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lunes, 15 de diciembre de 2025

La prohibición del incesto y la constitución significante del sujeto

El retorno a Freud encuentra uno de sus apoyos estructurales más decisivos en el abordaje significante de aquello que resulta nuclear en el complejo de Edipo. En gran medida, esto explica la apoyatura inicial de Lacan en los desarrollos de Lévi-Strauss, donde la organización de las relaciones humanas se piensa a partir de un sistema de prohibiciones y permutaciones sostenido por el campo del lenguaje.

La prohibición del incesto delimita el espacio mismo en el que la subjetividad puede advenir, al tiempo que orienta el modo de la sexuación. Pensada de este modo, la ley podría parecer operar en un registro sincrónico; sin embargo, Lacan subraya que dicha ley sólo se vuelve legible en sus modulaciones singulares, en lo que denomina una lógica subjetiva.

Se distingue así entre la ley en su estatuto textual —inherente a su condición lenguajera— y su versión discursiva, aquella que se articula con la historia de un sujeto. Es en esta lógica discursiva, en la composición del inconsciente como discurso del Otro, donde se hacen oír los efectos de la castración en la posición subjetiva.

Por esta razón, Lacan no duda en afirmar que la prohibición del incesto funciona como un pivote subjetivo: un punto de apoyo, un sostén, a partir del cual un sujeto puede hacer pie allí donde no hay garantía previa. No se trata de un simple límite externo, sino de una condición estructurante.

Los términos implicados en esta operación deben ser leídos desde la perspectiva del significante. No se trata de los personajes empíricos involucrados, sino del modo en que, a través de ellos, la prohibición se vehiculiza. Estos elementos significantes conforman la trama de las relaciones, el tejido de los vínculos generacionales. En este sentido, la historia no se reduce a una sucesión biográfica de acontecimientos, sino que se constituye como una red de marcas.

Es en ese entramado donde un sujeto puede advenir. Para ello se requiere una matriz, una estructura que delimite un lugar posible de existencia. De este modo, se evidencia la solidaridad entre el sujeto y la falta: la ley no sólo ordena y prescribe, sino que, de manera más radical, constituye al sujeto en su relación con el deseo.

sábado, 9 de agosto de 2025

Cómo evaluar aptitudes parentales (en Argentina)

Existen técnicas y cuestionarios específicos para evaluar aptitudes parentales y competencias parentales, y algunos de ellos han sido validados en Argentina o se utilizan con frecuencia en contextos periciales y clínicos del país. Estos son algunos de los más relevantes:

1. Inventario de Estilos de Crianza (IECI)
Autores: Musitu, García y Gutiérrez (adaptado en Argentina por diferentes autores)
Qué evalúa: Cuatro estilos parentales (autoritativo, autoritario, indulgente y negligente).
Validez en Argentina: Se ha utilizado en investigaciones y tesis universitarias argentinas, con buena adaptación cultural.
Uso: Permite evaluar cómo los progenitores ejercen su rol, especialmente en cuanto a afecto y control.

2. Cuestionario de Evaluación de la Parentalidad Positiva (CEP)
Autores: Rodrigo et al. (España), pero ha sido adaptado en Argentina por investigadoras como Florencia Luna y grupos de la UBA.
Qué evalúa: Dimensiones de la parentalidad positiva: afecto, comunicación, supervisión, disciplina positiva, promoción de la autonomía.
Ventajas: Focalizado en la evaluación de prácticas saludables, con base en los modelos de protección infantil.
Disponibilidad: En publicaciones de la UBA y CONICET.

3. Cuestionario de Evaluación de la Competencia Parental (CECP)
Qué evalúa: Percepción de autoeficacia y satisfacción en el rol parental.
Validez: Usado en varios países hispanoparlantes; en Argentina ha sido empleado en contextos clínicos, aunque con menor validación formal que el IECI o el CEP.
Útil en: Casos de intervención psicoeducativa o pericias para evaluar seguridad subjetiva en el rol materno/paterno.

