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sábado, 13 de diciembre de 2025

Del concepto al nombre: objeto, ley y temporalidad simbólica

El sintagma “el concepto es el tiempo de la cosa”, extraído de la lectura hegeliana mediada por Kojève, introduce una temporalidad específica para el objeto, una temporalidad que lo separa de la caducidad inherente a la cosa natural. En este desplazamiento se juega una diferencia decisiva: ya no se trata de la cosa sometida a la lógica de lo perecedero, sino de un objeto cuya duración está sostenida por el concepto.

De allí se desprende la distinción entre la cosa y el objeto. El objeto no es un dato previo ni natural, sino algo que se engendra a partir del concepto mismo. Esta diferencia resulta crucial para la práctica analítica, en la medida en que permite precisar que el objeto con el cual el sujeto entra en relación pertenece al campo del símbolo y carece, por tanto, de un soporte natural. El objeto analítico no es encontrado, sino producido.

En este sentido, el objeto es algo que se nombra. Sin embargo, afirmar esto no implica desconocer que hay, en el objeto, un resto que escapa a la simbolización: ese punto irreductible que Lacan formalizará como el objeto a, su real. Pero el momento que aquí se destaca es aquel en el que el acto de nombrar desplaza la interrogación hacia el estatuto mismo del nombre, cuestión que ocupará a Lacan de manera insistente a lo largo de su enseñanza.

¿Qué es un nombre? La pregunta no conduce a una concepción según la cual lo simbólico se limitaría a designar algo dado de antemano. Por el contrario, el nombre no recubre lo real: lo funda. Nombrar es producir, forjar, acuñar; incluso —en un sentido fuerte— amonedar. El nombre introduce una consistencia que no existía previamente.

Esta concepción del nombre se articula con la idea de una creación ex nihilo que atraviesa el planteo lacaniano desde sus comienzos. Nombrar es inaugurar lo propiamente humano: el deseo, la demanda, un objeto ya simbolizado. En este recorrido, el pasaje del objeto al nombre conduce necesariamente al campo de la ley.

La experiencia humana requiere la operación de la ley, inicialmente pensada a partir de la ley de alianza, en tanto instancia que prescribe tanto posibilidades como prohibiciones. Esta ley se caracteriza por ser, a la vez, imperativa en sus formas e inconsciente en su estructura. Su carácter imperativo remite a la actividad del significante; su inconsciencia la sitúa del lado de la enunciación, más próxima al texto que a lo explícitamente articulado.

Pensada de este modo, la relación del sujeto con la ley no es de conocimiento directo ni de adhesión consciente: el sujeto accede a su sujeción a la ley a través de sus efectos. Es en esa captación indirecta, retroactiva, donde se anudan el nombre, el objeto y la temporalidad simbólica que estructura la experiencia analítica.

lunes, 3 de noviembre de 2025

La melancolía en Lacan como rechazo del inconsciente

Hablábamos acá de las melancolizaciones en distintas estructuras clínicas.

En cuanto a la melancolía y a la manía, Lacan (1984) las sitúa claramente en el campo de las psicosis, como dos expresiones distintas de los efectos de la forclusión. Entonces, ¿podemos mantener un estatuto particular a la melancolía y a la manía, o debemos considerarlas como una forma evolutiva de la psicosis? Este tema queda abierto a discusión, sabiendo de antemano que en la variedad de los casos, tomados uno por uno, no implica la existencia autónoma de una entidad nosológica.

Por otro lado, Colette Soler afirma que Lacan: "(...) hizo de la forclusión, en tanto es rechazo del Inconsciente, la causa primera de la psicosis." "Como psicosis, la melancolía no se desencadena tanto por el encuentro de un padre, como por el de una pérdida. Esta pérdida (...) produce estragos: la mortificación del organismo sigue el vector de la muerte." (León, E., 1997)

En términos generales puede decirse que en relación a la melancolía, Lacan sigue un camino diferente al de la psiquiatría clásica, como también del tomado por Freud. En principio no jerarquiza el afecto de la tristeza sino que otorga relevancia a lo que llama "el filo del mortal lenguaje" y a la función del objeto a y el goce.

En el Seminario sobre La angustia (Harari,1993) Lacan se interesa por dar precisión a la relación del narcisismo con el objeto, a lo que forma parte de la estructura del fantasma ($<>a): "Como este objeto está habitualmente enmascarado tras la imagen narcisista, el melancólico necesita pasar a través de su propia imagen para alcanzar dicho objeto (...) cuya caída lo conducirá a la precipitación suicida." Se trata pues de la representación del mito de Narciso.

Con respecto a la manía, Lacan la atribuye a la falta de intervención del objeto a del fantasma ($<>a); el sujeto, sin la mediación del fantasma, queda atrapado en la extrema dispersión de sus pensamientos. Un excelente ejemplo de lo que ocurre en la manía y en la melancolía puede apreciarse en la película australiana "Shine", en la cual el actor Geoffrey Rush representa al notable virtuoso del piano David Helfgott actuando una extraordinaria demostración de una fuga de sus ideas, y consecuentemente, de su discurso, aparen­temente disparatado y vertiginosamente fugaz.

En "Televisión" (2001) Lacan escribe: "En cuanto a la manía es la falta de función del objeto a, es la no extracción de este objeto, lo que provoca, con el rechazo de todo desciframiento del goce por el Inconsciente, el retomo en lo real, de un goce que invade y sacrifica el organismo."

Ahora bien, ¿cómo asociar el pasaje al acto y el rechazo del Inconsciente? Para explicarlo, Miller (León, 1997) ha subrayado el binario lacaniano: "acto del Inconsciente". Por otra parte, ha querido destacar el componente real del síntoma (bedeutung), refiriéndose con ello a aquella parte del síntoma que es imposible de ser representada por el lenguaje y cuya causalidad última es asexuada, en todo caso autoerótica, lo más éxtimo, y en tanto tal, lo más íntimo, el objeto a.

A partir de los años 70, el síntoma se convierte en Sinthome, es decir, en una nueva forma de goce particular de cada sujeto. De acuerdo a la topología lacaniana de los nudos, el sinthome se convierte en el cuarto nudo que sostiene a los otros tres (simbólico, real, imaginario). El sinthome, como expresión de goce, es silencioso, no demanda interpretación puesto que no está dirigido al Otro. No es algo que el sujeto pueda dialectizar.

En la melancolía, precisamente el sinthome está situado en lo real, el sujeto identificado plenamente al desecho, al objeto, "no puede perderse." "Donde hay un agujero por ahí se lanza (...) el melancólico es un sujeto engullido por un objeto que es imposible perder." (Bassols en León, E.: 1997)

En relación al sentimiento de tristeza, Lacan acuñó una frase en "Televisión" (2001) que se ha hecho célebre: "La tristeza se la califica de depresión, pero ella no es un estado del alma, es simplemente una falta moral como lo expresó Dante, al igual que Spinoza: un pecado, es decir, una cobardía moral que sitúa al pensamiento como su resorte último."

Por otro lado, Serge Cottet (León, 1997) señala el carácter anti-lacaniano de los discursos que valorizan "un estado del alma" y esgrime para ello dos razones: un estado del alma es una manifestación tanto psíquica como somática. Con esto se refiere a la unidad del funcionamiento corporal, tal como lo recuerda Lacan en "Televisión" (2001). La segunda razón se refiere a que los estados del alma no son confiables para el abordaje de lo real. De ahí que el afecto (senti-miento) es tramposo en la medida que su causa se confunde con el objeto que nos afecta, en consecuencia, el Inconsciente no parece ser convocado.

Lo que la melancolía revela es el abandono del sujeto por el Otro (A) en una especie de "dejar plantado" como lo describe Schreber, especialmente en el caso de la melancolía delirante. "Nada más atroz que este dolor eterno que acompaña al más extremo desprecio de sí mismo, identificado al desecho..."

