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martes, 20 de enero de 2026

Identificación primaria, marca y escritura: del cero lógico al cuerpo del sujeto

Lacan eleva la identificación primaria al estatuto de una marca inaugural, una inscripción primera que instituye un antecedente a partir del cual puede fundarse una serie. Es en este sentido que la sitúa al nivel del cero, tal como la lógica fregeana lo establece como condición de posibilidad de la serie de los números naturales. La función del cero no es la de una unidad originaria, sino la de introducir la condición misma del uno, en tanto delimita que no todo puede quedar subsumido bajo la unidad.

En el nivel de este cero queda inscripta una falta, un hueco estructural necesario para el advenimiento del sujeto. Esta localización resulta congruente con la función nominante en juego en la identificación primaria: no hay posibilidad de lazo sin agujereamiento. Al retomar el razonamiento fregeano, Lacan puede así situar que la serie de los unos, posibilitada por la operación del cero, no hace sino remitir a ese cero que, al inscribir la falta, funciona como antecedente lógico.

Si el corte introducido por esta función funda la superficie —permitiendo abordar la estructura desde una perspectiva topológica—, la identificación se localiza entonces como un punto, un punto focal, tal como lo señala Lacan. Este punto hace consistir en el sujeto la marca del Otro y opera como lugar de apoyo, precisamente allí donde en el Otro falta el significante capaz de nombrarlo.

El texto inaugural de Lacan, La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, anuda la localización de la materialidad del significante en el inconsciente con una concepción de la razón entendida bajo la égida del determinismo. Esta orientación, afín a la lógica de las Luces, resulta consonante con el momento de su enseñanza marcado por el retorno a Freud y la primacía de lo simbólico, así como por cierta ilusión respecto del alcance de la palabra.

Sin embargo, más adelante, a la altura del Seminario 18, Lacan introduce la noción de “la sombra de las luces”, señalando aquello que la instancia de la letra no logra iluminar: una opacidad inherente al campo del goce. Esta opacidad lo conduce a abordar ese registro por la vía de la escritura, en la medida en que la palabra resulta insuficiente. Es en este contexto que se abre la interrogación sobre la estructura misma del discurso, preguntándose si sería posible un discurso que no fuera del semblante, o bien —como lo formula en el Seminario 16— si la esencia del discurso analítico no es la de un discurso sin palabras.

Dicha interrogación se sostiene en la articulación entre discurso y función, entendida esta última en términos fregeanos. Esta asociación, de vastas consecuencias teóricas y clínicas, constituye el plano a partir del cual Lacan comienza a distinguir entre aquello del goce que se escribe por la vía de la función fálica, en tanto Bedeutung, y aquello del goce que no queda entramado en dicha operación.

Se trata de una elaboración de gran alcance clínico, en tanto permite trascender ciertos atolladeros del falo imaginario, desplazando el problema desde el registro de la atribución hacia el de la predicación. Este desplazamiento vuelve necesaria la introducción tanto de la dimensión cuantificacional como de la modalidad.

La operación del deseo resulta central en este movimiento, aunque no se efectúa sin la mediación de la demanda. De allí el recurso lacaniano, en La identificación, a la figura de los dos toros anudados, con la que ejemplifica el surgimiento del deseo a partir de las vueltas de la demanda. Se trata de una demanda caracterizada por su reversión, lo que permite tomar distancia de la demanda de amor definida por la reciprocidad.

La demanda en cuestión es la demanda pulsional, localizable en el nivel de la enunciación en el grafo del deseo. Esta perspectiva pone de relieve que la identificación primaria concierne al cuerpo del sujeto, en tanto es sobre esa superficie donde se aloja y se distribuye el goce, según una lógica que Lacan no duda en pensar en términos de una verdadera economía política del goce.

sábado, 27 de diciembre de 2025

De la economía psíquica a la represión primaria: el giro freudiano hacia la articulación entre inconsciente y pulsión

El progresivo predominio del punto de vista económico en la obra freudiana no implica el abandono de las perspectivas dinámica y descriptiva del inconsciente; más bien marca un desplazamiento necesario para poder articular —de manera más rigurosa— el inconsciente con la pulsión. Freud advirtió claramente que la clásica oposición entre inconsciente y conciencia no sirve para pensar lo pulsional. Ese límite teórico abrió el camino hacia la noción de represión primaria, operación inaugural sin la cual no habría aparato psíquico.

Desde los primeros textos, la noción de defensa ocupa un lugar central. Vista desde lo económico, la defensa se vuelve un mecanismo indispensable: el aparato se constituye para resguardarse frente a una energía móvil, irrup­tiva, que amenaza con desarticularlo. Si nada obstaculizara esa presión, la red representacional —ese tejido articulado que compone el aparato psíquico— correría el riesgo de deshacerse ante lo que no admite forma ni enlace. La defensa, por lo tanto, se organiza frente a la tensión entre lo articulado y lo que puede romper toda articulación.

Con el desarrollo de su trabajo, Freud afina el concepto de defensa y diferencia diversos modos de su funcionamiento. Entre ellos, la represión adquiere un valor decisivo, hasta el punto de ser elevada a un estatuto estructural. Freud lo afirma sin ambigüedades: La doctrina de la represión es ahora el pilar fundamental del psicoanálisis, su pieza más esencial.

En su formulación de 1915, entre La represión y Lo inconsciente, define la represión secundaria como la operación mediante la cual una representación es privada de su investidura preconsciente, quedando así impedida de acceder a la conciencia. Esta precisión implica algo decisivo: si la distinción entre consciente e inconsciente no está previamente establecida, la represión no puede operar.

