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miércoles, 26 de noviembre de 2025

Superficie y agujero: el cuerpo en la topología lacaniana

La topología, en sus distintas superficies y figuras, fue para Lacan un recurso privilegiado. No porque funcione como metáfora, sino porque permite caracterizar la superficie mínima en la que la escritura puede tener lugar: el cuerpo. Un cuerpo entendido como superficie donde se inscribe la economía del goce, donde se traza lo político del lenguaje, donde se depositan marcas y cortes.

En este marco, la topología borromea adquiere un valor singular. Gracias a ella se vuelve posible pensar una operación sobre un cuerpo definido por el agujero. Ya no sólo el cuerpo de zonas erógenas del que habla Freud, sino también ese cuerpo que, para Lacan, aloja lo imposible de saber, aquello que constituye otra forma de agujero: el punto donde la estructura desfallece, donde la sexualidad humana se topa con su real.

El uso de la topología abre entonces una vía para hacer algo con lo que no puede saberse. Por eso Lacan pregunta a qué “género” de real nos da acceso esta práctica. Se trata del real que surge de la falla constitutiva de la sexualidad, un real que sólo puede cercarse o recortarse contingencialmente. De allí que ningún anudamiento ofrezca garantías: su consistencia es siempre efecto de una contingencia, no de una necesidad absoluta.

Este carácter contingente resulta decisivo al abordar la forma en que lo imaginario, lo simbólico y lo real permanecen anudados. Si bien lo necesario participa del enlace, es la contingencia en la disposición entre los tres registros lo que abre un margen para la modificación. Ese margen es la condición misma de la práctica analítica: que algo pueda moverse, que un nudo pueda aflojarse, que un lazo pueda rehacerse de otro modo.

En suma, toda escritura requiere una superficie donde producirse. Y esa superficie —sea un toro, una banda, una cuerda o un nudo— es inseparable de las “dichomansiones”, como jugaba Lacan, de lo imaginario, lo simbólico y lo real. La topología no sólo permite representarlas; permite, sobre todo, operar con ellas.

martes, 11 de noviembre de 2025

La compacidad de la falla: el objeto como borde del desencuentro

Si el Discurso Analítico tiene como función demostrar la falla, su producción no consiste en un saber positivo, sino en una escritura que testimonia la imposibilidad estructural. Para ello, Lacan recurre a un término tomado de la lógica y de la topología: la compacidad.

En el terreno lógico, la compacidad interroga el grado de completitud o incompletitud de un sistema simbólico; en el topológico, refiere a la consistencia de un espacio, a la posibilidad de sostener su estructura sin que se desborde o se desintegre. En este cruce entre lógica y topología se ubica Aún, que hace de puente entre lo modal y lo nodal, retomando la articulación que L’Etourdit había puesto en juego.

La pregunta —“¿cómo se estructura un agujero?”— apunta al corazón de la clínica del cuerpo hablante: un cuerpo hecho de agujeros, sostenido por bordes. Demostrar la compacidad de la falla implica, entonces, mostrar cómo se malogra la relación sexual, cómo ese vacío estructural es bordeado por los distintos aparatos del discurso.

Lacan lo formula de manera enigmática: “El fallar es el objeto.” No se trata sólo de que el objeto a esté implicado en el fallar, sino que el objeto mismo es una falla, un borde de lo imposible. En tanto letra —y no cosa del mundo— el objeto a se constituye como escritura del agujero, borde que circunscribe la inconsistencia del Otro.

Este borde puede pensarse desde dos vertientes:

  • Por su irracionalidad, que resiste toda captura por el sentido.

  • Por su condición de resto del saber, residuo que se desprende de la operación significante.

Ambas dimensiones se entrelazan y diferencian el real del objeto de sus “enformas”, es decir, de las configuraciones imaginarias o discursivas que intentan recubrirlo. Entre ambos polos, el semblante cumple un papel decisivo: es lo que hace posible la articulación entre la falta y su borde.

En La Tercera, Lacan dirá que el objeto a es la condición de todo goce, su modo de alojamiento. Causa y condición a la vez, el objeto se sitúa en el punto donde deseo y goce se enlazan por desencuentro —esa Distychia que define la estructura misma del hablante.