Cottet (León, 1997) retoma la melancolía o psicosis melan­cólica en un artículo reciente que forma parte de La Cause Freudienne, dedicada a la depresión. En dicho ensayo, Cottet escribe: "Comencemos por la psicosis que otorga a esta clínica del vacío o del hueco un apoyo real que, justamente, suspende toda traducción en términos de sentimientos." Luego se pregunta si toda tristeza es una cobardía moral y si todo dolor moral es un goce, "sin distinción, seriación, discriminación". Ante el Otro que se ausenta, la experiencia analítica demuestra que su falta determina abandono y cobardía. Al respecto, Cottet agrega: "Por el contrario, el rechazo del Inconsciente en la melancolía induce a una culpabilidad delirante cuya queja misma hace al goce." A la vez nos aporta un dato clínico importante: los duelos patológicos testimonian la imposibilidad de separar la pérdida de un objeto de la falta radical del Otro. Y que no es azarosa en tales casos la muerte real del padre, como sucede en el caso del pintor Cristóbal Haitzmann, desarrollado por Freud (1922) en "Una Neurosis Demoníaca del Siglo XVII".

En 1953, Lacan precisa que la metáfora paterna sustituye al Nombre (el Nombre del Padre) en el lugar primeramente simbolizado por la operación de la ausencia de la madre. Esta frase indica expresamente una encrucijada entre el momento del fort-da, o sea, de la simbolización primordial de la ausencia materna, y la metáfora paterna, que sustituye el Deseo de la Madre por el Nombre del Padre así simbolizado.

Fabien Grasser (2001) se pregunta cómo articular la forclusión del Nombre del Padre con el rechazo de esta simbolización primordial, con el rechazo de esta "primera vibración de esta onda estacionaria de renuncia" (Lacan, 1984, pp. 177) al objeto, con el rechazo de ese sacrificio suicida del yo original. En la psicosis no melancólica, el sujeto realiza el objeto del fantasma materno: él es quien colma el deseo materno conservando el objeto del goce del Otro. Aquí, el Otro no desaparece, el deseo materno está en el lugar y está satisfecho. No obstante, en la melancolía, el sujeto no logra completar al Otro materno; el deseo materno desaparece, el sujeto abandona ese objeto que odia por tener que depender de su goce. Rechaza el objeto de goce del Otro.

En este punto podemos encontrar allí una relación con "la muerte de la Cosa originaria", esa simbolización primera, así como la del sujeto, que desaparece en el instante de su nominación significante, "constituyendo la eternización de su deseo" (Op.cit., p.307). Si se trata del sacrificio de la parte narcisista del sujeto subordinado al sacrificio simbólico mismo, es en todo caso el rechazo de esa muerte, al mismo tiempo que el rechazo de la simbolización del objeto lo que sólo deja por resto esa parte narcisista del hoy. Hay rechazo del objeto pero sin simbolización y, en el lugar del objeto del fantasma que produce lógicamente la operación simbólica, sólo queda una imagen que el sujeto melancólico intentará atravesar en el acto suicida para alcanzar su ser, a. (Harari, R., 1993).

El objeto abandonado por el sujeto en la melancolía, aquél cuya sombra puede caer sobre el yo, viene en lugar del das Ding, la Cosa siempre perdida, aquella que lo alienaba. Ese sujeto se identifica con el odio hacia esa Cosa, mejor dicho, la vertiente narcisista de su yo se identifica con la mismísima Cosa perdida. Sin embargo, Laurent (1988) recuerda que la melancolía implica también una segunda condición, la del destino de "la identificación con el padre muerto en la psicosis", identificación de la cual, según Freud, el superyo es heredero, la forclusión del Nombre del Padre, condición de retomo del goce propio de la Cosa sobre el yo. Entonces, en ausencia del goce fálico que falta, la identidad sexual y la relación entre los sexos, surge este goce devastador.

En la psicosis no melancólica, hemos dicho que el objeto está lejos de ser abandonado. Existe una especie de pacto entre el Otro del goce -la madre primordial- y el sujeto que porta su objeto a, de tal forma que ningún encuentro impone un llamado al Nombre del Padre. Desde entonces, la metáfora delirante paranoica, la identificación esquizofrénica a un significante amo, bastan para construir o reparar una significación que sustituya la significación fálica. Pero es sabido que la elisión de esta significación conlleva el desencadenamiento del goce sobre ese objeto no separado del sujeto.

En la melancolía no hay objeto, es abandonado. Tampoco hay pacto con el Otro. Unicamente la imagen narcisista puede taponar el goce, a condición de que sea ejemplar para el ideal. La menor imperfección que surja en esta situación de carencia del Nombre del Padre y del goce fálico deja pasar un goce que proviene de una parte del yo mismo, del superyó. Este goce se estrella, entonces, sobre lo que se sustituía al objeto abandonado, a das Ding, para disolver esa imagen. Es muy probable que es el momento preciso en que el sujeto melancólico se encuentra en la necesidad de "pasar a través de su propia imagen, de poder alcanzar ese objeto a cuyo pedido se le escapa..." (Lacan, J. en Harari, 1993). "El intenta reunirse con a, ese ser opaco que le vuelve del momento que ya no lo había hecho desaparecer por no ser más que un significante todavía no representado por un segundo, en el momento de la primera operación simbólica, la alienación" (Lacan, 1963, p. 819). En el caso de la psicosis no melancólica, ese objeto no es opaco, puesto que es bien localizado por el Otro.

Así, el sujeto que siente el dolor engendrado por la separación del objeto, para él imposible, intenta develar ese objeto tratando de reunirse con él en el acto suicida.

La ética del bien decir

Tanto en Freud, como con Lacan más tarde, la vivencia depresiva es encarada con una inversión dialéctica: la depresión plantea una cuestión ética.

Ya en su Carta 73 a Fliess, Freud planteaba que la ética consistía en continuar diciendo más allá del impedimento de los "estados de humor" que hacen obstáculo al avance de su análisis. Dichos estados impiden el acceso hacia lo que su intuición lo empuja: hay algo en él en reserva. Así, los elementos depresivos hacen obs­táculo al inconsciente y a una exigencia ética: el buen decir.

El trastorno del humor sigue siendo el símbolo cardinal de la depresión. El humor oscila con una adecuación o inadecuación de la relación del sujeto con su mundo. Oscila del buen humor que nos da la impresión que va más allá de nosotros mismos, al humor triste con el sentimiento de los límites de sí reducidos a la estrechez del cuerpo que se fija, del mismo modo que los "movimientos articulados a la palabra". En el límite de la posibilidad de moverse, Lacan sitúa el dolor, "dolor petrificado" que no deja de evocar la melancolía.

Guy Briole (1996) expresa del humor que es una variación de lo transitorio y de la fijeza que toca el corazón mismo del ser. No marca diferencia. La tinta del humor no deja huella tal como lo que no cesa de no inscribirse, lo real. El humor escapa al decir que de sí mismo no escapa, en ese sentido, empuja a la verborrea o a callarse.

Los dos polos extremos de la oscilación del humor no conciernen sólo a la psicosis (maníaco depresiva). Así para todo sujeto, por ser sujeto del inconsciente, hace de él un conjunto vacío que trata de completarse, ya sea del lado significante, ya sea del lado del objeto. En este sentido, los trastornos del humor dan cuenta de lo que ocurre en esas oscilaciones.

En los dos polos del humor, faltan las palabras para decirlo. Todo lo informulable se sitúa en la falla del buen decir. De este modo, sólo puede decirse la variación del humor.

El humor se diferencia de la angustia por el hecho que no está desplazada como el afecto, sino que se le encuentra siempre en el mismo lugar. La angustia, dice Lacan, es lo que no engaña, es certeza de su lazo al objeto. Las variaciones del humor, así como la inhibición, estarían ligadas, más bien, a las relaciones del sujeto con su falta.

