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miércoles, 21 de enero de 2026

Del sujeto desontologizado a la hiancia estructural del inconsciente

El Seminario Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis interroga el problema del sujeto —su lugar y su estatuto— no solo desde la perspectiva de su inicio, sino también desde el punto final del análisis y la rectificación que acompaña al desasimiento. En este recorrido, Lacan introduce una nueva vuelta sobre la cuestión, ineludible, de la subversión del sujeto, con el fin de delimitar un estatuto no ontológico que resulta correlativo de un modo específico de abordar el inconsciente.

En este contexto, y en relación con dicho abordaje del inconsciente, se produce un desplazamiento decisivo: de la dimensión de la falta a la de la falla, a la cual se articula la función del deseo. Esta función había sido ya caracterizada en Subversión del sujeto… como una función lógica, inherente al desasimiento o, más precisamente, a su posibilidad.

Una vez desontologizado el sujeto, se torna posible situar una función ontológica de la hiancia, que acaso constituya el rasgo más destacado de este nuevo planteo. ¿Qué implica esta función? En primer lugar, que la hiancia es lógicamente anterior y que de ella se desprende el estatuto mismo del sujeto del inconsciente. En segundo lugar, que dicha hiancia se inscribe en la estructura del inconsciente en su dimensión sincrónica, más allá del plafond discursivo que le aporta la operación metafórica del Nombre-del-Padre.

Lacan llega incluso a calificar esta hiancia como preontológica, lo cual implica que en ese nivel no hay aún sujeto alguno. El sujeto adviene al ser en un tiempo lógicamente posterior, y este advenimiento comporta necesariamente la puesta en forma de una respuesta a la hiancia, respuesta que se organiza en el montaje del fantasma.

La solidaridad entre el pasaje de la falta a la falla y la introducción de esta función ontológica de la hiancia estructural permite justificar el desplazamiento que se produce entre el escrito Función y campo de la palabra y del lenguaje… y el Seminario XI. Se trata, en efecto, de un cambio de acento: del énfasis puesto en la realización psicoanalítica del sujeto, al estatuto del inconsciente como no realizado.

martes, 21 de octubre de 2025

La distancia entre el Ideal y el objeto a y otras condiciones de la conclusión analítica

La posibilidad de concluir un análisis implica sostener la mayor distancia posible —una distancia que escapa a toda medida— entre el Ideal y la posición del objeto a.
En la hipnosis, ambos términos se conjugan, ya que confluyen en un mismo punto: el lugar del Ideal absorbido por la fascinación del objeto.
En el campo de la identificación, esta tensión se reproduce: del lado del significante, lo idealizante, aquello que promete unidad; del lado del objeto a, su más allá, el punto donde la falta se hace causa.

A partir de la diferencia entre el Sujeto Supuesto Saber y el deseo del analista, se abre la primera vía hacia el más allá del fantasma, una cuestión que ocupará a Lacan durante los años siguientes.
Se trata de interrogar lo real más allá del velo fantasmático, lo que exige una lógica capaz de dar cuenta de un atravesamiento que no sea meramente simbólico, sino también pulsional.

Este pasaje conlleva un interrogante sobre las vicisitudes de la satisfacción pulsional más allá del plafond que el fantasma impone.
Lacan se pregunta:

¿Qué queda de la pulsión más allá del menú consustancial al deseo del Otro?

Cuando afirma que “la experiencia del fantasma fundamental deviene la pulsión”, no se trata de un simple reemplazo de un concepto por otro.
Se abre allí la posibilidad de “vivir la pulsión”: un modo de gozar sin ofrecer ese goce a la consistencia ilusoria del Otro.
Ese “vivir” marca una diferencia decisiva respecto de la mortificación que acompaña al goce ofertado a una garantía imposible —aquella que condena al sujeto al “penar de más”.
Por ello, el desafío consiste en interrogar los lazos entre ese vivir la pulsión y el deseo, allí donde el goce deja de ser del Otro y pasa a ser del cuerpo propio, en tanto efecto del significante.

En este punto, Lacan no duda en afirmar que “al analista se le exige haber llegado allí”.
Ese exigir no alude a una acreditación ni a una norma, sino a la condición ética de quien se encuentra a la altura del sujeto: el analista como aquel que ha atravesado su fantasma y puede sostenerse en la posición de objeto causa del deseo.