Así, la compacidad de la falla no es su clausura, sino su modo de consistencia: la posibilidad de que el agujero, sin dejar de serlo, sostenga el campo del deseo, el goce y la palabra.

viernes, 7 de noviembre de 2025

Del vacío del referente a la escritura del no-todo

El desplazamiento que Lacan introduce entre la lingüística y la lingüistería no es un simple juego de palabras: señala un viraje estructural. No es lo mismo afirmar que la relación entre significante y significado es arbitraria, como sostenía Saussure, que sostener que el significante carece de referente. En este punto, el significado no traduce ya una cosa del mundo, sino que viene a colmar el vacío que deja la falta del referente.

Cuando se convoca al referente, lo que responde es un agujero. Ese vacío es precisamente lo que el axioma “No hay relación sexual” escribe: el lugar donde la cópula falta, donde no hay término que asegure una relación entre los sexos. En ese campo opera una función predicativa, una cópula sin ser, que sustituye lo que no hay.

Lacan advierte que esta ausencia tiene resonancias ontológicas. En la ontología clásica, el ser hace la cópula: es el soporte que unifica, la consistencia que sostiene al atributo. Esta posición ontológica, sin embargo, es solidaria del discurso del Amo, donde el ser garantiza el sentido y el mundo se ordena como totalidad.

La escritura, en cambio, opera un vaciamiento radical. En continuidad con el matema científico, despoja al lenguaje de su pretensión de esencia: ya no hay “cosas”, sino significantes. En ese registro, los términos “Hombre” y “Mujer” no designan identidades sustanciales, sino valores de posición dentro de una estructura lógica.

Lo que “no anda” en la relación sexual no se reduce a una imposibilidad de decir: es una imposibilidad de escribir. En este punto, el discurso se separa de lo efectivamente dicho: ya no es una serie de palabras, sino una estructura que produce efectos de goce y de saber.

De allí la necesidad de la formalización del discurso analítico, que no pretende decir lo que el vínculo sexual “es”, sino escribir la imposibilidad de su escritura. Las fórmulas de la sexuación no son, entonces, un metalenguaje que venga a explicar el sentido de los sexos, sino una demostración modal: la de que no hay garantía última, que el vacío del referente es constitutivo, y que sólo desde esa falta puede surgir la verdad del sujeto.

lunes, 15 de septiembre de 2025

La paradoja del objeto a: letra, borde y resto

Nombrar al objeto a como un objeto encierra una paradoja. No se trata de una cosa del mundo, y Lacan lo aborda más bien desde la dimensión de la letra, en estrecha articulación con su consideración topológica. En esa serie conceptual se inscriben los términos: corte – cuerpo – letra – borde – agujero.

Como letra, el objeto a señala el resto no investible del cuerpo, aquello que queda velado por lo que se libidiniza. Esa lógica se traduce en el matema del grafo i(a): un arreglo que surge del anudamiento de lo simbólico y lo imaginario, bajo el cual lo real permanece cubierto.

La angustia aparece precisamente como el corte que perturba ese arreglo, desestabilizándolo. Entre i(a) e i’(a) se juega un dinamismo libidinal de reversibilidad, pero de ese movimiento siempre resta algo: resto correlativo de la angustia, que como afecto se presenta como signo de la posición del objeto a.

Para delimitarlo, Lacan introduce la diferencia entre límite y borde. El límite es el deslinde que fija lo simbólico; el borde, en cambio, abre un litoral móvil, no estático. Es allí donde se puede pensar la inscripción del objeto a.

De ahí la paradoja inicial: este objeto queda designado por una letra, como único modo posible. No puede representarse, y por eso requiere de una notación algebraica. La lógica, más que la palabra, es el recurso indispensable: frente a la metáfora y la multiplicidad de sentidos propios del lenguaje, el objeto a se sitúa como resto inasimilable, que no se metaforiza, solo se bordea.

viernes, 12 de septiembre de 2025

El agujero del lenguaje en lo real: de la división del sujeto al nudo borromeo

Desde el Seminario 1, Lacan afirma que lo simbólico cava un surco en lo real. Esa perspectiva se retoma en El sinthome, donde el planteo se radicaliza: el lenguaje, al agujerear, produce una captura. Se trata de articular ese agujerear con lo real de la división del sujeto.