Este punto de vista es el que sostiene Freud en "Lo Perecedero" (1915b). Allí destaca dos actitudes con respecto de lo efímero: por un lado rebelarse y por el otro, el estado doloroso que conduce a la desvalorización y a la desinvestidura previa. Este estado de duelo anticipado es común a los seres humanos cuando toman conciencia de lo fugaz de los objetos que conforman su mundo. La angustia del futuro se articula a la depresión, que se refiere al pasado.

La angustia ante el peligro de la pérdida se acompaña de la depresión de la pérdida realizada. La referencia es entonces a lo que ha sido y ya no es. Puede decirse que en la angustia es "lo que viene" mientras que en la depresión "ha llegado."

Briole (1996) propone que hacer una clínica de la depresión en relación a estos dos signos cardinales que son el humor y la inhibición implica, al menos en el caso del sujeto neurótico, hacer una clínica del deseo.

En conclusión, es en la falta de palabras donde la depresión encuentra su existencia. En la clínica se comprueba que el sujeto encuentra siempre razones para explicar sus variaciones de humor, efecto de un encuentro que es siempre el encuentro con la falta, de donde surge un agudo sentimiento de impotencia. Ante la impotencia, el sujeto no encuentra muchas veces otra salida que la de "hacer algo." La imposibilidad de la palabra se acompaña del imperativo de hacer. La vivencia depresiva es lo que se manifiesta cuando el síntoma ya no se sostiene como arreglo estructural ante el desfallecimiento de la metáfora paterna. La depresión es la manifestación de la cara real del síntoma, es precisamente en la falla del síntoma donde ésta se aloja. Se trata de recubrir el síntoma para que el efecto de separación no se obtenga. El "yo no sé" del sujeto neurótico se recubre en este caso con el "yo no digo" del deprimido.

Comentario Final: Es un hecho que la melancolía ha sido siempre, en mayor o menor grado, adscrita a la depresión. Hoy en día la psicosis melancólica ha perdido la precisión de su diagnóstico clínico al quedar adosada en "la Depresión", ese significante unlversalizado por los intereses del mercado.

Desde Lacan decimos que el rechazo del deseo y el no querer saber nada sobre su inconsciente es la clave de la posición subjetiva del deprimido. La apuesta teórica de la melancolía se funda sobre un rechazo forclusivo definitivo de la falta: "Sin falta y sin deseo, el melancólico pasa de la exultación de estar ilusoriamente colmado a la desesperación de haberlo perdido todo." (Juranville, 1993: p. 41)

Decimos que la depresión es uno de los recursos empleados por el sujeto para no afrontar el riesgo del deseo. El deseo inconsciente, motor de la vida psíquica, imprime su huella en cada uno de nuestros actos y elecciones. Si bien es cierto que todo sujeto se encuentra en cierta medida dividido respecto a su deseo, el ser incapaz de reconocerlo de manera directa o el no poder apropiarse de él tiene un efecto. Ciertamente, la relación del ser hablante con su deseo es siempre conflictiva.

En otras palabras, la depresión es un modo de renuncia frente al deseo y un no querer hacerse cargo del conflicto que implica. Por ello, Lacan supone que se trata de una cierta cobardía moral que se expresa en la falta de entereza del sujeto para enfrentar la vida.

La investigación ha demostrado que dar la espalda al inconsciente tiene su precio. El sentimiento de culpabilidad que afecta con frecuencia al deprimido lo lleva en ocasiones a buscar procurarse un castigo por una falta que desconoce. Esta culpa no siempre se refiere al daño cometido a otros; muchas veces estamos en falta con nosotros mismos, nos traicionamos cuando traicionamos el deseo que nos habita.

Así del mismo modo que decimos que la depresión es un obstáculo al deseo, podemos afirmar que el deseo es el mejor remedio contra la depresión.

Bibliografía

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Cancina, Pura H. (1992) El dolor de existir... y la Melancolía. Rosario, Argentina: Homo Sapiens Ediciones. Colección Clínica de los Bordes.
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Freud, S. (1922) Una Neurosis Demoníaca en el Siglo XVII. En López-Ballesteros; L. (trad.) Obras Completas. Madrid, España: Biblioteca Nueva.
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Grasser, F. (2001) Psicosis y melancolía. Traducción de María Pascual. Colofón No. 20. Boletín de la Federación Internacional de Bibliotecas del Campo Freudiano.
Harari, R. (1993) El seminario "La angustia," de Lacan: una introducción. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Juranville, A. (1994) La mujer y la melancolía. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión. Colección Freud <> Lacan.
Lacan, J. (1987) "Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis" en El Seminario. Buenos Aires: Editorial Paidós. (Trabajo original publicado en 1964)
Lacan, J. (1988) "Función y campo de la palabra..." en Escritos 1. Buenos Aires. Editorial Siglo XXI.
Lacan, J. (1984) "De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis" en Escritos 2 . Buenos Aires: Editorial Siglo XXI.
Lacan, J. (2001) 'Televisión" en Otros Escritos. París: Editorial Seuil.
Laurent, E. (1988) Melancolía, Dolor de Existir, Cobardía Moral. Ornicar? No. 47. Paris: Editorial Navarin.
Leguil, F. (1996) Las Depresiones. El Caldero de la Escuela. No. 46. Publicación Mensual de la EOL.
León, E. (1997) Acerca de la llamada Melancolía. Nuevas Formas del Síntoma en la Cultura. Publicación del II Coloquio del Campo Freudiano en Cuba. Barcelona: Ediciones Eolia.
Marucco, N. (1986) La melancolía: el ocaso de una pasión. Revista de psicoanálisis, XLIII, 4. México.

lunes, 1 de julio de 2024

Depresión y renegación

Notas de la conferencia dictada por Raul Yafar, Martes 12 de octubre de 2021 "Depresión y renegacion" - Centro Dos. Sumamos las notas de la conferencia "La anulación del sujeto" del 2022, centro DosEn esta conferencia del 2016, el autor delimitó el discurso depresivo. Para ese entonces, no estaba seguro del mecanismo estructurante implicado. 

Existen cuadros en el borde de la neurosis, en el sentido que no siguen los patrones clásicos que fuimos aprendiendo. No están por fuera del contexto de la neurosis, podríamos decir que se encuentran en "la antesala de la neurosis", como es el caso de las depresiones. 

De las depresiones, existe la referencia a Duelo y melancolía, un díptico muy cerrado en sì mismo. La depresión, sin embargo, puede ser considerada un tercer cuadro (Lo sostiene en su libro). La depresión es muy diferente a la melancolía. Insisto en que vale elevar a la depresión al nivel de un discurso, en el sentido de los discursos de Lacan, más allá de las manifestaciones conductuales.

Existen otros cuadros "paraneuróticos", que no entran dentro del terreno de las neurosis clásicas -histeria, neurosis obsesiva, fobia-, sino que la suplementan. Se trata de los fenómenos de anulación subjetiva, mecanismos donde queda abolido el efecto sujeto. Para ello me dirigí al concepto freudiano de renegación ó desmentida. En Freud hay de 20 a 30 referencias a este concepto. Lo interesante de este concepto es que responde a una multiplicidad de mecanismos. Quien notó esto fue Claude Rabant, por ejemplo en "Inventar lo real", donde a él le llama la atenciónla relación entre la renegación y la desubjetivación o anulación subjetiva.

A esto, hay que sumarle los conceptos de locura no psicótica, como las teorizaciones de Hegel en Fenomenología del espíritu, que no son psicóticas. Además, el concpto de carácter, que en Freud aparece desarrollado. Podemos pensar que en las depresiones hay un funcionamiento fantasmático coagulado, cerrado.

Empecemos diferenciando cuadros relacionados a los dolores, las tristezas y fenómenos de variación del estado del ánimo. Hay mucha variedad clínica que se medica con antidepresivos. Si a eso le sumamos los duelos, tenemos un campo vasto. La melancolía es un campo, pues hay melancolizaciones neuróticas y también las hay psicóticas. Las depresiones tienen que ver con la tristeza, la congoja, que incluyen cuadros como:

- El duelo.

