En una entrada anterior abordábamos el planteo de Lacan por el cual define al Edipo freudiano como un sueño. Al concluir aquel desarrollo, señalábamos que esta caracterización no supone una invitación a abandonar el campo edípico. A las razones allí expuestas podemos agregar una más: suprimir este campo implicaría también eliminar una referencia fundamental para establecer la diferencia diagnóstica.
El sueño al que se refiere Lacan puede pensarse a partir de la función de adormecimiento propia del semblante, en estrecha relación con el funcionamiento del fantasma. ¿Qué dimensión introduce, entonces, al establecer esta distinción? La de un campo que se sitúa más allá del fantasma y que se pone en juego a partir del desasimiento que la praxis analítica puede propiciar en el ser que habla.
¿Qué lógica se vuelve necesaria más allá del fantasma? Una que no quede reducida al principio de contradicción con el que Freud caracteriza el funcionamiento del inconsciente. Este principio resulta pertinente para pensar aquello que se articula en el campo del Otro y en la sintaxis subjetiva que de allí se desprende: el inconsciente es el discurso del Otro. Sin embargo, el desasimiento del fantasma abre la posibilidad de un despertar, entendido no como la conquista de una conciencia plena, sino como el acceso a una posición deseante que ya no se agota en el lugar de objeto que el sujeto ocupa en el fantasma. Se trata del pasaje de una posición en la que el sujeto es deseado a otra en la que puede interrogar su deseo.
La necesidad clínica de situar ese más allá del sueño también puede extraerse de los obstáculos que Freud encuentra al construir su mito sobre el origen de la ley. Si el asesinato del padre primordial aparece como condición para el acceso al goce, el desarrollo freudiano revela una dificultad decisiva: una vez consumado el asesinato, el sujeto no accede al goce esperado. Por el contrario, la ley retorna con mayor fuerza y se constituye en una barrera que impide ese acceso. El acto que debía abrir el camino hacia el goce termina reforzando aquello que lo prohíbe.
La noción de paradoja le permite a Lacan avanzar sobre este punto. En la relación entre el sujeto y el goce se presenta una aporía que testimonia de una imposibilidad estructural, cuya demostración constituye una de las orientaciones del análisis. El sueño edípico vela esta imposibilidad mediante la figura de la prohibición: allí donde el mito presenta un goce prohibido, la estructura permite situar un goce imposible para el ser que habla. Esto no significa que el sujeto no goce, sino que no puede acceder a un goce pleno, total y sin pérdida. Solo encuentra recortes, modos parciales de satisfacción que no cancelan la imposibilidad que los determina.
¿Cómo se manifiesta esta paradoja en la práctica clínica? Entre otras formas, a través del superyó, instancia sobre la cual se despliega la relación paradójica entre el sujeto y el goce. De allí se desprende una de sus expresiones más conocidas: cuanto más se somete el sujeto al mandato superyoico, más feroz se vuelve este. La obediencia no pacifica el mandato, sino que alimenta su exigencia; cada satisfacción obtenida parece renovar la deuda y reclamar una nueva renuncia.
¿Qué nos enseña esto acerca del goce como campo? Que no se trata de un objeto cuya obtención permitiría poner fin a la búsqueda, ni de una meta que pudiera alcanzarse mediante el cumplimiento de una ley. El goce está atravesado por una imposibilidad que hace fracasar cualquier pretensión de completud. Por eso, el mandato superyoico resulta insaciable: exige alcanzar aquello mismo que, estructuralmente, no puede alcanzarse. El sujeto queda así capturado en un circuito en el que la renuncia no resuelve la exigencia, sino que puede convertirse en una fuente adicional de satisfacción paradójica.
El horizonte de la praxis analítica no consistiría, entonces, en conducir al sujeto hacia la satisfacción de ese mandato, ni tampoco en liberarlo de toda relación con el goce. Se trataría de producir un movimiento que permita modificar su posición respecto de él: hacer legible la paradoja allí donde el sujeto solo encuentra una exigencia, y abrir la posibilidad de un deseo que no quede enteramente subordinado al imperativo de gozar.
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