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lunes, 26 de enero de 2026

Amor, hiancia y discordancia: del fantasma a la experiencia analítica

En el Seminario 8, al interrogar la metáfora del amor, Lacan sitúa la hiancia que se juega entre el amante y el amado, desplazando la falta inherente al amor a otro nivel. Ya no se trata simplemente de una carencia, sino de algo del orden del desgarro y de la discordancia. Ahora bien, estos términos no pueden tomarse como equivalentes. Mientras que el desgarro remite, en un primer nivel, a una rajadura o ruptura, la discordancia exige una elaboración lógica: puede pensarse como solidaria de una aporía, como una hiancia de orden lógico más que como una fractura meramente imaginaria.

A partir de esta delimitación, Lacan circunscribe un campo del amor sostenido en la sustitución entre amante y amado, allí donde algo en el objeto amado produce una ilusión respecto de lo que falta. Es precisamente esta ilusión —ligada siempre a un objeto particular— la que introduce el sesgo fundamental de la contingencia. Lacan traslada entonces esta problemática al campo de la experiencia analítica: la intervención de tipo socrático habilita una significación del amor que vela el hecho de que el sujeto, en tanto objeto, es un deseante del deseo del Otro.

Esta orientación clínica comienza a esbozarse ya en La dirección de la cura…, texto en el que Lacan inicia la elaboración de la torsión necesaria en la transferencia para hacer posible el pasaje del sujeto desde la posición de deseado a la de deseante. No se trata simplemente de un cambio de lugar, sino de una modificación en la lógica misma que sostiene el lazo amoroso en la cura.

De este modo, la praxis analítica se orienta a poner en primer plano el impasse que el fantasma vela. El interrogante clínico que organiza buena parte de este recorrido puede formularse así: ¿qué sería el amor más allá del fantasma? Será a través de las articulaciones de lo modal y de lo nodal como Lacan logrará dar cuenta de esta cuestión y especificarla. Llevar el amor más allá del velo fantasmático constituye un paso necesario para interrogar aquello que, en el Seminario Aún, tomará la forma de un nuevo amor.

jueves, 1 de enero de 2026

¿Cómo intervenir con Madres y Padres en la clínica de Niños, Niñas y Adolescentes?

 - En la crianza, no hay un solo Nacimiento

Una Lectura Clínica que cambia la forma de  Intervenir.

Entender ese desarrollo es clave para leer los tres modos de transferencia con Madres y Padres. 


- ¿Qué significa nacer dos veces durante la crianza?

Como sujetos humanos, estamos destinados a experimentar, al momento de nacer a la vida, tal como S. Freud nos lo enseñara, un desvalimiento estructural (Hilflosigkeit) frente al Otro de los primeros cuidados.

El infante o adolescente depende absolutamente del Otro primordial, quien —eso es lo esperable— le brinda una “condición de existencia” real y psíquica.
Esto es posible porque ese futuro sujeto representa, para el Otro, aquello que le falta.

Estas son las condiciones estructurales necesarias y fundantes para la Constitución del Primer Nacimiento Psíquico. 


- El Primer Nacimiento Psíquico

El Otro primordial le donará los significantes con los cuales el infante se va a nombrar y que le permitirán, a su vez, la constitución del cuerpo.

Estas representaciones-palabra forman parte de una trama aún mayor: la de los deseos y goces de las otras generaciones.

Así, Madres y Padres posibilitarán el “Primer Nacimiento Psíquico”: la transformación de un ser que nace viviente a un sujeto del lenguaje.

Como consecuencia, surge —del lado del niño, niña o adolescente— en estos tiempos, la Angustia en su vertiente Traumática, que luego encontrará nuevas formas de manifestación en el pasaje por la Adolescencia.


- El Segundo Nacimiento Psíquico

A la salida de la Adolescencia, se produce un “Segundo Nacimiento Psíquico”: el advenimiento del sujeto del inconsciente, portador de su propio deseo.

Este sujeto nacerá en el lugar vacío de la cadena significante del Otro primordial, lo que J. Lacan denominó el enigma del Otro —aquello del deseo del Otro que no puede saberse ni simbolizarse del todo—.

Ese nacimiento, al partir del vacío de las significaciones del Otro, reactiva las huellas del desamparo originario con el que nacemos a la vida. 

Como efecto, en el púber o adolescente aparece la Angustia en su Vertiente Señal.


- Del Nacimiento Psíquico al Trabajo Clínico con madres y padres

Beatriz Janin afirma:

“En tanto extensión del psiquismo del infante, los padres están indefectiblemente involucrados en el tratamiento del niño o la niña”.

Por lo tanto, lo primero a tener en cuenta, del lado del analista, es la importancia estructural del trabajo con Madres y Padres en la clínica con Niños, Niñas y Adolescentes. 

El Trabajo Clínico se inicia en los diferentes modos en que Madres y Padres se presentan a la entrevista: en esa diferencia, se juega la Transferencia.


- La Transferencia en su Vertiente Simbólica

Las Figuras Parentales pueden llegar a la consulta formulando preguntas, en busca de un saber que le atribuyen al analista sobre el padecimiento del niño o la niña.

Esta modalidad transferencial, llamada Vertiente Simbólica, es la más propicia para el trabajo analítico. 

Cuando el analista es supuesto en el lugar del saber, el trabajo clínico con los padres se posibilita de la mejor manera.


- La Transferencia en su Vertiente Imaginaria

Las Figuras Parentales pueden llegar con teorías cerradas sobre lo que le ocurre al niño, la niña o adolescente, sin ninguna implicación subjetiva en esa conflictiva.

Esta modalidad transferencial, llamada “Vertiente Imaginaria”, obstaculiza el trabajo analítico.

La tarea del analista será introducir un corte en ese discurso y, junto a Madres y Padres, construir una lectura que ubique aquello que causa el sufrimiento e implique a las figuras familiares en la conflictiva.

Solo cuando el saber imaginado se quiebra, comienza a emerger la verdad singular que sostiene al sujeto.


- La Transferencia en su Vertiente Real

Las Figuras Parentales pueden acudir por demanda de otros (maestros, psicopedagogos, pediatras, jueces), sin implicarse subjetivamente, incluso negando la problemática del niño o adolescente y vivenciando las intervenciones del analista de manera persecutoria.

Esta vertiente, tan compleja, activa el campo de las pasiones parentales.

En esta transferencia difícil, el analista no puede forzar ni retroceder. Su posición se juega entre la paciencia y la puesta de límites.

jueves, 25 de diciembre de 2025

Tres problemas “actuales” del psicoanálisis en la lectura de Lacan

El retorno a Freud que propone Lacan no es solamente una operación histórica o exegética, sino una verdadera toma de posición respecto de la función y el estatuto de la transferencia en el análisis. Se trata, simultáneamente, de un gesto de lectura y de elaboración: extraer el núcleo operativo del planteo freudiano mientras critica el ambiente teórico e institucional que, en su época, lo había desviado o empobrecido.