- Melancolía.

- Duelos patológicos.

- Bipolaridad.

La depresión como cuadro. No se trata de la conducta depresiva, porque en sí mismo eso no dice nada. La manifestación de la conducta no resulta suficiente, acá pensamos a la depresión como mecanismo, estructura ó un discurso. Alguien puede ser un irónico y presentar un discurso depresivo. Incluso puede ser alguien que frecuentemente hace chistes y tener un discurso depresivo.

Aunque Freud nunca habló de esto, en Freud hay unas interesantes referencias en La transitoriedad (1915), mismo año que Duelo y melancolía. que se refieren a lo queremos situar. Duelo y melancolía es un texto metapsicológico, junto a Pulsiones y sus destinos, La represión, entre otros. 

La transitoriedad, en su comienzo, habla de algo interesante para situar la represión. Freud está caminando por una campiña florida en verano, junto a dos amigos. Uno de ellos es un poeta amigo de Freud y del otro está el amigo taciturno, que no dice una palabra. En el poeta se escucha el discurso depresivo. Pese a que Freud no lo indica, Freud debe haber dicho algo tipo "Qué linda esta mañana", porque según Freud dice:

El poeta admiraba la hermosura de la naturaleza que nos circundaba, pero sin regocijarse con ella. Lo preocupaba la idea de que toda esa belleza estaba destinada a desaparecer, que en el invierno moriría, como toda belleza humana y todo lo hermoso y lo noble que los hombres crearon o podrían crear. Todo eso que de lo contrario habría amado y admirado le parecía carente de valor por la transitoriedad a que estaba condenado.

 Es decir, el poeta reconoce la belleza (sensorialmente), PERO no la puede disfrutar (acontecimiento del cuerpo). Se niega a aceptar circular su vida pulsional ante esa belleza que lo podría hacer gozar. Esto mismo es lo que le pasa al depresivo. Entre la admiración y el disfrute posible del poeta, se interpone una valoración negativa: las flores se van a marchitar. El poeta se niega a toda una intrincación pulsional (mirar u oler las flores, por ejemplo) porque algún día se van a marchitar. El terreno de lo que se pierde y de la falta, para este poeta, es algo negativo.

El depresivo es un argumentador, está a nivel de lo conceptual. Es decir, no es alguien que camine solo y hace de su discurso depresivo casi una ideología. Como si fuera un filósofo, conceptualiza la situación y argumenta. Por lo tanto, más allá de las conductas que asociamos a la depresión, nos interesa esta argumentación y este discurso.

Todo el texto de Lo perecedero gira alrededor de esta discusión ética, pues hay una ética en la depresión y Freud responde a eso en el contexto de 1915 y la Primera Guerra Mundial. 

¿Vale la pena amar, disfrutar del amor, si ese vínculo puede marchitarse? ¿Vale la pena, pese a que no sea eterno? Este poeta diría que no. El depresivo se niega a entrar al circuito del amor y del dolor. No hay amor sin dolores posibles, tarde o temprano el amor puede terminar y extinguirse. El depresivo no quiere amor ni dolor, solo aceptaría algo eterno, algo inteligible  y no corruptible como el mundo de las ideas de Platón. El discurso del depresivo, en este punto, se convierte en ideología, porque lo defiende conceptualizando y argumentando. Es el caso del poeta que debate con Freud.

Pensemos el objeto en el depresivo: más que idealizado, está "idolizado". Por ejemplo, en el caso de las flores. No es que estén idealizadas, sino idolizadas. En estos casos, el ideal está profundamente alterado. Se trata de un narcisismo que solo acepta la eternidad, sino se niega el disfrute. Entonces escuchamos cosas como "No vale la pena amar, porque el amor termina", "Si no es el príncipe azul, no me enamoro". Se queda fuera del juego del deseo y, por lo tanto, fuera de la castración y la pulsión. está en la antesala del intercambio de objetos.

El depresivo cree en un falo que jamás cae, un ídolo, un objeto eterno, "platónico". Esto, conceptualmente, es una forma de goce que si bien no está en el objeto (ej. las flores), está en este objeto inexistente. Por otro lado, el depresivo intenta destruir prematuramente el objeto, pues el pintor ya se imagina la flor marchita antes de que se marchite. 

Indicaciones clínicas

El depresivo hará con su analista lo mismo que hace con los objetos del mundo. El depresivo les hará esta pseudo-pregunta: ¿Y para qué...?. En cambio, el melancólico se aparece a la consulta con autorreproches, creyendo que merece la muerte, no el amor. 

- No se trata de un duelo, ni del dolor frente una pérdida. 

- Tampoco es una melancolía, que tienen una alteración profunda del yo. En la melancolía no hay lazo social, mientras que el depresivo hace discurso. En ese sentido, el depresivo está dentro del discurso puede ir a análisis a buscar a un Otro con el cual discutir, refutar, hace ideología.

- Finalmente, no es un duelo patológico, es decir, aquellos que no han cumplido con los pasos esperables del duelo. Es como si el muerto solo hubiera desaparecido y en cualquier momento fuera a aparecer. 

- Tampoco es bipolaridad, es decir, estas manías medicadas que aplanan al sujeto. En estos casos, la manía es lo central y las fases depresivas el resultado de la medicación y las intervenciones para el brote.

La posición del depresivo que estamos viendo es la antesala de la neurosis. Mira todo desde afuera. 

No hay que creer que el depresivo entró en análisis porque hace 5 años está en la consulta. El gran trabajo a hacer es que entre en análisis, que su discurso varíe y entre en la concatenación del deseo. Para el depresivo, ni vale la pena traer un sueño. 

En la dirección de la cura, no se trata de alentar ni confrontar este discurso. El depresivo es un filósofo con afilados argumentos. Más bien hay que ir a revelar este objeto eterno que él ha inventado, por ejemplo, la flor eterna, el príncipe azul, etc. En nombre de este objeto existente, el depresivo destruye al mundo.

Por otro lado, son pacientes que no quieren saber nada de lo femenino, es decir, con el  manejo de la falta y el no-todo. El falo está en estado de exaltación.

 La anulación subjetiva

Verleugnung fue traducida como renegación, o más tarde, desmentida. En la obra de Freud, el concepto está utilizado de diversos modos. A veces lo aparenta con la psicosis, con la perversión; otras veces, con la neurosis. El punto en común de los usos que Freud les dio es que en todos los casos se anula la subjetividad, lo que Lacan llama efecto sujeto se empieza a volatilizar.

La Verleugnung siempre se relaciona con la castración y el universo de la falta, en el sentido de los modos que el sujeto encuentra diversos modos de evitarla. Freud y otros autores señalan contenidos de tono negativo (aunque no siempre preciso), siempre se trata de desdecir, negar, retractar, desaprobar, desautorizar, repudiar, negar, renegar... Todas estas formas de anulación del sujeto tienen este tono negativo, impreciso, inespecífico, variado y siempre aluden a hacer algo con la falta, para anularla. 

Por momentos la Verleugnung se presenta de forma negadora, rehustativa, expulsiva y renunciativa. La negación y la renuncia se refieren más al objeto, que no es aceptado o incorporado. La expulsión y el rehusamiento tienen más que ver con actos del sujeto. 

Freud vuelve una y otra vez al concepto de Verleugnung, pero la aplicación que Freud le da varían de sentido. Por cuestiones metapsicológicas, ya no se puede hablar de represión para la neurosis y renegación para las perversiones, cosa que se popularizó con las estructuras clínicas del primer Lacan. En el seminario 4, aparece la fobia relacionada con el fetiche y se establecen estructuras. Podemos decir que la Verleugnung es un mecanismo cotidiano que cualquier estructura puede utilizar, incluso en la psicosis

Algunos sentidos para pensar la Verleugnung son:

- La creencia.

- Lo insoportable, el dolor.

- Las particiones del sujeto.

- La mentira, la desmentida.

