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martes, 2 de diciembre de 2025

Depresión: ¿De dónde surgió y desde cuándo comenzó a utilizarse el concepto?

 Los trastornos que hoy entendemos como depresión tienen una historia larga: ya en la antigüedad hubo descripciones de lo que se denominaba “melancolía”. Médicos de la Grecia clásica vinculaban esos estados con desequilibrios de los humores corporales.

A lo largo de los siglos, en distintas culturas, se observaron cuadros de tristeza profunda, pérdida del ánimo, letargia, etc. Fueron muchas veces interpretados como desequilibrios físicos, padecimientos del “espíritu vital”, afecciones morales o de carácter religioso.

¿Y la depresión?

El término moderno “depresión” comienza a perfilarse en el siglo XIX, cuando se abandona en parte la idea de desequilibrios humoral-físicos, y se empieza a ponderar un componente psicológico, afecciones del ánimo, duelo, tristeza patológica, etc. El término depression ya existía en inglés, pero significaba hundimiento, descenso, abatimiento, no una enfermedad psíquica. Karl Kahlbaum y otros comenzaron a usar depression para referirse al “abatimiento del ánimo”.

A propósito, el psiquiatra alemán Emil Kraepelin, a fines del siglo XIX, ya proponía una distinción en los trastornos afectivos —lo que llamó “maníaco-melancólico”—, una de las raíces de lo que hoy se agrupa bajo los trastornos del ánimo. Aunque Kraepelin incluyó en su “psicosis maníaco-depresiva” un polo depresivo, no usó el término como diagnóstico aislado. El siglo XIX es un momento de transición: la palabra existe, pero no como categoría autónoma.

La obra de Freud ocurre entre 1895 y su muerte, 1939. Él tampoco habla de depresión como hoy se la conoce.

Es el siglo XX cuando los manuales la instituyen a la “depresión” como categoría diagnóstica, fijándola  como diagnóstico técnico.

  • DSM-I (1952): habla de "reacción depresiva" y "depresión involutiva".

  • DSM-II (1968): introduce “depresión neurótica” y “endógena/reactiva”.

  • DSM-III (1980): ocurre gran giro biologicista, aparece Major Depressive Disorder (MDD) como entidad formal. Este es el momento en que el término depression queda definitivamente cristalizado.

  • CIE-9 y especialmente CIE-10 (1990): consolidan todo el capítulo con los códigos F32-F33.

De esta manera, con el desarrollo de la psiquiatría moderna y las clasificaciones diagnósticas formales, el concepto de “trastorno depresivo” se consolidó como tal. En la CIE-10, adoptada por la World Health Organization (OMS) en 1990, se incluyen los códigos específicos para episodios y trastornos depresivos.

Así que, aunque lo que hoy llamamos “depresión” tiene raíces muy antiguas (melancolía, desequilibrio de humores, tristeza patológica, etc.), su formulación como categoría clínica moderna es fruto de transformaciones históricas, médicas y psiquiátricas que se consolidaron hacia fines del siglo XIX y se formalizaron en las grandes clasificaciones del siglo XX.

Actualmente, la depresión dejó de ser una noción difusa y se volvió un síndrome con criterios, una categoría nosográfica, una unidad en investigación y un diagnóstico escribible (para estadísticas, tratamientos, sistemas de salud). Los manuales hacen de la depresión una entidad discreta, cuantificable. Por otro lado, aparece despojada del conflicto, del duelo, del sentido, y quedó más alineada con un modelo médico-biológico.

Podemos decir que la depresión que aparece como tal, en su sentido técnico actual, es por los manuales. Es decir, el término no surgió de ellos, porque ya existía en el lenguaje general y en la psiquiatría del XIX como descripción de un estado. La categoría clínica “depresión”, con criterios formales, umbrales, subtipos y codificación, sí aparece en los manuales (primero DSM, luego CIE).

Esto es similar a lo que pasó con “esquizofrenia”, que de su idea previa sufrió cristalización manualística.

Ahora bien, es el mismo CIE-10 el que nos informa sobre esto:

"Las formas más graves del trastorno depresivo recurrente (F33.2 y F33.3) tienen mucho en común con conceptos más primarios, como los de depresión maníaco-depresiva, melancolía, depresión vital y depresión endógena.

(...)

El riesgo de que un paciente con un trastorno depresivo recurrente sufra un episodio de manía no desaparece jamás totalmente, por muchos que hayan sido los episodios depresivos que haya experimentado. Si esto ocurre, debe modificarse el diagnóstico por el de trastorno afectivo bipolar (F31.–)."

viernes, 21 de noviembre de 2025

¿Qué intervenciones son posibles en la depresión?

La depresión en Freud es descriptiva. Lo más parecido al término que hay en psicoanálisis es la melancolía, que es distinta al duelo, como vemos en Duelo y melancolía (1915).

En un duelo, producto de un objeto amado, encontramos una detención de la cadena significante, de las asociaciones. 

Aunque Freud pone de relieve la sugestión del yo a su determinación inconsciente, no todo en el aparato psíquico es inconsciente. En 1923, con "El yo y el ello", aparece toda la reformulación del aparato psíquico, donde yo y ello están, de alguna forma, equiparados.

El aparato psíquico, en la primera tópica del esquema del peine, tiene un polo perceptivo y un poco motor. La energía circula desde el primero al segundo. Ahora, del lado del polo perceptivo hay toda una zona donde no hay marcas, ni significantes, ni representaciones. Se trata del ello. El inconsciente, en cambio, tiene sus huellas mnémicas y allí se inscriben las escenas, las palabras, etc. Podemos agregar el preconsciente y consciente:


El yo tiene partes inconscientes. Si vemos cómo quedó el gráfico, entendemos porqué es "El yo y el ello".

Volviendo al duelo, son momentos donde la energía del aparato psíquico está baja y Freud dice que no se le puede pedir asociaciones ni trabajo psíquico, pues el paciente está en trabajo de duelo. Al analista le queda acompañar y hacer intervenciones a nivel del yo, como cuando hablábamos del trabajo con las fotografías.

