La repetición, en la enseñanza de Lacan, no puede reducirse al funcionamiento automático de la cadena significante. Si bien el automatismo simbólico constituye una de sus dimensiones, la repetición encuentra su verdadero motor en un encuentro fallido con lo real. Aquello que insiste en repetirse no responde simplemente a una ley del significante, sino a un punto de desencuentro que nunca logra ser absorbido por el orden simbólico.
En este contexto, Lacan realiza un trabajo particularmente riguroso sobre el estatuto de la repetición. Apoyándose en referencias matemáticas, especialmente en nociones algebraicas y en la teoría de las series convergentes y divergentes, replantea la estructura misma del cogito cartesiano. Lo decisivo de esta lectura consiste en destacar el carácter de acto del cogito, desprendiéndolo de su tradición filosófica para situarlo como una operación lógica.
A partir de estas herramientas, se vuelve posible pensar una noción de repetición que ya no quede homologada al puro automatismo simbólico. La repetición incorpora un punto de distychia: un desencuentro estructural con lo real que, lejos de constituir un accidente, se convierte en la condición misma de su relanzamiento. La repetición persiste porque algo no cesa de no escribirse; su causa no es la identidad de lo que retorna, sino la imposibilidad de resolver ese encuentro fallido.
Ahora bien, ¿qué lugar ocupa la identificación dentro de esta lógica?
En este momento de la enseñanza de Lacan, la identificación puede entenderse como una operación que hace posible un lazo con el Otro, anticipando lo que años más tarde será formalizado mediante el concepto de semblante. Desde esta perspectiva, la identificación no elimina la repetición, sino que funciona como su pantalla. Detrás de toda identificación es posible localizar aquello que insiste en repetirse.
Los distintos matemas ubicados en el lado izquierdo del grafo del deseo participan, cada uno a su manera, de esta función de velamiento. Todos ellos escriben modalidades de la identificación que recubren el punto estructural desde el cual la repetición se pone en marcha: la falta constitutiva que afecta al Otro.
Esto permite considerar que los matemas de la identificación son, en definitiva, escrituras de esa función de pantalla. Y precisamente a partir de allí surge un interrogante: si Lacan formaliza mediante matemas las distintas operaciones identificatorias, ¿por qué no encontramos un matema del superyó?
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