La demanda recibe, en la enseñanza de Lacan, un tratamiento singular: se distingue del pedido y se desprende del objeto que, en apariencia, vendría a reclamar. Este objeto no siempre es claro y, en muchas ocasiones, ni siquiera permite precisar qué se espera obtener mediante la demanda.
El campo de la demanda es, fundamentalmente, el de la articulación significante. Si partimos de la premisa de que toda palabra convoca una respuesta e incluye al oyente, independientemente de que este responda o no, podemos situar una dimensión esencial de la demanda: hablar es demandar. La demanda no se reduce, por lo tanto, a la formulación explícita de un pedido, sino que concierne a aquello que se pone en juego en el hecho mismo de dirigirse al Otro.
¿Cuál es, entonces, su objeto? No se trata tanto de aquello que se pide como de lo que, en última instancia, se exige o reclama: la incondicionalidad del Otro, su presencia más radical. Este es un punto que viene suscitando nuestro interés en este espacio: lo decisivo en la demanda no es el objeto que eventualmente podría satisfacerla, sino el Otro al que se dirige y del que espera una respuesta que excede cualquier objeto particular.
Esta coyuntura se presenta con frecuencia en la praxis analítica. Nos encontramos con demandas dirigidas al analista que comportan una exigencia desmedida, como si de él se esperara una disponibilidad sin límites o una respuesta capaz de cancelar definitivamente aquello que aqueja al sujeto. Esto plantea una dificultad clínica, puesto que la demanda constituye un término esencial de la experiencia analítica y, al mismo tiempo, cuando adquiere una intensidad excesiva, puede convertirse en un obstáculo para la apertura de una pregunta. Y es precisamente esta apertura la que hace posible que el sujeto encuentre un lugar en el dispositivo más allá de la exigencia que lo trae a consulta.
Frente a este escollo, no parece haber una indicación técnica que resulte válida para todos los casos. Sin embargo, una primera orientación consiste en evitar que el analista ingrese en el circuito de la demanda respondiendo a su exigencia con otra exigencia: la de que el analizante se interrogue, vacile o produzca una pregunta allí donde, por el momento, esa posibilidad no está disponible. Puede que dicha apertura no sea posible en ese momento o que requiera un tiempo para producirse.
Estamos, entonces, ante una exigencia de paciencia del lado del analista. Una cierta calma que permita no precipitar los tiempos, sin que esto suponga una posición pasiva ni una espera indefinida. Se trata de sostener las condiciones para que pueda producirse una vacilación en la relación del sujeto con aquello que demanda, una fisura que haga posible algún efecto de división subjetiva.
¿Esto garantiza que tal efecto se produzca? De ninguna manera. No hay garantía de que la demanda ceda ni de que se abra, como consecuencia de la espera, una pregunta por la posición del sujeto. Sin embargo, esta orientación permite, al menos, evitar que el analista quede capturado como cómplice de una exigencia en la que el propio analizante permanece atrapado. Porque, en ocasiones, la primera intervención no consiste en exigirle al sujeto que interrogue su demanda, sino en no responder desde una posición que contribuya a consolidarla como una exigencia sin límites.
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