- El borramiento de las huellas.

- Adjuración.

- Los mecanismos del sacrificio y el chivo expiatorio.

- Los canallas.

Son mecanismos que vemos todos los días, en la vida cotidiana o en los consultorios. Todos tienen un matiz de "Si, pero no", como expuso Maud Mannoni. Veámoslos con más detalle.

1) Asunción del sujeto. 

Comenzamos con la falta en ser del sujeto asumida, para después ver las formas de anulación de esa falta. El sujeto, inicialmente, se enfrenta a algo que no le agrada, que lo turba, le molesta o le produce una herida narcisista. La subjetividad es un hueco que se abre para el yo, por eso Lacan pone la S barrada. En el primer mecanismo, el sujeto asume que esto ocurrió, se angustia y lo acepta. Esta aceptación puede ser parcial, por ejemplo el que asume pero prefiere no hablar de eso. Esto que describimos tiene la estructura de un duelo. En esta primera forma, no hay anulación del sujeto.

2) El descreimiento como causa

Supongamos que aquello que al sujeto no le gusta es egodistónico, en el sentido que se entera, pero no lo acepta. Las razones pueden entrar en conflicto con el ideal del yo. Si por ejemplo uno se entera que una persona a la que consideraba buena hace una maldad, uno diría "No puedo creerlo". Hay una creencia ligada al ideal del yo previa que genera un descreimiento. La persona anula el efecto subjetivo, la barradura que lo afecta. La creencia se impone sobre el sujeto y lo obliga a no creer. El yo finalmente se afirma, diciendo "esto es falso", convenciéndose a sí mismo. La respuesta es una afirmación mediante una creencia previa apoyada en el ideal del yo. Es un acto de fe, se retrocede ante una verdad, amparándose en una creencia. Aquí hay un esbozo de anulación del sujeto, en tanto barrado.

3) El descreimiento como consecuencia. Lo insoportable del dolor.

En este caso no hay una creencia previa, de manera que tiene que forjar o crear alguna. Esto no es perverso, lo vemos en las religiones. Por ejemplo, el sujeto puede enfrentarse a la muerte de un ser querido. Puede inventar, entonces, la creencia en el "más allá". Es un mecanismo más colectivo.

En este tercer momento, la creencia previa no alcanza y se tiene que inventar algo. Se juega la dimensión de lo intolerable o insoportable. Volviendo a Lo perecedero de Freud, de lo que se trata es de un enfrentamiento a la finitud. Esto exige crear una creencia, ante lo insoportable. El discurso sería "No lo soporto, tengo que crear una respuesta a esto".

4) El proceso específico de las perversiones. 

Es el que aparece desarrollado en El fetichismo ó La escisión del yo en el proceso de defensa. Freud plantea que la creación del fetiche es un triunfo sobre la castración, aunque en realidad es un fracaso. La percepción de la castración es tan intensa, que por un fracaso en su tolerancia se apela a este mecanismo. 

El fetiche es individual, es una especie de religión privada. Por eso no tiene que ver con el tercer mecanismo. El sujeto lo inventa para defenderse de la castración y sólo le sirve a él: el brillo en la nariz, el zapatito, etc. No se trata de una creencia, ni del ideal del yo (colectivo) ni una obra de arte. Se parece más a la singularidad del objeto transicional.

5) No darse por enterado.

De nuevo, ante la experiencia de la castración, el sujeto puede no darse por enterado: le entra por un oído y le sale por la otra. No hay trabajo, sino un signo automático, un abolición de lo aceptado y no aceptado. La subjetividad queda anulada, el sujeto hace de cuenta que no escuchó.

El único rastro que queda de no darse por enterado. No es una censura, porque eso implicaría algún alojamiento. Es un no registro, solo queda la señal de una "estupidización", porque a quien todo le resbala, parece tonto. genera desesperación en el otro, que no sabe si es tonto o un vivo.

6) Las particiones del yo.

El yo tiende a la síntesis, agrupa. El psicoanálisis, en cambio, al análisis. Las escisiones del yo hay una simultaneidad que se aparenta con el mecanismo anterior de no darse por enterado. Acá encontramos el famoso artículo de Maud Mannoni "Ya lo sé, pero si embargo...". Es un sí pero no, aunque Mannoni lo trabaja por el lado de la neurosis. 

Cuando uno va al teatro a ver una obra, pone en suspenso la realidad que conoce, la credibilidad. Uno no está pensando en que es un actor haciendo que lo matan, sino que se conecta con la historia, aún sabiendo que no es cierta. es el mecanismo esencial del arte, en tanto la obra puede tomarlo a uno y causarle indignación, gracia o tristeza. Por eso en el cine y en el teatro se apagan las luces: para suspender la realidad y sumergirse en la trama. Luego de la obra, uno recupera la realidad.

7) "Ya lo sé, porque quiero creer"

Este mecanismo tiene que ver con el fantasma, la propia realidad de cada uno. Por ejemplo, la pareja de uno puede serle infiel y aunque hay muchas huellas y todos lo saben, la persona quiere creerle. 

8) "Ya lo sé, pero eso no rige para mí (o mi grupo)"

Se trata de asumir una ley universal, pero la partición rige en tanto hay una excepción. Este "si pero no", tiene que ver con este carácter excepcional. Este mecanismo puede ser colectivo, como por ejemplo las mafias y sus propios ejércitos. 

9) "Ya lo sé, pero no me importa (porque hay algo que me importa más)".

Es lo que Lacan llama "el ataque al Otro". La melancolía tiene algo de esto, porque sabe que no es una basura, pero igual se tira por la ventana. En Antígona hay algo de esto, ella sabe que la ley de la ciudad va a castigarla si sepulta a su hermano, pero ella lo hace igual. El heroísmo también está ligado a esto.

10) La mentira... y la desmentida.

Con Lacan hay una complejidad respecto a la verdad y la mentira. Nos referimos acá a la mentira concreta, la que alguien le dice a otra persona. También está la desmentida, es un acto de enunciación "Yo no lo hice", es una declaración de desmentida. Una apelación dirigida al otro, pública y colectiva.

11) Borrar las huellas.

Es el caso del "crimen perfecto": se comete un crimen y se borran las huellas. En Moisés y la religión monoteísta, Freud habla de borrar las huellas de Moisés. En nuestro país, el caso de los desaparecidos. O borrar razas. 

12) Adjuración.

Ocurre cuando alguien reniega sobre que algo que hizo o que amó y dice "Nunca lo quise", "Nunca lo hice". No es una arrepentimiento, sino fanatismo.

13) La venganza.

El sujeto espera el "plato frío" para vengarse un tiempo después, lo que conlleva una satisfacción. Por ejemplo en Hamlet al matar a Claudio. 

14) El sacrificio.

Es el mecanismo del chivo expiatorio, que carga con las culpas. El mecanismo de los linchamientos. La comunidad se salva sacrificando a alguno. En el seminario 10 hay algunos párrafos sobre el sacrificio, diciendo que la comunidad convoca a los dioses para calmarlos y les entrega algo valioso a cambio.

15) Los canallas.

En canalla es un buen lector del deseo del otro (con minúscula), porque de él se aprovecha. Lacan habla en dos lugares del canalla, donde dice que hay que negarle el psicoanálisis. Es el caso del dealer, que comercia con la necesidad del adicto.

domingo, 2 de agosto de 2020

El duelo, su tratamiento en la clínica psicoanalítica

En la clínica nos encontramos con distintos tipos de duelos: la pérdida de un ser querido, el fin de una relación amorosa u otro tipo de situaciones. Los duelos se dan a todas las edades: niños, adolescentes como crisis normativas, en los adultos y también en la tercera edad cuando sienten que tienen cerca la sombra de la muerte.
- ¿Qué es el duelo? 
- ¿Cuál es su tratamiento en la clínica? 

