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martes, 16 de septiembre de 2025

Angustia, borde y el deseo más allá del fantasma

La distancia entre la angustia-señal y el concepto de angustia, tal como Lacan lo trabaja en el Seminario 10, permite situar dos dimensiones diferenciadas. La primera se vincula a sus máscaras: hablar de una estructura de la angustia implica reconocer sus enmascaramientos, lo que la aproxima a la función de la señal.

El concepto de la angustia, en cambio, remite al borde, lo que presupone ya la función simbólica propia de un concepto. El límite, más ligado al campo imaginario, queda del lado de la señal. El borde, en cambio, abre la lógica del litoral, lugar donde lo real y el saber se tocan sin confundirse.

De esta diferencia surge una pregunta decisiva para la práctica: ¿qué hay del deseo más allá del fantasma?

Para abordarlo, Lacan se sirve de la oposición entre lo escópico y lo invocante. En lo escópico, asociado al fantasma, el deseo aparece disfrazado, velado, alienado en su trama. Más allá de ese campo se encuentra la voz, hilo conductor para resituar la función del Padre: la voz de Dios es el punto de partida para interrogar un Padre del que no se puede afirmar de antemano si demanda, desea o goza.

Preguntarse por el deseo más allá del fantasma conduce a considerar al Padre en su pluralización, ya no como elemento mítico fundante, sino como función atravesada por inconsistencias. Lo real del Padre se deslinda de toda pretensión de origen normativo: ¿cómo podría surgir la ley, que regula y normativiza, de lo desmesurado mismo?

Pensar el deseo más allá del fantasma, en la clínica, exige incompletar la verdad, reconocer su carácter no-todo. Solo desde allí puede formularse, por primera vez, la pregunta crucial: ¿qué estatuto tiene el deseo del Padre?

viernes, 20 de agosto de 2021

Objeto a como causa del deseo... o en lo siniestro

 ¿Cómo puede ser que el objeto a sea objeto causa de deseo... Pero por otra parte, que su aparición genere angustia? ¿Cómo entender que el objeto a tiene que ver con los objetos parciales? Estos dos chistes de Quino esclarecen bastante la cuestión en torno al ejemplo "ser escuchado", que puede tomar un matiz deseante, o volverse siniestro:




martes, 1 de junio de 2021

Pulsión y acto analítico

¿Qué tienen en común la pulsión con el acto analítico? En principio, diremos que es algo que no está dado de por sí. Los psicoanalistas lacanianos han tomado la letra de Freud de manera distinta a otros postfreudianos, que han asimilado la noción de pulsión a la de instinto, en el sentido que toman a la pulsión como algo innato. Para ellos, el sujeto ya nace con las pulsiones de vida y de muerte incorporadas. En cambio, los lacanianos consideran a la pulsión como el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir. Para llegar a esta definición de pulsión, hay que hacer un desarrollo.

Cuando Freud utilizó la palabra pulsión (trieb), se refiere más a una cuestión de deriva, de empuje y no de algo que se encuentra inmediatamente. Esto nos pone en la pista de que algo debe suceder para que la pulsión sea algo que el sujeto por venir disponga. Para Freud, la pulsión es el límite entre lo psíquico y lo somático y plantea una suerte de torción: entre lo psíquico y lo somático no hay una continuidad, sino que tiene que haber una operación. Esta operación en Freud ocurre ante la extrema indefención del infans, motivo por el cual necesita del auxilio ajeno. Esta idea la tomó Lacan para diferenciar el soma del cuerpo.

Para los filósofos del medioevo, el único que tenía cuerpo era Dios. A su vez, Dios designaba a aquellos seres que también podían tener cuerpo. En ese sentido, Descartes hacer un aporte al planteó su famoso aforismo "pienso, luego soy" y Lacan lee ahí un problema: Descartes deja del lado de la res pensante todo lo que es atribuible a un ser que piensa; del lado de la res extensa ubica al cuerpo. Entonces, el cuerpo quedaba por fuera de la posibilidad de Lacan. Lacan comienza a pensar qué operación se produce para que el soma se convierta en cuerpo. 

Actualmente, la ciencia reconoce una incidencia de la cultura y las palabras sobre el soma. Para que el soma y el lenguaje no queden apilados como dos instancia diferentes, es necesario ubicar una relación. Las nupcias entre el soma el lenguaje nos permite sostener que el infans va a ser hablado -en el mejor de los casos- y en este primer momento no recibe el lenguaje como un bloque, sino palabras con determinada entonación, calidez, el abrazo, la sonrisa, la relación que se establece entre quien ejerce la función materna y el infans. Según lo que suceda en este vínculo, puede o no realizarse esta relación del soma y el lenguaje. La madre transmite a su hijo algo de lalangue, algo de esos fonemas que precipitan luego los síntomas, las inhibiciones ó simplemente el fantasma. Cuando esto no se produce, no hay nupcias entre soma y lenguaje, lo que trae consecuencias en la constitución subjetiva y en el establecimiento de la pulsión. 

Hay algo que transmite la madre cuando se encuentra en una posición deseante, de apetencia, que el niño sea algo para ella, que le haga falta. La madre transmite algo de esa falta de modo tal que mediante el laleo, las canciones que le canta, los abrazos se establezca algo que es un signo para el infans y que posteriormente permitirá que el infans encuentre respuestas. Allí algo de la pulsión se empieza a armar. En un caso de hospital, la madre consulta por su bebé que no comía. Lo que a las analistas le llamó la atención era que ella llevaba a su bebé envuelto en una sábana dentro de un bolso. La operatoria del nombre del padre tiene que estar presente en la misma madre, no del padre edípico del infans. estas condiciones son necesarias para que la pulsión comience a instalarse.