A partir de esta revisión, Lacan delimita tres problemas que considera “actuales” en el psicoanálisis. El término “actual” no debe entenderse de modo puramente cronológico; también señala aquello que insiste, que no cesa de plantear dificultad en la práctica analítica.

El primer problema concierne a la función de lo imaginario. El énfasis excesivo puesto allí condujo —según Lacan— a reemplazar la castración por la mera frustración, desplazando el eje clínico del deseo hacia la demanda. Este giro empobreció la lectura estructural del conflicto.

El segundo problema surge de la teoría de las relaciones libidinales de objeto. No porque los vínculos libidinales carezcan de relevancia, sino porque cierta lectura confundió la fase fálica con una supuesta organización genital completable, derivando hacia una idea de síntesis que diluye la parcialidad propia de la pulsión.

El tercero se relaciona con el lugar otorgado a la contratransferencia. Lacan no niega su existencia, pero cuestiona que ella se convierta en brújula de intervención. Por eso llega a definirla, irónicamente, como “la suma de los prejuicios del analista”.

Frente a estas desviaciones, Lacan propone repensar la formación del analista desde la problemática de la transferencia misma. Para escuchar, afirma, el analista debe “pagar” —ya sea con palabras, con su persona o incluso con su ser—. No se trata del ser como sustancia, sino de aquello que el analista consiente a poner en juego para encarnar una función: la de hacer posible que lo silenciado o lo mudo del sujeto encuentre un lugar donde trabajar.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

¿Cuál es la causa de lo que perturba?

La lectura que Freud hace sobre los síntomas neuróticos, modifica radicalmente la posibilidad de pensar su causa eficiente.

El método consistiría en restituir los elementos que completen las lagunas del recuerdo. La ampliación de la conciencia conlleva la suposición de que el acto de recordar forma parte de la cura, punto en el cual lo reprimido y lo olvidado coinciden. Ahora, ¿cuál es la naturaleza de lo olvidado? El método clínico a partir de la posibilidad del recordar abre un margen para la descarga de algo que quedó retenido, reprimido, con lo cual ya se juega tempranamente un componente económico.

Este componente será el punto central de lo que paulatinamente se manifestará como un obstáculo a la cura analítica. En principio, la orientación de la cura es aliviarlo vía una descarga. Ahora, más allá de ciertos éxitos iniciales, hay en el síntoma una multicausalidad que lleva a la pregunta acerca de en qué medida el componente económico es ligable.

En principio, la técnica analítica conlleva un abandono tanto de la hipnosis como de la sugestión, o sea del método catártico, y ahí es donde en un tercer momento entra en juego la regla de la asociación libre, a partir de la cual el analista se retira de toda función directiva y se invita al sujeto hablar evitando cualquier crítica sobre sus ocurrencias. O sea, si hay de lo que no accede a la conciencia, eso es inconsciente pero eficaz pues produce efectos.

La cadena de pensamientos inconscientes articulados, explica el empuje de lo reprimido por el cual el sujeto dice más de lo que quiere o de lo que pretende. Y esto aparece en el discurso corriente a partir de retazos, recortes, sin sentidos, vacilaciones, fallas, tropiezos los cuales producen del lado del sujeto un efecto perturbador. Si el sujeto no se atiene a la regla de la asociación libre es porque intenta dejar de lado esto perturbador. La pregunta clara es ¿cuál es la causa eficiente de esa perturbación?

Los obstáculos de la cura
Es muy claro que Freud se ocupa, si cabe la expresión, de restos. No se ocupa ni de las razones ni de lo racional, sino de lo que no se puede tramitar, lo que hace obstáculo y que queda al costado aparentemente sin sentido. ¿Entonces, en qué consiste la curación así entendida? En suprimir las amnesias, en deshacer las represiones venciendo la oposición de la resistencia.

Sin embargo, este objetivo de vencer la resistencia nunca se alcanza con plenitud ni aún en el “normal”. Empieza a prefigurarse entonces el obstáculo a la cura. Hay algo que no alcanza el recuerdo, que queda por fuera de la posibilidad de ser recordado y entonces su retorno no será entramado en la cadena, en el enunciado. La pregunta clínica, entonces, es ¿cómo retorna, dónde retorna?. ¿Cómo intervenimos sobre eso si no se puede equivocar?

Y allí es donde entra en juego el “manejo” de la transferencia. El problema central de la transferencia es cómo opera el analista con esa temporalidad del corte que es la transferencia. Es la entrada de un campo dónde va a jugar “la personalidad del médico”: el analista pasa a ser un objeto libidinal más para el sujeto, lo que hace efectivamente que advertido de esto, por su formación, el analista se presta a encarnar, se presta a jugar un papel en ese diálogo entre el sujeto y su Otro de origen. Y para que pueda ser tomado en la economía libidinal del sujeto la condición sine qua non es que el analista se prive de cualquier actitud directiva. De lo cual tanto Freud como Lacan van a desprender la ética del psicoanálisis.

lunes, 22 de diciembre de 2025

La suposición de saber y la función de la no respuesta

Situar al psicoanalista en el lugar del sujeto supuesto saber implica que, por efecto mismo de esa suposición, el analista aparezca como detentando un saber. Se trata, sin embargo, de una suposición doble: no sólo se le supone un saber, sino también un sujeto a ese saber. El analista no encarna un saber positivo, sino que sostiene el lugar donde un saber es supuesto y donde ese saber se articula a un sujeto.

Este desplazamiento introduce una lectura novedosa del amor de transferencia y permite pensar que amar a alguien es, en cierto sentido, creerle, es decir, suponerle saber. El amor se separa así definitivamente del campo de lo puramente emotivo para inscribirse en el orden simbólico, en tanto efecto de la demanda. Amar no es aquí un afecto inmediato, sino una operación sostenida por la suposición de saber.

Precisamente porque se trata de una suposición, no corresponde al analista “hacer saber” al analizante que dicha suposición es ilusoria, que está equivocada o que ese saber no le pertenece. El analista sostiene el lugar del saber supuesto sin ejercerlo, y es esta detención sin uso la que hace del lazo transferencial un operador decisivo en la llamada “búsqueda de la verdad”. En ese movimiento se juega un intento de restitución de la consistencia afectada del Otro, y es allí donde la acción analítica introduce una torsión.

Allí donde el sujeto se dirige a la búsqueda de la verdad, la operación analítica lo conduce a una encrucijada pasional: al pathos propio del ser hablante, al punto en que el lenguaje, en tanto parásito, mortifica. Es en este marco donde adquieren relieve las pasiones del ser —amor, odio e ignorancia—, tal como Lacan las formaliza.

Entre ellas, la ignorancia ocupa un lugar central. No se trata de un déficit cognitivo, sino de un núcleo estructural del sujeto: un no-saber que le es constitutivo, un agujero en el saber, efecto de la falta del significante que sostiene la posición subjetiva.