De allí que Freud deba postular una operación primera: la represión primaria, que no reprime un contenido específico, sino que funda la propia partición del aparato psíquico en sistemas diferenciados. Es la instauración del inconsciente como tal y, con ello, la posibilidad misma de que algo pueda ser reprimido en un segundo momento.

viernes, 19 de diciembre de 2025

La palabra, la resonancia y el tiempo en la operación analítica

La propia organización del texto “Función y campo…” introduce dos ejes fundamentales para pensar la operación analítica. Por un lado, la noción de resonancia permite situar una dimensión de lo simbólico que no se reduce al efecto de sentido; por otro, se subraya la relevancia de la temporalidad en relación con el sujeto, lo que remite directamente al problema del momento oportuno de la intervención.

Desde este encuadre se abre la cuestión de la técnica analítica, que exige una delimitación rigurosa. Lacan parte de una crítica a la idea de técnica entendida como procedimiento estandarizado. En este contexto, la técnica se define como esencialmente verbal: la palabra constituye tanto el instrumento como el marco mismo de la experiencia analítica.

Aunque este punto podría parecer evidente, no deja de ser pertinente interrogar cuántas veces las intervenciones analíticas derivan hacia la elucidación o la producción de significaciones, como si allí se agotara su alcance.

Ahora bien, si desde el comienzo se sostiene que la primacía de lo simbólico no implica que todo el campo sea significable, se vuelve necesario dar lugar a lo inefable, a lo que no se puede explicar con palabras. Lejos de ser ajeno al orden simbólico, lo inefable lo caracteriza: no todo puede ser simbolizado, y por ello la cuestión se desplaza hacia su modo de retorno. ¿De qué manera y en qué lugar retorna aquello que no puede decirse?, ¿cómo se lo escucha?, ¿qué implica, en este sentido, que algo “resuene”?

Es en el campo así delimitado donde Lacan puede retomar la problemática de lo indecible de la pulsión, esa mudez con la que Freud la describe. Si bien pueden señalarse diferencias entre ambos planteos, Lacan sitúa la pulsión como un efecto de la palabra, aun cuando esta no pueda sino hacerla resonar.

lunes, 24 de noviembre de 2025

¿Qué son los mecanismos de defensa?

Los Mecanismos de Defensa son estrategias del Yo, en su vertiente inconsciente, que intentan preservar al sujeto de la angustia provocada por la irrupción de las Pulsiones provenientes del Ello y del Superyó. Cumplen una función esencial en la Economía Psíquica, dado que surgen para sostener la homeostasis del Aparato Psíquico frente a las exigencias internas demasiado intensas o inasimilables.

Como advirtió S.Freud, esa necesidad de defensa se funda en una verdad estructural, “el yo no es dueño en su propia casa”.

¿Qué son las Pulsiones?

S. Freud define las Pulsiones como montajes de energía libidinal, que se originan en los primeros tiempos de vida de absoluta indefensión, cuando el infans precisó de las asistencias del Otro de los primeros cuidados, quien interpretó sus necesidades: “tiene hambre”, “está con sueño”, “quiere más upa”.

La Pulsión es efecto de dicho desciframiento, nace como producto de la Demanda del Otro.

¿Por qué nos tenemos que defender de nuestras Pulsiones?

Nos tenemos que defender de las pulsiones porque al comienzo de la vida -debido a nuestra indefensión primaria- necesitamos del Otro para sobrevivir. En ese tiempo, es imposible interrogar la demanda que proviene del Otro de los primeros cuidados. Como infans nos alienamos al Otro y recibimos a cambio el baño del lenguaje y, con él, nuestra propia humanización.

Nos defendemos de esas marcas no interrogadas frente a la Demanda del Otro, que son incorporadas e inscriptas en el Aparato Psíquico, como imperativos provenientes del Superyó (mandatos crueles e insensatos) y/o compulsiones irrefrenables del Ello.

¿Cuáles son los Mecanismos de Defensa más frecuentes?

Los Mecanismos de Defensa más frecuentes con los que nos defendemos de los mandatos insensatos del Superyó o de las Compulsiones del Ello son: Represión
Proyección
Desplazamiento
Negación
Conversión
Racionalización
Cada uno opera de forma distinta, pero todos intentan proteger al Yo ante lo que resulta psíquicamente intolerable.

¿Cómo opera cada uno de los Mecanismos de Defensa en el Aparato Psíquico?

La Represión consiste en expulsar de la conciencia las representaciones irreconciliables, que luego retornarán en el sueño, síntoma, acto fallido.
La Proyección ubica fuera del sujeto deseos o afectos que no puede asumir como propios.
El Desplazamiento traslada la angustia hacia representaciones más soportables y menos amenazantes, característico del Síntoma Obsesivo: el conflicto se desvía hacia un sustituto.
La Negación admite el contenido, pero lo rechaza, permitiendo cierta tramitación. Se presenta con frecuencia en la Histeria y en el Duelo.
En la Conversión, el conflicto psíquico se manifiesta en síntomas somáticos.
La Racionalización construye explicaciones y justificaciones conscientes, a actos o decisiones determinadas por lo inconsciente.

¿Qué efectos producen estos Mecanismos de Defensa sobre la Subjetividad?