La apetencia de la madre no solamente la pone en falta, sino que cava un lugar para ese sujeto por venir. Se hace lugar para que allí donde había puro soma, advenga un sujeto. Freud ya mencionaba que la pulsión no estaba dada de entrada, sino que se constituía. Él habla de la relación de inermidad del bebé y el auxilio ajeno. 

En el momento de institución de la pulsión, genera un agujero con sus bordes. Ese agujero permite al sujeto no presentarse como un todo. Siempre aparece en relación a estos agujeros. Cuando no hay este investimento libidinal, no solo repercute en la estructura clínica, sino que tampoco se dispone del lenguaje como lalengua.

En el seminario El Sinthome, Lacan sostiene que la pulsión es el eco en el cuerpo del hecho que hay un decir. Es importante que Lacan reafirma que para que haya cuerpo es necesario que haya funcionamiento pulsional y además agrega la función del eco. Eric Porge recoge que Eco es el nombre de una ninfa que, para la mitología, tenía la capacidad de repetir las palabras dichas por otro. Eco toma la palabra como si fuera propia, pero en realidad es el eco de otra voz.

El eco tiene una influencia especial en el parletre, que tiene que ver con el hablar: el orificio de la boca y el de las orejas, que no se cierra. La pulsión invocante es un torbellino. Dice Lacan en el seminario 22:
"un agujero, si ustedes creen en mis esquemitas, un agujero hace torbellino, más bien traga. Y luego hay momentos en que eso escupe, ¿eso escupe qué? el nombre: es el padre como nombre."

Lacan habla de la "condanzación" del cuerpo y la pulsión, anudamiento que se da en relación a un baile de letras, de algo que se hace oir más allá del sentido, más allá de la dimensión de significado de la palabra. El significante ya aporta una dimensión diferente al significado, pero si no está en juego algo de lo que resuena en el cuerpo, esta unión no se produce. 

Así como la pulsión no se da de entrada, el acto analítico tampoco. 

El sujeto del acto, por un lado, es quien toma la palabra. En relación a la práctica analítica, el analista funciona produciendo su acto, que muchas veces se confunde con las interpretaciones. Una interpretación puede ser lograda o no y no siempre es un acto. Lo que es importante es situar que el acto analítico es aquel que sitúa y da la posibilidad de que aparezca en el decir un sujeto deseante. Un sujeto que no sabe lo que dice, pero que en eso que no sabe está diciendo más de lo que dice.

Lacan comienza el escrito El atolondradicho (1972) diciendo que "lo que se diga queda olvidado detrás de lo que se dice, en lo que se escucha o en lo que se oye". Con lo cual, uno podría pensar que hay tres instancias:
Que se diga... es función del analista. El analista no solo debe hacerse soporte de la transferencia, sino que tiene que hacer presencia con ausencia de hablar. La invitación a es al analizante a decir.
Lo olvidado... es función del sujeto. Cuando aparece algo olvidado, hay una brecha que nos permite suponer que hay algo del sujeto allí presente. El sujeto puede hacerse presente en su enunciación, por ejemplo, si se pregunta en lugar de afirmar. 
Detrás de lo que se escucha en lo que se oye... involucra a ambos. En los primeros tiempos de las entrevistas, el analista sabe que no es lo mismo lo que se escucha que lo que se da a oir. Hay algo que sucede, en los tiempos de entrevistas, de manera tal que el que consulta empieza a poder escucharse, que es oírse en lo que dice. 

En el seminario del acto, Lacan toma un diálogo ficticio que tuvieron los dos amigos de Hamlet. En el diálogo, aparece la pregunta de cuál es el recuerdo más lejano que el otro tenía. El otro se pregunta por el recuerdo más lejano que olvidó... el primero le responde por el primer recuerdo que tiene y el otro olvida la pregunta. En ese intercambio de réplicas se va armando, en la ida y vuelta, el modo de hacer lugar. En el análisis, pasa algo así. Hay tres tiempos:
1) Yo leo. 
2) Yo escribo, aunque sea un dicho ya marcado.
3) Me pierdo. Pierdo el hilo, la respuesta.

En este pasaje por los tres tiempos, Lacan pone la base de cómo se va armando lo que hace posible que el acto analítico suceda. En ese sentido, podemos decir que del analista se espere su acto no lo convierte en el dueño del acto. En realidad, el acto analítico implica la posibilidad de que sea un acto para el sujeto en análisis. Que se produzca un acto en el análisis implica que se establezca un antes y un después. A partir del acto, el sujeto no sigue sosteniéndose en la misma posición. A partir de esa marca, el sujeto establece una vuelta en su posición fantasmática, al síntoma o a la inhibición.

Fuente: Notas de la conferencia dictada por Guilermina Díaz, 30 de junio de 2020, Centro Dos

viernes, 4 de septiembre de 2020

“¿Alguien trajo facturas para el mate?”


¿Qué es esa satisfacción, en los bordes del cuerpo, donde “uno se concentra como si fuese un concierto”? ¿Por qué esa “mirada que coagula, mirada que atrapa, de la que uno no se puede despegar”? ¿Qué pasa cuando “un padre ejerce el goce de la voz”? ¿Por qué las agendas viejas son decepcionantes? ¿Cuál es el ancla que consiguieron Mozart y Borges? Y otras cuestiones desde el psicoanálisis.

