sábado, 27 de junio de 2026

¿En qué punto se le devuelve la angustia al masoquista?

Conocemos bien el efecto angustiante que puede tener una pareja sádica sobre un paciente, pero resulta más sutil cuando el efecto de angustia lo genera un partenaire ubicado en una posición masoquista. 

En la novela Venus in Furs, Leopold von Sacher-Masoch presenta a Severin como alguien que le suplica a Wanda que se convierta en una mujer cruel. Él redacta incluso un contrato de esclavitud, le indica cómo debe vestir (las famosas pieles), qué actitudes debe adoptar, qué castigos espera recibir e incluso le enseña a ocupar ese lugar. Wanda, al comienzo, no es naturalmente sádica; por el contrario, se sorprende y hasta se incomoda frente a los pedidos de Severin.

Hay un momento muy significativo: Wanda le dice, en distintas formulaciones a lo largo de la novela, que ella no comprende ese deseo de ser humillado. Es Severin quien insiste una y otra vez, quien la convence y quien sostiene el dispositivo. Ella llega incluso a preguntarle si realmente desea eso, porque percibe el carácter extraño de la demanda.

Desde una lectura psicoanalítica —especialmente la que desarrolla Jacques Lacan en el Seminario X y en "Kant con Sade"— esto permite distinguir claramente masoquismo y sadismo como estructuras del fantasma que no son complementarias. El masoquista no encuentra simplemente un sádico ya constituido; necesita producirlo.

Desde afuera parece que Severin está completamente sometido a Wanda. Sin embargo, quien sostiene el guion es él. Él le dice qué hacer, cuándo hacerlo y bajo qué condiciones. Es un sometimiento cuidadosamente organizado por el propio masoquista.

Pero el punto decisivo es otro: el sufrimiento del masoquista no reside principalmente en el golpe o en la humillación, sino en la posibilidad de que el Otro no responda a su demanda. Si Wanda lo castiga, el fantasma funciona; si Wanda ocupa el lugar que él le preparó, el circuito del goce se sostiene; pero si Wanda se negara, lo ignorara o simplemente no quisiera participar, allí aparecería la verdadera angustia.

Porque el masoquista necesita provocar el deseo o la voluntad del Otro. Lo insoportable no es el castigo sino la indiferencia.

Es una paradoja discursiva muy interesante: el masoquista dice "haceme sufrir", pero esa frase es, en realidad, un imperativo dirigido al Otro. No es una renuncia al control; es una manera de gobernar la escena desde una posición aparentemente pasiva. Como suele señalar Lacan, el masoquista intenta constituirse como objeto para causar el goce del Otro, pero para lograrlo debe fabricar cuidadosamente ese Otro que goza.

De hecho, en Venus in Furs puede verse que, a medida que Wanda comienza a independizarse del libreto de Severin y encuentra un interés genuino por otro hombre —el griego Alexis—, la situación cambia radicalmente. Allí Wanda ya no actúa porque Severin se lo pide, sino desde un deseo propio. Paradójicamente, ese momento marca el derrumbe del fantasma masoquista: cuando el Otro deja de responder al guion del masoquista y adquiere autonomía, la escena deja de estar bajo su control y se vuelve verdaderamente traumática para él.

El masoquista parece entregar el poder al Otro, pero lo que hace es producir un Otro que actúe según su demanda. El verdadero fracaso no es el castigo, sino que el Otro no quiera jugar ese papel. El sufrimiento mayor no es "que me peguen", sino "que no hagan nada conmigo", porque eso implica que el sujeto deja de ser objeto de la acción del Otro y cae la escena fantasmática que sostenía su modo de goce.

Existe un  idea lacaniana de que el masoquista no busca el dolor por sí mismo, sino ocupar la posición de objeto causa del goce del Otro. Cuando el Otro no hace nada, esa posición se desvanece, y es precisamente allí donde emerge la angustia.

Utilidad clínica

Una utilidad clínica de esta paradoja aparece cuando quien consulta no es el masoquista, sino su partenaire. Frecuentemente llega angustiado, sintiendo que nunca alcanza a satisfacer las demandas del otro: siempre habría un nuevo sacrificio, una nueva humillación o una nueva prueba de amor. El partenaire queda capturado en la posición de tener que responder. ¿Qué aparece en estos pacientes? A veces la angustia a secas; otras veces, formaciones sintomáticas alrededor de esa angustia, como es la impotencia sexual.

En la clínica la cuestión no es indicarle al paciente que se abstenga de actuar, sino que no se deje determinar por la lógica que el fantasma impone. Ahí reside, precisamente, la posibilidad de una intervención analítica.

La enseñanza de La Venus de las Pieles muestra que el poder del masoquista no reside en soportar el sufrimiento, sino en conseguir que el Otro actúe. Su discurso funciona como un imperativo: "hacé X cosa conmigo". Mientras el partenaire responde, incluso castigando o rechazando, continúa ocupando el lugar que el fantasma masoquista le asigna.

La intervención analítica puede consistir en inscribir que existe otra posibilidad distinta de obedecer o desobedecer la demanda: no dejarse capturar por ella. Si el masoquista sostiene implícitamente que "nada de lo que me hagas me hará sufrir", es porque cualquier acto del partenaire puede ser integrado a la escena fantasmática. En cambio, cuando el partenaire deja de ocupar el lugar que se le prescribe, el masoquista se confronta con la falta de garantía de ese Otro. No se trata de frustrarlo deliberadamente, sino de que emerge la barradura del Otro, aquello que el fantasma intentaba obturar.

El partenaire deja de funcionar como Otro completo que sabe cómo gozar del masoquista y aparece, en cambio, como un sujeto dividido, no enteramente disponible para responder a esa demanda. Es esa división del Otro —y no el castigo— lo que introduce un límite al circuito fantasmático.

Lo único que el fantasma masoquista no puede metabolizar fácilmente no es el castigo, sino un Otro que no se deja reclutar para su escena. 

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