- El efecto propiciatorio de los Mecanismos de Defensa es que resguardan al sujeto de la angustia masiva en cualquiera de sus presentaciones: Ataques de Pánico, Acting Out o compulsiones incontrolables. Para dar respuesta a dichas manifestaciones, recurren a la Represión, el Encubrimiento o el Desplazamiento, y en su lugar aparece un Síntoma o una Inhibición, como respuesta frente al exceso.

- El efecto perjudicial de los Mecanismos de Defensa es que constituyen un obstáculo para que el sujeto acceda a su Deseo o incluso al saber sobre su posición deseante, impidiendo su despliegue. El Deseo queda desplazado, disfrazado o clausurado, como resultado de la defensa, y lo que se impone es una forma de malestar que limita el despliegue subjetivo

¿Cómo trabaja el análisis con estos Mecanismos de Defensa?
Interrogar los mandatos y revisar nuestras defensas

En un análisis, podemos revisar los mandatos que se volvieron imperativos superyoicos y se interponen al propio deseo, volviéndolos conscientes y propiciando su reinscripción.
El trabajo analítico se orienta hacia el reposicionamiento subjetivo logrando que las defensas sean compatibles con el deseo. Al decir de J. Lacan: “sólo se siente culpable quién cedió en su deseo”.

Se apunta a que los Mecanismos de Defensa que actúan en nuestro psiquismo sean los más propicios y benévolos para la subjetividad: que permitan transitar la vida con calma y favorezcan el lazo con los otros.

jueves, 23 de octubre de 2025

El corte nominante y la inconsistencia del Otro

El corte que nomina funda lo propio del inconsciente en la medida de su inaccesibilidad para el sujeto.
Sus efectos se inscriben en la cadena que Lacan denominó enunciación, sin por ello dejar de producir ecos en el enunciado.

En la estructura del grafo del deseo, este corte define la relación entre la pulsión y la falta significante en el Otro.
Respecto de la pulsión, Lacan formula una articulación decisiva: la pulsión es inseparable del efecto del significante. Se trata de significancia, pero no de significación; es un efecto del significante en el cuerpo, desprendido de todo efecto de sentido.

Por eso la define como “tesoro del significante”: allí donde el Otro —el del piso inferior del grafo— falla en su completud, la pulsión sostiene el resto.
En el punto en que el significante vacila en el Otro, la pulsión deviene depósito de significancia, condensando la insistencia del deseo sin mediación de sentido.

Este efecto se hace visible en el matema del piso de la enunciación, donde la fórmula de la pulsión comparte su nivel estructural.
En él se revela que la completud del Otro es imposible, porque el sujeto se constituye a partir de una sustracción, de la falta del significante que podría darle identidad.

Este desplazamiento implica un cambio de acento respecto de la función del Otro.
La falta significante que afecta su estructura introduce una falta de garantía que pone en crisis la verdad.
En Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, el Otro todavía se concebía como garante de la verdad del sujeto, en tanto se suponía completo y capaz de reconocimiento.
A partir de su barradura, este Otro ya no puede sostener esa función de garantía: la verdad se torna problemática, y el campo de orientación se desplaza hacia el saber.

Este saber, sin embargo, no viene a reemplazar a la verdad, sino a situar su falta: un saber afectado por la misma inconsistencia y no-todo que atraviesa al Otro.
Así, el corte nominante no sólo funda el inconsciente, sino que abre el campo donde el psicoanálisis puede operar, entre el tesoro del significante y la incompletud estructural del Otro.

martes, 21 de octubre de 2025

La distancia entre el Ideal y el objeto a y otras condiciones de la conclusión analítica

La posibilidad de concluir un análisis implica sostener la mayor distancia posible —una distancia que escapa a toda medida— entre el Ideal y la posición del objeto a.
En la hipnosis, ambos términos se conjugan, ya que confluyen en un mismo punto: el lugar del Ideal absorbido por la fascinación del objeto.
En el campo de la identificación, esta tensión se reproduce: del lado del significante, lo idealizante, aquello que promete unidad; del lado del objeto a, su más allá, el punto donde la falta se hace causa.

A partir de la diferencia entre el Sujeto Supuesto Saber y el deseo del analista, se abre la primera vía hacia el más allá del fantasma, una cuestión que ocupará a Lacan durante los años siguientes.
Se trata de interrogar lo real más allá del velo fantasmático, lo que exige una lógica capaz de dar cuenta de un atravesamiento que no sea meramente simbólico, sino también pulsional.

Este pasaje conlleva un interrogante sobre las vicisitudes de la satisfacción pulsional más allá del plafond que el fantasma impone.
Lacan se pregunta:

¿Qué queda de la pulsión más allá del menú consustancial al deseo del Otro?

Cuando afirma que “la experiencia del fantasma fundamental deviene la pulsión”, no se trata de un simple reemplazo de un concepto por otro.
Se abre allí la posibilidad de “vivir la pulsión”: un modo de gozar sin ofrecer ese goce a la consistencia ilusoria del Otro.
Ese “vivir” marca una diferencia decisiva respecto de la mortificación que acompaña al goce ofertado a una garantía imposible —aquella que condena al sujeto al “penar de más”.
Por ello, el desafío consiste en interrogar los lazos entre ese vivir la pulsión y el deseo, allí donde el goce deja de ser del Otro y pasa a ser del cuerpo propio, en tanto efecto del significante.

En este punto, Lacan no duda en afirmar que “al analista se le exige haber llegado allí”.
Ese exigir no alude a una acreditación ni a una norma, sino a la condición ética de quien se encuentra a la altura del sujeto: el analista como aquel que ha atravesado su fantasma y puede sostenerse en la posición de objeto causa del deseo.