4. Escala de Clima Familiar (FES de Moos) – Versión Argentina
Qué evalúa: Dinámicas familiares, incluyendo relación, desarrollo personal y control.
Uso en parentalidad: Aunque no evalúa "aptitudes parentales" directamente, permite ver el impacto del estilo parental en la estructura familiar.
Validación: Existe versión adaptada y validada en Argentina por la Facultad de Psicología de la UBA.

5. Técnicas Proyectivas (uso complementario)
Si bien no son cuestionarios, muchas veces se utilizan:
Test de la Familia
Test del Dibujo de la Figura Humana
Test de Vínculos (Berenstein y Puget)
Test Desiderativo, Rorschach, etc.
Estos pueden contribuir a evaluar representaciones internas del rol parental, modelos de crianza internalizados, etc. No sustituyen a los cuestionarios, pero sí los complementan en pericias.

Recomendaciones bibliográficas:
"Evaluación de la Competencia Parental", Rodrigo, B., Máiquez, M.L. (España) — hay adaptaciones usadas en Argentina.
Tesis de la UBA (Psicología o Trabajo Social) — donde suelen aparecer adaptaciones y validaciones nacionales.
Revistas como Interdisciplinaria o Anuario de Investigaciones (UBA) — tienen artículos con pruebas validadas.

sábado, 27 de julio de 2024

El antinatalismo en la clínica

Sorprenden noticias relacionadas a una tendencia occidental a tener menos de 2 hijos por mujer, lo que eventualmente traería a una disminución de la población para el año 2100. Porque claro, niños siguen naciendo y se agregan a la población que ya existe, de manera que es para esa época en donde se deberían ver los cambios demográficos.

El fenómeno de la disminución en la natalidad y el hecho de que muchas parejas decidan tener menos hijos o no tenerlos en absoluto se debe a una combinación de factores económicos, sociales, culturales y personales. Algunos de los motivos más destacados son:

  1. Factores económicos:

    • Costo de la crianza: El costo de criar hijos, incluyendo educación, salud, vivienda y actividades extracurriculares, es muy alto en muchos países, lo que desincentiva a las parejas a tener más hijos.
    • Inseguridad laboral: La incertidumbre en el mercado laboral y la precariedad de muchos empleos hacen que las parejas sean más cautelosas a la hora de tener hijos.
    • Dificultades para acceder a la vivienda: En muchas regiones, especialmente en las grandes ciudades, el costo de la vivienda es muy alto, lo que dificulta que las parejas jóvenes puedan establecerse y formar una familia.
  2. Factores sociales:

    • Cambio en los roles de género: Con el avance en la igualdad de género, muchas mujeres priorizan su carrera y desarrollo personal, posponiendo o decidiendo no tener hijos.
    • Urbanización: Las personas que viven en áreas urbanas tienden a tener menos hijos que las que viven en áreas rurales, debido a factores como el espacio limitado y el ritmo de vida acelerado.
    • Cambio en las estructuras familiares: Aumento de las parejas que deciden no casarse o que optan por relaciones no tradicionales, lo que puede influir en la decisión de tener hijos.
  3. Factores culturales:

    • Cambio en las expectativas de vida: La sociedad moderna valora mucho la libertad personal, el desarrollo profesional y la búsqueda de experiencias, lo que a veces es percibido como incompatible con la crianza de hijos.
    • Menor influencia de la religión: En muchas sociedades, la influencia de la religión en la vida cotidiana ha disminuido, y con ello, la presión para tener hijos.
    • Retraso en la edad de maternidad y paternidad: Muchas parejas posponen la maternidad y paternidad para después de los 30 o 40 años, lo que biológicamente reduce el número de hijos que pueden tener.
  4. Factores personales:

    • Deseo de independencia y libertad: Algunas personas prefieren no tener hijos para mantener su independencia y libertad para viajar, cambiar de carrera o dedicarse a sus hobbies.
    • Experiencias negativas: Algunas personas pueden haber tenido experiencias negativas en su propia infancia o haber observado dificultades en la crianza de hijos en otros, lo que les desanima a tener los suyos.
    • Problemas de fertilidad: Aunque no siempre es una elección, los problemas de fertilidad afectan a muchas parejas, reduciendo la tasa de natalidad.
  5. Políticas y apoyo gubernamental:

    • Insuficiente apoyo a la familia: En muchos países, la falta de políticas robustas de apoyo a la familia, como permisos parentales remunerados, guarderías asequibles y flexibilidad laboral, desincentiva a las parejas a tener hijos.
    • Acceso limitado a servicios de salud reproductiva: La falta de acceso a servicios de salud reproductiva y planificación familiar también puede influir en las decisiones sobre tener hijos.