Ese horadar implica un doble movimiento: vaciamiento y separación. El cuerpo se introduce en una economía política del goce regida por el significante, y esa introducción supone un vaciamiento inicial. Dicho de otro modo: no hay un goce inmanente propio del cuerpo; el cuerpo como lugar de goce existe en tanto ya capturado por el lenguaje, operación mediante la cual el goce es producido.

Esta concepción se distancia radicalmente de la idea del lenguaje como mensaje que el emisor recibe del receptor en forma invertida. Aquí no se trata de efecto de significación, sino de efecto de agujero. Agujerear es la forma que toma la significancia a este nivel: su eficacia reside en perforar lo real. Por eso Lacan se ve llevado a la escritura nodal, como único modo capaz de dar cuenta de lo real así constituido.

La investigación sobre la estructura de la cadena borromea, desplegada a lo largo de varios seminarios, responde a esa necesidad. Allí se anudan, bajo nuevas configuraciones, nociones como la verdad, el síntoma, el (los) goce(s), el cuerpo y el inconsciente, con sus efectos sobre el estatuto del sujeto.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

El sujeto como corte: topología, objeto y lo real de la división

Definir al sujeto como corte exige situarlo en una dimensión topológica, pues la serialidad del significante, aunque necesaria, no alcanza para dar cuenta de lo real que lo desborda. En este punto se introduce la función del objeto a, inseparable de la operación que instituye al sujeto.

Precisar el estatuto del objeto supone reconocer su caída: ya no objeto parcial, sino producto de un corte. Ese corte y la caída concomitante participan en la estructuración misma del sujeto, señalando que su constitución no se reduce al orden significante. El objeto que cae da testimonio de la implicación del cuerpo en esa operación.

La indagación topológica resulta entonces ineludible. Lacan recurre a superficies uniláteras porque permiten formalizar lo real del sujeto más allá del campo intuitivo de las tres dimensiones. El problema que se abre es decisivo: si el sujeto está dividido, y esa división lo enlaza con lo imposible, ¿cómo se estructura un agujero? La respuesta articula la división del sujeto con la precipitación del objeto a.

En este marco, dos superficies cobran especial relevancia: la banda de Möebius y el cross-cap. La primera, en tanto “su esencia es el corte”, condensa la potencia de la operación misma: es el corte lo que instituye la superficie. El cross-cap, por su parte, funciona como recurso para inscribir en el espacio tridimensional un plano proyectivo, introduciendo un “gorro cruzado” que abre nuevas posibilidades de formalización.

De este modo, la topología ofrece un modo de escribir la división del sujeto y el lugar del objeto a, allí donde el significante fracasa en hacerlo.

domingo, 27 de julio de 2025

Efectos clínicos del borramiento: la hiancia como condición de escucha

Si el borramiento es la operación lógica que permite el surgimiento del significante —y por lo tanto la constitución del sujeto—, cabe preguntarse: ¿cómo se vuelve este un dato clínicamente perceptible? Dicho de otro modo: ¿dónde se escucha en la práctica analítica el efecto de esa operación sincrónica?

Lacan desarrolla esta dimensión a través de distintas figuras del corte y la simbolización, que articulan el surgimiento del sujeto con su imposibilidad de representación plena. Ya en el Seminario 6, se detiene en la particularidad de la negación en francés, especialmente en la función del ne, que él denomina “la huella del sujeto de la enunciación”; es decir, el indicio de un sujeto que no puede aparecer como tal en el enunciado.

Esta “huella” tachada del sujeto se torna audible allí donde se produce una vacilación del sentido. El lenguaje, cuando falla en su intento de significar, deja entrever un agujero: es lo real que irrumpe en el lugar mismo donde el sentido colapsa. Desde esta perspectiva, el efecto de sentido opera como obturación de ese agujero, lo que le confiere su valor fantasmático.

Este agujero no es simplemente un vacío, sino una hiancia estructural, solidaria del lugar del sujeto en el campo del Otro. Es un vacío que remite tanto a la falta de referente como a las anomalías propias del goce. Se escucha en los momentos de tropiezo del decir, en los lapsus, en los silencios densos, en las vacilaciones que señalan que algo no puede ser dicho sin pérdida.

