Entre los seminarios 20 y 21, Lacan concentra su indagación en precisar la lógica del lazo borromeo. Para ello necesita interrogar su estructura, pues el lazo borromeo no es una imagen ni un modelo: es una forma lógica que define cómo se anudan los registros. La condición borromea —que, si se corta cualquiera de las consistencias, la cadena entera se deshace— implica que el lazo no depende de un punto privilegiado, sino de la forma del anudamiento.
Lacan repite en varias ocasiones que “el tercero anuda a los otros dos”, pero inmediatamente surge la pregunta: ¿cuál es ese tercero? En un lazo de tres consistencias, cuando cada una tiene el estatuto de toro y presenta la misma consistencia, no hay rasgo que permita distinguirlos estructuralmente. A diferencia de la metáfora paterna, donde la diferencia se sostiene en la función del tercero, aquí ninguna consistencia ocupa un lugar privilegiado. La equivalencia entre R, S e I impide fijar una primacía: cualquiera podría funcionar como “tercero”.
Lacan ensaya entonces otro modo de ordenar: no por jerarquía, sino por la función del medio. No se trata de un punto espacial, sino del elemento que media entre los otros dos, volviendo el lazo operable. Esta idea del “medio” resuena con aquella función que Lacan atribuye a la angustia, situada entre deseo y goce como aquello que indica un pasaje sin garantizarlo.
Este punto conecta con un antecedente clave: en “La lógica del fantasma” Lacan afirma que el sujeto sólo entra en relación con un partenaire a través de algo que hace de medio, suplencia de la no-relación. Ese medio no es accesorio, sino condición misma del vínculo.
Esta función del medio reformula profundamente el campo del amor, transformándolo en aquello que media en la relación con el partenaire y que, a la vez, vela la diferencia opaca que estructura lo sexuado. Tal como destaca Rabinovich en Modos lógicos del amor de transferencia, el amor funciona como la envoltura que hace soportable la disimetría fundamental entre los sexos.
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