Estos factores, interrelacionados y multifacéticos, explican en gran medida la tendencia a la disminución de la natalidad en muchas partes del mundo. La decisión de tener hijos es muy personal y compleja, influenciada por una variedad de consideraciones prácticas y emocionales.

El descenso de la natalidad en los países trae consigo una serie de problemas económicos, sociales y demográficos. Entre los más destacados se encuentran:

  1. Envejecimiento de la población:

    • Con una menor tasa de nacimientos, la proporción de personas mayores aumenta en comparación con la de jóvenes. Esto puede llevar a una sociedad envejecida, con una mayor demanda de servicios de salud y cuidados para personas mayores.
  2. Presión sobre los sistemas de pensiones:

    • Menos personas en edad de trabajar significa menos cotizaciones a los sistemas de pensiones, mientras que el número de jubilados que reciben pensiones aumenta. Esto puede poner en riesgo la sostenibilidad financiera de estos sistemas.
  3. Escasez de mano de obra:

    • Una baja natalidad puede llevar a una reducción de la fuerza laboral, lo que puede limitar el crecimiento económico y la capacidad de innovación de un país. Las empresas pueden encontrar dificultades para cubrir vacantes, especialmente en sectores específicos.
  4. Reducción del consumo interno:

    • Con una población más pequeña y envejecida, el consumo interno puede disminuir, afectando negativamente a la economía. Menos jóvenes significa menos demanda de productos y servicios orientados a este grupo demográfico.
  5. Desafíos para la educación y formación:

    • La disminución en el número de niños puede llevar a la consolidación o cierre de escuelas, afectando la infraestructura educativa y los empleos relacionados. También puede dificultar la formación de nuevas generaciones en sectores clave.
  6. Impuestos y financiamiento público:

    • Con menos personas en edad de trabajar y, por tanto, menos contribuyentes, los ingresos fiscales pueden reducirse. Esto puede afectar la capacidad del gobierno para financiar servicios públicos y programas sociales.
  7. Cambio en las estructuras familiares:

    • Las estructuras familiares pueden cambiar, con menos niños por familia y, a menudo, un mayor número de hogares unipersonales o sin hijos. Esto puede tener implicaciones sociales y culturales significativas.
  8. Desigualdades generacionales:

    • El envejecimiento de la población puede llevar a una brecha generacional en términos de ingresos y riqueza, donde los jóvenes pueden encontrarse en desventaja económica en comparación con las generaciones mayores.
  9. Impacto en la innovación y creatividad:

    • Una menor población joven puede afectar la capacidad de un país para generar nuevas ideas y emprender, ya que los jóvenes son a menudo una fuente importante de innovación y cambio cultural.
  10. Problemas de sostenibilidad:

    • Aunque una menor población puede reducir la presión sobre los recursos naturales y el medio ambiente, también puede dificultar la implementación de políticas sostenibles debido a la falta de jóvenes dispuestos a impulsar y adoptar cambios.

En resumen, el descenso de la natalidad plantea importantes retos para los países, afectando diversos aspectos de la sociedad y la economía. La adaptación a estos cambios requiere de políticas integrales que fomenten la natalidad, mejoren la conciliación entre vida laboral y familiar, y promuevan la inmigración para compensar la disminución de la población joven.

No tener hijos, ¿Un deseo o énfasis en la cuestión imaginaria?

Al contrario de las escenas simbólicas, con varios puntos de vista, el paciente puede anclarse en una imaginaria. Lo propio de estas escrituras es que son fijas y acosan al sujeto. Es tan pregnante esa imagen, que el sujeto se inhibe, así como lo vemos en el nudo borromeo cuando el registro imaginario avanza sobre el simbólico, trabando la sustitución significante. El sujeto, de esta manera, puede quedar coagulado.