¿De qué modo se pone en juego ese agujero en el saber? A través de la no respuesta y del no actuar del analista, en la oscilación entre neutralidad y abstinencia. El analista pone en acto que no responde a la exigencia de respuesta que se le dirige, sin que se trate de esclarecer o demostrar la inexistencia de esa respuesta. No responder implica llevar al sujeto al punto donde la soledad lo confronta con la no garantía del Otro: allí donde no hay respuesta posible y donde, paradójicamente, se abre un margen de libertad.

martes, 16 de diciembre de 2025

La palabra, la verdad y el estatuto de la interpretación en psicoanálisis

Una de las manifestaciones clínicas de la división subjetiva se verifica en el hecho de que, al hablar, el sujeto pone en escena que es hablado más que autor de lo que enuncia. Habla, en lo esencial, sin saber lo que dice. Esta condición se expresa privilegiadamente en el síntoma, allí donde la verdad aparece amordazada y, sin embargo, insiste en hacerse oír.

La fórmula “Yo, la verdad, hablo” funciona como una prosopopeya que se despliega de manera sostenida: algo se hace escuchar, incluso resuena, como un eco que retorna. La verdad, concebida como campo, pone así de relieve un simbolismo correlativo al inconsciente, en tanto implica un decir que se oculta, que sólo se presenta bajo la forma cifrada.

Desde esta perspectiva, la interpretación en psicoanálisis adquiere un estatuto específico. En virtud de su valor simbólico, se trata de una operación de lectura y desciframiento. Interpretar no equivale a traducir —entendido esto como explicar, convertir o expresar en otro registro lingüístico—, ya que ello supondría una orientación fundamentalmente semántica.

La interpretación analítica, por el contrario, es de orden evocativo: no revela ni devela plenamente. Opera por resonancia e incluye lo no dicho, lo que la sitúa del lado del no-todo. Más aún, puede afirmarse que su mayor fecundidad proviene de tomar como horizonte aquello que resulta imposible de decir.

Este carácter evocativo se sostiene en los poderes propios de la palabra. La eficacia de la interpretación no radica únicamente en evocar un objeto definido sobre el fondo de su ausencia, sino en poner en juego el lugar del Otro. Este punto resulta central para esclarecer la afirmación lacaniana según la cual el analista no cura tanto por lo que dice, sino por el lugar desde donde lo dice. Es a través de la operación transferencial que el analista se sirve del lugar del Otro, sin intervenir directamente desde él.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

El tropiezo, la transferencia y el trabajo de la palabra

En entradas anteriores aludíamos a la fecundidad del tropiezo del que se sirve el psicoanálisis. Sin embargo, no es raro que aquello que se abre por esa vía sea rápidamente reconducido a la transferencia bajo la forma de lo imaginario. Podría decirse que se trata de un intento de volver a cerrarlo: a veces de manera más abrupta, otras con mayor sutileza.

La intervención analítica apunta, en primer término, a despegar ese registro imaginario del supuesto “aquí y ahora” con el analista, para reconducirlo a lo simbólico que lo sostiene. Dicho de otro modo, el lazo transferencial con el analista se convierte en el escenario donde se juega, en realidad, una cuestión concerniente a la relación del sujeto con el Otro. Hasta qué punto la diferenciación entre lo simbólico y lo imaginario pueda efectivizarse en la cura depende no sólo de la posición del analista, sino también de una implicación del sujeto que no puede reducirse a la simple voluntad. Hay allí un punto espinoso, complejo, que sólo se esclarece en el transcurso del trabajo analítico.

Este momento transferencial no es evitable: no se trata de un accidente propio de ciertos tratamientos, sino de una dimensión estructural de la experiencia analítica. Freud lo advirtió tempranamente: llega un punto en el que el analista queda incluido como un objeto libidinal más, sobre el cual se desplazan significaciones (Bedeutungen) que pertenecen a otra escena.

Reconocer que este momento es necesario implica también admitir que el obstáculo forma parte de la cura. Allí se juega lo resistencial, pero no en el sentido de una resistencia atribuible al sujeto como tal, sino como la puesta en acto de aquello que resiste a la palabra, de lo que no logra ser plenamente entramado por lo simbólico.

Cuando Lacan afirma que “lo que está en juego en los síntomas es la relación del síntoma con el sistema entero del lenguaje”, toma una clara posición clínica. Desde esta perspectiva, el síntoma no es el efecto de un proceso mórbido a suprimir, sino una formación transaccional: algo que es analizable en la medida en que supone una terceridad, la de la ley, del lenguaje y de la palabra.

sábado, 6 de diciembre de 2025

La palabra, el oyente y la función del Otro en la transferencia

Que la palabra convoque una respuesta, o que desde el inicio presuponga un oyente, indica que siempre incluye al Otro. Pero lo incluye más allá de cualquier persona concreta: la palabra se dirige al Otro en tanto lugar estructural, porque de allí proviene y porque es justamente la función del Otro la que instituye la legalidad misma de la palabra en el niño.

En esta perspectiva se anticipa la posición del oyente, fundamento de la operación analítica y del lugar que el analista ocupa en la transferencia. Desde aquí se comprende por qué Lacan discute con tanta insistencia la idea de una transferencia pensada como un “aquí y ahora” con el analista: si se la reduce a ese nivel, el analista queda reducido a un semejante imaginario. En cambio, situarlo del lado del oyente lo ubica como aquel que, al prestarse al dispositivo, hace funcionar la dimensión del Otro.

Considerar al Otro desde este ángulo —más allá del momento de su función de garante— permite diferenciarlo de cualquier figura que pudiera proveer satisfacción. El Otro opera por su valor simbólico y fundante, no por ofrecer un objeto que colme.

Así, el analista queda investido de lo que Lacan llama “el poder discrecional del oyente”: desde esa posición hace funcionar la palabra, no sólo invitando a hablar sin centrarse en el sentido, sino también por el modo en que interviene —o por su silencio— dentro de la transferencia.

De esta concepción se desprende una diferencia de gran alcance: el silencio pertenece al campo de la palabra y constituye una forma de emisión, mientras que lo mudo se vincula más directamente con lo pulsional. Palabra y silencio se articulan en la alternancia propia de lo simbólico, operan por oposición, y es en ese juego discontinuo —en esa superficie ultraplena del discurso— donde el inconsciente se deja entrever.

martes, 18 de noviembre de 2025

El goce del síntoma

 1. ¿Qué entiende el psicoanálisis por “Goce”?

 J. Lacan retoma de S. Freud consideraciones teórico-clínicas fundamentales para elaborar el concepto de “Goce” en su inseparable repercusión sobre la Práctica clínica: 
  • El Síntoma tiene una cara puramente resistencial porque insiste en permanecer a pesar del sufrimiento que le produce al sujeto. 
  • El síntoma le otorga al sujeto una “satisfacción” más allá del Principio del Placer. 
  • La satisfacción que el síntoma otorga es para la conciencia del sujeto totalmente desconocida. Desde el plano consciente esa “satisfacción” es vivenciada con un profundo dis-placer. 
  • Esa satisfacción paradojal contenida en el síntoma es denominada por J. Lacan: “Otra Satisfacción”, “Goce”. 
2. Un Ejemplo Clínico freudiana  del Goce del Síntoma.
 
