viernes, 6 de febrero de 2026

Del RSI al sinthome: el nudo como soporte del sujeto y el riesgo de lo real

El cierre de RSI culmina ese recorrido con una pregunta decisiva: si la operación del Nombre-del-Padre debe necesariamente subsumirse en la cuerda de lo simbólico o si, por el contrario, su función puede pensarse de otro modo. Este interrogante no se agota allí, sino que continúa elaborándose en seminarios posteriores, en particular en el 23 y el 24.

En ese trayecto, El sinthome introduce una forma novedosa de interrogar el anclaje del sujeto a partir del anudamiento borromeo y de la función de una cuarta consistencia concebida como suplencia estabilizadora. Es en este contexto que Lacan llega a afirmar que el nudo es “el soporte del sujeto”. La apuesta, desde el inicio del seminario, consiste en hacer del nudo una cadena, lo que lo conduce a interrogar la factibilidad —o no— de un nudo borromeo de cuatro a partir de uno de tres consistencias.

Entendemos que, con las especificidades propias de este nuevo contexto, se prosigue el trabajo de pasaje de lo serial a lo nodal: del dos al tres y, luego, al cuatro, retomando así aquella dimensión cuaternaria de la estructura ya planteada en De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis.

Si este es el trazado, el horizonte se vuelve más nítido: se trata de acceder a un recurso “serio” que permita dar cuenta de lo que ex-siste. Es allí donde Lacan afirma algo que denomina el “sentimiento de un riesgo absoluto”. Resulta difícil no encontrar una consonancia entre este punto y aquellas “agallas” atribuidas a Freud en el sueño de la inyección de Irma, precisamente allí donde no despierta. El riesgo al que Lacan se asoma responde a una forma de inquietante extrañeza, solidaria de ese real que el nudo permite enlazar.

A partir de la referencia freudiana a lo siniestro, se produce entonces una vuelta de tuerca particularmente interesante sobre lo imaginario. Esta extrañeza no es autónoma, sino que se articula con lo imaginario, en la medida en que la topología posibilita un cierto “exorcismo” de ese real que no cesa de no escribirse. Lo que se exorciza no es el real mismo, sino la equivalencia que hace posible el anudamiento: por un lado, le otorga consistencia a través de la cuerda; por otro, no suprime su carácter extraño, ya que lo real se define, precisamente, por su ex-sistencia.

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