Nos vamos a encontrar con duelos normales y patológicos, en tanto su re solución. Avanzar por las categorías freudianas y lacanianas sobre el duelo nos permite orientar nuestras intervenciones en dirección de los tratamientos en el caso por caso.

El encuentro con un analista
Hay diferentes maneras de abordar el duelo, a partir del padecimiento que un sujeto trae a la consulta. Cuando el analista recibe a alguien, se pregunta por el enigma que motivó la consulta. Donde hay un enigma, hay algo a descifrar. Nos preguntamos por el motivo de consulta que lleva a la demanda de tratamiento o de análisis. Generalmente, es el miedo cuando le suceden cosas que no entiende. Sufre por no entender lo que le pasa. Los analistas acompañamos y alojamos en el buen trato a que se despliegue discursivamente. El paciente debe comenzar a decir sobre su padecer.

Freud describe la cura como la asunción del sujeto de su propia historia, en la medida que está constituída como una palabra dirigida a un otro. Reunírse con un analista es diferente que hacerlo con un amigo, por ejemplo. El analista ubica que el saber está del lado del analizante, aunque el analista se sostiene en el lugar de sujeto supuesto saber. El analista sostiene una relación donde aloja al analizante para que despliegue su padecer y así ir avanzando en la dirección a la cura.

En el encuadre, analista y analizante tienen distintos lugares aunque compartan el mismo espacio. Lo que interesa es la palabra de ambos. El analizante trabaja con la asociación libre y el analista en su acto, lee a la letra. Se trata de una relación interdiscursiva, una relación de discurso, donde se intercambian letras. Paciencia y mesura son los instrumentos del psicoanálisis.

La constitución subjetiva y las pérdidas
El ser humano, a diferencia de cualquier otro mamífero, está habitado por la palabra. Es un humano parlante distinto al cachorro humano. El lenguaje lo antecede: un nombre, un lugar y los padres lo esperan, todo esto cifrado de goces del Otro que espera alojar a este niño: ¿Será grande, lindo, artista, deportista? Hay una red significante en el campo del Otro que espera que este cachorro humano advenga como sujeto.

El niño nace sin hablar y son los padres decodifican el llanto del bebé. La apropiación del lenguaje es una adquisición: los significantes vienen del deseo y el goce del Otro primoridial. El niño pasa de puro sujeto de la necesidad al alojamiento como un hijo. En este desamparo inicial, se constituye un sujeto entre uno y otro significante, que devienen desde Otro lugar.

La primera pérdida del sujeto es la del cuerpo biológico por entrar al cuerpo del significante. El sujeto necesita caer en el significante y el campo del Otro: es perder ese cuerpo para entrar al significante. Estas marcas quedan inscriptas y guiarán el deseo del sujeto, produciendo sus efectos.

Posteriormente, entra la ley del incesto propuesto por Freud. Se trata de una salida a la exogamia y a la búsqueda de los emblemas de la elección sexual de cada quien. En tiempos instituyentes -no cronológicos- nos encontramos con una lógica de la constitución del deseo del sujeto, a partir de las demandas que en el inicio le vienen del Otro y que será un enigma: ¿Qué me quiere el Otro? Esto hará al fantasma como soporte del deseo. Algo falta y esto propicia el movimiento. El inconciente se estructura como un lenguaje, donde entran los sueños, los fallidos, los equívocos, los olvidos. 

En el seminario V de Lacan Las formaciones del inconsciente, habla de la metáfora paterna. La metáfora es la sustitución de un término por otro. Es decir, ubica que hay un deseo de la madre al incicio, puesto que el primer objeto de amor para el niño y la niña es la madre. Va a haber un deseo de la madre, que será intervenido por el Nombre del Padre. El deseo de la madre será interdicto, se inscribirá la ley, donde separará a esa madre de ese niño de la relación incestuosa: el par de la díada primordial.

El padre, es su función de tercero, la ley opera sobre el deseo de la madre "No reintegrarás tu producto" y sobre el hijo "No te acostarás con tu madre". El deseo de la madre cae sobre la barra de la represión y libera al niño de la completud, que da como resultado un sujeto deseante. Aquí hay una segunda pérdida: nos encontramos con las operaciones de alienación a los significantes del Otro y separación de ese lugar de objeto de completud del Otro, que se juega en el fantasma. 

El duelo en la obra de Freud
Cuando hablamos de duelo, se trata de la reacción del sujeto ante la pérdida de amor del Otro, de ser ese objeto de completud del Otro, ante la pérdida de un lugar que tenía en el Otro. Es un afecto penoso hacia el exterior. La pérdida, como vimos, aparece desde el incicio en la constitución subjetiva. 

En el abordaje de los duelos, no hay una receta y no se tramitan igual en todos los sujetos. El analista debe escuchar en cada paciente su padecer, que está ligado a los significantes de su prpopia historia. El sujeto se historiza en el recorrido de un análisis.

Freud llega a Duelo y melancolía aproximándose con diferentes textos y aportes, conformando este texto que parece fácil o difícil por momentos. 

En el Manuscrito G de 1895 habla de algo perdido dentro de la vida pulsional. Habla de la anestesia sexual, de la anorexia, que hace a la sintomatología de la melancolía.  Dice que la melancolía va a consistir en el duelo por la pérdida de la libido. Una cosa es la libido como energía psíquica, que incluye el campo  de lo pulsional, y otra cosa es la pulsión. La libido incluye lo pulsional, pero es tomado de la teoría de la afectividad, por eso el duelo es la pérdida del afecto. 

La pulsión se sitúa entre lo somático y lo psíquico y la libido va a designar un aspecto psíquico. Es la manifestación dinámica de la vida psíquica de la pulsión sexual. Ahí también encontramos el recorrido pulsional, como se arma cada una de las pulsiones. 
El objeto de la pulsión oral es el seno y a ese objeto le corresponde una zona erógena: el pecho y la boca.
En lo anal tenemos la pulsión anal, donde el objeto son las heces y la zona erógena es el ano.
En lo escópico, el objeto de la pulsión es la mirada.
La pulsión invocante, el objeto es la voz y la zona erógena es el oído. 

En la neurosis, el empobrecimiento de libido está en el mundo. En la melancolía, el agujero está adentro.

En el Manuscrito N, Freud empieza hablando de sus correspondencias con Fliess de 1897 y haba de los impulsos hostiles que los niños tienen hacia los padres. Si posteriormente alguno de esos padres mueren, se enfermn o se ponen viejos, esa exteriorización del dueño se vuelve en reproches que retornan como castigo en autorreproches y castigos melancólicos, histéricamente el sujeto identificándose a sus síntomas. Por un lado hay una añoranza al objeto perdido y habla de melancolía, no de duelo. En Duelo y melancolía el duelo será el afecto que corresponde a esa melancolía.

Todos estos textos tienen su contexto en la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Aparecen textos como De la guerra y de la muerte como temas de actualidad. En 1918 aparece la gripe española y muere gran parte de la humanidad, incluyendo una de las hijas de Freud. Sofía estaba embarazada y Freud no llega a despedirse de ella, porque vivía en otra ciudad. Este es un caso donde está subvertido el orden: se espera que primero mueran los mayores y después la descendencia. Cuando esto queda subvertido, es muy difícil de soportar. Aparecen los textos Duelo y Melancolía y Lo perecedero. Escribe Introducción al narcisismo y Pulsiones y sus destinos

En Lo perecedero, tenemos un texto que antecede a Duelo y melancolía. Allí Freud se pone a investigar el duelo. Es un texto muy agradable de leer, donde Freud tiene una conversación con un joven poeta en un paseo durante el verano anterior a la guerra, donde el poeta se preocupaba porque todo lo bello estaba condenado a desaparecer y a perecer, como la belleza humana. 

