El síntoma, el deseo y la máscara mantienen entre sí una relación más estrecha de lo que podría suponerse. La máscara no tiene únicamente la función de ocultar o velar algo: también reviste al sujeto y, al hacerlo, deja entrever algo de la posición desde la cual este se presenta ante los otros.
La máscara es, además, solidaria del fantasma. Por eso, aquello que se oculta no deja de mostrarse en el mismo movimiento en que se vela. El sujeto queda así a cierta distancia de la castración del Otro, presentándose revestido de algún valor —necesariamente ilusorio— que sostiene su posición.
Cuando el analista recibe o acoge una demanda, su tarea no consiste solamente en atender aquello que aparece formulado como motivo de consulta. La escucha analítica requiere prestar atención a aquello que se dice, pero también a lo que se desliza entre las líneas del discurso.
Esto supone, por un lado, dar lugar a aquello que en el sujeto comanda cierto malestar y lo lleva a la necesidad de ser escuchado; pero, al mismo tiempo, intentar delimitar un «más allá» de aquello que aparece como motivo manifiesto de la consulta.
Ahora bien, ¿qué significa escuchar entre líneas?
Muchas veces, aquello por lo cual un sujeto consulta no coincide con aquello que sostiene verdaderamente su demanda. El motivo de consulta puede funcionar como una vía de entrada, pero también como una forma de presentar el padecimiento sin quedar todavía demasiado comprometido en aquello que está en juego. Leer entre líneas implica entonces intentar descifrar las coartadas del sujeto, como condición previa para que una interpretación pueda producir algún efecto.
Hablamos de coartada porque la máscara cumple precisamente una función de elusión. Permite rehuir el punto en el cual el sujeto queda comprometido con el deseo del Otro, pero también con su propia relación con la demanda y el goce. La máscara protege al sujeto de aquello que, al mismo tiempo, lo concierne.
Si la escucha analítica apunta más allá de las máscaras, no es para arrancarlas ni para revelar detrás de ellas una supuesta verdad última del sujeto. Apunta, más bien, a situar la posición desde la cual el sujeto habla, desea, demanda y goza; es decir, aquella posición en la que no solamente queda comprometido, sino verdaderamente concernido.
Quedar concernido implica entonces una torsión en la posición subjetiva: pasar de aquello que el sujeto supone ser para el deseo del Otro a poder interrogar qué lugar ocupa él mismo en su propio deseo. Es allí donde puede abrirse el pasaje de la posición de deseado a la de deseante.
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