En la melancolía, la particularidad es que tiene a nivel de la transferencia es un paciente que rechaza las intervenciones "No, no es así...", ya sean preguntas, sugerencias.  Esto es porque en la melancolía está implicado un objeto que no solamente fue amado, sino al cual cargaba con un intenso enojo. Dice Freud:

Las ocasiones de la melancolía rebasan las más de las veces el claro acontecimiento de la pérdida por causa de muerte y abarcan todas las situaciones de afrenta, de menosprecio y de desengaño en virtud de las cuales puede instalarse en el vínculo una oposición entre amor y odio o reforzarse una ambivalencia preexistente. Este conflicto de ambivalencia, de origen más bien externo unas veces, más bien constitucional otras, no ha de pasarse por alto entre las premisas de la melancolía. Si el amor por el objeto - ese amor que no puede resignarse al par que el objeto mismo es resignado- se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica.

(...)

Sólo este sadismo nos revela el enigma de la inclinación al suicidio por la cual la melancolía se vuelve tan interesante y... peligrosa

(...)

Ahora el análisis de la melancolía nos enseña que el yo sólo puede darse muerte si en virtud del retroceso de la investidura de objeto puede tratarse a sí mismo como un objeto, si le es permitido dirigir contra sí mismo esa hostilidad que recae sobre un objeto y subroga la reacción originaria del yo hacia objetos del mundo exterior.

Entonces, en estas depresiones mayores, como se las conoce en psiquiatría, aparece este rechazo. ¿Pero qué es lo que está ahí? En el duelo, la libido se desprende del objeto amado y perdido gracias al principio de realidad, volviendo al yo. El paciente en este estado sufre, pero no aparecen autorreproches de importancia.

En la melancolía, el yo se identifica al objeto amado y odiado a la vez. ¿Y dónde queda el sujeto del objeto amado? En su superyó. Esos autorreproches que vemos en la clínica tienen que ver con una identificación del paciente a ese objeto de amor perdido y odiado.

Nosotros tenemos que hacer un rastreo de esos autorreproches, del contenido de ese superyó que se dirige sádicamente al yo del paciente. ¿A quién estaban dirigidos y qué cosa se le reclamaba originalmente? De esta manera, en el momento oportuno, cuando el paciente comienza con el autorreproche se puede intervenir "Este del que usted habla no es usted", apuntando a la separación entre el objeto puesto en el yo y ese objeto.

En la melancolía, el sujeto está identificado al objeto a resto, basura... En la línea de la libido anal, que corresponden la destrucción, el odio... Mientras que en lo oral vemos la incorporación de ese objeto. El retorno de la libido produce una regresión a lo anal y lo oral. El tema es que antes de esa fijación oral no hay nada, por eso el melancólico siente que se muere. Es un sujeto al límite.


lunes, 3 de noviembre de 2025

La melancolía en Lacan como rechazo del inconsciente

Hablábamos acá de las melancolizaciones en distintas estructuras clínicas.

En cuanto a la melancolía y a la manía, Lacan (1984) las sitúa claramente en el campo de las psicosis, como dos expresiones distintas de los efectos de la forclusión. Entonces, ¿podemos mantener un estatuto particular a la melancolía y a la manía, o debemos considerarlas como una forma evolutiva de la psicosis? Este tema queda abierto a discusión, sabiendo de antemano que en la variedad de los casos, tomados uno por uno, no implica la existencia autónoma de una entidad nosológica.

Por otro lado, Colette Soler afirma que Lacan: "(...) hizo de la forclusión, en tanto es rechazo del Inconsciente, la causa primera de la psicosis." "Como psicosis, la melancolía no se desencadena tanto por el encuentro de un padre, como por el de una pérdida. Esta pérdida (...) produce estragos: la mortificación del organismo sigue el vector de la muerte." (León, E., 1997)

En términos generales puede decirse que en relación a la melancolía, Lacan sigue un camino diferente al de la psiquiatría clásica, como también del tomado por Freud. En principio no jerarquiza el afecto de la tristeza sino que otorga relevancia a lo que llama "el filo del mortal lenguaje" y a la función del objeto a y el goce.

En el Seminario sobre La angustia (Harari,1993) Lacan se interesa por dar precisión a la relación del narcisismo con el objeto, a lo que forma parte de la estructura del fantasma ($<>a): "Como este objeto está habitualmente enmascarado tras la imagen narcisista, el melancólico necesita pasar a través de su propia imagen para alcanzar dicho objeto (...) cuya caída lo conducirá a la precipitación suicida." Se trata pues de la representación del mito de Narciso.

Con respecto a la manía, Lacan la atribuye a la falta de intervención del objeto a del fantasma ($<>a); el sujeto, sin la mediación del fantasma, queda atrapado en la extrema dispersión de sus pensamientos. Un excelente ejemplo de lo que ocurre en la manía y en la melancolía puede apreciarse en la película australiana "Shine", en la cual el actor Geoffrey Rush representa al notable virtuoso del piano David Helfgott actuando una extraordinaria demostración de una fuga de sus ideas, y consecuentemente, de su discurso, aparen­temente disparatado y vertiginosamente fugaz.

En "Televisión" (2001) Lacan escribe: "En cuanto a la manía es la falta de función del objeto a, es la no extracción de este objeto, lo que provoca, con el rechazo de todo desciframiento del goce por el Inconsciente, el retomo en lo real, de un goce que invade y sacrifica el organismo."

Ahora bien, ¿cómo asociar el pasaje al acto y el rechazo del Inconsciente? Para explicarlo, Miller (León, 1997) ha subrayado el binario lacaniano: "acto del Inconsciente". Por otra parte, ha querido destacar el componente real del síntoma (bedeutung), refiriéndose con ello a aquella parte del síntoma que es imposible de ser representada por el lenguaje y cuya causalidad última es asexuada, en todo caso autoerótica, lo más éxtimo, y en tanto tal, lo más íntimo, el objeto a.

A partir de los años 70, el síntoma se convierte en Sinthome, es decir, en una nueva forma de goce particular de cada sujeto. De acuerdo a la topología lacaniana de los nudos, el sinthome se convierte en el cuarto nudo que sostiene a los otros tres (simbólico, real, imaginario). El sinthome, como expresión de goce, es silencioso, no demanda interpretación puesto que no está dirigido al Otro. No es algo que el sujeto pueda dialectizar.

En la melancolía, precisamente el sinthome está situado en lo real, el sujeto identificado plenamente al desecho, al objeto, "no puede perderse." "Donde hay un agujero por ahí se lanza (...) el melancólico es un sujeto engullido por un objeto que es imposible perder." (Bassols en León, E.: 1997)

En relación al sentimiento de tristeza, Lacan acuñó una frase en "Televisión" (2001) que se ha hecho célebre: "La tristeza se la califica de depresión, pero ella no es un estado del alma, es simplemente una falta moral como lo expresó Dante, al igual que Spinoza: un pecado, es decir, una cobardía moral que sitúa al pensamiento como su resorte último."