Se articulan entonces tres movimientos solidarios:

  • el tránsito por el fantasma,

  • el desasimiento, y

  • el pasaje del analizante al analista.

De esta conjunción emerge una pregunta que toca el núcleo de la experiencia:

¿Cómo se define el “final” de ese lazo?

La respuesta no reside en una clausura, sino en una distancia: la que separa el Ideal del objeto, el saber del goce, el amor del deseo.
Esa distancia, irreductible, es la condición misma para que algo del análisis pueda, finalmente, concluir sin cerrarse.

sábado, 30 de agosto de 2025

Sujeto, deseo y la tensión entre necesidad y contingencia

Existe una estrecha solidaridad entre el sujeto subvertido y el concepto de deseo. La primera distancia que se hace notar es aquella entre Freud y Hegel. Más allá de que sus campos de trabajo sean diferentes, lo que los separa es el papel de la sexualidad en el deseo: ausente en la dialéctica hegeliana, central en la concepción freudiana.

Posteriormente, la discrepancia ya no se establece entre Freud y Hegel, sino entre este último y Lacan. La distancia, apoyada en la función de lo sexual, plasma dos formas de concebir al Otro: como conciencia en el filósofo alemán o como inconsciente en Lacan; ilusoriamente completo en un caso, atravesado por la barra significante en el otro.

Por su íntima vinculación con la sexualidad, el deseo en psicoanálisis acarrea una irreductibilidad. De ahí que la ética del psicoanálisis sea, precisamente, una ética del deseo: no prescribe a priori, sino que se lee a posteriori en la acción misma. De aquí deriva la radical diferencia entre ética y moral.

Tomado en su función central, el deseo se inscribe en el advenimiento del sujeto a partir de dos dimensiones que confluyen:

  • La operación de los elementos estructurales: los significantes primordiales que hacen posible, por vía de operaciones lógicas, que un sujeto advenga allí donde carece de ser.

  • La incidencia de las contingencias históricas: ese resto que introduce lo inesperado, lo inarmónico, lo irreductible.

Si lo necesario funda las condiciones iniciales, la contingencia abre la posibilidad de un margen. Y es precisamente ese margen el que, en el recorrido analítico, permite una salida a la determinación por el deseo del Otro. No se trata de un exilio, sino de un desasimiento que Lacan califica como “logro”: la apertura de un espacio de libertad, no sin pérdida, para inventar otro menú posible.

martes, 25 de marzo de 2025

El sujeto de la certeza y el final del análisis

El Seminario 11 introduce una idea que, a primera vista, parece contradictoria dentro del desarrollo de Lacan: la noción del sujeto de la certeza. Esta formulación se enmarca dentro de coordenadas cartesianas y no anula lo previamente elaborado sobre el sujeto dividido y evanescente.

Diferenciar al sujeto de la certeza del sujeto del fading es crucial. Mientras que el segundo se diluye en la significación y es solidario del esquema Rho, el primero plantea un punto de afirmación. No se trata de la desaparición del fading ni de la negación de la evanescencia, sino de la introducción de una nueva problemática: la del sujeto en el final del análisis.

El inicio del análisis está marcado por la vacilación del sujeto ante el saber: no sabe, y por ello supone un saber en el Otro, estableciendo la transferencia. En cambio, la certeza en el final del análisis señala un recorte que no queda negativizado ni sometido al equívoco significante. Este punto inamovible es correlativo de la destitución del sujeto y de su rectificación, lo que implica una pérdida más que una modulación.

Así, el sujeto de la certeza lleva a Lacan a reformular la subversión del sujeto y a plantear no solo la realidad de su división, sino también su estatuto no ontológico. Esta perspectiva resuena con una nueva manera de pensar el inconsciente, donde el énfasis ya no está en la falta sino en la falla.

El pasaje de la falta a la falla es un tránsito clave dentro del pensamiento lacaniano. Este desplazamiento otorga un nuevo valor a la función del deseo, entendido como una función lógica que habilita el desasimiento y su posibilidad misma.

sábado, 15 de marzo de 2025

El deseo y la brecha del desasimiento en el análisis

A lo largo de su obra, Lacan explora la posibilidad de generar en el sujeto un efecto de desasimiento, es decir, un margen que lo libere de la determinación impuesta por el deseo del Otro. En este recorrido, se mantiene una constante: la función del deseo.