Con la pulsión pasan cosas raras. Cuando decimos pulsión oral, por ejemplo, hay una fuerza, un empuje que no funciona acorde con las reglas de una biología pura, que sólo estuviera comandada por el orden de la vida. Yo planto trigo, pongo los fertilizantes, hay sol suficiente y el agua necesaria, el trigo crece, proporciona sus granos. El ser humano come todos los ingredientes que necesita, una dieta balanceada, sabe qué es necesario, termina de comer, ¿y qué hace?: “¿Tomamos un cafecito?” “¿Y una copita de coñac?” “¿Querés un cigarro?” “¿Lemoncello?” “Bueno, es el Día de la Madre, brindemos, champagne.” “Yo traje una tortita.” Entre una cosa y la otra, ya son las cinco de la tarde: “¿Alguien trajo facturas para el mate?”. ¿Qué pasa con ese empuje que, a pesar de lograr su satisfacción, persiste? ¿Por qué persiste?

Tomemos otra pulsión, la escópica: hay goce en el ver. Es grato para un caballero observar a una mujer hermosa; para una mujer, a un caballero que le guste; nos gusta ver una buena película. Goce de la mirada. Pero, de pronto alguien va a cenar con una persona que quiere y enfrente hay un televisor y él queda atrapado por la mirada, hasta que: “Vení, sentate del otro lado”. Es el fascinum. Es la mirada medusante, la de Medusa, la mirada que coagula, la mirada que atrapa, de la que uno no se puede despegar. ¿A ustedes nunca les pasó que pasaron por el living, estaba prendido el televisor y quedaron atrapados, y después se preguntaron qué estaban haciendo ahí?

También nos interroga el objeto. Como dijo Freud, el objeto es lo más variable: el menú del restaurante lo testimonia así.

Y tenemos también la fuente de la pulsión. Uno pensaría que la pulsión oral se satisface con la panza llena. No. El genio de Freud advierte que se satisface en el borde de los labios, en el enclave de los dientes; no tiene nada que ver con el estómago, el esófago, la faringe, el intestino grueso, el delgado. Con la pulsión anal, lo mismo. Cuando uno hace sus necesidades cada mañana, ni se entera de lo que se está procesando en el intestino delgado, en el intestino grueso, en el duodeno. El momento de la satisfacción, cuando uno no quiere que lo interrumpan, cuando se concentra como si fuera un concierto, es el momento en que participa el borde anal. El ejemplo extremo de la satisfacción –sólo un genio como Freud pudo señalarlo– es un labio besando a otro labio. Piensen un poco con los términos del ideal higiénico: ¿para qué sirve un beso? Sólo para intercambiar gérmenes. Sin embargo, ¿quién renunciaría a un beso bien dado con alguien que ama, que desea?

Somos vivientes raros. Porque uno ve en National Geographic, con esas lentes de aumento, insectos con cuerpos inesperados, bichos raros. Pero si ese bicho viera las cosas que hacemos, diría: “Esta gente sí que es rara. Se enfrentaron, se mataron tantas veces, llegan a poner en riesgo su propia supervivencia...”. Sólo el ser humano hace estas cosas. ¿Por qué? Es que la irrupción del lenguaje, encarnado en el Otro, arruinó el instinto. El lenguaje es la ruina del instinto. Sarmiento –que era genial– se equivocó. “Civilización o barbarie” es: civilización y barbarie. La barbarie no existe fuera de la civilización. No hay sapitos que digan que torturaron por obediencia debida. Sólo el sujeto come lo que le hace mal, no come lo que precisa, come de más, come de menos, sufre de anorexia apátrida –como dice Inodoro Pereyra, defendiendo a su mujer la Eulogia que era gorda–. El lenguaje nos otorga libertad; podemos comer variedad de alimentos, mientras que la vaca sólo come pasto. Pero tendemos a comer lo que nos hace mal. De más o de menos. Perdimos lo que define al instinto de la hormiguita, una fuerza que sabe qué objeto le conviene.

Ronquido de padre
Cuando desde el lugar de un padre se ejerce el goce de la voz, el grito, esa voz no es del orden del dicho. Cuanto más se grita, menos pasa la palabra. La voz llena el vacío del Otro. Conviene destacar que la voz, para que tenga el valor del imperativo categórico, eso que llamamos el superyó sádico, es una voz que va ligada a una palabra que demanda obediencia, que indica un mandato. Pero que no se reduce a ese mandato o a ese dicho. No es –dice Lacan en el Seminario “La angustia”– la voz de la música. Es una voz que va articulada a una orden. Y que se presenta así en la medida en que no está interrogada.

Reconocemos que hay distintas voces. Una es la voz imperativa, la voz del padre, el trueno de Zeus necesario. Pero también es necesario ir más allá de él. Un gran poeta, Vinicius de Moraes, dijo: “El que no escuchó roncar a su padre no sabe qué es tener padre”. Pero a un padre que siempre ronca, ¿quién lo aguanta? Voz imperativa, voz del superyó, voz de la conciencia moral, voz sádica, cruel. Pero tenemos, además, otra voz. Una madre que ama a su bebé, cuando le canta una canción de cuna, le brinda otra voz; no es la voz imperativa del superyó, es la voz del buen amor. Y tenemos, finalmente, la sublimación de la voz, que es la música. La música, tiene, por el hecho mismo de ser la sublimación de la voz, una característica: sólo por proyección le podemos atribuir un relato. Como dice un gran filósofo, Vladimir Jankélévitch, en La música y lo inefable (ed. Alpha Decay, 2005): sí, hay títulos que sugieren: La consagración de la primavera, de Igor Stravinski; Las cuatro estaciones, de Vivaldi; Preludio para la siesta de un fauno, de Debussy; La pastoral, de Beethoven, y tantos otros, pero son tan sólo títulos alusivos. Porque la música, como la voz a la que sublima, no es del orden del dicho ni del sentido.