Por otro lado, Serge Cottet (León, 1997) señala el carácter anti-lacaniano de los discursos que valorizan "un estado del alma" y esgrime para ello dos razones: un estado del alma es una manifestación tanto psíquica como somática. Con esto se refiere a la unidad del funcionamiento corporal, tal como lo recuerda Lacan en "Televisión" (2001). La segunda razón se refiere a que los estados del alma no son confiables para el abordaje de lo real. De ahí que el afecto (senti-miento) es tramposo en la medida que su causa se confunde con el objeto que nos afecta, en consecuencia, el Inconsciente no parece ser convocado.

Lo que la melancolía revela es el abandono del sujeto por el Otro (A) en una especie de "dejar plantado" como lo describe Schreber, especialmente en el caso de la melancolía delirante. "Nada más atroz que este dolor eterno que acompaña al más extremo desprecio de sí mismo, identificado al desecho..."

Cottet (León, 1997) retoma la melancolía o psicosis melan­cólica en un artículo reciente que forma parte de La Cause Freudienne, dedicada a la depresión. En dicho ensayo, Cottet escribe: "Comencemos por la psicosis que otorga a esta clínica del vacío o del hueco un apoyo real que, justamente, suspende toda traducción en términos de sentimientos." Luego se pregunta si toda tristeza es una cobardía moral y si todo dolor moral es un goce, "sin distinción, seriación, discriminación". Ante el Otro que se ausenta, la experiencia analítica demuestra que su falta determina abandono y cobardía. Al respecto, Cottet agrega: "Por el contrario, el rechazo del Inconsciente en la melancolía induce a una culpabilidad delirante cuya queja misma hace al goce." A la vez nos aporta un dato clínico importante: los duelos patológicos testimonian la imposibilidad de separar la pérdida de un objeto de la falta radical del Otro. Y que no es azarosa en tales casos la muerte real del padre, como sucede en el caso del pintor Cristóbal Haitzmann, desarrollado por Freud (1922) en "Una Neurosis Demoníaca del Siglo XVII".

En 1953, Lacan precisa que la metáfora paterna sustituye al Nombre (el Nombre del Padre) en el lugar primeramente simbolizado por la operación de la ausencia de la madre. Esta frase indica expresamente una encrucijada entre el momento del fort-da, o sea, de la simbolización primordial de la ausencia materna, y la metáfora paterna, que sustituye el Deseo de la Madre por el Nombre del Padre así simbolizado.

Fabien Grasser (2001) se pregunta cómo articular la forclusión del Nombre del Padre con el rechazo de esta simbolización primordial, con el rechazo de esta "primera vibración de esta onda estacionaria de renuncia" (Lacan, 1984, pp. 177) al objeto, con el rechazo de ese sacrificio suicida del yo original. En la psicosis no melancólica, el sujeto realiza el objeto del fantasma materno: él es quien colma el deseo materno conservando el objeto del goce del Otro. Aquí, el Otro no desaparece, el deseo materno está en el lugar y está satisfecho. No obstante, en la melancolía, el sujeto no logra completar al Otro materno; el deseo materno desaparece, el sujeto abandona ese objeto que odia por tener que depender de su goce. Rechaza el objeto de goce del Otro.

En este punto podemos encontrar allí una relación con "la muerte de la Cosa originaria", esa simbolización primera, así como la del sujeto, que desaparece en el instante de su nominación significante, "constituyendo la eternización de su deseo" (Op.cit., p.307). Si se trata del sacrificio de la parte narcisista del sujeto subordinado al sacrificio simbólico mismo, es en todo caso el rechazo de esa muerte, al mismo tiempo que el rechazo de la simbolización del objeto lo que sólo deja por resto esa parte narcisista del hoy. Hay rechazo del objeto pero sin simbolización y, en el lugar del objeto del fantasma que produce lógicamente la operación simbólica, sólo queda una imagen que el sujeto melancólico intentará atravesar en el acto suicida para alcanzar su ser, a. (Harari, R., 1993).

El objeto abandonado por el sujeto en la melancolía, aquél cuya sombra puede caer sobre el yo, viene en lugar del das Ding, la Cosa siempre perdida, aquella que lo alienaba. Ese sujeto se identifica con el odio hacia esa Cosa, mejor dicho, la vertiente narcisista de su yo se identifica con la mismísima Cosa perdida. Sin embargo, Laurent (1988) recuerda que la melancolía implica también una segunda condición, la del destino de "la identificación con el padre muerto en la psicosis", identificación de la cual, según Freud, el superyo es heredero, la forclusión del Nombre del Padre, condición de retomo del goce propio de la Cosa sobre el yo. Entonces, en ausencia del goce fálico que falta, la identidad sexual y la relación entre los sexos, surge este goce devastador.

En la psicosis no melancólica, hemos dicho que el objeto está lejos de ser abandonado. Existe una especie de pacto entre el Otro del goce -la madre primordial- y el sujeto que porta su objeto a, de tal forma que ningún encuentro impone un llamado al Nombre del Padre. Desde entonces, la metáfora delirante paranoica, la identificación esquizofrénica a un significante amo, bastan para construir o reparar una significación que sustituya la significación fálica. Pero es sabido que la elisión de esta significación conlleva el desencadenamiento del goce sobre ese objeto no separado del sujeto.

En la melancolía no hay objeto, es abandonado. Tampoco hay pacto con el Otro. Unicamente la imagen narcisista puede taponar el goce, a condición de que sea ejemplar para el ideal. La menor imperfección que surja en esta situación de carencia del Nombre del Padre y del goce fálico deja pasar un goce que proviene de una parte del yo mismo, del superyó. Este goce se estrella, entonces, sobre lo que se sustituía al objeto abandonado, a das Ding, para disolver esa imagen. Es muy probable que es el momento preciso en que el sujeto melancólico se encuentra en la necesidad de "pasar a través de su propia imagen, de poder alcanzar ese objeto a cuyo pedido se le escapa..." (Lacan, J. en Harari, 1993). "El intenta reunirse con a, ese ser opaco que le vuelve del momento que ya no lo había hecho desaparecer por no ser más que un significante todavía no representado por un segundo, en el momento de la primera operación simbólica, la alienación" (Lacan, 1963, p. 819). En el caso de la psicosis no melancólica, ese objeto no es opaco, puesto que es bien localizado por el Otro.