En las redes aparece este tema de no tener hijos, ya sea por el exceso de explotación de los recursos naturales, o cualquiera de las causas que vimos. Puntualmente, el psicoanálisis atiende al sujeto que vacila y no se mete con temas morales. Aún así, cuando la imagen determina una decisión -incluso a consta de un deseo-, se puede intervenir. Es lícito preguntar, si este tema llega a un análisis, cómo se tomó esa decisión. ¿Se trata de algo que opera como un mandato, o sencillamente el paciente no es algo que anhele? 

miércoles, 19 de abril de 2023

Cuando el paciente debe hacerse cargo de sus hijos y de sus propios padres. Intervenciones clínicas.

El cuidado de los padres mayores puede ser una tarea desafiante para aquellos que también tienen que hacerse cargo de su familia. En muchos casos, las personas que cuidan a sus padres mayores también tienen responsabilidades financieras y de crianza de sus propios hijos. Esto puede crear una carga emocional, física y financiera significativa para los cuidadores. En este ensayo, se analizarán las demandas que sufre alguien que tiene que cuidar a sus padres mayores mientras se hace cargo de su familia.

En primer lugar, los cuidadores de padres mayores a menudo tienen que equilibrar las demandas del trabajo, la familia y la atención a sus padres mayores. Esto puede ser agotador física y emocionalmente. El cuidado de los padres mayores puede requerir mucho tiempo y atención, lo que puede afectar la capacidad del cuidador para dedicarse a su trabajo y otros compromisos familiares. Además, el cuidado de los padres mayores a menudo requiere una gran cantidad de planificación y coordinación, lo que puede añadir aún más estrés al cuidador.
Pintura de Joseph-Désiré Court "Escena del gran diluvio"


En segundo lugar, los cuidadores de padres mayores a menudo tienen que hacer frente a problemas financieros. El cuidado de los padres mayores puede ser muy costoso, especialmente si se necesitan cuidados médicos especializados o cuidados a largo plazo. Además, los cuidadores a menudo tienen que sacrificar sus propios ingresos y oportunidades profesionales para cuidar a sus padres mayores. Esto puede tener un impacto significativo en las finanzas del cuidador y en su capacidad para proporcionar a su familia el nivel de vida que desean.

En tercer lugar, los cuidadores de padres mayores a menudo tienen que hacer frente a problemas emocionales. El cuidado de los padres mayores puede ser estresante y emocionalmente agotador. Los cuidadores pueden sentirse frustrados, tristes o solos, especialmente si tienen que hacer frente a la enfermedad o el deterioro de la salud de sus padres mayores. Además, los cuidadores pueden sentirse atrapados entre el cuidado de sus padres mayores y el cuidado de sus propios hijos y familiares. Esto puede crear una gran cantidad de tensión emocional y aumentar la sensación de sobrecarga.

En conclusión, el cuidado de los padres mayores puede ser una tarea desafiante para aquellos que también tienen que hacerse cargo de su familia. Los cuidadores de padres mayores a menudo tienen que equilibrar las demandas del trabajo, la familia y la atención a sus padres mayores, lo que puede ser agotador física y emocionalmente. Además, el cuidado de los padres mayores puede ser muy costoso y puede tener un impacto significativo en las finanzas del cuidador y en su capacidad para proporcionar a su familia el nivel de vida que desean. Los cuidadores de padres mayores también pueden hacer frente a problemas emocionales, incluyendo estrés, tristeza y soledad. Por lo tanto, es importante que los cuidadores reciban apoyo y recursos adecuados para ayudarles a hacer frente a estas demandas y asegurarse de que puedan proporcionar el mejor cuidado posible tanto a sus padres mayores como a su familia.