Se articulan entonces tres movimientos solidarios:

  • el tránsito por el fantasma,

  • el desasimiento, y

  • el pasaje del analizante al analista.

De esta conjunción emerge una pregunta que toca el núcleo de la experiencia:

¿Cómo se define el “final” de ese lazo?

La respuesta no reside en una clausura, sino en una distancia: la que separa el Ideal del objeto, el saber del goce, el amor del deseo.
Esa distancia, irreductible, es la condición misma para que algo del análisis pueda, finalmente, concluir sin cerrarse.

lunes, 20 de octubre de 2025

Topología del lenguaje y cuerpo pulsional: la interpretación como corte

 Que la interpretación no esté abierta a todos los sentidos, incluso que su dirección apunte a reducir a los significantes a su sin sentido, la sitúa como la herramienta clínica que pone a jugar en la cura lo que hace obstáculo al entendimiento, incluso lo que es reacio a lo intuitivo del razonamiento.

Se puede suponer una perspectiva topológica a la creencia de que se entiende/comprende lo que se dice o piensa, es la de la esfera, con la ilusión de una completud supuesta, soportada en la función de un centro; pero también esa relación entre lo envolvente y lo envuelto que ilusiona con una separación tajante entre el exterior y el interior. El cuerpo de la pulsión rompe con ello.

Entonces, ¿Qué topología del lenguaje contrapone el psicoanálisis? Porque queda exigida una que sea acorde al cuerpo pulsional.

Resulta interesante que Lacan aborde este problema poniendo en relación lo corporal con el campo del lenguaje, y ello en la medida en que el lenguaje, para el psicoanálisis, nunca coincide con lo verbalizable.

Lo pulsional, en la medida en que es un efecto del lenguaje, acarrea una topología de este que es solidaria de cierto uso de la palabra, incluso de las palabras. Entonces, el cuerpo pulsional, ¿está adentro o afuera? Cuerpo extraño lo llama a veces, o también lo extraño al cuerpo… al del espejo.

Para que lo extraño estuviera “afuera”, el sujeto debiera coincidir con el lugar del que piensa. A causa de la subversión, en cambio, por quedar separado de la claridad de la conciencia de si, hay una correlación entre el sujeto subvertido y el estatuto del objeto. Y entiendo que ello es lo que Lacan se propone explorar al revisar la estructura de la interpretación y el campo de la transferencia.

martes, 14 de octubre de 2025

El sujeto, el número y la hiancia: lógicas de la alienación

La pulsión circula entre el sujeto y el Otro, posibilitando tanto reciprocidades en el plano del enunciado como reversibilidades cuando se considera la demanda en su sesgo pulsional. Recordemos su matema:

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El significante se produce en el campo del Otro, y este punto remite a lo trabajado por Lacan en De un discurso que no fuese del semblante: la producción del significante delimita un campo que, al mismo tiempo, lo demuestra.

Un primer movimiento surge de esa producción: el inconsciente se inaugura al cerrarse. En el mismo gesto, por efecto de la alienación, el sujeto se petrifica en un significante —adviene al ser en la medida en que desaparece.

El S1, al fijarlo, introduce el fading subjetivo: el significante, en su dimensión letal, produce la desaparición del sujeto al mismo tiempo que lo constituye. Así, el inconsciente se abre en el punto mismo de su clausura; el sujeto surge en el acto mismo de su desvanecimiento.

Conviene entonces interrogar la relación entre afánisis, fading y desvanecimiento: ¿dónde se superponen y dónde divergen estas figuras del borramiento subjetivo?

La novedad que Lacan introduce con el vel alienante consiste en despojar a la alienación de todo matiz filosófico o ideológico. Se trata de una operación lógica: una elección forzada en la que uno de los términos está siempre perdido, y la única pregunta posible es si se conserva o no el que resta.

El sujeto queda así condenado a advenir dividido por el significante, en el pasaje que separa al viviente del sujeto barrado.
Llevar la alienación al terreno de la lógica —vaciarla de sentido, inscribirla como escritura— permite pensar al sujeto y al Otro como conjuntos.
Si la operación que los relaciona es la de la reunión, lo que ambos comparten es el conjunto vacío, figura que expresa la potencia causal de la hiancia.

sábado, 11 de octubre de 2025

La laminilla y lo irrealizado de la libido

Retomando aquella reformulación del concepto de libido que Lacan desarrolla en la década del sesenta, puede notarse que su reflexión se apoya, no de manera azarosa, en la topología. Para abordar a la libido desde su dimensión real, Lacan introduce la figura de la laminilla —ese resto inmortal, anterior a la individuación, que sobrevive a la pérdida del cuerpo orgánico.

El término mismo resuena con lámina, y por tanto con lo plano. Desde allí se abre una interrogación: ¿esta lámina participa de un plano con espesor, o de lo que Lacan llamó en ocasiones “lo ultraplano”, es decir, una superficie sin espesor, imposible de situar en el espacio euclidiano? Si así fuera, ¿qué tipo de cuerpo está implicado en ese registro? Claramente, no un cuerpo biológico, sino un cuerpo topológico, un cuerpo definido por bordes, cortes y superficies más que por volúmenes.

En este punto, una oposición fecunda emerge entre lo real y lo irreal. Lacan había señalado que tanto el deseo como el sujeto se “realizan” en la palabra; sin embargo, esa realización implica al mismo tiempo un resto: lo no realizado, que no se confunde con lo irreal. Existe, en efecto, un irrealizado de la posición sexuada, aquello que no se completa, que sólo puede sostenerse a través del semblante, de la impostura o la mascarada.