Así, el sujeto que siente el dolor engendrado por la separación del objeto, para él imposible, intenta develar ese objeto tratando de reunirse con él en el acto suicida.

La ética del bien decir

Tanto en Freud, como con Lacan más tarde, la vivencia depresiva es encarada con una inversión dialéctica: la depresión plantea una cuestión ética.

Ya en su Carta 73 a Fliess, Freud planteaba que la ética consistía en continuar diciendo más allá del impedimento de los "estados de humor" que hacen obstáculo al avance de su análisis. Dichos estados impiden el acceso hacia lo que su intuición lo empuja: hay algo en él en reserva. Así, los elementos depresivos hacen obs­táculo al inconsciente y a una exigencia ética: el buen decir.

El trastorno del humor sigue siendo el símbolo cardinal de la depresión. El humor oscila con una adecuación o inadecuación de la relación del sujeto con su mundo. Oscila del buen humor que nos da la impresión que va más allá de nosotros mismos, al humor triste con el sentimiento de los límites de sí reducidos a la estrechez del cuerpo que se fija, del mismo modo que los "movimientos articulados a la palabra". En el límite de la posibilidad de moverse, Lacan sitúa el dolor, "dolor petrificado" que no deja de evocar la melancolía.

Guy Briole (1996) expresa del humor que es una variación de lo transitorio y de la fijeza que toca el corazón mismo del ser. No marca diferencia. La tinta del humor no deja huella tal como lo que no cesa de no inscribirse, lo real. El humor escapa al decir que de sí mismo no escapa, en ese sentido, empuja a la verborrea o a callarse.

Los dos polos extremos de la oscilación del humor no conciernen sólo a la psicosis (maníaco depresiva). Así para todo sujeto, por ser sujeto del inconsciente, hace de él un conjunto vacío que trata de completarse, ya sea del lado significante, ya sea del lado del objeto. En este sentido, los trastornos del humor dan cuenta de lo que ocurre en esas oscilaciones.

En los dos polos del humor, faltan las palabras para decirlo. Todo lo informulable se sitúa en la falla del buen decir. De este modo, sólo puede decirse la variación del humor.

El humor se diferencia de la angustia por el hecho que no está desplazada como el afecto, sino que se le encuentra siempre en el mismo lugar. La angustia, dice Lacan, es lo que no engaña, es certeza de su lazo al objeto. Las variaciones del humor, así como la inhibición, estarían ligadas, más bien, a las relaciones del sujeto con su falta.

Este punto de vista es el que sostiene Freud en "Lo Perecedero" (1915b). Allí destaca dos actitudes con respecto de lo efímero: por un lado rebelarse y por el otro, el estado doloroso que conduce a la desvalorización y a la desinvestidura previa. Este estado de duelo anticipado es común a los seres humanos cuando toman conciencia de lo fugaz de los objetos que conforman su mundo. La angustia del futuro se articula a la depresión, que se refiere al pasado.

La angustia ante el peligro de la pérdida se acompaña de la depresión de la pérdida realizada. La referencia es entonces a lo que ha sido y ya no es. Puede decirse que en la angustia es "lo que viene" mientras que en la depresión "ha llegado."

Briole (1996) propone que hacer una clínica de la depresión en relación a estos dos signos cardinales que son el humor y la inhibición implica, al menos en el caso del sujeto neurótico, hacer una clínica del deseo.

En conclusión, es en la falta de palabras donde la depresión encuentra su existencia. En la clínica se comprueba que el sujeto encuentra siempre razones para explicar sus variaciones de humor, efecto de un encuentro que es siempre el encuentro con la falta, de donde surge un agudo sentimiento de impotencia. Ante la impotencia, el sujeto no encuentra muchas veces otra salida que la de "hacer algo." La imposibilidad de la palabra se acompaña del imperativo de hacer. La vivencia depresiva es lo que se manifiesta cuando el síntoma ya no se sostiene como arreglo estructural ante el desfallecimiento de la metáfora paterna. La depresión es la manifestación de la cara real del síntoma, es precisamente en la falla del síntoma donde ésta se aloja. Se trata de recubrir el síntoma para que el efecto de separación no se obtenga. El "yo no sé" del sujeto neurótico se recubre en este caso con el "yo no digo" del deprimido.

Comentario Final: Es un hecho que la melancolía ha sido siempre, en mayor o menor grado, adscrita a la depresión. Hoy en día la psicosis melancólica ha perdido la precisión de su diagnóstico clínico al quedar adosada en "la Depresión", ese significante unlversalizado por los intereses del mercado.

Desde Lacan decimos que el rechazo del deseo y el no querer saber nada sobre su inconsciente es la clave de la posición subjetiva del deprimido. La apuesta teórica de la melancolía se funda sobre un rechazo forclusivo definitivo de la falta: "Sin falta y sin deseo, el melancólico pasa de la exultación de estar ilusoriamente colmado a la desesperación de haberlo perdido todo." (Juranville, 1993: p. 41)

Decimos que la depresión es uno de los recursos empleados por el sujeto para no afrontar el riesgo del deseo. El deseo inconsciente, motor de la vida psíquica, imprime su huella en cada uno de nuestros actos y elecciones. Si bien es cierto que todo sujeto se encuentra en cierta medida dividido respecto a su deseo, el ser incapaz de reconocerlo de manera directa o el no poder apropiarse de él tiene un efecto. Ciertamente, la relación del ser hablante con su deseo es siempre conflictiva.

En otras palabras, la depresión es un modo de renuncia frente al deseo y un no querer hacerse cargo del conflicto que implica. Por ello, Lacan supone que se trata de una cierta cobardía moral que se expresa en la falta de entereza del sujeto para enfrentar la vida.

La investigación ha demostrado que dar la espalda al inconsciente tiene su precio. El sentimiento de culpabilidad que afecta con frecuencia al deprimido lo lleva en ocasiones a buscar procurarse un castigo por una falta que desconoce. Esta culpa no siempre se refiere al daño cometido a otros; muchas veces estamos en falta con nosotros mismos, nos traicionamos cuando traicionamos el deseo que nos habita.

Así del mismo modo que decimos que la depresión es un obstáculo al deseo, podemos afirmar que el deseo es el mejor remedio contra la depresión.