La lógica se vuelve necesaria para abordar estos fenómenos, porque la gramática, por sí sola, no alcanza para situarlos. La hiancia exige una lectura más allá del sentido, en una lógica que articule las series del decir: verdad, mentira, discurso, palabra. Frente a ellas, se abre una disyunción fundamental: no-saber / hiancia.

Esta disyunción muestra la necesidad del pasaje de la gramática a la lógica para captar aquello que en el discurso hace presente la división subjetiva. Allí donde el sentido desfallece, se revela el punto de falla del significante, y con ello, el lugar mismo desde donde se constituye el sujeto como efecto.

lunes, 7 de abril de 2025

El valor operatorio de lo imaginario: de la imagen a la consistencia

Una consistencia del cuerpo

Es cierto que Lacan emprende el inicio de su enseñanza apoyado en cierta crítica del registro imaginario. Pero no porque esté no resulte indispensable en el advenimiento del sujeto, sino porque está embarcado en una crítica en cuanto a cierta imaginarización de la práctica analítica a partir de una desvalorización de la función de la palabra. Paulatinamente el valor, diría operatorio, de lo imaginario se vuelve cada vez más evidente, y se hace posible situar una serie en su conceptualización: imagen, significación, engalanadura, semblante y consistencia.

Por esta serie pareciera que el valor operatorio de lo imaginario alcanza un grado significativo a nivel de lo nodal borromeo. Allí, se trata de tres consistencias que se anudan, y el término consistencia viene a indicar una vuelta de tuerca sobre lo imaginario. Hablar de la consistencia de la cuerda es señalar que no hay delimitación posible del agujero, sin lo imaginario.

Una cuestión resalta especialmente, que para construir esta formalización debe salir de lo plano del papel. Y entonces recurre a la cuerda… como consistencia. En la cadena se trata de R, S e I como redondeles de cuerda enlazados. O sea que, consistencia mediante, se enlazan tres agujeros.

Nos encontramos aquí frente a una elaboración sobre el cuerpo, acerca del modo en que se construye cierta arquitectura de agujeros a partir del modo en que se enlazan, si puede decirse, los agujeros corporales.

Es una manera novedosa de formalizar el montaje pulsional. Más generalmente, y economía política mediante, se trata del problema de como se distribuye corporalmente el goce. El cual queda delimitado a partir de los tres campos que se establecen por las lúnulas que se reparten en los cruces de una consistencia con otra.

Una consistencia que da cuerpo

La lógica de la cadena borromea acarrea la incidencia de lo imaginario desde dos perspectivas. En primer lugar, tomado por la dimensión de la cuerda, consistencia que le da cuerpo (si puede plantearse así) a cada uno de sus registros; en segundo término, el aplanamiento requerido como condición de lectura del calce que los mantiene juntos.

Con lo cual, lo imaginario es esencial a la posibilidad de considerar a la cadena borromea como una escritura. Entonces no hay escritura sin imaginario, cuestión que pudiera resultar llamativa, por cuanto rápidamente nos sentiríamos tentados de suponer que la escritura tiene una mayor apoyatura en lo simbólico. Sin embargo, el carácter decisivo de lo imaginario en el estatuto de la escritura se desprende de la afirmación lacaniana por la cual la cadena borromea aspira a ser una excepción, por romper las coordenadas del plano.

Establecidas estas consideraciones de principio se deslinda la necesariedad del cuarto para hacer posible la ruptura de la homogeneidad entre los registros anudados. Entonces este cuarto pone en juego una heterogeneidad que podemos, en principio, asociar a la incidencia de algo simbólico (cuestión que será discutida por Lacan).

Además, si la consistencia es lo imaginario del encadenamiento; que cada una de ellas ex-sista a los otros dos pone en forma lo real del encadenamiento.

Esta ex-sistencia de cada uno de ellos implica su no interpenetración, con lo cual, si corto cualquiera, el lazo se desarma. Esto indica por un lado que no hay primacía de ninguno por encima de los otros; además, vuelve patente la ruptura de lo serial del encadenamiento, que fue un baluarte de la primacía de lo simbólico en los comienzos de su enseñanza.