En este campo del semblante, que participa del carácter irreal del significante, cabe preguntarse:
¿la libido expresa aquello que se sacrifica en virtud de la división sexual?

Responder afirmativamente implicaría suponer que en aquello que la libido plasma se inscribe algo real, algo que requiere tramitación o escritura por la vía del significante. Porque, en última instancia, sólo hay imposible lógico: la libido como órgano o superficie real representa el punto donde ese imposible encuentra su soporte material.

Desde estas consideraciones se abre un interrogante crucial para la experiencia clínica del psicoanálisis:
¿cómo se instala lo erótico a partir de esta distancia entre el amor y la pulsión?
Tal pregunta remite directamente a la eficacia del análisis, en tanto allí donde el amor bordea la falta, la pulsión insiste, marcando el lugar donde el cuerpo —ese cuerpo sin espesor— se escribe como resto libidinal.

Deseo, verdad y borde: la articulación del sujeto en el campo del Otro

El sujeto sólo se constituye en relación con el Otro, aunque no del todo en él, a partir de la falta significante que lo instaura como falta en ser. Es desde esa carencia estructural que el sujeto puede contarse como tal, al precio de la metonimización del deseo: su empuje constante hacia algo que nunca se colma. En este sentido, el deseo no sólo se escabulle; a veces incluso se pulveriza, se dispersa en los desfiladeros del lenguaje.

Lacan sitúa este campo del deseo en relación con la verdad, en tanto ambos —deseo y verdad— se constituyen por lo que pasa por el Otro. No se trata de homologarlos, sino de reconocer que, por efecto del lenguaje, tanto el sujeto como el Otro quedan atravesados por la división que implica el deseo. Así, el deseo queda cifrado en el campo de la verdad, retornando bajo la forma del síntoma.

Cuando Lacan se pregunta qué hay detrás de la verdad, no apunta a un “detrás” en el sentido euclidiano o en el registro de lo oculto a develar, sino a aquello que el fantasma vela. En efecto, el fantasma conjuga dos valores: uno imaginario, que sostiene la consistencia del yo, y otro de verdad, que marca el punto de falla donde se anuda el deseo.

Desde esta perspectiva, lo que hay detrás de la verdad es lo que ancla: un soporte que se articula a un cuerpo —no el cuerpo anatómico, sino uno topológicamente concebido—. De allí las referencias lacanianas al órgano o a la vejiga, superficies o bordes donde la libido se inscribe como traza y como límite.

Siguiendo a Freud, Lacan separa la pulsión del amor para luego reunirlos desde la dimensión del borde. Ese borde erógeno delimita y a la vez enlaza, apareciendo en sus esquemas y fórmulas como el lugar donde el campo del Otro se recorta frente a una hiancia —un agujero, una vejiga, una superficie tensada—.

La estructura, en consecuencia, se bifurca:

  • del lado del amor, se sostiene una pasión que tiende a la totalización, a la ilusión de un Otro pleno que posibilitaría la conjunción de lo pulsional con lo genital por la vía imaginaria;

  • del lado de la pulsión, en cambio, se despliegan diversos niveles y recorridos, signo de un campo no homogéneo, marcado por la repetición y la imposibilidad de cierre.

El umbral del amor y la reformulación de la libido en Lacan

El trabajo mediante el cual Lacan establece los nudos entre el inconsciente y la pulsión va acompañado de una profunda reformulación del campo libidinal. Es, en efecto, el concepto de libido el que sufre un desplazamiento respecto de los abordajes previos —por ejemplo, los desarrollos de sus primeros seminarios—, adquiriendo ahora una función y una consistencia diferentes.

Para arribar a esta reformulación, Lacan realiza un rodeo singular al preguntarse por el “umbral del amor”. Ese umbral puede pensarse como un punto de pasaje: el límite desde el cual el amor se abre hacia el campo de la libido. No es casual que la noción de umbral aparezca también ligada, en su enseñanza, a la función compensatoria de lo visual frente al desamparo originario del nacimiento.

Si en su elaboración previa Lacan había distinguido el amor de la pulsión, este “umbral” introduce una articulación nueva entre ambos registros. Puede leerse como el portal que permite a la libido desplegarse en tanto función articulada al deseo. En esta etapa de su enseñanza —a comienzos de la década del sesenta— la libido deja de concebirse como una energía que fluye, se desplaza o se acumula, y pasa a pensarse en términos estructurales.

En lugar de un flujo o una catexia móvil, la libido es definida como un órgano. María Moliner, en su diccionario, describe el órgano como “una parte, un aparato o una función”, pero también como “un medio, instrumento o sistema”. Esta definición resulta sumamente productiva: por un lado, aproxima la libido al inconsciente tal como Lacan lo presenta en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, como una vejiga, una membrana o una superficie que delimita; por otro, la asocia a la noción de parte e instrumento, términos que evocan la estructura del fantasma, aunque no se agotan en ella.

Elevar la libido al estatuto de órgano implica reconocerla como concernida en la división del sujeto. En esa medida, la libido viene a escribir, a representar —o quizás a hacer consistir— aquello que el ser hablante pierde por el hecho mismo de su reproducción sexuada.

viernes, 3 de octubre de 2025

Amor y pulsión: una interrogación en el Seminario 11

En Los cuatro conceptos del psicoanálisis se abre un momento crucial en el que el lazo entre el amor y la pulsión queda puesto en cuestión. Desde los inicios de la praxis analítica, el amor se mantiene separado de toda pretensión sintética o totalizante. De allí surge la pregunta que orienta este punto de la enseñanza: ¿qué vínculo es posible entre el amor y la pulsión?