El carácter de lo perecedero de bello origina dos tendencias psíquicas: una es la condena por el amargado hastío por el mundo en el que se encontraba este joven. Pero también la rebeldía contra esa pretendida fatalidad de que no ocurra. Es algo que nos sucede, estamos frente a lo perecedero. Freud plantea que no hay representación de nuestra propia muerte en De la guerra y la muerte. Uno ubica la muerte del otro, pero siente que va a vivir indefinidamente. Pensar en la desaparición de aquello que nos maravilla nos hace perder la posibilidad de vivir la vida que nos toca vivir. ¿Por qué? Porque hay un incremento por sobrevalorar todo lo que hace al principio del placer, a lo bello y a lo perfecto. 

Freud ubica que la posición de este joven de sobrevaloración se debe a que algo le debería estar sucediendo, que hace que si no es tan bello, caiga en esta gran desazón. La rebelión psíquica contra el duelo por algo perdido debe haberse malogrado un goce de lo bello. Freud situaba que el principio del placer es, de alguna manera, sostenerse en ese goce de lo bello para contrarrestar ese otro punto donde aparece el displacer.

Todos hablamos naturalmente del duelo, hasta que nos toca tramitar uno. El analista puede ubicar en su paciente duelos no tramitados en otro tiempo. Allí hablamos de duelos patológicos: se produce un duelo que por alguna razón no se tramitó. Esto fija al sujeto en esa situación traumatizante que desencadena otra cosa tiempo después. Esa libido que originalmente se orienta hacia el propio yo para luego dirigirse a los objetos, de algún modo queda incluída en nuestro yo. Esos objetos, si son destruídos y no queda libre en el trabajo del duelo, puede llevar a la melancolía: allí el sujeto se identifica al objeto perdido y se pierde con él. En casos extremos puede llegar al suicidio, o evolucionar hacia la manía.

La tramitación de un duelo es que el sujeto pueda ir desenlazando pieza por pieza, ideal por ideal, todo aquello que el sujeto enlazó a ese lugar. Cuando a alguien se le pierde un ser querido, por ejemplo en un ruptura de pareja, se trata además de todo lo enlazado a él. Se pierde, más alla de ese otro, el lugar de amor. En casos como la muerte lo mismo. De esta manera, Freud considera que se va desprendiendo la libido de sus objetos, que debe ser necesariamente un proceso doloroso. Es decir, hay que soportar el dolo que permite atravesar un duelo porque no es sin atravesar ese dolor.

El sujeto se libera de la posición de dueo cuando la libido que se aferra a los objetos puede disponer de nuesvos objetos, Freud dice que después de la guerra, donde la naturaleza y el arte quedan arrasados, queda la pregunta de si por ser perecedero eso tiene menos valor. 

Así, entra en Duelo y melancolía. Dice que el duelo es un afecto penoso, como una manifestación exterior. Define al duelo como la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga a sus veces, como la patria, la libertad, el ideal. En la melancolía y el duelo, se ven características parecidas, con la diferencia que en el duelo normal no hay algo inconsciente: el sujeto sabe que perdió un ser querido, por ejemplo. 

Los tiempos de un duelo no son cronológicos, sino subjetivos, donde el sujeto se tiene que ubicar frente a esa pérdida. Hay un momento del duelo donde el sujeto le da existencia a eso que perdió, como cuando guarda la ropa de se ser querido que falleció. El sujeto aquí niega esta posibilidad de sustitución. Otro tiempo del duelo es la repetición del desencuentro, entre la imposibilidad de sustituir el lugar de lo que perdió. El cuarto tiempo es abandonar lo perdido, un timpo donde se admite y madura el duelo. Se admite al objeto como irrecuperable y de eso de lo que uno fue para ese objeto perdido. Recién aquí está la posibilidad de relanzar la libido hacia otros objetos. Es importante esto, porque a veces ante un corte de pareja se busca a otro igual al se perdió y el analista debe llevar al paciente, de a poco, a que esa persona se perdió. El sujeto se agota en la identificación con el objeto perdido, hasta que puede liberarse y pasar a otro tiempo de enlazar a un nuevo amor.

En el duelo, hay diferentes tiempos y un cifrado a descifrar. En el duelo normal, el sujeto pierde el sentido de la vida, se entritece, se siente mal, no tiene ganas de formar nuevos lazos, pierde el interés por las cosas que hacía. Hay una desazón, pérdida de capacidad de amar y de trabajar. 

En el duelo patológico, encontramos lo mismo que en el duelo normal, pero se le suma su entrampamiento en la ambivalencia de amor-odio. No se puede desprender de eso y queda fijado en un tiempo donde queda ligado a esa situación trumática y no puede seguir avanzando. En la melancolía, esta cuestión se juega a nivel del yo: en lugar de jugarse la pérdida del objeto en el mundo exterior, se identifica al objeto perdido. El melancólico equivoca la lógica, porque al identificarse él al objeto perdido y perdiéndose él como sujeto, queda extraviado fuera de su deseo. En el duelo normal, el sujeto vuelve a desear. 

El sentimiento de si en el duelo normal y en la melancolía
En la melancolía, hay tres premisas. La pérdida del objeto, la ambivalencia amor-odio y la regresión de la libido al yo. Hay algo que aparece en la melancolía, que no aparece en el duelo normal: la rebaja del sentimiento de sí, que se exterioriza en autorreproches, en autodenigraciones y expectativas de castigo. 

El sentimiento de si es algo que Freud trabaja en Introducción al narcisismo. El sentimiento de sí se presenta como la expresión de un agrandamiento del yo. Es diferente en la libido narcicista en relación a la vida amorosa: no ser amado deprime al sujeto. El sentimiento de sí ahí se pierde o sufre una rebaja, porque queda la dependencia en el objeto perdido. El narcisismo implica amar y dar una parte de lo propio a cambio de ser amado. Hay una negociación inconsciente en esto, la necesidad de ser amado es totalmente necesaria para que un sujeto se pueda sentir alojado. Sentirse amado realza el sentimiento de si. El ser amado constituye la meta y la satisfacción en la elección narcisista del objeto. 

Esa pérdida del sentimiento de si que está tan afectada en la melancolía, se afecta transitoriamente en el duelo. En todos los vínculos, el sentimiento de si guarda una relación con el componente narcisista de la vida amorosa. 

En la formación de la identificación narcicista al yo, la consciencia moral es una encarnación crítica de los padres primeros y después de la sociedad. Esto es lo que hace a la posición crítica del sujeto en relación al duelo. Hay algo que se juega en relación al ideal del yo, que también está en el texto de Introducción al narcisismo. Es decir, el ideal del yo difiere del yo corporal.


Caso clínico
La paciente F., de 46 años, es derivada a análisis por un médico psiquiatra con el diagnóstico de depresión. La consulta la hace el esposo, pidiendo una consulta para conversar porque ella estaba muy mal y no queda en claro si la consulta es para él o para ella. Él cuenta que hubo un desliz, nada serio, pero que parece que produjo serios efectos.

En este motivo de consulta tenemos la derivación del psiquiatra y un desencadenamiento, que aparentemente tuvo que ver con el desliz del marido, una infidelidad del que cada uno tiene su versión del hecho. En esa primera entrevista la analista atiende a los dos y ellos comentan lo sucedido. En ella, este hecho produjo un derrumbe. No puede superar esa situación: siente celos. Cuando aparecen los celos, debemos escuchar de qué celos se trata: hay celos normales, ante la pérdida del amor. Hay también celos proyectivos, donde se proyecta en el otro algo propio. Después están los celos delirantes, que tienen que ver con las celotipias de las psicosis. 

La pareja se historiza y comentan que se conocieron en una fiesta. Él estaba en pareja, ella no. Él deja a la otra chica y se queda con F. Arman su historia de vida, se casan. Ella es docente, él es médico. Tienen dos hijos mellizos. Deja de trabajar durante el embarazo por tener que hacer reposo y desde ahí se dedica al cuidado de sus hijos. Ellos viajan en familia por los congresos que él tiene y dicen que todos estos años transcurrieron sin sobresaltos
¿Sin sobresaltos? —pregunta la analista, suponiendo que algún sobresalto debió haber ocurrido antes, pero cada uno insistía con su historia.