Agenda vieja
Cuando el sujeto se encuentra ante una escena en la cual no puede avanzar, es inexorable que apunte para el otro lado, a la regresión. Por ejemplo, ¿quién no perdió alguna vez a un novio, una novia, un marido, una mujer, una amante? Es de lo más común que, en ese tiempo donde se quiebra una relación que para el sujeto ha sido importante, se apele a la agenda, se repasen números viejos. “No tengo recursos para avanzar, pero quiero pasar a algo distinto, probemos con lo que fue.” A veces, pocas, da resultado. La mayoría de las veces produce decepción. Nuestro tango lo dice, aunque “llorón”, bajo la forma del destino inexorable: el sujeto vuelve vencido a la primera dirección de la agenda: la casita de los viejos. ¿Por qué fracasa este recurso? También lo dice el tango. Con una filosofía que no se reduce a metafísica: “La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”. Agreguemos, como Lacan dice respecto de Hamlet, la vergüenza de haber sido el falo de mamá y el dolor de ya no serlo. Si no lo supera, tal vez busque una mujer que repita a ese Otro primordial. Tal vez no pueda interrogar su atrapamiento y lo viva como la consecuencia de un destino inexorable. Un análisis ayuda al sujeto a que haga de un destino un estilo. Hacer de un destino un estilo implica hacer, del lugar de objeto de goce para el Otro, el lugar vacío que invite a la creación.

El ancla
El fantasma es un conjunto de significantes anclados por un objeto de goce. Objeto de goce que tampoco es natural: se gesta en los encuentros del sujeto con el lenguaje del Otro. Se gesta en una contingencia, que depende de la relación, desde el comienzo, del sujeto con el Otro. El padre de Mozart le enseñó música desde los dos años, pero respondió un pequeño que tenía talento para la música. Borges nació rodeado por los libros del padre, pero la biblioteca cobijó a un pequeño que en las letras encontró el gusto de su existencia. Ellos fueron guiados por el padre, pero eso se da en muchos casos y depende de una contingencia: lo que llega del Otro y cómo el sujeto responde. Otra historia surge cuando el sujeto renuncia con sus sueños, cuando, ante su incapacidad para avanzar de acuerdo a sus sueños, resuelve invertir el recorrido: en lugar de realizar sus sueños, queda al servicio del Otro. El sujeto se siente degradado, sufre. Es lo que llamamos el antihéroe. Podemos encontrarlo en el monólogo de Anton Chejov “Sobre el daño que hace el tabaco” o en personajes representados por Chaplin o Woody Allen. Suelen ser personajes extremos en los cuales advertimos el riesgo que para cada uno implica ignorar el precio de una pérdida necesaria. Cuando una pérdida no es una desgracia, es una pérdida eficaz. En cambio, cuando el sujeto no paga la entrada, sólo tendrá una función deslucida; más de lo mismo.

Fuente: Isidoro Vegh (28/05(2013) “¿Alguien trajo facturas para el mate?” - Página 12 * Fragmentos de Senderos del análisis. Progresiones y regresiones, que distribuye en estos días ed. Paidós

viernes, 19 de junio de 2020

La voz y la mirada en la clínica psicoanalítica.

Notas de la conferencia dictada por Benjamín Domb, el 23/04/2019

Todas las necesidades del ser humano están contaminadas por otra satisfacción, que es otro goce, que es el goce fálico, el goce de la palabra. Los seres humanos gozamos, no comemos pasto. Comemos comidas que nos gustan porque nos da satisfacción. Esto tiene que ver con que somos seres hablantes.

¿Cuál es la importancia clínica de las pulsiones? Muchas patologías que nos encontramos en la clínica de hoy en día se refieren a las pulsiones. Las pulsiones están mezcladas y articuladas. Hagamos una rápida referencia:

Pulsion oral: El objeto oral es el pecho. bulimia, anorexia, drogadicción. Alcoholismo. Cigarrillo. ¿Qué podemos decir de la oralidad? La gente se droga, come desaforadamente, por la angustia. Son remedios que uno encuentra para mitigar la angustia o la depresión. Todo esto comienza con la teta, que es lo que la madre le da cuando el chico llora. Los padres muchas veces no saben qué hacer con la angustia del niño y le tapan la boca. Los sustitutos de las pulsiones son para tapar la boca. Hay muchas suplencias de la teta, del chupete. 

Pulsión anal: Su objeto son las heces. La constipación, la diarrea. La tacañería. Hay sujetos que no pueden perder absolutamente nada. Retienen, no tienen posibilidad de dar. Hay otros que se hacen cagar. Se tratan de patologías derivadas de la pulsión anal.

Estas pulsiones, la oral y la anal, son “de la vieja época”, las descritas por Freud. Lacan agrega la voz y la mirada.

Pulsión escópica: El objeto de la pulsión escópica es la mirada. No es lo mismo la mirada que la visión. Lacan dice que los ojos están hechos para no ver. Lacan pone el ejemplo de la latita que está en el mar, que te ve. El ejemplo más claro para mi es cuando uno se mancha la camisa: esa mancha lo mira a uno. La mancha es una mirada. Alguien que se arregla y se pasea, también lo mira a uno. La mirada es lo que te convoca a la visión, como los cuadros de las pinturas también tienen que ver con atrapar la mirada. 

Las patologías referidas a lo escópico son las patologías del narcisismo, al cuerpo, a cómo te ves. Tiene que ver con el estadío del espejo. Tiene que ver cómo te miraron. Hay una poetisa, Elvira Sastre, que define la soledad como mirar a alguien que no te mira. Cuando el Otro no te mira, estás sonado. Esto puede ser por la neurosis de los padres, que hacen que el chico tenga problemas en su constitución. 

Pulsión invocante: Es una pulsión que tiene que ver con la voz (objeto), que no tiene que ver con cantar. La patología que tiene que ver con la voz del superyó. El psicótico escucha voces que le hablan, es una voz que no se introyectó.