Cuando Ernst Lanzer -denominado por S. Freud el “Hombre de las Ratas”- le relata su enorme padecimiento que consistía en su temor obsesivo, repetitivo y altamente tormentoso de que tanto su padre como su amada sufrirían el “Tormento de las Ratas”, S. Freud realiza una enorme observancia clínica: “en el curso del relato advertí que el paciente experimentaba un placer que él mismo no reconocía, mezcla de horror y fascinación.” 

3. Dos Vertientes del Síntoma en Transferencia: Inconsciente y Real
  • La Vertiente Inconsciente: Consiste en la cara del síntoma como inconsciente reprimido (Inconsciente Simbólico). Desde esta perspectiva el sujeto lo puede expresar a través de la Asociación Libre, cuya materia es la palabra. La forma de Intervenir del analista en esta vertiente es interpretar y localizar el deseo del sujeto que se haya reprimido. Mientras que al sujeto le cabe ahora la tarea de elaborar ese deseo -hasta aquí desconocido- y obrar frente a él con libertad y responsabilidad subjetiva. 
  • La Vertiente Real: Consiste en la cara del síntoma como inconsciente no reprimido (Inconsciente Real). Está por fuera del campo de la palabra. Se manifiesta en actos, en el cuerpo y/o en pensamientos del sujeto, atravesados por las Pulsiones que actúan de manera directa, absoluta y sin ley, a la manera de repeticiones compulsivas y/o traumáticas. La forma de Intervenir del analista en esta vertiente es a través del Manejo de la Transferencia, entendida como las intervenciones que provocan un stop en el circuito de la repetición mortífera. El sujeto que ha sido afectado tendrá así la posibilidad -en tanto se haga responsable- de construir su deseo y su consiguiente acto. 
4. La forma de Intervenir con la Vertiente Real del Síntoma: El Manejo de la Transferencia.
 
Continuamos con el Ejemplo Clínico freudiano 
 
Cuando el “Hombre de las Ratas” en medio del relato que le hace a S. Freud de su síntoma obsesivo y atormentador, en un estado de perplejidad -fuera de sí- le expresa: “Mi capitán cruel”, S. Freud lejos de interpretar lo que el paciente le dice en Transferencia de manera compulsiva, pronuncia: “Yo no soy el capitán cruel”. De esta forma S. Freud como analista le manifiesta que no está dispuesto a encarnar la “satisfacción cruel y sufriente” que le otorga su síntoma obsesivo-compulsivo. Con esta comunicación hace un corte en acto con el Goce el Síntoma en el cual el Hombre de las Ratas se haya atrapado. 

5. La Posición del Analista: El Manejo de la Transferencia según J. Lacan
 
J. Lacan define el concepto del Manejo de la Transferencia para la Vertiente Real del Síntoma como la posición del analista en relación a su Deseo, entendido aquí como un corrimiento en su posición de Sujeto Supuesto Saber (función interpretativa en el campo simbólico, de la palabra, el significante). Cuando el analista se confronta al puro real del síntoma (goce) pasa a ocupar el lugar de un Vacío de saber, en cuyos bordes el sujeto tendrá la chance de encontrar las condiciones para crear y descubrir el objeto de su deseo, imposibilitado de constituirse en el circuito del Goce del Síntoma que comanda una satisfacción pulsional directa sin castración, ni ley, ni falta. 
 
6. Las Intervenciones Performativas: ¿Qué son y hacia dónde se orientan?
 
Las Intervenciones Performativas son propuestas por J. Lacan para intervenir con el Goce del Síntoma en el marco del Manejo de la Transferencia. 

La modalidad de dichas intervenciones posee una definida orientación que es la de introducir un corte en la repetición compulsiva (Goce del Síntoma) que posibilite una transformación en la posición del sujeto en su vida.

La función del analista se sostiene -más que nunca- al hacerse soporte de las condiciones que permitan la emergencia del deseo del sujeto, condición necesaria para que esa mejoría subjetiva sea posible.


7. Ejemplos prácticos de las Intervenciones Performativas 
  • Un silencio estratégico frente a un decir novedoso que el paciente no advierte por estar concentrado en contarnos, una y otra vez, los detalles de ese padecimiento que no cesa.
  • Un acto inesperado por parte del analista como puede ser recoger en silencio los papelitos -envoltorios de caramelos- que el paciente reiteradamente desparrama sobre el suelo del consultorio. Un acto orientado a poner en escena el Goce del Síntoma del paciente, que compulsivamente se repite en su vida: hacerse rechazar por sus consecutivas transgresiones.
     
La acción analítica performativa -momentos especiales- cuya pertinencia se sostiene en la transferencia, se dirige a efectuar un corte en el Goce que no puede ser expresado con palabras y producir así, al decir de J. Lacan, “que este Goce sea rechazado para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la Ley del Deseo”. *

*Subversión del sujeto.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Los bordes de la transferencia

 ¿Qué se juega en los Bordes del Amor de Transferencia? ¿Cómo orientan los Bordes del Amor Transferencial al analista?

En los bordes del amor transferencial, el vínculo con el analista puede tornarse intensidad, reclamo o idealización. No se trata de momentos patológicos, sino de zonas de alta tensión donde se actualiza la repetición y se pone en juego la fantasía inconsciente.

Es allí donde el deseo de ser todo para el Otro, o la exigencia de completud, puede amenazar con desbordar el dispositivo analítico, si no es alojado y trabajado desde la transferencia.
 
Frente a eso, el analista no responde desde el Ideal ni el juicio moral. Sostiene una posición fundada en la ética del deseo, capaz de leer la estructura sin quedar capturado por la demanda.

Así, lo que parecía un impasse amoroso puede transformarse en saber sobre la posición del sujeto en su lazo al Otro y abrir una vía de trabajo clínico.
 
¿Por qué el Amor puede volverse un obstáculo en el análisis?
Porque el amor de transferencia, aunque es motor del análisis, repite estructuras inconscientes ligadas al goce, la demanda y la fantasía. Cuando se absolutiza como pasión o exigencia de reconocimiento, puede fijar un impasse. El obstáculo no es el amor en sí, sino su uso como defensa frente a la interpretación.

La intervención analítica consiste en maniobrar allí sin rechazar ni gratificar, sino en leer su lógica y función dentro de la transferencia.
 
¿Qué se pone en juego cuando irrumpe la angustia al inicio de un análisis?
Lejos de ser un obstáculo, la angustia es una señal de que el discurso analítico tocó un punto estructural del sujeto.
Como afecto sin palabra, surge cuando el marco de sentido se desarma y algo de la verdad no simbolizada se aproxima.
En muchos casos, esta angustia se enlaza con las primeras manifestaciones del amor transferencial, cuando el amor se vuelve demanda o exceso, y aparece la imposibilidad de ser todo para el Otro.
 