Un psicólogo puede ser de gran ayuda para un paciente que está cuidando a sus padres mayores mientras también se hace cargo de su familia. A continuación, se detallan algunas maneras en que un psicólogo puede ayudar a un paciente en esta situación:

Proporcionando apoyo emocional: Un psicólogo puede ayudar a los cuidadores a hacer frente a las emociones que surgen al cuidar a sus padres mayores. El cuidado de los padres mayores puede ser emocionalmente desafiante, por lo que hablar con un psicólogo puede ser útil para procesar estas emociones. Pueden aparecer sentimientos de culpa, impotencia.

Ofreciendo habilidades de afrontamiento y pensar formas de respuesta: Un psicólogo puede enseñar habilidades de afrontamiento efectivas para el estrés y la ansiedad relacionados con el cuidado de los padres mayores. Los cuidadores pueden aprender técnicas de relajación, estrategias de resolución de problemas y técnicas de comunicación para ayudarles a lidiar con el estrés del cuidado de los padres mayores.

Proporcionando orientación: Un psicólogo puede ofrecer orientación y apoyo práctico sobre cómo manejar las demandas financieras del cuidado de los padres mayores. El psicólogo puede ayudar al cuidador a establecer prioridades y encontrar soluciones prácticas a los desafíos financieros.

Ayudando a establecer límites: Un psicólogo puede ayudar al cuidador a establecer límites saludables y a manejar las demandas del cuidado de los padres mayores mientras también se hace cargo de su familia. El psicólogo puede ayudar al cuidador a establecer límites claros en cuanto al tiempo y la energía que puede dedicar al cuidado de sus padres mayores y ofrecer estrategias para equilibrar el cuidado de los padres mayores con las necesidades de la familia.

En resumen, un psicólogo puede ser una fuente valiosa de apoyo y orientación para aquellos que están cuidando a sus padres mayores mientras también se hacen cargo de su familia. Un psicólogo puede proporcionar apoyo emocional, enseñar habilidades de afrontamiento efectivas, ofrecer orientación práctica y ayudar a establecer límites saludables para el cuidado de los padres mayores. Esto puede ayudar al cuidador a manejar mejor las demandas del cuidado de los padres mayores y a equilibrar sus responsabilidades de cuidado con las necesidades de su familia.

sábado, 10 de septiembre de 2022

El hilo invisible: marcas de lo no dicho en la filiación en familias homoparentales

Por Lucas Topssian

Una de las conformaciones familiares actuales más interesantes, cada vez más frecuentes en la clínica, son las llamadas familias homoparentales, cuya proliferación ha sido facilitada por los adelantos biotecnológicos y el cambio de legislación en algunos países respecto a los derechos de población LGTBI. Son familias que, por su conformación, abren la brecha entre progenitor/a y padre/madre, relanzando viejas preguntas: ¿Qué es un padre o una madre? ¿Bajo qué pactos se fundan? Familias que, como cualquier otra, no escapan al sufrimiento como cualquier otra. Berenstein, en ese sentido, recalca que las parejas del mismo sexo deberán pasar también por las vicisitudes del vínculo, dificultades que tienen que ver con el trabajo arduo que propone la ajenidad. (1)

En este trabajo acompañaremos una de estas familias, tomada de la película “El hilo invisible”, para pensar temas tan frecuentes en la clínica como la filiación, los silencios y la infidelidad.



Paolo (52) y Simón forman una pareja italiana de hombres unida bajo la figura de “sociedad civil”, pronta a la celebración de su vigésimo aniversario. Ambos crían a su hijo de dieciséis años Leone, quien nació por subrogación de vientre en California a través de Tilly, una mujer estadounidense que ayudó a sus padres a traerlo al mundo y que todo este tiempo ha sido una presencia amorosa en sus vidas. Tilly tardó dos años en tener a Leone. Tilly, por su parte, tiene su pareja con quien vive en EEUU, Leroy. Leone se encuentra haciendo un documental sobre su familia para el secundario, con especial acento sobre los derechos de filiación por parte de parejas del mismo sexo. A los 15 años de Leone, el alcalde transcribe la partida de EEUU donde figura que ambos son sus padres.