Todos los objetos de la pulsión son objetos que se pierden. Uno no toma la teta toda la vida, sino que se toma un tiempo. Los objetos perdidos se sustituyen por otros objetos que la sociedad ofrece constantemente para que uno satisfaga las pulsiones, por ejemplo la droga. Las heces también se pierden, así como la mirada y la voz. 

La voz se pierde cuando uno adquiere el lenguaje y comprende. El sujeto se queda con el significante y el sentido y la voz se pierde. Queda tapada por el qué me quisiste decir, qué dijiste. Un analista puede captar el sonido y el sentido. La poesía implica capturar el sonido y el sentido. Borges hacía mucho incapié en que la musicalidad y en el sentido estaba la buena poesía. Lacan, al final de su enseñanza, dijo que el psicoanalista tenía que ser un poco poeta. El buen poeta capta el sonido con el sentido, entonces la misma palabra que puede querer decir en un sentido una cosa, en el sonido puede decir otra. Una buena interpretación hace coincidir el sentido con el sonido. 

El ser viviente está separado por un abismo del ser existente humano, dice Heidegger. Entre el viviente y su voz, entre el viviente y su lenguaje se abre un abismo. Cuando uno adquiere el lenguaje, pierde la voz. Queda capturado por el lenguaje, por eso que me dijiste y la voz se pierde. Sabemos que los pacientes que le gritan a las parejas, justamente se escucha el grito y se pierde un poco el sentido de lo que dicen. El chico no nace con lenguaje, sino con el llanto, el gorgojeo o el laleo, pero no tiene lenguaje. Al adquirirlo, se pierde la voz. 


Heidegger hablaba de La Voz, así con mayúscula, que era la voz de la consciencia, la voz interior. El psicoanálisis habla de superyó, que te habla de manera cruel. Y también tenemos las voces de la psicosis, que siempre son denigrantes y maltratan (insultan, degradan). La voz no ha sido introyectada y la voz te habla desde afuera. El superyó también maltrata, pero una cosa es tenerlo adentro y otra cosa es que te hable de afuera. Al adquirir el lenguaje se abre un abismo con la voz. El perro tiene voz, ladra, pero no tiene lenguaje. El lenguaje marca una diferencia con los animales. El hecho de hablar condiciona al cuerpo. No es lo mismo el cuerpo del que habla del que no habla. Isidoro Vegh dio un ejemplo: a él le gusta la ópera y parece que ahora viene subtitulada. Uno escucha la voz, porque no entiende latín ni italiano, pero cuando le ponen el subtítulo y se pone a leer, se pierde la voz. A uno le puede gustar un tema en francés o en japonés y gustarle la melodía, ahí se escucha la voz. Pero cuando entiendo lo que quiere decir, pierdo la voz.

La patología del superyó que te ordena se ve mucho en la neurosis obsesiva. El superyó no es el ideal del yo, en el grafo del deseo de Las formaciones del inconsciente y en La subversión del sujeto, Lacan pone la voz en relación al Otro completo, al Otro inicial. La voz está en relación a un Otro absoluto. Lacan dice “El Otro no existe”, pero cuando uno nace y se es una cachorro humano prematuro, sin valimiento propio, hay un Otro que lo sostiene. En general es la madre, y Melanie Klein fue quien habló de ese superyó temprano, que es el superyó materno. Si se efectiviza la castración y se introyecta la voz, se conforma la pulsión invocante. La castración se transmite desde el inicio desde el discurso de la madre. La castración está en la estructura y ella la transmite. El niño también atraviesa el complejo de castración, que tiene que ver con la presencia del Nombre del Padre. Este complejo es fundamental para que haya un neurótico y es lo que lo diferencia de la estructura psicótica. En la forclusión del Nombre del Padre no hay castración. ¿Qué quiere decir la castración? Que todo no se puede y que hay pérdida: al hablar, se pierde la cosa. 

Hay una última definición de Lacan sobre la pulsión: el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir. Es una definción que está en el seminario del Sinthome (23). Está hablando de 3 instancias:

  • El decir, que es el decir del Otro, de la madre. Lo simbólico.
  • El cuerpo, donde resuena ese decir del Otro. Lo imaginario, porque en el ser humano el cuerpo es imaginario. No es el cuerpo del animal de la biología, sino que se constituye a partir del Estadío del Espejo. 
  • El eco. Lo real, el objeto a, como podría ser la voz. 
Esto Lacan lo dice discutiendo con lo que él llama los filósofos ingleses, porque no son psicoanalistas. Para ellos, todo se reducía a lo pre-edípico, que era lo oral o anal. Ellos dividían las etapas (oral sádica, etc), pero eliminaban absolutamente lo que tenía que ver con el padre y la castración. Se ocupaban de la maduración del yo, como los conductistas y los cognitivistas. Para el psicoanálisis, el hecho de hablar trastoca el cuerpo.

Los psicóticos no tienen pulsión, lo digo así. No está esa otra satisfacción, vemos esa cosa automática en fumar o en comer. Tampoco hay lazo social. En el psicótico la terceridad, que puede ser padre o lenguaje, no se ha inscripto. En el seminario III Lacan habla del inconsciente a cielo abierto en la psicosis, eso quiere decir que todas las figuras de la que habla el psicótico son exteriores a la estructura, no están incorporadas, no se produjo la identificación que se produce en las neurosis. El psicótico queda además aislado, sin lazo social.

