El retorno a Freud, que ordena el inicio de la enseñanza de Lacan, se apoya en una consideración muy particular de la palabra. Esta perspectiva, tomada del texto bíblico, se condensa en el sintagma de la creación ex-nihilo. Desde allí, Lacan introduce una concepción de lo simbólico que resulta decisiva para su orientación.
Abordar lo simbólico desde este prisma implica una toma de distancia respecto de las raíces del pensamiento helénico —tan relevantes en otros tramos de su enseñanza— y le permite a Lacan afirmar una función creadora de la palabra. Esto supone que la palabra, en su materialidad y con prescindencia de cualquier objeto al que pudiera referirse, posee un valor fundante en la constitución de la posición del sujeto.
Más aún, la palabra es la función que hace posible al sujeto mismo. De allí que Lacan lo defina como un efecto: un sujeto supuesto, marcado por la evanescencia y la división. No hay sujeto previo a la palabra, sino un sujeto que adviene como efecto de ella.
La palabra establece, a su vez, el marco en el que se vuelve posible y efectiva la función del Otro. Ese Otro de los primeros cuidados, ya señalado tempranamente por Freud, es quien realiza la llamada “acción específica”. Sin embargo, esta acción no consiste en aportar un objeto destinado a satisfacer una necesidad, sino en introducir la palabra como vehículo que da forma al campo de la demanda. Es en ese intercambio entre el Otro y el niño donde se instituye la demanda, y es a partir de ella que podrá emplazarse el lugar del deseo como un más allá de la demanda misma.
En este sentido, lo simbólico no describe: crea, funda, establece. Ahora bien, si lo simbólico preexiste, cabe preguntarse qué introduce propiamente la operación del Otro, o, lo que es lo mismo, cuál es su necesariedad. El Otro es quien, frente al llanto del niño, introduce una escansión sin la cual no hay efecto de sentido posible. Pero es también quien registra ese llanto, quien le da un acuse de recibo, inscribiéndolo y transformándolo en demanda.
Es esta inscripción la que abre la posibilidad de que, más adelante, surja la pregunta: aquella que el niño dirige al Otro al interrogar ese más allá que lo excede y que, precisamente por ello, habilita el campo del deseo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario