jueves, 8 de enero de 2026

Discurso, función y letra: alcances y límites de la formalización lacaniana

La elaboración que Lacan desarrolla entre los Seminarios 16 y 18 en torno a la estructura del discurso supone el establecimiento de una articulación estrecha entre discurso y función. Este movimiento implica, en primer lugar, una ruptura con la homologación del discurso a la cadena significante —ruptura que permite releer, retrospectivamente, aquello que en el Seminario 21 Lacan calificará como su “gran error”: haber supuesto en el inconsciente una cadena. El discurso deja entonces de pensarse como mera concatenación significante para devenir un artefacto, un dispositivo en el que la letra ocupa un lugar decisivo. Nos referimos aquí a la función de la letra en tanto condición de posibilidad del conjunto: sin letra, no hay conjunto.

Es en este marco que Lacan se interroga por la posibilidad de un “discurso sin palabras”, capaz de dar forma a lo esencial del psicoanálisis. Esta formulación no apunta a un silencio místico, sino a una formalización que prescinda de la palabra como soporte privilegiado, sin por ello renunciar a la escritura.

Del lado de la función, el término debe leerse en sentido estrictamente fregeano: una función es un lugar vacío en el que una variable viene a inscribirse, haciendo de ella un argumento. La función no dice nada por sí misma, sino que opera como estructura de acogida para aquello que la satura.

¿Por qué se vuelve necesario este desplazamiento? Puede leerse como la búsqueda de un recurso adecuado para abordar la relación problemática del sujeto con el goce. Hay algo del goce que se escribe, que se entram(a) en la función fálica como Bedeutung, como significación que el lenguaje provee a los fines de la sexuación del sujeto. El falo opera entonces como letra, permitiendo litoralizar que hay del Uno que no alcanza al Dos: hay un S1 que no se enlaza con un S2. De este modo se hace posible delimitar el impasse a partir del cual se ordena la sexualidad del sujeto, es decir, aquello del goce que no cesa de no escribirse.

Sin embargo, en este recurso —la estructura del discurso— aparece un inconveniente: el problema de la circularidad que regula el pasaje de un discurso a otro. Esta circularidad introduce una dificultad teórica en la medida en que tiende a velar una cuestión fundamental: que los discursos no sólo se suceden, sino que están ordenados de tal modo que producen disyunciones. Hay un orden que no es meramente rotativo, y cuya lógica exige ser pensada más allá del simple tránsito circular.

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