El deseo introduce una tensión, ya que el sujeto, desde su posición de causa, no es el objeto final del deseo. En esa diferencia se abre una brecha, un margen que permite el desasimiento, aunque siempre al precio de una pérdida. Esta tensión es clave en la práctica analítica, pues orienta la escucha y sitúa al analizante en una encrucijada donde emergen contradicciones, dificultades y puntos de sin sentido.

El discurso analítico opera precisamente en este punto de inconsistencia, desarmando la estructura significante mediante la indagación y el cuestionamiento de aquellas respuestas que el neurótico sostiene para evitar la castración del Otro.

La eficacia del análisis, en este sentido, se mide por su capacidad de hacer fallar, malentender, equivocar y hasta maldecir. Es un tránsito desde el sentido fijado en la neurosis hacia el sin sentido, donde el deseo, en tanto falta, deja al Otro sin posibilidad de ofrecer una respuesta última.

lunes, 10 de marzo de 2025

La estructura del deseo en psicoanálisis y sus consecuencias clínicas

En el psicoanálisis, el deseo se estructura de una manera particular, y esta concepción tiene implicaciones clínicas profundas. La elaboración analítica del deseo se basa en un hecho clínico crucial: el deseo se orienta hacia otro deseo, ya que no tiene correlato o complemento en la "realidad" tangible.

Desde esta perspectiva, el planteamiento de Freud ubica el deseo en el registro de la realización, precisamente debido a la imposibilidad de satisfacerlo, lo cual está lleno de consecuencias significativas.

Así, si el deseo no se orienta hacia un objeto específico, sino hacia otro deseo (lo que llamamos el “Otro” deseo), el sujeto solo puede establecer una conexión con ese deseo a través de una relación. Este concepto de "relación" indica el marco lógico que sostiene al deseo, permitiendo así hablar de su estructura.

Pensar el deseo desde la relación introduce una posición desde la cual el sujeto desea. Esta posición deseante, que surge del deseo del Otro, requiere que el sujeto se sitúe en una escena. Es importante señalar que no es lo mismo si el sujeto está en esa escena como respuesta al deseo o como la causa de dicho deseo. En ambos casos, la relación está mediada por el deseo, pero las consecuencias varían notablemente.

Las consecuencias de estas posiciones pueden entenderse en relación con el margen que permiten en el sujeto para el desasimiento. Para reflexionar sobre esta dinámica, que debe verificarse en cualquier análisis, podemos preguntarnos si se trata del deseo: su correlato es siempre la pregunta.

No es lo mismo preguntarse si el sujeto es o no el objeto del deseo del Otro (el falo), que cuestionarse si el sujeto causó o no el deseo del Otro. Esta distinción es clave: el sujeto puede entrar en relación con el deseo del Otro sin haber sido su causa. Este fenómeno tiene importantes consecuencias clínicas, que, por ejemplo, se reflejan en el funcionamiento del fantasma.

martes, 11 de febrero de 2025

La demanda y el más allá del amor: Lectura desde el grafo

El grafo del deseo distingue dos formas de demanda: una vinculada a la pulsión, plasmada en la fórmula de Lacan, y otra definida como demanda de amor. Esta última se ubica en el nivel del enunciado, refiriéndose al Otro en su aparente completud. Lo que se reclama en esta demanda no es tanto un objeto específico, sino la presencia incondicional del Otro, diferenciándola así del mero pedido.

El Matema del Otro y la Demanda de Amor

El matema del Otro, representado como aparece sin barrar en este contexto porque la demanda de amor se sustenta en el funcionamiento de un significante clave: I(A). Este significante, definido como el significante de la demanda o del amor, ocupa en el grafo el lugar correspondiente al niño () en su relación con la madre. Esta relación es paralela a la de objeto, que se sostiene en el funcionamiento del falo imaginario.

