las condiciones en las que emerge. Sin embargo, hay en ella un rasgo central que, al mismo tiempo que orienta la escucha, vuelve particularmente arduo su abordaje: su carácter paradójico.

Esta paradoja remite a la instancia que comanda la culpa: el superyó. Tanto Freud como Lacan señalaron el carácter paradójico de esta instancia, cuyo funcionamiento parece contrariar toda lógica de moderación: cuanto más se somete el sujeto a sus mandatos, más severa se vuelve su exigencia. La obediencia no apacigua al superyó; por el contrario, puede alimentar su ferocidad.

Algo de esta lógica se traslada a la culpa, que puede presentarse tanto ante una acción como ante su omisión. No se trata, entonces, de establecer una correspondencia directa entre la culpa y aquello que el sujeto hizo o dejó de hacer, sino de interrogar la posición que ocupa en la escena en la que aquella emerge. Se trata de una escena cuya lógica puede permanecer parcialmente inconsciente, pero en la que siempre está en juego alguna relación con el otro.

Aquí se abre una vía para el abordaje clínico: no quedar capturados en las idas y vueltas de la relación imaginaria entre el sujeto y ese otro, ni reducir la culpa a los motivos que el propio sujeto ofrece para explicarla. Se trata, más bien, de rastrear la función que cumple el Otro —en tanto lugar simbólico— en la organización de esa escena. ¿A qué demanda responde el sujeto? ¿A qué deseo se enfrenta? ¿Qué mandato sostiene, incluso allí donde cree estar desobedeciendo? ¿Qué satisfacción puede obtener de una posición que, conscientemente, le resulta penosa?

La demanda, el deseo y el goce se anudan en la relación con el Otro. Por eso, la paradoja de la culpa puede funcionar como una orientación clínica privilegiada: no solo porque pone de manifiesto la ferocidad del superyó, sino también porque permite interrogar la relación del sujeto con su propio goce. Si el goce puede encontrar una vía en la transgresión, e incluso en el intento de transgredir, cabe preguntarse: ¿la culpa señala el límite que el sujeto pretende franquear o participa, ella misma, de la satisfacción que obtiene al aproximarse a ese límite? ¿Podría ser, entonces, un índice del borde en el que el sujeto insiste, empujado por aquello mismo de lo que intenta sustraerse?

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