Bibliografía

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Cancina, Pura H. (1992) El dolor de existir... y la Melancolía. Rosario, Argentina: Homo Sapiens Ediciones. Colección Clínica de los Bordes.
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Freud, S. (1915a) Duelo y melancolía. En López-Ballesteros; L. (trad.) Obras Completas. Madrid, España: Biblioteca Nueva.
Freud, S. (1915b) Lo Perecedero. En López-Ballesteros; L. (trad.) Obras Completas. Madrid, España: Biblioteca Nueva.
Freud, S. (1922) Una Neurosis Demoníaca en el Siglo XVII. En López-Ballesteros; L. (trad.) Obras Completas. Madrid, España: Biblioteca Nueva.
Freud, S. (1923) Neurosis y psicosis. En López-Ballesteros; L. (trad.) Obras Completas. Madrid, España: Biblioteca Nueva.
Freud, S. (1925) Inhibición, síntoma y angustia. En López-Ballesteros; L. (trad.) Obras Completas. Madrid, España: Biblioteca Nueva.
Grasser, F. (2001) Psicosis y melancolía. Traducción de María Pascual. Colofón No. 20. Boletín de la Federación Internacional de Bibliotecas del Campo Freudiano.
Harari, R. (1993) El seminario "La angustia," de Lacan: una introducción. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Juranville, A. (1994) La mujer y la melancolía. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión. Colección Freud <> Lacan.
Lacan, J. (1987) "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis" en El Seminario. Buenos Aires: Editorial Paidós. (Trabajo original publicado en 1964)
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Lacan, J. (2001) 'Televisión" en Otros Escritos. París: Editorial Seuil.
Laurent, E. (1988) Melancolía, Dolor de Existir, Cobardía Moral. Ornicar? No. 47. Paris: Editorial Navarin.
Leguil, F. (1996) Las Depresiones. El Caldero de la Escuela. No. 46. Publicación Mensual de la EOL.
León, E. (1997) Acerca de la llamada Melancolía. Nuevas Formas del Síntoma en la Cultura. Publicación del II Coloquio del Campo Freudiano en Cuba. Barcelona: Ediciones Eolia.
Marucco, N. (1986) La melancolía: el ocaso de una pasión. Revista de psicoanálisis, XLIII, 4. México.

lunes, 9 de junio de 2025

Caso clínico: “Cuando me miras/ mis ojos son llaves”

 Joven, de 17 años, a la que llamaremos Magali, es traída a consulta por su madre porque dice que su hija “está depresiva, no quiere salir a la calle, no sale sola sino es conmigo”.

“Alguien me está gestando indefiniblemente. Sé que naceré muerta”

Vive con su hermana dos años mayor que ella, su madre y la pareja de ésta, a quien la joven lo nombra como padrastro. Hace veinte años que conviven y este le dio el apellido a Magali. Nunca conoció a su padre biológico quien según refiere la madre “apenas quedé embarazada no apareció nunca más …yo sé cómo encontrarlo, pero nunca quise, nunca le hizo falta a Magalí…yo hice y hago de mama y de papa”.

Lacan denomina “estrago materno” a las consecuencias mortíferas del deseo de la madre erigido como Otro materno en la constitución subjetiva.

Tengamos en cuenta que la palabra “estrago” en francés alude a “hacerse amar y hacer sufrir”, con lo cual se evocan claramente las manifestaciones clínicas del fenómeno a tratar (p.1).

Primera entrevista 

“Estoy deprimida, no me gusta estar con gente, si entro a un bar y veo mucha gente, me choco con las mesas, esto me pasa desde siempre, siento que la gente me está juzgando, que me tengo que comportar de otra manera, pero no se cual es... desde chica no podía ser yo misma.

“Estado peligroso de fatiga, insomnio y palpitaciones cardíacas. Me siento muerta, mejor dicho, un peso muerto, algo enormemente pesado, no mi cuerpo sino esto que se llama yo…”

No tengo ningún tipo de talento, soy una inútil, nunca encontré un lugar en el mundo y ahora tampoco quiero encontrarlo, soy desapasionada, no tengo deseo de nada, solo de morirme…siento muchas cosas, pero a la vez no siento nada”. 

Jules Ernest Séglas​, psiquiatra francés, dice al respecto: “Al inicio de toda melancolía, se observa un vago sentimiento de abatimiento o de tristeza, de inquietud, incluso de ansiedad; sentimiento que manifiesta el enfermo espontáneamente cuando dice sentirse deprimido, incapaz de actuar, triste, desazonado, vagamente inquieto o indiferente”.

“Alguien está herida de muerte y finge una salud perfecta, sólo para que no la hieran más, para que no la hieran de nuevo, de improviso, y se asiste sola, y no sabe asistirse”

Siempre estoy cansada, no tengo ganas de nada, pero algo tengo que hacer, no tengo fuerzas para nada, porque nada me llama la atención…me aburro, estoy casi todo el tiempo en mi casa sola porque mi mama y mi hermana casi no están y eso está bien porque no quiero hablar con nadie…además muchas veces ellas no se dan cuenta como estoy…solo estoy con mis perros y mis gatos”.

No sé para qué me tuvo mi mama, es más, no se para qué tuvo hijos, de hecho, antes que yo naciera, perdió un embarazo y enseguida quiso tenerme”.

Una madre en duelo, una hija que no se siente causa de deseo ni deseada por esta madre como así tampoco por su padre, duelo fundante no elaborado.

Philipen Julien (1995) dice que la identificación al falo da al niño una razón para vivir…sin esto, no vale la pena vivir. “Ser lo que le falta al Otro, eso es el amor, sino mejor suicidarse”. 

“Recuerdo mi niñez cuando yo era una anciana. Las flores morían en mis manos porque la danza salvaje de la alegría les destruía el corazón”

Comenta que fue al colegio hasta primer año de la secundaria porque “sufría bullyng” porque siempre estaba aislada y no hablaba con nadie…lo único que hacía en el colegio era actuar en los actos escolares porque desde chica me gustaba ser otra, porque tenía un problema existencial”.

Uso lentes porque si veo con claridad me mareo porque veo la realidad demasiado clara, demasiado cruda…nunca me relajo…no puedo vivir tranquila”.

 “merece un amor menos salvaje y temible e inútil que el tuyo”
En relación a su madre dice: “Ella no entiende nada, para lo único que sirve es que si no es con ella yo no salgo... igualmente, no quiero salir a ningún lado”.

Lugar obturado, sin salida., sin intervalos.

Silvia Amigo (1999) plantea que para que alguien pueda preguntarse y responderse respecto del deseo del Otro, es necesario que “el goce del Otro no abrume al sujeto” (p. 18), es decir, son necesarios los intervalos en que el sujeto se encuentre libre del goce del Otro. 