La demanda de amor es recíproca y constituye un lazo fundamental desde el cual se desprende el lugar del deseo. Sin embargo, también atrapa al niño en un "circuito infernal", dejando al sujeto preso en un vínculo en el que la completud del Otro es solo una ilusión.

La Salida: Del Objeto al Sujeto Dividido

¿Cuál es la salida posible de este circuito? Lacan plantea que la solución está en el deseo, entendido como aquello que trasciende la demanda de amor. Este paso ocurre cuando el niño reconoce la falta en el Otro, una falta que permite un desasimiento. A través de este proceso, el niño deja de ocupar la posición de objeto para convertirse en sujeto dividido ($).

El deseo, por tanto, se constituye como un "más allá" de la demanda de amor, habilitando un margen de libertad para el sujeto. Esta operación no elimina la falta, pero transforma su estatuto, permitiendo al sujeto separarse del ideal de completud del Otro y reinscribirse en el campo del deseo.

domingo, 9 de febrero de 2025

El amor y sus velos: del deseado al deseante

Los velos ilusorios del amor encubren un desgarro, una fractura que no puede separarse del cuerpo. Esta fractura, entendida como una discordancia, puede pensarse como una hiancia lógica. En la metáfora del amor, entre el amante y el amado, el amor se instituye a través de una sustitución: la creación de una medida común que une lo que de otro modo sería irreconciliable.

La Contingencia del Amor

Para el amante, algo debe ser ilusorio respecto del amado, lo que abre la cuestión de la contingencia: ¿por qué este amado y no otro? Lacan lleva este interrogante al campo de la experiencia analítica, inspirándose en la intervención socrática de El banquete de Platón. Es en este diálogo donde el amor adquiere una significación clave: el analizante, que se presenta como objeto amado, es evidenciado por la interpretación como amante, como un deseante del deseo del Otro.

La Torsión Amorosa y la Transferencia

Este pasaje del deseado al deseante constituye una torsión esencial en la experiencia analítica. La transferencia se configura como el campo y el tiempo donde dicha torsión debe ocurrir. La pregunta central es: ¿qué hace posible esta transformación? Aquí entra en juego el deseo del psicoanalista, un operador transferencial que interviene para separar dos posiciones fundamentales:

  1. El Ideal: Donde el neurótico se ofrece al amor del Otro, buscando consistencia en esa ilusión.
  2. El Objeto a: Donde el sujeto es causado, enfrentándose a su condición de objeto del deseo.
La Paradoja de la Elección y el Desasimiento

A través de esta operación, el sujeto es confrontado con una elección paradojal: qué hacer con la satisfacción ligada al lugar desde el cual sostiene la consistencia ilusoria del Otro. Este enfrentamiento puede abrir la posibilidad de un desasimiento, un desprendimiento de esa ilusión. Si ocurre, dicho desasimiento habilita una nueva dimensión del amor, más allá de los velos y las ilusiones iniciales.

Este replanteamiento no solo desafía las creencias del sujeto sobre el amor, sino que también lo impulsa hacia una comprensión más profunda de su lugar en el deseo del Otro, marcando un camino hacia una relación más auténtica con el amor y con el deseo

sábado, 11 de enero de 2025

El margen de libertad: Una paradoja en la clínica psicoanalítica

 El concepto de libertad resulta especialmente complejo para el psicoanálisis, ya que este parte de la premisa de que el sujeto no es un agente pleno, sino un efecto del lenguaje y del deseo del Otro. Ante esto, surge la pregunta: ¿es posible hablar de libertad en el sujeto?

No obstante, la libertad juega un rol central en la práctica analítica, pues esta promete habilitar un margen de libertad para el sujeto. Si no fuera así, ¿por qué alguien se embarcaría en un análisis? La cuestión clave radica, precisamente, en el alcance y la naturaleza de ese margen.

Libertad y Desasimiento

El análisis abre un margen de libertad que se relaciona con el desasimiento: un proceso de desvinculación respecto de los elementos que atan al sujeto, ya sea en forma de goce, repetición o identificación. Sin embargo, pensar la libertad desde el margen no remite solo a lo marginal o secundario, sino a los bordes de la escena psíquica, a aquello que opera detrás de los velos que sostienen el entramado simbólico del sujeto.