Si tomamos el campo del principio del placer, pronto advertimos que este no puede reducirse a lo homeostático. La sexualidad se anuda a dicho principio, pero la satisfacción pulsional lo excede y lo desborda.

El montaje pulsional, tal como lo elabora Lacan, pone en evidencia el carácter artificial de su funcionamiento. Este artificio señala, una vez más, la distancia irreductible entre la pulsión y cualquier idea de “naturaleza”, y a la vez introduce un lazo topológico entre sexualidad e inconsciente.

No se trata aquí del inconsciente en su dimensión discursiva, ordenado por el Otro, sino de aquel ligado a la función preontológica de la hiancia. En el primer caso, lo que prevalece es la serie significante; en el segundo, lo que se resalta es el intervalo, lugar habitado por el fantasma. Así, se perfila un lazo íntimo entre el plafón fantasmático y la sexualidad, lo cual no invalida, sino que más bien sostiene, la función del síntoma en ese terreno de lo sexual.

Inconsciente, transferencia y repetición: entre la nasa y el despertar

El inconsciente se sostiene en un juego de apertura y cierre, una temporalidad pulsátil que Lacan ilustra con la figura de la nasa: un artefacto de pesca que atrapa por su estructura de embudo, pero cuyo centro es un vacío. Ese vacío interroga la práctica: ¿el inconsciente se abre desde dentro o desde fuera? ¿Y qué implica, para el sujeto, no quedar del todo atrapado?

En este punto se hace indispensable diferenciar transferencia y repetición. Si se las confunde, la clínica se orienta a reparar lo fallido de la repetición, reduciendo la cura a un horizonte adaptativo. En cambio, si se distingue la transferencia de la repetición, la primera se convierte en el campo donde la repetición se pone en acto, permitiendo un encuentro con ese malogro estructural que no pertenece a lo contingente.

La articulación con la pulsión es crucial para comprender esta diferencia: sin su insistencia, el inconsciente quedaría reducido a un simple retorno de significantes. La pulsión introduce lo irredimible, lo que resiste a la simbolización, haciendo de la repetición algo más que insistencia simbólica.

Estas preguntas se redoblan en la clínica cuando se piensa el fantasma: si allí el sujeto no se encuentra siendo mirado desde donde se ve, ¿esa disyunción implica una exterioridad radical entre posiciones? ¿Qué estatuto tiene entonces la mirada en relación al deseo del Otro?

Todas estas cuestiones apuntan al núcleo práctico del psicoanálisis: su eficacia. ¿Cómo —y desde dónde— puede un sujeto “salir” de la determinación por el deseo del Otro? Pero salir, aquí, no equivale a situarse afuera: se trata de abrir un espacio donde ese deseo deje de ser un destino y pueda devenir causa.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Ciencia del inconsciente y el problema de lo viviente

El sintagma “ciencia del inconsciente”, presente en Los cuatro conceptos…, no debe entenderse como la inscripción del psicoanálisis en el campo de la ciencia tal como se lo concibe tradicionalmente. Más bien, conviene interrogar qué implica esta expresión. Lacan la articula a una estructura sostenida en una topología, desde la cual ensaya distintas escrituras del inconsciente.

En esa escritura se enlaza el síntoma, que es simultáneamente función del inconsciente y soporte de la posición del sujeto. De este modo, pensar el inconsciente en términos de escritura es también pensar el anclaje del sujeto.

La noción de estructura conecta este planteo con los desarrollos previos, desde La angustia hasta el Seminario 13, donde Lacan formaliza la estructura del fantasma, del deseo, del sujeto, del discurso e incluso de la praxis. La estructura, en tanto campo enmarcado, abre un juego entre dos lugares: el del Otro, donde la palabra se afirma como verdad, y el del sujeto, que no es más que efecto de esa operación.

Sin embargo, en este punto Lacan introduce la cuestión de “lo viviente”. Se trata del margen de aquello que escapa a la mortificación significante. Esto suscita la pregunta: ¿lo viviente coincide con lo que vivifica? En principio, no.

Lo que escapa al significante se sitúa en el registro de la pulsión. Aquí se marca una distancia con el Seminario de La ética, donde la pulsión era definida como lo real afectado por el significante. En cambio, en esta nueva elaboración se resalta la trama significante que constituye su gramática, diferenciándola de aquello del viviente que persiste en el hablante. Quizás sea el Drang, en su constancia repetitiva, lo que testimonia de este resto, de lo que insiste más allá de la inscripción significante.

martes, 23 de septiembre de 2025

La neurosis es una cicatriz

La manera de abordar la causalidad no es indiferente. Desde la filosofía, suele arrastrar un sesgo sustancialista que, para el psicoanálisis, se vuelve un obstáculo. En cambio, cuando se la piensa desde la lógica, lo que se abre no es una respuesta cerrada sino un impasse. Y justamente allí radica su valor: la causa no es racional, y el impasse adquiere entonces una potencia operativa.