De la madre, dice: “Ella siempre tira para adelante, siempre está bien, intenta darme fuerzas, se muestra siempre perfecta, como si nunca le pasara nada malo o no tuviera problemas, pero no se pregunta ni me pregunta que me pasa”.

Silvia Amigo define al fantasma como “una respuesta que el sujeto se da a la pregunta enigmática por el deseo del Otro”. 

El fantasma entonces sería una respuesta del sujeto a la pregunta “¿qué quiere el Otro de mí?” (p. 18).

“Soy un deseo suspendido en el vacío”

Dice que a los 10 años a veces iba a piyamadas y robaba… “robaba cosas insignificantes, no plata, juguetes o ropa…no me daba culpa, era para hacer lo que nadie hacía...no eran cosas que necesitaba”.

Yo no quiero apegarme a la gente porque si hace la suya, me voy a sentir abandonada, no voy a poder superarlo y me voy a deprimir…no quiero sentir las relaciones, no quiero sentir afecto porque no quiero sufrir”.

A esa edad inventé que era bulímica para llamar la atención... en ese momento me cortaba y me golpeaba cuando me sentía mal... hace mucho tiempo que no quiero vivir más…siempre fui melancólica, 50% viva y 50% muerta”.

Tristeza, sentirse deprimida, desesperación desde siempre, dice Heinrich (2012) “no tienen comienzo, no se desencadenan por una pérdida o decepción, sino que acompañan al sujeto desde toda la vida y determinan un modo particular de relacionarse con el otro”.

“Alguien en mí se quema”

Siempre fui un poco rara, a los 11 casi prendo fuego mi casa…encendí un fósforo para saber que pasaba si quemaba papeles en la cocina y mi mamá cuando llegó del trabajo se enojó conmigo, se enteró, porque el vecino le contó, porque él apagó el fuego…me preguntó mi mamá porque lo había hecho y no sé, en ese momento no pienso nada…quizás para saber si podía controlar el fuego que es algo que me gusta”. 

Dice haberlo hecho en dos oportunidades más en el lapso de 2 años.

“No pudiendo respirar, asfixiándome en mi yo, imagino la muerte como un lugar en donde no necesite hacer tan horrorosos esfuerzos”

Le pregunto si tuvo miedo de que ocurriera algo grave al encender esos fósforos y dice: “No, para nada…no me preocupa morirme…quisiera morirme porque no me siento cómoda en este mundo…tengo problemas de identidad, confusión en quien soy”.

“El deseo se constituye en relación al deseo del Otro; sin el amor del Ideal del Yo no habrá lo que comúnmente se llama “autoestima” Heinrich (2020).

En la segunda entrevista se describe como: … “una cucaracha, no quiero sentir que mi personalidad se desprende de mí, pero me pasa... yo sé que si me muero voy a ser yo, de esa manera voy a encontrarme y sentirme libre”.

Vacío a colmar, el cual no es reconocido como estructural, a llenar con más dolor, con el suicidio. Si no ha existido un duelo instituyente en el Otro, el sujeto no podrá renunciar a la satisfacción ideal, total, y el deseo se verá dificultado.

“Este silencio de las palabras que me invaden, de las que digo y escribo, es el horror, el vértigo, el dolor en su estado más puro”

Mi manera de pensar es media rara... reviso lo que pienso dos o tres veces y muchas veces no puedo cortar la cadena de ideas …a veces pienso como si fuera el pensamiento de otra persona y meto más pensamientos”.

“Tiendo a sentir que son muy reales las cosas y eso me pone mal. Hablo bastante sola y cuando lo hago me olvido que estoy sola…mis fantasías, lo que pienso son más reales que la realidad. A veces no diferencio si es real o fantasía”.

A casi tres años de tratamiento, Magali termina el secundario acelerado (no cursando, sino que rinde materias libres), desaprueba un examen de ingreso para el traductorado de Ingles, cursa una materia de la carrera de Psicología y decide dejar de cursar, estos dos intentos de cursada universitaria la frustran y dice que “esto me confirma que soy una fracasada”, empieza a leer y escribir novelas, poesías que sugiero que las traiga a sesión (lo hace). Dice empezar a sentirse mejor. Función de terceridad, en términos de Winnicott la existencia de una zona tercera, espacio transicional entre el sujeto y el Otro. La escritura como elemento tercero que permite que se sostenga la relación entre dos. 

“Suicidarse implica la máxima atención y lucidez, decirse «esta soy yo, ahora, aquí”

Al respecto dice: “quiero escribir, vivir de escribir, vender libros así gano plata para vivir en otro lado…un pueblo que casi no haya gente, ahí ser yo misma, desapegarme de todo y quitarme la vida”.

A los cinco meses de esto, me comenta de manera “desafectivizada” que su hermana “se mató, manejando una moto…realmente la envidio…me hubiera gustado ser ella…Quiero un lugar para empezar de cero, para no ser”

“Desperté viéndome como un cuerpo sin piel, una llagada”

Al mes, me cuenta que ha decidido hacer fasting (desayuno intermitente), el motivo es “quiero bajar de peso, estoy pesando 55 kilos y quiero llegar a los 45…me veo la cara deformada, veo además que estoy gorda…quiero ser ultra delgada, invisible, ser perfecta…así soy asimétrica”.

Haydee Heinrich (1996) habla de personas(sujetos) que consultan de los cuales se podía/puede pensar que son “inanalizables”, dice textual “nos enteramos que hacen locuras, se exponen a situaciones de riesgo, no cuidan sus cuerpos. Tienen una imperiosa necesidad de sensaciones fuertes” que los haga sentir vivos”. 

Además del fasting, hice referencia a varios actings, cuando prende fuego los papeles en la cocina, cuando roba en la casa de sus compañeros.

Mi mama me dice que estoy bien, me llevó a dos médicos que me dijeron que no tengo la cara ni el cuerpo deformado y que estoy bien de peso (a mí me da la sensación que es delgada), yo no les creo. A vos tampoco te creería si me decís algo semejante…quiero ir a un cirujano plástico a que me opere y me cambie toda la cara”.

Le pregunto porque a 45 kilos y que pasaría si llega a esos 45 kilos y se sigue viendo “gorda y con la cara deformada”, a lo que responde: “No sé…ni lo pienso”.

Buscar. No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene

A la semana me dice que me quiere preguntar algo (es la primera vez que lo hace): “¿Me podés decir que me pasa, hay algo para hacer?… ¿Se me puede ayudar? nada en mi es estable…todo es insignificante…estoy enferma de espíritu… ¿estoy fantaseando o es real?”

