En esta línea veníamos situando el trabajo que Lacan realiza sobre la suplencia en el marco del nudo borromeo. Allí la suplencia no sólo opera en el registro topológico sino también en el nivel de lo serial del discurso, ese que hace de sostén de las ficciones de la mundanidad con las que se obtura el agujero de la inexistencia.
Se advierte un movimiento preciso: de la excepción a la suplencia, correlativo de otro desplazamiento que va del imposible lógico al lapsus del anudamiento. Lejos de implicar la sustitución de un planteo por otro, estos desplazamientos deben leerse como vueltas, como torsiones destinadas a encontrar el recurso adecuado para enfrentar un problema de la práctica. Por eso Lacan, a la hora de definir al inconsciente, conjuga simultáneamente lo modal y lo nodal: el inconsciente nace de su convergencia, no de una opción por una dimensión en detrimento de la otra.
¿Qué se gana al pasar del imposible lógico al lapsus del encadenamiento? Ese pasaje introduce la posibilidad de escribir “con volumen” la no relación, y esa aparición de volumen no debe confundirse con el viejo parecer imaginario, sino que introduce una modalidad inédita de incidencia de lo imaginario en el tejido del nudo.
Bajo el modo lógico, el síntoma se presenta como el índice de lo que no anda, y su valor es estrictamente operativo. El término índice resuena tanto en la gramática como en la matemática; para evitar la deriva hacia la idea de magnitud o medida —que reduciría el concepto— conviene subrayar que aquí el índice vale por lo que designa.
Así, el síntoma cumple una función bifásica: por un lado suplencia, en tanto ficcionaliza un lazo que no puede escribirse; pero por otro lado no se limita a obturar, sino que bordea el agujero que esa imposibilidad abre. En ese borde se juega su eficacia y su valor lógico, allí donde la suplencia no cierra sino que permite sostener la falta como tal.
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