¡¡Clave Clínica!!
La intervención del analista no es calmar ni explicar, sino sostener el borde sin invadirlo.
Un silencio preciso o un corte respetuoso pueden abrir más que una respuesta tranquilizadora, alojando y orientando la angustia hacia el deseo.
 
¿Qué hacer cuando el paciente exige ser amado o reconocido, y convierte el silencio en reproche?
Esa demanda revela una confusión entre amor y deuda, donde el sujeto espera del analista una reparación imposible. Cada silencio se experimenta como abandono, cada gesto como prueba de amor.
La intervención no consiste en responder, sino en leer la insistencia: ¿A quién se dirige esa exigencia? ¿Qué lugar ocupa el sujeto allí?

Solo así es posible desarticular la demanda como mandato y abrirla a una lógica de deseo.
 
¿Qué función tienen los pasajes al acto en la vida amorosa del analizante?
Frecuentemente, son sustracciones frente a lo insoportable de la demanda amorosa o el vacío relacional. Surgen cuando el sujeto no puede sostener la falta y responde con una acción que interrumpe el vínculo: rupturas abruptas, engaños, silencios o incluso síntomas somáticos.

Interpretar estas acciones como respuestas al exceso de goce o sentido permite transformarlas en claves para la Intervención Clínica, en lugar de condenarlas como fallas del yo.
 
¿Qué se juega entre amor, reconocimiento y tormento superyóico? ¿Cómo debe posicionarse el analista?
Cuando el amor se vive como deber —“debo ser suficiente”, “debo amar bien”— el deseo queda sometido a la lógica superyoica de sacrificio, culpa y sufrimiento.
El sujeto queda atrapado en una demanda imposible: busca reconocimiento para sostener su valor, pero termina alienado y mortificado.

El analista no corrige ni enseña a amar, sino que sostiene la transferencia como campo de lectura, permitiendo que la repetición amorosa se despliegue como estructura, no como verdad literal.

Desde la ética del deseo, aloja la pasión sin identificarse, mantiene el enigma y abre la vía para que el sujeto transforme el sacrificio en elaboración subjetiva.
Así, el amor deja de ser mandato para volverse causa.
  
 ¡¡Clave Clínica!!

La clínica de los bordes del amor transferencial exige una ética del deseo y una técnica precisa. El analista interviene sin responder directamente a la demanda, sin ocupar el lugar del Ideal ni del superyó, y sin enseñar a amar. Aloja la pasión, interpreta su estructura y permite que el amor y la angustia tengan un lugar en el discurso.
 
Esa es la operación analítica por excelencia: crear algo nuevo a partir de lo que se repite.

lunes, 3 de noviembre de 2025

La lucidez del melancólico: un pensamiento que arde

La lucidez del melancólico no es sabiduría, sino la consecuencia de haber perdido los velos protectores del deseo. Es el brillo helado de una conciencia sin metáfora. Por eso, en el consultorio, puede parecer un filósofo, pero su filosofía no se escribe con ideas: se escribe con dolor.

En la transferencia con pacientes melancólicos, notamos cómo frecuentemente hacen de su sesión un asunto filosófico. Esa lucidez melancólica ha sido notada desde los primeros textos freudianos y luego retomada por autores como Karl Jaspers, André Green, Julia Kristeva y Geneviève Hassoun. Pero tiene una lógica muy precisa en la estructura melancólica: no se trata de una lucidez producto del pensamiento, sino de una posición del sujeto frente a la pérdida.

Este fenómeno aparece en varios niveles:

La lucidez como efecto de la pérdida del velo imaginario

En la neurosis, el sujeto vive sostenido por los velos imaginarios del deseo y la identificación. En cambio, el melancólico, al haber caído esos velos, mira el mundo sin mediaciones: ve la falta del Otro desnuda, sin consuelo simbólico.
Por eso su discurso tiene una nitidez desarmante —como si dijera lo que todos intuimos pero nadie se atreve a formular.

El melancólico ve demasiado claro, pero no puede ver otra cosa que la nada.

Esa claridad es la contracara de una imposibilidad: no poder desear, porque ya no hay Otro que garantice el sentido. Su lucidez no es un saber vital, sino un saber mortífero.

La lucidez como forma de defensa

Lacan dice que el melancólico está “identificado al objeto a”.
Desde allí, su saber se produce como defensa frente a la desintegración.
El pensamiento hiperreflexivo, la introspección existencial o filosófica, son intentos de mantener una distancia simbólica frente al agujero que amenaza con absorberlo.

Por eso, en el consultorio, muchos melancólicos hablan como filósofos o poetas trágicos: su discurso tiene una forma racional, incluso brillante, pero en el fondo se organiza como una muralla frente al derrumbe.

Piensan para no caer.

Es un pensar que no busca resolver, sino sostener el vacío.

Lucidez y goce: la fascinación de la nada

Hay una dimensión de goce en esa lucidez.
El melancólico goza de su clarividencia, porque es lo único que le queda como prueba de su diferencia respecto del rebaño.
Esa certeza de “ver más lejos” le ofrece una suerte de identidad mínima —aunque a costa de un enorme sufrimiento.

Por eso se parece tanto al filósofo existencialista o al poeta maldito: piensa con el cuerpo, y su verdad se paga con la tristeza.
Como decía Nietzsche, “mirar demasiado tiempo al abismo, hace que el abismo mire en vos”.

Una verdad sin metáfora

Freud ya había advertido que el melancólico “dice la verdad”, aunque desde un lugar cruel. Cuando se acusa, no miente: su juicio moral no es delirante, sino literalmente verdadero, sólo que dirigido hacia el yo en vez del objeto perdido.
Por eso su lucidez conmueve: no es cínica, sino trágica.

André Green lo formula así: “En la melancolía, el sujeto se vuelve transparente al vacío. La lucidez es la forma que toma su desamparo.

viernes, 24 de octubre de 2025

El riesgo ético del analista

El trabajo de delimitación de una ética acorde al discurso analítico comporta un riesgo, tal como Lacan lo advierte en el Seminario 7Ese riesgo concierne directamente al analista, porque no se trata de una ética conforme al discurso del Amo, capaz de dictar un a priori normativo o adecuado. Por el contrario, situar el riesgo del lado del analista implica una pregunta radical:

¿Podrá el analista estar a la altura de esa “función llamada sujeto”?

El planteo de Lacan se despliega en el intervalo entre el deseo y la transferencia, allí donde se juega un pasaje que permite interrogar los medios y los fines del psicoanálisis.

Esta interrogación se sostiene en una crítica al contexto analítico de su época, particularmente a ciertas líneas de pensamiento que confunden la dirección de la cura con una pretensión de normalización psicológica.