El psicótico habita el lenguaje, pero no el discurso. No tienen un yo constituido, así que no se apropian del discurso ni del cuerpo. Por eso en los hospitales se ven cosas terribles, como una chica que se arrancó la nariz o un ojo. El cuerpo de la psicosis es del Otro, no es propio. Cuando Lacan habla de la pulsión como eco del decir, un decir implica que esté ligado a un sujeto. Hablar no es un decir, un decir implica castración, deseo en tanto al sujeto. No hay algo del orden del decir cuando se constituye la psicosis. Por supuesto, hay una amplia gama de psicóticos, es el uno por uno, y hay gente que puede habitar una estructura psicótica estabilizada  y nunca desencadenar. Cuando hablo de un decir, me refiero a que la madre no use a su hijo como un tapón, porque hay madres que aunque amen terriblemente a sus hijos, lo usan de tapón de sus faltas. No es un sujeto ni nadie que quieran ver crecer. No se trata del hijo como objeto de deseo, sino de un tapón y a veces como resto. Entonces, el decir tiene que incluir un deseo y por ende, la castración. 

Las pulsiones se constituyen a partir de la demanda del Otro, que puede ser “tomá la teta” o “hacé caca” para la pulsión oral y anal. La analidad y la oralidad se constituyen a partir de un pedido de la madre de que un niño coma o que haga “un regalito”. Eso tiene que ver con demandas, concretamente. Frente al deseo del Otro, se constituye la pulsión invocante y escópica. Si no hay deseo y demanda del Otro, el sujeto no se constituye. Yo hago esta distinción, pese a que en toda demanda hay un deseo. La mirada y la voz, que son más consecutivas, transmiten algo del orden del deseo. La demanda en cambio es más inmediata. En la topología que Lacan enseña hay toda una vuelta con la demanda que no siempre incluyen un deseo. Antes hablábamos de psicosis, y el psicótico no demanda. Te pueden pedir algo concreto, pero no demandan amor. La demanda es demanda de amor, que no es el “Dame agua, dame un cigarrillo” del psicótico. El deseo implica la falta y eso no tiene que ver con los ideales sociales. El deseo se puede transmitir más por la mirada y la voz.

No hay relación sexual. Significa que la palabra se impone entre uno y el otro y en tanto hay lenguaje no hay relación. En los animales hay relación sexual, porque está regida por el instinto, la biología, como el celo. Solo las tienen en el caso del celo y con fines recreativos. En cambio en el ser humano hay unas apetencias, otra satisfacción. El goce del hombre, por otro lado, no es el mismo que el goce de una mujer. Hay un goce extra en las mujeres que el hombre no tiene por tener un pene. Si una mujer puede entregarse a ese goce, ella puede, desde la posición femenina, gozar con todo su cuerpo. En el ser humano, no hay relación sexual y eso da lugar a la neurosis, que es una manera de suplir esta falta. Se tienen hijos porque no hay relación sexual. Que no haya relación sexual es un real que permite inventar diversas cosas, como vivir una vida. Enfrentar lo real de la vida es ver qué hace uno con eso que le dieron. 

El agujero de la castración depende del Nombre del Padre. Depende de que haya algo que ponga un límite. La sexualidad fálica depende de que haya castración, Nombre del Padre. En cambio, la sexualidad femenina está más allá del padre. Los ideales son una cosa y otra es lo que uno hace con su vida. Cuando Lacan hace el nudo borromeo, Lacan pone muerte n lo simbólico, cuerpo en lo imaginario y vida en lo real. La vida es del ser viviente que no habla y nosotros en nuestra estructura tenemos algo que no habla, no todo se puede decir. La castración es el límite que pone un padre, punto. Sea quien sea, hétero u homosexual, el que separa al niño del Otro, castra. La represión, en cambio, es que no todo puede decirse. La palabra no alcanza y por ese agujero donde la palabra no alcanza, no todo es simbólico. Hay algo que es real, que no se dice porque es absolutamente imposible hacerlo. 

La voz y la mirada son especies del objeto a. Lo real va más allá del objeto a, si bien el objeto a forma parte de él. El objeto a puede ser también un objeto tapón. El cuerpo está agujereado y el narcisismo tiene que ver con la piel, con la unificación de la piel. Por otro lado, los oídos son los únicos agujeros que no se cierran solos. Lacan mismo, durante su enseñanza, separó el objeto a de lo real. El objeto a es el objeto de la pulsión y se constituye cuando se pierde. Un niño que acaba de tomar la teta sigue chupando sus propios labios. El objeto viene a taponar un agujero y hay un sin fin de objetos ofrecidos para tapar el agujero. Si bien parte del objeto a es real, no es lo único real que hay. Lo real es el agujero, sea de la boca, del ano, de los ojos o de los oídos. Y el agujero de la vida también es real. ¿Qué hago con la vida? La vida es un real que hay que habitar. Lo que un analizante dice es un relato de lo real, más allá que el análisis concretamente también lo sea. 

Lacan habló mucho de la pulsión escópica, desde el estadío del espejo a los esquemas ópticos. En cambio, de la pulsión invocante hay menos. Sin embargo, Lacan llega a decir en el seminario de la angustia, que si hubiera un elemento a privilegiar como originario y fundante, sería el sonido de la voz. A partir de que un sujeto aparece en este mundo, escucha la voz: le hablan, le cantan y eso lo tranquiliza. A veces la voz es tranquilizadora, voz que luego se pierde. La voz luego se transforma en la voz del superyó. 

Lacan dijo que luego de hacer un psicoanálisis, venía algo llamado contra-psicoanálisis. Si el psicoanálisis era el análisis de todo lo que había pasado y se había enredado en la vida en relación a su historia por la vía simbólica, se olvidaba que había una vida real. Lacan dice al pasar, cuando habla de los toros y del nudo, que había que hacer un contra-psicoanálisis: después de analizarse había que volver a la realidad. Y hubo muchos, por ejemplo en la EOL, que creyeron que todo era contra-psicoanálisis. Entonces rechazar hablar, los sueños, no hablar del padre, del Edipo, de la transferencia, porque eso es análisis. Creo que hay que tomar que Lacan se daba el lujo de decir lo que se le cantaba. El psicoanálisis es acerca de todo lo que en la vida te dejó atrapado en la relación con los Otros y hay un solo psicoanálisis, que incluye lo simbólico, lo real y lo imaginario. No se trata solo de lo real, no debemos reducir a un párrafo la enseñanza de Lacan. ¿Cómo se va a tratar del contra-psicoanálisis si se pasó 30 años reinventando el psicoanálisis?

martes, 28 de noviembre de 2017

¿Qué es una intrincación pulsional?