Lacan puede, a partir de esta distinción, poner en tensión causa y determinismo. El determinismo se sostiene en una ley que articula series y sintaxis; la causa, en cambio, remite a lo “anticonceptual e indefinido”, a una vacilación en el sentido. Entre causa y efecto no hay continuidad, sino hiancia: un vacío, un desfasaje. De allí la afirmación lacaniana: “sólo hay causa de lo que cojea”. Si no existiera ese gap, la causa quedaría reducida al determinismo.

En el plano clínico, la pregunta es cómo se enlaza la causa con el inconsciente. La respuesta apunta a un empalme con lo real vía la pulsión. Allí se delinea un punto de indeterminación que hace eco en la definición misma del sujeto, imposible de nombrar y, por lo tanto, indeterminado tanto en el espacio como en el tiempo. Esta indeterminación responde a una contingencia constitutiva: abre un margen para salir de la pura determinación, aunque no asegura tal salida.

La neurosis se ubica, precisamente, sobre esa hiancia. Es la manera de hacer cicatriz sobre ese corte en el que la causa no se deja atrapar ni por la lógica del determinismo ni por el sentido.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Lenguaje, significante y orden simbólico: deslindes en la enseñanza de Lacan

Aunque en sus planteos iniciales el orden simbólico, el lenguaje y la estructura significante aparezcan solapados, Lacan avanza progresivamente hacia una diferenciación. El lenguaje se instituye como ese campo previo que espera al cachorro humano, condición de posibilidad tanto del orden simbólico como de la estructura del significante, que solo pueden desplegarse dentro de él.

Del lado del orden simbólico, se sitúa la trama que organiza el lugar del Otro. En cambio, la estructura del significante se define por su relación con el corte, que habilita un borde y marca la articulación entre inconsciente y real vía la pulsión. Esto subraya una tesis central: en psicoanálisis no hay acceso a lo real sin mediación de lo simbólico.

El significante, por su carácter discreto, contable y ligado al corte, abre un juego de operaciones: corte, borde, hiancia. Esta última permite la relación entre el campo del Otro y el del sujeto; el borde, en su dimensión topológica, indica abertura, fisura, separación; y el corte mismo se revela como efecto del significante.

Estas diferencias permiten precisar el estatuto del lazo entre el sujeto y el Otro. Si se lo pensara psicológicamente, parecería una relación de reciprocidad sostenida en la imagen; en psicoanálisis, en cambio, se trata de una Otredad radical: el sujeto se instituye como efecto del corte significante, y, en relación con el cuerpo, a partir de la reversibilidad de la pulsión que rompe toda reciprocidad.

Cuando Lacan aborda la relación sujeto/Otro a través de la pulsión, no la piensa como circularidad cerrada, sino como un circuito donde se entraman fijación y repetición, trazando así la lógica propia del inconsciente.

miércoles, 23 de julio de 2025

La agresividad, ¿es tributaria de la pulsion de muerte?

Dentro de la tríada de textos tempranos en los que Lacan aborda lo imaginario, destaca “La agresividad en psicoanálisis”, un escrito articulado a partir de una serie de tesis. Allí se introduce una distinción fundamental entre la agresión —como fenómeno concreto— y la agresividad, entendida como un efecto estructural que se manifiesta en la práctica analítica y que pertenece al orden de lo imaginario en el sujeto.

Este planteo permite desplazar la agresividad del plano de lo fenoménico hacia el de la estructura, lo cual marca una ruptura teórica decisiva. De hecho, este mismo pasaje del fenómeno a la estructura lo encontramos en el tratamiento lacaniano de la angustia. No se trata entonces de registrar manifestaciones agresivas, sino de interrogarlas como efecto de constitución subjetiva.

Si consideramos la agresividad como inherente al armado imaginario del sujeto hablante, cabe preguntarse: ¿hasta qué punto esta está ligada a la pulsión de muerte? Aunque este concepto ha sido reformulado a lo largo del tiempo, puede pensarse hoy en relación con la "acefalía de lo simbólico", y lo pulsional —en tanto empuje sin cabeza ni finalidad— se inscribe en el eje imaginario del esquema L.

El psicoanálisis es, ante todo, una experiencia del sujeto, y no hay sujeto sin imaginario. Por eso, la agresividad aparece como índice de esta estructura constitutiva. Concebir la praxis analítica como experiencia de sujeto implica asumirla como un trabajo, una elaboración dialéctica del sentido del discurso. Pero si el significante, en sí mismo, no significa nada, entonces ese sentido no puede ser reducido a una simple significación, sino que debe orientarse hacia el sin sentido como horizonte posible.

Así, cabe una última pregunta fundamental: ¿a dónde, o a quién, se dirige el sujeto en tanto es hablado? Lacan lo afirma desde sus primeros textos: la palabra implica al Otro como destinatario. En esa dirección se inscribe el decir, aunque no haya garantía de una respuesta. No existe palabra pura o neutra: toda enunciación comporta un destinatario, incluso si este permanece en silencio.

domingo, 6 de julio de 2025

La represión primaria: inscripción imposible y borde del cuerpo

La represión primaria es el concepto mediante el cual Freud logra formalizar una operación inaugural: aquella que deja en el inconsciente la marca de una pérdida constitutiva, la pérdida de naturalidad que afecta a la sexualidad del ser hablante.

En tanto la complementariedad sexual se presenta como estructuralmente imposible, la inscripción del representante de la representación inaugura para el sujeto un campo de satisfacción que solo podrá ser parcial. Lo paradójico es que este “representante de la representación” señala, con su sola existencia, una imposibilidad de representación plena: es el signo de aquello que no hay, una representación sin referente completo.