El tratamiento siguió con F. de manera individual. Ella dice que no vale, que se siente mal, desganada, que no encuentra sentido a la vida y que tiene miedo a a sentirse abandonada. En el consultorio, tenemos que ser cautos, pacientes, y esperar a que el discurso se despliegue. El analista lleva al paciente al sin sentido para que encuentre otro sentido. El paciente nos va a acercar a su letra, que va a estar cifrada. 

F. comenta que los mellizos decidieron irse a estudiar en una Universidad afuera del país. También se siente abandonada por eso. La analista le señala que no está siendo abandonada, que se trata de un tiempo donde los hijos necesitan irse para poder armar sus proyectos de vida. Así como en la adolescencia hay un duelo por la pérdida del cuerpo, la sexualidad y los padres infantiles, también ocurre en los padres. Ella siente esto como un abandono.

Interrogando este lugar del abandono, ella empieza a desarmar esta familia que ella había armado y siente que se empieza a quedar sola. El esposo viajaba por su profesión y ella sentía que nada de lo que había hecho tenía sentido. Se preguntaba para qué había dejado lo suyo si finalmente iba a quedarse sola. Entra en una ambivalencia de amor-odio que le generaba esta situación. Se sentía enojada con su esposo e hijos.
Todos eligen menos yo— dice F. —Y eso me desvela y no puedo dormirme, me desvelo.

La analista toma el significante "eligen". ¿Qué la desvela, qué le estṕa generando y qué pasa con ese tres? ¿Qué quedó velado? F. dice que su padre era médico y ella quería estudiar medicina. F. era única hija y estaba de viaje cuando había terminado con los mellizos estaba viajando con una tía fuera del país y muere su padre súbitamente. Cuando ella regresa de su viaje, su padre ya no estaba y no tuvo esa única posibilidad para despedirse. Ella, única hija para su madre. räpidamente, F. tuvo que hacerse cargo, resignar su elección y no pudo elegir irse. Le eligieron magisterio, que no era lo que ella deseaba. Lo que estaba "desvelado" es que ella no veló la muerte de su padre. Empieza a jugar la polisemia del significante. F. había tenido que rápidamente haberse hecho cargo de su madre, que la cuidó hasta que sus hijos tuvieron 10 años. La madre era psiquiátrica y estaba mal. F. teme quedar como su madre: sola y psiquiatrizada.

Entonces, tenemos en F. el duelo normal por la pérdida de sus hijos y el momento de la vida en que se van. Después, está el dulo patológico que quedó puesto en época de su adolescencia, que le llevó a la renuncia de su carrera y proyecto de vida, quedando entrampada en una nueva situación. F. llega casi melancolizada, con un diagnótico de depresión. Ese duelo trunco se presenta asintomáticamente como una depresión, no una melancolía, pero tiene esta pérdida del sentimiento de sí y pérdida de amor y desencuentro. había empezado a identificar al objeto perdido perdiéndose ella. Justamente, en ese tiempo, empiezan a ubicar que velo, desvelo, velar, velatorio y la cifra tres como signo (lo que representa algo para alguien), significante de la relación con otro. Ella se levantaba a las tres de la mañana, la hora señalada. Eran 3: ella, la madre y el padre. Única para sus padres. O ella y sus dos hijos, que posteriormente se van y queda ella nuevamente sola. O ella, el marido y la infidelidad del marido, donde ella queda sola. Es algo que en la repetición insiste.

Avanzar por un análisis es perder los lugares en los que un sujeto se encuentra retenido, logrando de alguna manera aliviar sus padecimientos. En el análisis en tranbsferencia, el sujeto puede dar esta vuelta donde tres implica ella, los dulos donde ella había quedado retenida y la palabra en la transferencia. La palabra en la transferencia es ese punto de desciframiento que desarma este tres que venía como signo en una consistencia que la desvelaba com una hora señalada, una hora que le señalaba un tiempo donde ella había quedado retenida en un duelo patológico, en una pérdida inesperada, en un tiempo donde perder a este padre fue también perder un proyecto de vida. Así F. fue descifrando ese lugar en el Otroprimordial, donde estaba ella estaba siempre ofrecida a tapar la falta. F. mue melancolizándose al perder su lugar deseante. 

Ella se ubicaba en ese punto: el padre, normalmente ubicado en un lugar de terceridad como la puerta para salir a jugar, la deja atrapada en la maternidad y en la vida familiar. A los 46 años se encuentra que pasó de "sin sobresaltos" a un desvelo, donde lo que aparece es esta caída de estos duelos, desencadenados por la infidelidad, pero que reactualizaron diversos duelos donde ella fue quedando identificada al objeto perdido y extraviándose ella en su posición deseante. 

F. va tramitando los diferentes duelos, pieza por pieza, ideal por ideal, y va armando una red significante nueva. Empieza a preguntarse qué quiere, qué puede hacer... Es una mujer joven, que puede iniciar distintas cosas. En tanto ella libera los lazos que están atados o ligados a esa primera impresión traumatizante, que la dejan sumida en ese momento de duelo.

Finalmente, no todo duelo no realizado es patológico. En el Hombre de las Ratas, él sigue nombrando a su padre como si estuviera vivo, aunque había fallecido 10 años atrás. Ese duelo no es patológico.


Fuente: Notas del Taller Clínico "El duelo ¿Se lo trata o se lo descifra en la clínica?" a cargo de la prestigiosa psicoanalista Liliana García Maese del 11 de junio de 2020

martes, 19 de noviembre de 2019

Una carta de Rilke a Freud con algunas notas de la época


En 1913 Freud y Rilke dan un paseo. Discuten acerca de la transitoriedad de las cosas. Tiempo después de esa caminata, Freud escribirá «Lo perecedero». Ambos contemplan la naturaleza. Rilke se lamenta: «todo esto perecerá en el invierno». El profesor sostiene que justamente, porque todo eso va a perecer, debemos valorarlo. Pronto estallará la guerra.


El 17 de febrero de 1916, Rilke escribe en una carta al padre del psicoanálisis: «Mi estimado profesor Freud, estoy demasiado cansado, demasiado contrariado, demasiado confuso como para llegar hasta su casa (...) estoy en estas diarias situaciones inconmensurables (...) lo más extraño son los escombros sobre el ánimo acumulándose día a día (...) a menudo estuve a punto de intentar salvarme del entierro mediante una entrevista con usted. Pero finalmente prevaleció la decisión de llevar el asunto solo, mientras a uno le quede aún un turbio trozo de soledad (...) reverenciándolo sinceramente siempre, su R. M. Rilke». 


Freud le escribe a Lou Andreas Salomé que su hijo Ernst considera a Rilke su maestro y que tiene una hija que sabe todos los poemas de Rilke de memoria. El maestro escribe que la guerra nos demostró la fragilidad de toda nuestra cultura, pero insiste en que nada debe desvalorizarse porque vaya a perecer.

En el mundo terminaba la Primera Guerra Mundial. Freud iba hacia «Duelo y melancolía», Rilke hacia la afirmación de la vida y de la muerte en «Las elegías de Duino», Lou Von Salomé había dejado atrás su encuentro con Nietzsche y con Rilke y ya era discípula de Freud, Vallejo marcha hacia la cumbre de «Trilce», Mandelstam hacia los campos estalinistas, los físicos hacia la idea de que el observador modifica lo observado, Joyce hacia el «Ulises», Eliot hacia «La tierra baldía», Kafka hacia esa cima que representaron sus cuadernos, entre otros tantos acontecimientos. 


De alguna manera, en aquella caminata, Freud y Rilke en su conversación y a través de sus obras, tanto como los artistas mencionados, estuvieron a la altura de la vida y de la muerte, todo eso que perece o perdura en este mundo.

Texto de Javier Galarza. 

Relacionado: En esta conferencia, el texto "Lo perecedero" es tomado por Raúl Yafar para plantear la existencia de un discurso depresivo.