[...]antes de postular el carácter mortal de la pulsión sexual o dicho de otra manera, la existencia de Otra pulsión que se contrapusiera a la pulsión sexual, Freud había descubierto un lugar tal para la propia muerte que todo el inconsciente tópico se encontraba en correspondencia con éste. No obstante, ántes de interrogar la pulsión de muerte acerca de su relación con el lugar de la muerte, tanto la propia como la del Padre llamado Muerto, es preciso poner nuevamente a trabajar las relaciones que mantienen entre sí las pulsiones sexuales. Porque la idea más consistente al respecto, la más seguramente transmitida en la historia del psicoanálisis, es aquélla que postula que la muerte, en la pulsión, no se descubre sino en su desintrincación.

Para ello, sin embargo, deberemos aclarar nuestro camino con otra hipótesis relativa a la dualidad pulsional. Ya que cuando Freud intitula el anteúltimo de sus capítulos de El Yo y el Ello como Los dos tipos de pulsiones "Die beiden triebarten", nosotros elegimos leer —respetando el dual del cual carece el castellano, la marca del singular del sustantivo y dándole otro sesgo a la polisemia del alemán Art—: "Ambos modos de la pulsión". Proponer que "de vida" y "de muerte" no sean especies sino modos nos lleva a precisar el dónde y el porqué de su báscula. Cuestión que nos obliga a que el "Sésamo" de la palabra desintrincación no pueda ya, para la determinación de su sentido, depender sólo del recurso al acontecimiento que la produce'', sino de un estatuto tópico que ha de ser articulado.

Cuando el grito obtiene la presencia del Otro que acude, su naturaleza de llamado, no sólo encuentra en ese entre-dos, con la ausencia, el silencio que le permitirá descubrirse voz. Sino que, desde ese instante, el prae de la pre-sencia, eso ante lo cual se ubica el Otro, dará respuesta al llamado de la voz, y allí es donde será esperada: del lado de lo visible. Esta ligazón con lo visible la convierte en portadora de la mirada cuando es proferida fuera de la vista. En el momento en que nos hablan, se inviste nuestra imagen corporal, y asegura sus bordes o se nos la quita instantáneamente a la menor inflexión. Esta respuesta de presencia —prueba a veces falaz, pero única prueba en definitiva, del deseo del Otro— tácita sin ser silenciosa, a la exigencia de la Hilflósigkeit, da nacimiento a la demanda antes que cualquier enunciación sea fonéticamente articulada''.


Nota: Así, el deseo del Otro se anuda a la demanda del sujeto que él mismo ha creado con su ofrecimiento; su demanda da lugar y se anuda al deseo del sujeto, que no pasa por por la satisfacción de las necesidades, ni se detiene en el significante. Si el Grafo tomaba sobre todo su punto de apoyo en la necesidad y la articulación de la demanda, respetando ese estrato, el nudo permite encarar la aparición y la articulación de la pulsión al saber, girando en torno al goce.


Esto es exactamente lo que nos enseña el cachorro humano, cuando sigue con la mirada la voz de su madre, que se mueve cuando le habla fuera del estricto campo visual que su edad y su posición horizontal le permiten. Que los ojos busquen al Otro y su mirada, más allá y más acá del campo de lo visible, muestra que el marco en que esta aparición es posible, nos es dado no sólo por lo escópico a secas, sino por la voz que le enseña que el campo de la mirada sobrepasa ampliamente el recorte de lo visto que nos impone nuestra percepción visual. Así es como la voz del Otro también es objeto de su mirada, en la medida en que la enmarca. Esa es la voz que la mira, fuera del campo de lo visual.

En cuanto a ella, ¿qué es la voz, sino investidura del vacío, del vacío como diferencia, que es la voz sino moldeo del aliento? Es por la voz y en la voz que un sujeto es nombrado: es nombrado y su nombre existe en la voz, sin que su pronunciación sea necesaria. Pero también puede que un nombre sea proferido, sin que la voz dé cuenta de todo aquello que no es dicho aunque sea pronunciado. En ese caso, ni ella ni nada recogerán ni transmitirán el don del nombre. Y dado que la voz nos nombra —sin dar pruebas de su acto— cabe afirmar que, apenas dice, puede ser incorporada, que la voz del Otro nos erige en cuerpo y nos da así nuestra estatura, cuando es la alteridad misma de lo que se dice.

Por ello podemos ser llamados con la mirada, y la seña que se nos hace, aunque vestida de silencio, no es, sin embargo, necesariamente un llamado sin voz. ¿Acaso hay algo más tentador para seguir, allí donde el amor roza la sinrazón, o más atemorizante y en el límite de la muerte, que un decir sin palabras? Al igual que el niño que muestra, antes de reconocerse en el espejo, que la voz lo mira, ¿cómo podríamos decir "eso me concierne", hablando de seres que jamás hemos visto, o de cuestiones cuya abstracción les quita todo parentesco directo con la mirada, sin que la palabra o la escritura nos las hayan presentificado como formando parte de, no tan estrechamente del campo de lo escópico —que es un recorte—, sino del territorio donde la estima de mí-mismo (mi selfregard has!) hace que me sienta interpelado? Creemos, pues, que los objetos pulsionales difieren no sólo por su "naturaleza" —la mirada y la voz, el pecho y el excremento— sino también y sobre todo, por su estructura formal, y mantienen entre sí una relación al menos doble.

