La culpa suele ser una formación que vela la angustia. Al localizar la causa del malestar en una falta propia, evita el encuentro con aquello del deseo y de lo Real que la angustia revela.
Por eso, en una cura analítica, cuando un paciente deja de sentirse simplemente culpable, no necesariamente mejora de inmediato. Con frecuencia ocurre lo contrario: emerge la angustia. Y ese puede ser un momento fecundo del análisis, porque la culpa ya no alcanza para obturar la pregunta por el deseo.
Es una idea muy coherente con otra formulación clásica de Lacan: la angustia es el único afecto que no engaña. Mientras la culpa puede organizarse como una defensa, la angustia señala que el sujeto está tocando un punto de verdad sobre su posición deseante.
La culpa tiene una función estructurante porque ofrece una explicación allí donde la angustia confronta con un vacío. La culpa responde con una causa conocida. La angustia, en cambio, abre un agujero de sentido. En términos clínicos, la culpa funciona muchas veces como un tapón.
Por ejemplo:
- una persona termina una relación y, en lugar de angustiarse frente a la incertidumbre del futuro, se dedica durante meses a reprocharse cada error cometido;
- un obsesivo transforma permanentemente la angustia en autorreproches y rituales morales;
- alguien que perdió un trabajo queda fijado a la idea de que "todo fue culpa mía", evitando así confrontarse con la contingencia y con la pregunta sobre qué quiere hacer ahora.
En los tres casos, la culpa organiza un relato y evita el encuentro directo con la angustia.
La fórmula "la culpa preserva de la angustia" se atribuye con frecuencia a Lacan, pero no aparece formulada literalmente de ese modo en sus seminarios o escritos publicados. Es una condensación clínica, muy utilizada por analistas lacanianos (especialmente en la orientación de Jacques-Alain Miller), que resume una idea presente en varios momentos de su enseñanza, sobre todo en el Seminario 10: La angustia y en el Seminario 7: La ética del psicoanálisis.
La idea puede entenderse a partir de dos tesis fundamentales de Lacan.
La primera es que la angustia aparece cuando falla la mediación simbólica, cuando el sujeto se encuentra demasiado cerca de aquello que Lacan llama el objeto a, es decir, del objeto causa del deseo. De ahí su famosa afirmación de que "la angustia no es sin objeto". La angustia no engaña porque señala un encuentro con algo del orden de lo Real que escapa a las significaciones habituales.
La segunda tesis proviene del Seminario 7: "la única cosa de la que puede ser culpable un sujeto es de haber cedido sobre su deseo". Esa culpa no es simplemente un sentimiento moral, sino un modo de organizar la relación con el deseo.
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