Tal pretensión, señala Lacan, introduce una posición moral, una moralización del psicoanálisis bajo la forma de una terapéutica adaptativa o armonizante.

La implicación moral se deja leer en la tendencia a sostener una ilusión genital, allí donde la castración hace imposible toda complementariedad sexual.

Lacan la llama una “felicidad sin sombras”, y su ironía no es menor: ¿sería posible una felicidad con sombras? Quizás sea más adecuado hablar, como él sugiere, no de felicidad sino de alegría, esa que surge del encuentro con el deseo y no de su clausura.

Toda esta discusión se asienta en el descubrimiento freudiano de una instancia que encarna la paradoja de la moral moderna: el SuperyóCuantos más sacrificios se realizan para responder a sus mandatos, más feroz se vuelve su imperativo.

La práctica analítica lo demuestra con claridad: cuanto más fuerte es la pretensión de una felicidad totalizante, tanto más el Superyó redobla su exigencia, generando culpa, insatisfacción y sufrimiento.

Hay, en ese punto, un “desgarro del ser moral del hombre”, expresión de la distancia estructural entre el deseo y el goce.
Olvidar esta hiancia en nombre de una promesa de normativización —una felicidad sin falta— equivale a desconocer la condición misma del sujeto del inconsciente.

Por eso, la ética del psicoanálisis no busca la normalización ni la adaptación, sino que asume el riesgo del deseo, orientando la praxis hacia lo que en cada sujeto resiste al bien.
Ese riesgo —el del analista— no es otro que el de sostener, sin garantías, el lugar donde el deseo puede tener su causa.

martes, 21 de octubre de 2025

El olvido que sostiene a la religión y la necedad en la clínica

La pertinencia de que Lacan se interrogue sobre el olvido que sostiene a la religión se inscribe en una toma de posición frente a la lectura dominante de los fundamentos freudianos del psicoanálisis.
Ese olvido no sólo alteró la orientación de la cura al reducirla a un procedimiento de comprensión o adaptación, sino que implicó una pérdida del punto de inflexión introducido por Freud con la formulación del más allá del principio del placer: el ingreso de lo real en el corazón mismo del aparato psíquico.

El camino de Lacan consistirá en contraponer ese olvido con una pregunta clínica radical:

¿Cómo salir de la necedad?

Porque lo que se olvida no es algo reprimido, sino lo que no entra en la razón: aquello que ex-siste a ella.
Frente al olvido, Lacan propone un saber hacer con lo que no hay, es decir, un modo de tratamiento que no busca eliminar lo imposible, sino habitarlo.
Definir lo olvidado como lo que ex-siste a la razón sitúa con precisión la apuesta de Lacan tras su excomunión: retomar los fundamentos del psicoanálisis, no para restaurarlos, sino para reintroducir en la práctica lo que el discurso religioso —y a veces también el analítico— había tendido a velar.

El trabajo analítico, en este sentido, incluye momentos de develamiento, aunque no como si se corriera un velo para mostrar lo oculto, sino como un desgarro que abre una hiancia.
Por esa hiancia se filtra algo que se recorta como resto, cuya temporalidad es la del relámpago: aparece, fulgura y desaparece.

En la transferencia, este instante puede equivaler a esos momentos en que el analista es “descubierto” —no como persona, sino como presencia—, cuando algo ex-sistente a lo especular se presenta: ese “en ti más que tú” que nombra el punto donde el objeto a se deja entrever.
Allí, la presencia del analista encarna ese resto, pero no como figura, sino como función, permitiendo que el sujeto advenga a su división.

En términos del fantasma, esto implica que el analizante sólo puede entrar en relación con su posición de objeto a en la medida en que la transferencia pone en juego la posición y la presencia del analista.
Allí donde el analizante se ofrece a ser amado, recibe como respuesta la operación del deseo del analista, que reconduce la demanda a la pulsión y abre la vía a la precipitación de un resto.
Ese resto —causa y condición de la separación— es lo que el analista está llamado a encarnar: no para representar, sino para hacer lugar a lo que no se representa, a ese punto donde el olvido religioso y la necedad racional se intersecan.

lunes, 20 de octubre de 2025

Abordaje desde el psicoanálisis: ¿Cuál es el secreto de la cura?

S. Freud descubre que el secreto de la cura en psicoanálisis es el Amor de transferencia. Esta es la condición libidinal necesaria que funda y motoriza la cura.

El armado de la transferencia positiva (de amor sublimado) se convierte -por parte del analista- en la primera meta del tratamiento. (“La transferencia - lección de introducción al psicoanálisis” - S. Freud).

Dice S. Freud: “Lo que define el resultado de cualquier intervención no es la penetración intelectual, sino la relación con el médico. Porque en la medida que su transferencia es de signo positivo, lo reviste de autoridad y presta creencia a sus comunicaciones. Sin esta transferencia, o si esta es negativa, ni siquiera presta oídos a sus intervenciones” - S. Freud

Esta trama transferencial positiva y de amor sublimado es la que le va permitiendo al paciente lograr construir el suelo de la confianza y la atribución de saber, que necesita para hablar de su intimidad, relatar sus inhibiciones, síntomas y angustias, incluso las que le generan vergüenza.

Ahora bien, este amor de transferencia no surge de manera espontánea: es una construcción que conlleva tiempo. Esta es la tarea fundamental del analista, que se ubica entre el arte y la técnica.

¿Cómo construye el analista el amor de transferencia? Dos coordenadas importantes:

1- Estar presente: debido a que la angustia no tiene calendario y puede aparecer más allá del día y horario de la sesión, le haremos saber al paciente que puede llamarnos en otro momento, si así lo necesita.

2- Brindar buen trato: Fernando Ulloa nos recordaba que la palabra “tratamiento” etimológicamente deriva de buen trato. Propone al buen trato, a la empatía y al miramiento como componentes esenciales de la cura.

sábado, 18 de octubre de 2025

La transferencia: entre el Sujeto Supuesto Saber y el deseo del analista

La transferencia, en psicoanálisis, presenta una multiplicidad de aristas.
Puede pensarse desde la lógica del campo, o bien desde su función temporal, como aquello que introduce una cierta actualidad del inconsciente.
En cualquier caso, la transferencia supone al menos tres términos: el psicoanalista, el sujeto y la palabra.

A lo largo de su enseñanza, Lacan se toma el trabajo de despegar la transferencia de su apariencia fenoménica —el “enamoramiento”, la “repetición” o el “vínculo afectivo”— para anudarla a la estructura.
Sin embargo, no deja de subrayar que, tomada fenomenológicamente, la transferencia opera en relación con el deseo, como punto axial de la división del sujeto.
Dado el estatuto del deseo en la economía del discurso analítico, no sorprende que el operador transferencial por excelencia sea nombrado como el deseo del analista.