Esta inscripción conlleva entonces una lógica del no-todo, y se asocia en Freud a dimensiones que, como la literalidad y la opacidad, resisten a la simbolización. Allí Freud se enfrenta a un punto que se sustrae a la lógica de lo articulado, a algo que no entra en la cadena significante sin producir efectos de ruptura.

Un punto clave —subrayado por Freud y destacado por Juan Carlos Cosentino— es que la fijación pulsional, lejos de retornar como lo reprimido en forma de pensamiento o recuerdo, lo hace en otro registro: el del cuerpo. Lo no representado retorna como afecto, como marca o como irrupción somática. El cuerpo se vuelve superficie de inscripción de lo que no pudo articularse en la palabra.

Dos cuestiones fundamentales se desprenden de este abordaje:

  1. La hipótesis de la contrainvestidura primaria tiene un estatuto de supuesto lógico, necesario dentro del edificio teórico, pero no verificable empíricamente. Su función no es clínico-observacional, sino estructural.

  2. Su ubicación intermedia entre el inconsciente y el preconsciente define su función: defender al aparato frente a la irrupción pulsional, permitiendo que el campo representacional se organice sobre una exclusión originaria.

Así, la represión primaria no solo funda el inconsciente, sino también los límites de lo que puede decirse. En ese borde se gesta lo que, no pudiendo ser simbolizado, retorna como cuerpo.

viernes, 4 de julio de 2025

¿Hay articulación entre la Identificación primaria y represión primaria?

La hipótesis freudiana sobre el carácter traumático de ciertas cantidades de energía que irrumpen en el aparato psíquico plantea, de forma inevitable, la cuestión de la diferencia entre lo exterior y lo interior. Quizás esta distinción representa un verdadero impasse en el pensamiento freudiano.

En cierto modo, Freud ofrece una resolución parcial de este problema desde muy temprano: si el exceso energético proviene del exterior, el aparato responde mediante la huida. El obstáculo aparece cuando esta huida se revela ineficaz. Allí Freud formula una pregunta clave, tan concisa como decisiva: “¿De qué modo se entrama lo pulsional con la compulsión de repetición?”.

La articulación entre pulsión y compulsión de repetición no solo desplaza la repetición más allá del automaton simbólico; también deslocaliza el trauma, alejándolo de la mera contingencia empírica. En este marco, la sexualidad humana se revela estructuralmente traumática, no por las vicisitudes particulares de cada biografía, sino por la participación misma de la pulsión en su constitución.

Como se indica en la Conferencia XX, La vida sexual de los seres humanos, para los sujetos hablantes, la sexualidad no se organiza en torno a la reproducción, sino al goce. Esta desnaturalización señala el lugar donde la represión primaria deja su marca inaugural: no hay relación natural con la sexualidad, sino estructura de pérdida y borde.

A medida que Freud da creciente preeminencia al punto de vista económico, se observa una cierta toma de distancia respecto de las perspectivas dinámica y descriptiva del inconsciente. Este viraje no implica un abandono de dichas vertientes, sino una reconfiguración lógica necesaria para articular la pulsión con el inconsciente, aún cuando Freud mismo advierte que la oposición entre inconsciente y conciencia no resulta operativa para pensar la pulsión.

Es precisamente esta vía la que lo conduce a formular el concepto de represión primaria, operación inaugural que delimita un borde y posibilita la constitución del inconsciente. Sin embargo, este desplazamiento suscita —al menos para mí— una pregunta que se impone con fuerza: ¿es posible establecer una consistencia conceptual y clínica entre la identificación primaria y la represión primaria?

domingo, 11 de mayo de 2025

El nombre propio y la escritura del sujeto

Partiendo de su desarrollo sobre el Nombre del Padre, Lacan llega al problema del nombre propio en el sujeto, a partir de los límites y fronteras que encuentra en su teorización.

Desde el inicio, plantea que el nombre propio no es un significante, sino que debe entenderse desde el registro de la letra. Esto genera una paradoja en su relación con el Otro, entendido como sede del significante. Si el nombre propio no es un significante, no puede alojarse completamente en el Otro, pero al mismo tiempo lo necesita, ya que no hay nombre sin una "emisión nominante", como él la denomina. En ciertos momentos, Lacan también vincula esta operación nominante con un borramiento de la marca, sugiriendo que nombrar no solo implica una inscripción, sino también una sustracción.

El Nombre Propio entre el Lenguaje y la Pulsión

Para abordar esta problemática, Lacan introduce la noción de trazo, que representa una dimensión del lenguaje que no se reduce a lo verbalizable. Aunque el nombre propio puede sonorizarse, esto no equivale a que sea plenamente decible.

Esta distinción abre una pregunta fundamental: ¿qué relación existe entre el nombre propio y la pulsión?

La respuesta se encuentra en la evolución misma del pensamiento de Lacan. A medida que avanza en la pluralización de los Nombres del Padre, también reconfigura su concepción del lenguaje, alejándose de una visión basada en la secuencia de significantes encadenados. En su lugar, introduce una lógica en la que el lenguaje funciona mediante cortes y discontinuidades.

Esta reformulación tiene dos efectos fundamentales:

  1. Lógico: rompe con la idea de una cadena de significantes homogénea y lineal.
  2. Topológico: el lenguaje se vincula con el trazo, que es discreto, contable y definido por el corte.

Así, Lacan no solo transforma la concepción del Nombre del Padre, sino que, en paralelo, redefine el estatuto del nombre propio, situándolo más allá del significante y dentro de la escritura del sujeto.