Esta libertad no es plena ni absoluta, sino paradójica, tal como lo evidencia Lacan con su noción de “elección forzada”. Es un tipo de libertad que no está exenta de contradicciones, como lo sugiere el título de la novela de Goethe, Las afinidades electivas. En este caso, la afinidad no elimina la compulsión, y la elección nunca es del todo libre.

La Dimensión Ética de la Libertad

El desasimiento permite al sujeto enfrentar una elección crucial: conservar o desprenderse de aquello que le genera sufrimiento y lo mantiene en una posición repetitiva. Esta decisión, aunque difícil, es esencial para generar un margen de libertad. Es aquí donde la práctica analítica entra en el terreno de la ética, al confrontar al sujeto con el riesgo inherente a toda elección.

Elegir implica asumir la pérdida de algo y, al mismo tiempo, abrir la posibilidad de resignificar lo que queda. Así, el margen de libertad en el sujeto no se define por una agencia plena, sino por la capacidad de asumir las contradicciones de su posición deseante y, desde allí, desasirse del peso que lo condena a “penar de más”.

De este modo, la libertad en el psicoanálisis no es una meta utópica ni un punto de llegada, sino un horizonte que exige trabajo, renuncia y la valentía de enfrentar lo real. Es, en última instancia, la posibilidad de hacer algo distinto con aquello que nos determina.

sábado, 30 de noviembre de 2024

No hay cambio sin pérdida. Y perder, duele.

El término rectificación, presente en diversos escritos y seminarios de Lacan, se configura como una categoría relevante en el ámbito clínico del psicoanálisis. Este concepto alude a una transformación en la posición del sujeto que puede producirse en el proceso analítico. Aunque actúa como una orientación o meta, no es algo que pueda garantizarse de antemano.

Cuando ocurre, la rectificación representa el efecto de la cura, manifestándose como un cambio en la posición del sujeto frente al deseo del Otro. Sin embargo, denominarla "rectificación" evita reducirla a un estándar universal o aplicable a todos los casos, ya que su singularidad radica en cómo afecta específicamente la posición del sujeto.

Dado que el deseo, la demanda y el goce se entrelazan de maneras diversas, aunque nunca homogéneas, es posible hablar de rectificaciones subjetivas o incluso rectificaciones de goce. Estas transformaciones se sitúan en la posición que el sujeto ocupa en la escena del fantasma, donde se desarrolla su relación con el deseo del Otro. La escena es necesaria porque falta un objeto natural que pueda completar al sujeto, y este intenta constantemente obturar, dirigir o causar el deseo del Otro a través de su posición fantasmática.

En esta escena, la posición del sujeto como objeto implica una forma de satisfacción, que no siempre se vincula con el placer y que se coagula en el "penar de más" que lleva al sujeto al análisis. La rectificación, cuando tiene lugar, transforma esta posición, pudiendo generar un alivio o un cambio. No obstante, esta transformación implica inevitablemente una pérdida, con todo el dolor que esta conlleva.

Lacan resalta la importancia de la función de la pérdida, como un desarrollo que no invalida la función de la falta, sino que la complementa en la interrogación sobre el tránsito de lo lingüístico hacia lo discursivo en el inconsciente. La pérdida es indispensable para pasar de una falta sincrónica, ligada al lenguaje, a la posibilidad de causación del deseo. En este sentido, aunque el deseo puede articularse en torno a la falta, no hay causa sin pérdida.

La noción de pérdida puede entenderse en dos momentos fundamentales. Primero, en el proceso de subjetivación del niño, quien a través de la interdicción paterna (el "no gozar de la madre") experimenta la pérdida como el costo de convertirse en sujeto. Segundo, en el marco del análisis, Lacan llama a este proceso desasimiento, una operación que implica un desprendimiento de algo que cae y que abre la posibilidad de instalar el deseo como condición absoluta.

La pérdida generada en el análisis no implica simplemente perder "algo" específico, sino que concierne a la posición misma del sujeto. Al operar este desprendimiento, se crea una nueva vía para el deseo, ya no atrapado en el Otro de origen, sino orientado más allá de él. Esta transformación, aunque dolorosa, enriquece la lectura de la práctica analítica y marca una apertura hacia una reconfiguración del deseo y del goce del sujeto.