En el Seminario 8, Lacan desarrolla esta cuestión sirviéndose del trípode Sócrates–Alcibíades–Agatón, y de las relaciones que allí se tejen entre deseo y demanda.
El desplazamiento de los afectos, tal como Freud lo define en los orígenes del concepto, se verifica allí como una primera definición de la transferencia, cuyo motor es precisamente la falta de objeto.
Si el deseo carece de un objeto que pueda colmarlo, se convierte en lo que comanda a la transferencia.
Surge entonces la pregunta inevitable:

¿Qué se transfiere?

Y junto a ella, otra no menos crucial para la orientación del analista:

¿A quién se transfiere?

Este segundo interrogante conduce a la estructura: la transferencia se dirige al Sujeto Supuesto Saber, al Otro al que se le atribuye un saber sobre el inconsciente del sujeto.
Pero Lacan introduce aquí una torsión fundamental: el deseo del analista no se confunde con esa suposición de saber, sino que impide reducir la transferencia a ella.
El deseo del analista no es un deseo de saber, sino un deseo que sostiene el lugar vacío donde el saber puede advenir.

De esta manera, la transferencia no se limita a la ilusión epistémica del Sujeto Supuesto Saber, sino que se despliega como un campo donde el deseo del analista opera como causa.
Y es precisamente en esa tensión —entre la suposición de saber y el deseo que no se sabe— donde se juega la dirección de la cura y la ética del psicoanálisis.

viernes, 3 de octubre de 2025

La realidad sexual del inconsciente: entre transferencia y castración

Cuando Lacan afirma que “la realidad del inconsciente es sexual”, lo hace en un contexto donde su investigación se centra en bordes y agujeros, es decir, en las formas de inscripción y límite de lo inconsciente. Dos términos se conjugan en esa afirmación —realidad y sexual—, planteando una doble interrogación: ¿qué significa que la realidad sea sexual? ¿Y qué abordaje de lo sexual queda implicado en esa realidad?

Un antecedente posible aparece ya entre el Seminario 6 y el escrito Subversión del sujeto…, donde Lacan pregunta por la realidad del deseo. Allí la respuesta se da en relación con el efecto de la castración: el deseo se anuda a lo real en tanto no puede colmarse, quedando marcado por una imposibilidad.

En este sentido, la “realidad sexual” del inconsciente no remite a una sustancia positiva, sino a lo que se juega en la transferencia, entendida como puesta en acto de esa realidad sexual. Ahora bien, ¿cómo deslindar esa realidad sexual si el punto de partida es que el inconsciente está estructurado como un lenguaje?

Lacan precisa que el inconsciente debe pensarse como el efecto del lenguaje y de la palabra sobre el ser que habla. Relacionar ambos efectos no implica homologarlos. Allí surge la dificultad: el término “realidad” no se define en su naturaleza, sino que aparece como índice de un punto en el que la verdad deviene insostenible. La fórmula lacaniana de la “verdad insostenible” apunta a ese imposible que se soporta en la tensión entre lo universal y lo existencial.

La sexualidad, en tanto ligada a la castración, se enlaza con la muerte en el terreno de la división sexuada, que introduce un corte y delimita campos. A lo largo de su enseñanza, Lacan busca formalizar esa divisoria: primero en términos de binarismos y polaridades, y más tarde —con la topología— en una ruptura del esquema de contraste, abriendo un espacio lógico nuevo para pensar la sexualidad y su relación con lo real.

Inconsciente, transferencia y repetición: entre la nasa y el despertar

El inconsciente se sostiene en un juego de apertura y cierre, una temporalidad pulsátil que Lacan ilustra con la figura de la nasa: un artefacto de pesca que atrapa por su estructura de embudo, pero cuyo centro es un vacío. Ese vacío interroga la práctica: ¿el inconsciente se abre desde dentro o desde fuera? ¿Y qué implica, para el sujeto, no quedar del todo atrapado?

En este punto se hace indispensable diferenciar transferencia y repetición. Si se las confunde, la clínica se orienta a reparar lo fallido de la repetición, reduciendo la cura a un horizonte adaptativo. En cambio, si se distingue la transferencia de la repetición, la primera se convierte en el campo donde la repetición se pone en acto, permitiendo un encuentro con ese malogro estructural que no pertenece a lo contingente.

La articulación con la pulsión es crucial para comprender esta diferencia: sin su insistencia, el inconsciente quedaría reducido a un simple retorno de significantes. La pulsión introduce lo irredimible, lo que resiste a la simbolización, haciendo de la repetición algo más que insistencia simbólica.

Estas preguntas se redoblan en la clínica cuando se piensa el fantasma: si allí el sujeto no se encuentra siendo mirado desde donde se ve, ¿esa disyunción implica una exterioridad radical entre posiciones? ¿Qué estatuto tiene entonces la mirada en relación al deseo del Otro?

Todas estas cuestiones apuntan al núcleo práctico del psicoanálisis: su eficacia. ¿Cómo —y desde dónde— puede un sujeto “salir” de la determinación por el deseo del Otro? Pero salir, aquí, no equivale a situarse afuera: se trata de abrir un espacio donde ese deseo deje de ser un destino y pueda devenir causa.

jueves, 2 de octubre de 2025

Las dificultades en la vida amorosa

 1. ¿Qué se pone en escena y se repite en la Vida Amorosa?

La vida amorosa es el escenario donde el sujeto repite, sin saberlo, escenas inconscientes que marcaron sus primeros lazos. 

En cada elección, en cada frustración, reaparece una posición frente al deseo, la falta y el rechazo. Amar no es sólo sentir: es reencarnar una historia. 

En la vida amorosa lo que se pone en juego, entonces, es la forma en que el sujeto se enlaza al otro, a veces desde el deseo y muchas otras desde el goce que hace sufrir.
 
2. ¿A qué refieren los “Bordes del Amor”? 

Los bordes del amor son momentos en los que el deseo toca su límite, donde amar ya no enlaza, sino que hiere. Lo que parecía unión se vuelve asfixia, angustia, escena imposible de habitar. 

En la experiencia clínica, se trata de un umbral donde el sujeto tropieza con lo real del amor, que es una cara de este que no se deja simbolizar. Frente a esos límites, el psicoanalista sostiene el vacío de lo real, lo indecible del amor para ese paciente, abriendo espacio para que eso que no puede decirse empiece, en acto, a tomar forma. 

La función del clínico es hacer de soporte de ese exceso para que pueda ser transformado. 

3. ¿Qué-Hacer en la Clínica cuando el Amor irrumpe en Acto?

Cuando en la vida del sujeto el amor no encuentra palabras, irrumpe en acto. En estas circunstancias, el sujeto puede romper un vínculo sin explicación, abandonar el análisis, encerrarse en silencio o incluso dañarse a sí mismo o al partenaire. Se trata entonces de una respuesta desesperada frente a una presión psíquica que no logra inscribirse en el lenguaje. Allí donde la palabra falla, habla el cuerpo o la acción. 