¿Son preguntas dirigidas a un Sujeto Supuesto Saber? ¿Comienzo de análisis? ¿Abre una hendija?

Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En ese sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, repararEscribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”.

En relación a su producción literaria, comienza a escribir textos en los que aparecen situaciones de abandono, muertes y desamores ...momento del análisis en el que dice sentirse “más animada, más viva” aunque reticente de mostrarme lo que ha escrito, “hago esto para hacer algo…igualmente no me gusta, nada de lo que haga me va a gustar, aunque vos me digas que está bueno”. ¿Cierra la puerta?

Todas las frases que están en negrita son versos de Alejandra Pizarnik

A Magalí le gusta la poesía y la personalidad de la poetisa 

Comienzo esta presentación con la pregunta por el diagnóstico diferencial

Resulta necesario especificar cómo definimos en nuestra investigación el proceso diagnóstico psicoanalítico, ya que es sustancialmente opuesto al diagnóstico psiquiátrico. 

Definimos este proceso como “el trabajo por el que el analista se ubica en el campo transferencial del paciente para hacer posible desde allí una manifestación más nítida del síntoma en tanto expresión de un saber inconsciente que concierne y divide al sujeto que lo padece” (Lacan, 1964-65).

Desde la Psiquiatría, a manera de pregunta

¿Podríamos hablar desde el DSM 4 de un Trastorno Depresivo Mayor?

¿De un Trastorno distímico? 

¿De un Trastorno de despersonalización y de desrealización? (teniendo en cuenta que estos, son diagnósticos secundarios o adicionales a un diagnóstico principal diferente)

Desde Henry Ey, ¿Podríamos decir que se trata de una Melancolía? (estado de depresión intensa)

Desde E. Kretschmer, ¿Podríamos pensarlo como un Delirio sensitivo de relación? 

¿Desde Freud, podríamos pensarlo como una Neurosis Narcisista y dentro de ella, la Melancolía?

Desde una lectura lacaniana, referenciando a Haydee Heinrich, podría pensarse como una Neurosis fallida, Neurosis grave, Neurosis que no es de transferencia. 

¿Es una patología del acto?, ¿Clínica de bordes?

También abordaré el caso clínico con la teorización que hace Silvia Amigo de lo que denomina “clínica de los fracasos del fantasma” 

Comenzaré con algunas preguntas:

¿Podemos hablar de melancolía si no se lee/escucha ningún tipo de pérdida desencadenante?

¿Podemos hablar de melancolía sin hablar de duelo?

En términos de Winnicott, ¿Puede haber desilusión si nunca hubo ilusión?

¿Puede haber deseo sin duelo?

¿Siempre es posible establecer el “amor de transferencia”?

¿Hay personas(pacientes) inanalizables?

En términos freudianos, podemos pensar que el repliegue y aislamiento de Magalí está representado como el estado del dormir (estado narcisista).

En Magali se presentan todos los signos del duelo más la perturbación del sentimiento de sí, autoreproches (se reprocha no haberse matado y no, no haber matado a alguien), posición melancolizada, desgano, un desgarro profundo en el sentimiento de vida.

En Duelo y Melancolía, Freud dice: "La melancolía se singulariza en lo anímico por una desazón profundamente dolida, una cancelación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de toda productividad y una rebaja del sentimiento de sí que se exterioriza en autorreproches y auto denigraciones y se extrema hasta una delirante expectativa de castigo”.

¿Melancolía como psicosis?

En 1914, “Introducción del narcisismo”, Freud diferencia a las “neurosis de transferencia” de las “neurosis narcisistas”, estableciendo una clínica diferencial dentro del campo del psicoanálisis.

Dentro de las neurosis narcisistas se incluyen la paranoia, la melancolía y la esquizofrenia de Bleuler, que Freud llama “parafrenia propiamente dicha”.

Freud teoriza conceptos tales como los de: elección narcisista de objeto, identificación narcisística, y conflicto de ambivalencia, y esto ubicara a la melancolía del lado de las neurosis narcisistas. 

Propongo pensar a la melancolía como una neurosis narcisista tal como lo planeta Freud en su segunda nosografía y no como una psicosis.

Fallas en el narcisismo, el cual regula la relación con el “otro”, con el cuerpo (imagen de sí misma), relación con el deseo.

En Magali aparece  la “cancelación del interés por el mundo exterior y  la pérdida de la capacidad de amar  pero no podemos hablar de psicosis porque tiene una posición ambivalente frente al mundo externo y además citando a Freud “Pero el nuevo mundo exterior, fantástico, de la psicosis quiere reemplazar a la realidad exterior; en cambio, el de la neurosis, gusta de apuntalarse, (…) en un fragmento de la realidad –diverso de aquel contra el cual fue preciso defenderse-, le presta un significado particular y un sentido secreto que (…) llamamos simbólico”.

Tampoco aparece en su discurso un sustituto de la realidad, una nueva realidad, como lo hay en la psicosis, sino que esta joven reconoce la realidad material como amenazante y hostil (“veo la realidad demasiado clara, demasiado cruda…”).

En Magali, no se escucha/lee una relación amorosa hacia un objeto, ya perdido, cuyo resultado produce autorreproches hostiles, efecto de la identificación a aquel objeto, me pregunto entonces si alguna “sombra del objeto ha caído sobre el yo”, en principio diría que no.

¿Podemos hablar de melancolía si no se lee/escucha ningún tipo de pérdida desencadenante?

En Duelo y Melancolía (1915), Freud dice que en la melancolía hay una pérdida que no puede ser elaborada mediante un trabajo de duelo, porque hay algo de ese objeto perdido que justamente no puede ser dado por perdido y con respecto al duelo dirá que ya no será por la pérdida de la libido.

 En el Manuscrito G, Freud plantea que “La melancolía consistiría en el duelo por la pérdida de libido” (1895), años más tarde dirá que es por una pérdida de objeto del cual el sujeto tenía una ligadura libidinal que luego se perdió, de ahí la reacción frente a la pérdida. Freud en "Contribuciones para un debate sobre el suicidio” habla de libido desengañada o desilusionada. 

En relación a la pregunta formulada, podemos entonces responder afirmativamente, ya que podemos hablar de melancolías, algunas con fallas en la estructuración psíquica, en la constitución del narcisismo.

