En “Construcciones en el análisis”, Freud se enfrenta a un límite decisivo de la práctica analítica: existen puntos en los que la palabra ya no alcanza. Es precisamente allí donde introduce la noción de construcción, no como un reemplazo de la interpretación, sino como una operación orientada hacia aquello que no puede ser recordado.
Desde una perspectiva lógica, este movimiento abre un nuevo campo para pensar la operación analítica. La construcción amplía el horizonte del tratamiento al situar una modalidad de intervención que excede los alcances de la interpretación y permite abordar aquello que permanece fuera del circuito del recuerdo.
Este desplazamiento resulta característico del último período de la obra freudiana. Durante la década de 1930, Freud reformula progresivamente su concepción del análisis, alejándose del optimismo inicial respecto de la eficacia de la palabra. La experiencia clínica lo confronta, cada vez con mayor insistencia, con un obstáculo irreductible: aquello que resiste a la simbolización y que no puede ser tramitado por la vía del decir.
Esta constatación obliga a replantear una pregunta fundamental: ¿qué tipo de intervención le corresponde al analista allí donde la interpretación encuentra su límite? ¿Cómo operar cuando lo que está en juego permanece refractario a la palabra?
Si la interpretación muestra toda su eficacia en el plano de aquello que ha pasado por el Otro —como desarrollará Lacan al concebirla bajo la forma del equívoco significante o de la escansión—, existen, sin embargo, sectores de la práctica donde el análisis tropieza con un real que se presenta como impasse. Es en ese punto donde la construcción adquiere su verdadera función, al constituirse como una operación que va más allá de la interpretación.
La construcción no apunta a completar un recuerdo ausente ni a reconstruir fielmente un pasado perdido. Su orientación es la estructura misma del sujeto, allí donde la memoria encuentra un límite. Por eso, más que seguir la secuencia serial del discurso, procura cernir la lógica que organiza aquello que nunca pudo ser recordado. En este sentido, se comprende el lugar privilegiado que Freud le concede en “Moisés y la religión monoteísta”, donde la construcción se convierte en el instrumento privilegiado para abordar los efectos de una verdad cuya eficacia no depende de haber sido vivida ni recordada, sino de su inscripción estructural.
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