El trabajo clínico apunta a abrir un espacio donde eso que irrumpe sin forma pueda empezar a decirse. El problema no es el acto en sí, sino que el sujeto quede atrapado, como objeto pasivo, sin salida. Llevar esa irrupción al campo de la palabra y a la elaboración implica posibilitar que una parte de esa escena muda se torne simbolizable, y por lo tanto, habitable.
 

4. ¿Por qué la vertiente Superyoica puede convertirse en enemiga del Amor?

La instancia superyoica es una voz interna que impone una forma ideal de amor -sin celos, sin dependencia, sin contradicción- y sanciona cualquier desvío. 

En el análisis, la instancia superyoica se despliega con toda su fuerza cuando el amor de transferencia se presenta como un puro obstáculo. En ese punto, pueden aparecer movimientos de culpa, rechazo del deseo o una entrega sufriente que parece no encontrar salida, como formas en que el sujeto responde al impasse que ese lazo produce. 

Esta modalidad superyoica desplegada durante el proceso analítico puede bloquear seriamente el avance de la cura. Por eso el analista aloja el conflicto, lejos de corregir al paciente e indicarle cómo debe amar, para que el sujeto se abra a su deseo y configure así otra forma de lazo más habitable, vital y amorosa. 

 

5. ¿Por qué no se debe reducir el amor a un diagnóstico clínico?

Responder clínicamente al amor con un diagnóstico que patologiza el vínculo corre el riesgo de silenciar lo que en él se pone en juego: la verdad del sujeto, su modo singular de desear, de vincularse, de repetir. 

El psicoanálisis se orienta -en Transferencia- a atravesar el sufrimiento que el amor puede provocar, con el fin de leer allí el entramado y la posición del sujeto en su historia. De este modo, podremos situar el lugar desde donde habla, sufre y desea, y así abrir camino a un cambio de posición subjetiva menos doliente.


6. ¿Se puede transformar el modo de amar en la experiencia analítica?

Un análisis ofrece un espacio transferencial donde el sujeto pueda realizar la experiencia del recorrido de su modo singular de amar. Entonces y de ninguna manera el psicoanálisis impone enseñanzas ni modelos sobre cómo deben ser los vínculos amorosos. Habida cuenta de que será el propio sujeto quien, en la experiencia analítica en transferencia, asuma la responsabilidad de un cambio de posición subjetiva respecto a su modo de amar, en tanto si consulta es porque ese modo le provoca un verdadero padecimiento.

7. ¿Cómo maniobrar en Transferencia con las Dificultades Amorosas? 

El analista: 

- Responde al amor transferencial manteniendo la función analítica como un punto vacío que permite que el deseo del paciente se despliegue y se escuche, sin recurrir ni a la reciprocidad ni al rechazo.

- Escucha los afectos amorosos como expresiones singulares del deseo y el fantasma, inscriptas en la estructura psíquica del sujeto, como modos de subjetivación y no como patologías a corregir.

- Aloja el sufrimiento sin empujar al sujeto a “superarlo”, porque en ese dolor, se revela el punto estructurante del fantasma.

 

¡¡Importante!! 
 
En el análisis, la función del analista implica actualizar y sostener el semblante del objeto que el sujeto fue para el Otro primordial, y que su fantasma conserva haciéndolo jugar en los tiempos actuales de su Vida Amorosa, produciéndole sufrimiento. 
Es desde ese punto de quiebre del padecer que se hace necesario un cambio de posición subjetiva frente a los modos de amar. 

miércoles, 1 de octubre de 2025

Apertura y cierre del inconsciente: verdad, engaño y transferencia

Pensar el inconsciente como una estructura pulsátil implica considerar no sólo su dimensión espacial —anclada en la noción topológica de borde—, sino también su dimensión temporal, marcada por los ritmos de apertura y cierre. En este marco puede retomarse, bajo una nueva luz, la dificultad clínica señalada por Freud en torno al punto en el que las asociaciones se detienen. De allí surge una pregunta fundamental: ¿qué cierra al inconsciente?

Del lado de la apertura, Lacan sitúa los desarrollos que refieren a la operación analítica y al despertar. El cierre, en cambio, aparece ligado a las dificultades propias de la transferencia. Una de las respuestas posibles que ofrece Lacan es que aquello que incide como cierre es la verdad.

Ahora bien, ¿de qué verdad se trata y cómo opera? Lacan se distancia de un abordaje erístico de la verdad, que reduce su estatuto al de una disputa dialéctica banal, derivando en una lectura de la transferencia restringida al “aquí y ahora” con el analista. Frente a esta posición, introduce un desplazamiento: el impasse se descorre a partir de la distinción entre mentira y engaño.

La mentira se encuentra en el corazón mismo de la verdad, pues toda verdad conlleva la posibilidad de la mentira. El engaño, en cambio, constituye un campo más amplio: es el campo donde el sujeto habita, en tanto tributario del uso del significante para significar. De allí se desprende que la apertura del inconsciente no puede pensarse sin la función de engaño del significante: no hay inconsciente sin esa causa material.

Pero además, el propio sujeto es el engañado, lo cual testimonia la heteronomía constitutiva que lo atraviesa. En este sentido, el inconsciente se abre en el movimiento del significante, pero se cierra cuando la verdad misma incide como límite en el juego transferencial.

Transferencia, repetición y el estatuto de lo real traumático

Desde la inflexión que introduce Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, se vuelve ineludible una reelaboración conjunta de la transferencia, el inconsciente y la repetición.

¿Qué es lo que determina a lo real en el estatuto de la transferencia? En primer lugar, lo hace indispensable separarla de la repetición, aun cuando la transferencia se instituye como el campo mismo donde la repetición se efectiviza en la praxis, condición necesaria para poder operar sobre ella.

En ese marco, la repetición se presenta como aquello que escapa al determinismo: un tropiezo azaroso, lo fallado del encuentro, lo irruptivo del trauma. El trauma, por lo tanto, debe ser repensado a la luz de lo real como impasse, pues es en su carácter incalculable donde encuentra gran parte de su eficacia.

Si se lo situara en lo imaginario —sin connotación peyorativa—, el trauma aparecería como un mero accidente. Pensarlo desde lo incalculable, en cambio, lo aproxima a lo sincrónico: lo sustrae de la diacronía del acontecimiento fortuito y lo sitúa en un registro donde ya no se trata de lo contingente, sino de lo que insiste sin cálculo posible.

Considerarlo como lo ininteligible implica asumirlo como un punto imposible de tramitar. De allí su retorno, no bajo la forma de la insistencia simbólica, sino en irrupciones corporales. Lo atestigua la pregunta que retorna una y otra vez del lado del analizante —con variaciones singulares pero siempre en la misma clave—: ¿qué hago con esto?, ¿cómo sigo con esto?

Lo real traumático, en consecuencia, gobierna al proceso primario freudiano. Conlleva una dimensión atemporal que es índice del límite de la palabra: allí donde el decir no alcanza, se cifra el núcleo mismo de lo que en el análisis se pone a trabajar.