Definir la angustia como aquello que no engaña la sitúa no solo en relación con el efecto del significante, sino que implica, de manera decisiva, la delimitación de dos campos heterogéneos. Por un lado, un campo consonante con el espacio euclidiano, en el que el espejo puede encontrar su lugar y donde prevalece una lógica geométrica. Por otro, un campo que exige ser abordado desde una dimensión topológica. En este sentido, sostenemos que dicha definición de la angustia reafirma la ruptura de la continuidad entre lo interior y lo exterior y conlleva el abandono de la perspectiva del partes extra partes, propia de una concepción concéntrica del espacio.
La correspondencia entre el concepto de angustia y el estatuto del espacio presenta múltiples aristas. Es, sin duda, un eslabón más en una cadena de elaboraciones en las que Lacan no cesa de subrayar el estatuto singular del espacio implicado por el inconsciente, definido ya por Freud como un “Otro” lugar. Pero, además, leída desde el Seminario 10, esta articulación da cuenta de la posición particular de Lacan en el campo psicoanalítico de su época: un momento bisagra, situado en un borde. A las puertas de su expulsión de la IPA, esta coyuntura lo conducirá, una vez consumada dicha expulsión, a formular la noción de su atopía en el Seminario 12, en una posición que resuena, no sin afinidad, con la figura de Sócrates.
De este modo, Lacan no solo introduce un abordaje novedoso de la angustia como afecto central, sino que pone en juego, simultáneamente, la cuestión del lugar del analista, entendida tanto en términos de presencia como de posición en la cura. La discusión se plantea entonces entre dos perspectivas: por un lado, aquella cuya aspiración fue la profesionalización del lugar del analista; por otro, la orientación lacaniana, cuyo eje consiste en situar la posición analítica en relación con la subversión inherente al sujeto. De allí que, en el Seminario 13, Lacan hable de la “acomodación” de la posición del analista en la cura, en función de sostener dicha subversión.
La pregunta que se impone es entonces: ¿de qué orden puede ser una acomodación semejante? Interrogante que se vuelve aún más pertinente si se considera el carácter estructuralmente incomodante de la función y de la posición del analista, incomodidad que no concierne únicamente al analizante, sino que compromete al analista mismo.
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