Una pulsión enmarca a la otra.
Las Pulsiones se significan unas a otras.

Ahora bien, un lector de Lacan que nos hubiera seguido hasta aquí no dudaría en detenernos en este punto para preguntarnos si la determinación de estructura —la significación fálica en tanto representante del discurso como tal— no sería suficiente para dar cuenta de la intrincación pulsional. Si ese fuera el caso, le contestaríamos que es necesaria, pero que hay que otorgarle, sin embargo, sus articulaciones.

Necesaria, porque sólo bajo el régimen general del falo un objeto es investible. Pero si lo fuera por una sola pulsión, el despedazamiento del cuerpo que vendría luego pondría rápidamente fin al placer que el sujeto podría sacar de dicha investidura. En francés, se pueden "beber” las palabras de alguien o bien éste puede "salir por los ojos", en castellano, "estar sin voz" suena exactamente igual que "estar sin vos", y podríamos seguir con los ejemplos en cualquier lengua hablada. Estas expresiones muestran que las intrincaciones pulsionales se hacen en el campo de la metáfora.

Esa es su fuerza y su debilidad. Ocurre, en la experiencia analítica más corriente, que en determinado momento se descubre que una palabra, amada al punto de ser un soporte de la vida, era intencionalmente engañosa y mentirosa. Que sea además la del padre, puede no dañar irremediablemente su metáfora como tal, pero carga con tanto peso el intercambio con el otro que ya no habrá palabras confiables, esmerándose el sujeto para que suceda lo mismo con la propia.

Aquello que, en la lengua, es efecto de metáfora y nada explica, es tomado de ahora en más, como real no sólo por el Inconsciente, sino también por el yo. Este hundimiento de la metáfora produce, al deshacer la trama discursiva, la desligazón pulsional y pone en peligro al sujeto cuyo principio de placer resulta sin recurso alguno ante, por ejemplo, tal imagen de la belleza frente a la cual se encuentra repentinamente extático e inerme, siendo abandonado súbitamente' por todo goce posible.

El hecho de que las pulsiones se signifiquen una a otra produce el tejido sin el cual el principio de placer carece de todo punto de apoyo para impedir que el goce propio del objeto se apodere o haga tabula rasa de aquél que el sujeto puede tener en sí. Cuando ello ocurre efectivamente, el campo de la metáfora ha sido deshecho, la pulsión se enuncia, a partir de ahí, solamente en voz pasiva.

Entonces, cuando Lacan formulaba la pregunta: "¿Acaso goza eso de lo cual gozamos?' apuntaba —a nuestro entender—, a ese punto, a ese instante de báscula, oculto, donde el sujeto, carente del sostén de la intrincación pulsional, se ve amenazado por el espectáculo de un objeto cuyos contornos se marcan de pronto de manera tal, que desborda los límites de la escena y amenaza entonces tanto al mundo como al sujeto con desaparecer. Desde este ángulo, toda desintrincación, contingente e incalculable, es el reencuentro de una desintrincación que ya estaba esperándolo. Ésta, de la cual sería exorbitante decir 'preexistente', resulta ser el efecto de una frustración de amor", o bien es sometida a la modalidad de lo imposible de escribir.

Por otra parte, una de las condiciones de la indicación para proponerle a un paciente que se recueste o no en el diván, surge de su capacidad de no sentir que una voz procedente de un detrás invisible podría no venir del cuerpo de un semejante. Es decir, el marco de la pulsión escópica permite, gracias a su intrincación con la pulsión invocante, más allá del simple recorte de su ventana, que aquello que no es visto siga visible'. La cura analítica es pues, desde esta perspectiva, la experiencia de ver a través de la voz.

Paul Claudel lo había percibido muy bien, y da cuenta de ello la importancia otorgada a esta intrincación en sus ensayos "Acerca de la Música" o "Los Salmos y la fotografía", publicados junto a estudios sobre la pintura española y holandesa en una magnífica compilación cuyo título es sugestivo: El ojo escucha. Para este gran trágico, el pintor, con su toque singular busca infinitamente, replegado en lo más profundo de la naturaleza, el núcleo de una palabra revelada. En este punto esclarece que no habría mirada que posar en el cuadro, si no hubiera un discurso previo. ¿Pero se trata de un discurso que yace ahí o de su resto? Por ello, al oír grabaciones de Wilhelm Furtwangler y compararlas con otros directores de orquesta que han sido tan destacables para el siglo, lo notable de la escucha de su manera de marcar el tiempo con la batuta, de la concepción del tiempo que impone a su orquesta y hace escuchar a los oyentes, además del sentimiento de una extraordinaria claridad de análisis, sino la percepción, a través de todo lo que posee el cuerpo de sensibilidad al volumen, es una masa sonora modelada, estirada, moldeada por sus manos, como si se tratara no solamente de leer e interpretar las notas en el tiempo, sino de imponer su presencia de masa en el espacio, tal una escultura, con una pasta cada vez más densa o aireada, hecha ante nuestros ojos".


La desintrincación pulsional hace que el cuerpo se resuma súbitamente a una sola pulsión, que la piel y los órganos, los otros bordes, se aplasten sobre uno de sus recorridos. Esto puede conocer una duración ilimitada en el tiempo, o tener un alcance más o menos permanente. Ahora bien, es el fenómeno mismo de la desintrincación que se abre a dos experiencias del objeto diferentes en cuanto al goce:


La del falo como tal, cuyo impacto, más que su aprehensión, se hará como lo real del significante.
La de un cuerpo o de un pensamiento del cual uno aspira apoderarse, más acá de la presencia, por cierto incómoda, de la pulsión"

Fuente: Yankelevich, "La lógica del goce"