La articulación entre el sujeto y el trazo unario introduce una modificación decisiva en la concepción de la praxis analítica. Su principal novedad consiste en desplazar la consideración del sujeto hacia un plano sincrónico, donde ya no se lo entiende como una entidad psicológica o una identidad estable, sino como aquello que irrumpe en la estructura bajo la forma de un error en la cuenta.
Esta formulación permite pensar al sujeto en estrecha relación con la lógica de la repetición. Si el sujeto constituye ese error constitutivo del conteo, entonces sólo puede ser localizado a partir de las vueltas de la repetición, es decir, en las sucesivas articulaciones de la demanda. El sujeto no se presenta de manera inmediata ni transparente, sino que se deja entrever allí donde la repetición revela una discontinuidad, un desajuste que insiste más allá de la intención consciente.
Esta perspectiva se enlaza, además, con la noción de inercia desarrollada por Lacan en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. La repetición deja de ser concebida como el simple retorno de un contenido para adquirir el estatuto de una insistencia estructural que señala el lugar mismo donde emerge el sujeto.
Existe, por ello, una profunda consistencia entre afirmar que lo imposible constituye el punto de mira de la praxis analítica y definir al sujeto como aquello que encuentra su consistencia en la falla y en la aporía lógica. Se trata de una formulación que excede ampliamente la idea de una simple ausencia de significante. La falta de un significante representa un aspecto del problema, pero el sujeto remite a una imposibilidad que compromete a la estructura en su conjunto.
Esta diferencia resulta fundamental para evitar cualquier reducción del sujeto a la persona, al moi o a cualquiera de sus equivalentes psicológicos. La enseñanza de Lacan produce aquí un desplazamiento decisivo: el interrogante ya no recae sobre los elementos particulares de la cadena significante, sino sobre la estructura misma del Otro. El sujeto no aparece como un elemento contenido en esa estructura, sino como la falla que la constituye, el punto donde el Otro revela su inconsistencia. Es precisamente en ese lugar, y no en las identificaciones imaginarias del individuo, donde la praxis analítica encuentra su orientación.
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