Tengamos en cuenta que, en la nosografía freudiana, la melancolía, a diferencia de las neuropsicosis de defensas y de las psicosis, no se explica por el mecanismo de la represión ya que para “dar cuenta de la sintomatología melancólica (...) Freud coloca en primer plano, las relaciones con el objeto de amor”, o sea, ubica en primer plano los vínculos libidinales con el objeto.  (Mazzuca 2006).

En este caso, podríamos preguntarnos qué relación con esos objetos primarios tuvo Magali, que lugar ocupó para esa madre, en relación a ella, dice: “se muestra siempre perfecta como si nunca le pasara nada malo o no tuviera problemas” a lo que agrega que muchas veces esta madre no registra lo mal que está su hija.

Una madre que le negó todo acceso al padre biológico y al padrastro: 

“Nunca le hizo falta a Magalí…yo hice y hago de mama y de papa”, una, madre sin límite, un goce materno voraz no regulado del todo por la función paterna que complica al sujeto en su recorrido deseante 

Plantea Haydee Heinrich (2013) que “Freud reconoce, efectivamente, que puede haber una pura afección yoica narcisista, que puede dar lugar a un cuadro melancólico, independientemente de la pérdida de un objeto. O sea que habría melancolías que no se desencadenaron por una pérdida, sino que evidencian algún problema en el narcisismo”.

Lacan (1963) en relación al duelo, plantea: "Sólo estamos de duelo por alguien de quien podamos decir 'Yo era su falta”.

De acuerdo al relato que hace Magali, podríamos inferir que no tuvo la posibilidad de alojarse en el campo del Otro como falo imaginario, para identificarse a lo que al Otro le falta, en otras palabras, no hubo distancia fálica. 

Dice Hayde Heinrich (1999):     

Cuando el Otro primordial no puede hacer el duelo por el niño en tanto objeto, cuandoesa primera pérdida estructural no se ha inscrito ni transmitido, cuando el Otro no dona su falta, el sujeto tendrá dificultades a la hora de tratar las pérdidas fortuitas que sufrirá en su vida.  ¿Cómo sobrevivir a tantas frustraciones, privaciones, problemas que se enfrenta todos los días, sin contar con el recurso del duelo?”.

Magali dice en una sesión que, si ella se muere, “si yo no estuviera, nadie se daría cuenta… solo mi mama, pero enseguida saldría adelante y no pensaría más en eso…ya le pasó con mi hermana que casi la olvidó”.

Se lo dice a su analista, quien en ese momento tampoco registra el lugar al que es convocado.

 “Si   el   sujeto   no   encuentra   una   respuesta   tranquilizadora   a   la   pregunta: “¿puedes perderme?”, si no es lo que le falta al Otro, no podrá más que preguntarse todo el tiempo para qué vivir”.

Teniendo en cuenta que para Freud lo que cura a “nuestros pacientes” es que se establezca una “neurosis artificial”, es aquí que me surge la pregunta, siguiendo la segunda Nosografía freudiana, si es posible establecer la transferencia con una paciente melancólica.

“Las neurosis narcisistas no tienen ninguna capacidad de transferencia o sólo unos restos insuficientes de ella. Rechazan al médico, no con hostilidad, sino con indiferencia” es decir, la investidura de objeto fue resignada, trasponiéndose en libido yoica.

En estas Neurosis, no solo hay regresión de libido al yo sino también en la viscosidad: “la libido, convertida en narcisista, no puede entonces hallar el camino de regreso hacia los objetos, y es este obstáculo a su movilidad el que pasa a ser patógeno” Freud (1916-1917). 

Heinrich (1996) plantea que hay neurosis en las que hay una falla en su constitución, con “formaciones al “estilo acting out” antes que con formaciones del inconsciente”.  

¿Es un borde de la neurosis que podemos llamar acting out? pregunta la autora: “En realidad no se trata de una especie de sujeto sino de una zona de relación, aquella que yo defino como Acting- Out” .

La pregunta por si hay posibilidad de transferencia, queda cuestionada por una paciente, quien a pesar de decirle a su analista que “siempre voy a sentirme así…una inútil, sin deseos de nada”, es la misma que sigue sosteniendo el espacio de análisis a pesar del sin salida en el que dice convencida estar.

Para Lacan, el acting out aparece cuando fracasa la posibilidad de la transferencia, es una indirecta, de alguna forma, al analista, mostrándole que ha fallado, que no pudo escuchar, que no la alojó en el campo del Otro.

 ¿Qué muestra ésta paciente?

 Dice Heinrich que muestra que el analista ha fallado en su función, que no pudo escuchar ,no pudo alojar “el objeto en el campo del Otro” advertencia, mostración fallida aunque también es importante plantear que en la paciente de referencia hay fallas en la constitución del narcisismo desde los primeros tiempos y entonces también “podemos suponer que fue el Otro primordial en tiempos instituyentes quien no ofreció  el intervalo necesario para que el sujeto transfiera el objeto al cual se identifica” .

Función de afanisis que no se produjo, entendiendo por esta, la pregunta que el sujeto le formula al Otro en el encuentro con su deseo: “¿Puedes perderme?”.

En Magalí no solo, no se ha constituido esa pregunta en los primeros tiempos de estructuración psíquica sino tampoco se instala en el análisis, ya que ella dice que puede no estar más, puede morirse y a nadie conmover semejante hecho. “el sujeto se ubica, se instala, se constituye como sujeto en ese intervalo, en ese lugar de falta del Otro, a condición que el Otro ofrezca ese intervalo”. (Heinrich 2020). Entonces, sino aparece el “puedes perderme”, sino aparece el deseo del analista, no se instalará la neurosis de transferencia.

La joven de referencia le pregunta al analista: “¿Me podés decir que me pasa, hay algo para hacer?… ¿Se me puede ayudar?”, éste en lugar de producir una falta, un intervalo, le dice: “lo que a vos te pasa…” y en esa obturación, que el Otro no ha mostrado una falta, anula la posibilidad de instalar la transferencia que “no es más que el analista haga semblant de ese objeto que el sujeto transfiere ya que el acting tiene la función de “cavar esa hiancia” de manera encarnizada. (Lacan,1964).

Si lo que define la posibilidad de transferencia es el deseo del analista, en términos de Lacan, si Magali muestra de varias maneras que a nadie le importa/importaría perderla, es el analista que debe ubicarse en otra posición, hacerle un lugar, en el caso de este análisis, podría haber sido mostrarle a la paciente que él lamentaría mucho su ausencia apostando al “yo soy su falta”.