La película nos muestra que esta familia ha vivido una vida relativamente común, ocupada en sus asuntos cotidianos, donde la pareja parental sólo discutía por temas “normales”, según ellos. Simón administra un restaurante (que Paolo es dueño) y además es sommelier. Guarda en la casa una colección de vinos. Para poder criar a Leone, ambos debieron hacer sacrificios: Paolo le pidió a Simón que abandonara su doctorado, a lo cual éste último accedió. Paolo, por su parte, se puso a trabajar vendiendo cocinas y renunciando, según él, a ser un gran arquitecto.

En este tipo de familias, los lugares y las funciones de “madre” y “padre” se reparten obligatoriamente entre ambos “patrés”, plural de pater, como Berenstein menciona haciendo mención a la institución romana y medieval. Es interesante que no solo Berenstein, sino la psicología en general, han propuesto históricamente al padre como una figura mediadora o tercera interdictora entre el hijo y su madre (2). Poco se suele teorizar acerca de qué hace un padre por su cuenta, en qué medida está implicado su deseo, su cuerpo.

La novedad.

La noche anterior al vigésimo aniversario de la pareja, Paolo descubre, revisando por primera vez el celular que su pareja se había olvidado, que Simón lo ha estado engañando durante dos años con Riccardo. Encontramos aquí una novedad, es decir, ese evento imprevisto, dispar entre el evento y el recuerdo, fundadora de un nuevo tiempo y espacio para la familia (3). Este evento coincide con que Leone (17 años) comienza a salir con su primera novia. Como en todo evento, a los sujetos les toca hacer con esto que se presenta, no sin incertidumbre. Ahí se puede ubicar las dimensiones de Berenstein acerca de la semejanza, ajenidad y la diferencia. Paolo se encuentra con eso y se topa con la ajenidad, donde al otro se lo desconoce y también a él mismo en esa versión que aparece.

Paolo inmediatamente acude y le cuenta el hallazgo a su hermana, quien lo calma y le responde que en lugar de Simón, ella se hubiera ido hace tiempo de su lado porque desde que Leone nació, no pensó en otra cosa que en “comida para bebés, pañales, pediatras y vacunas, cursos de inglés, de chino, la escuela…”. Ella le pregunta por la sexualidad de la pareja y Paolo responde que hace años que “Eros se fue de vacaciones” y que la pareja se sostenía desde otros pilares, “como el amor”. La hermana le resalta que hace tiempo que Paolo no mira a Simón a los ojos, que no le pregunta cómo está, qué piensa, lo que teme. Paolo se justifica diciendo que no tienen tiempo.

Un dato para observar es que la infidelidad comienza justo para la época en que el alcalde transcribiera el acta de nacimiento de Leone. Es lícito preguntarse, si no hipotetizar, si ese obstáculo legal no tenía que ver con el flujo posibilitador para la emergencia del querer estar juntos. Desde “Psicología de las masas…” reconocemos bien la cohesión del grupo mediante la identificación a un ideal, a la vez que la experiencia de lo extranjero, de lo otro, mantiene la aspiración al universal implícita en las identificaciones simbólicas. En ese sentido, Bernard Nominé lo resume diciendo que “nada une más a un grupo como un buen enemigo común. Cuando el enemigo común desaparece la cohesión del grupo resulta amenazada(4)

Por otra parte, la infidelidad se descubre en el momento de salida de exogamia de Leone, quien se encuentra saliendo con su primera novia y relación sexual. Ubicamos aquí una reformulación del el contrato narcisista, según Kaes, que es aquel que asigna a cada sujeto un cierto lugar en el grupo y que para P. Castoriadis-Aulagnier“incluye los ideales y los valores; transmite la cultura y la palabra de certeza del conjunto social(5) Es la adolescencia de Leone lo que encuentra la falla el contrato, trastocando la triple función del contrato narcisista: asegurar un origen, establecer una continuidad, asegurar al niño, en contraparte de su investidura del grupo. Leone reclama un nuevo lugar y eso no es sin una modificación en la dinámica familiar. Se debe tener en cuenta que el contrato narcisista mantiene una temporalidad de proyecto y de futuro para el grupo, de manera que tal evento también afecta a los padres.

La reconfiguración de dicho contrato que pone a jugar en cada sujeto el posicionamiento subjetivo en relación a la filiación y si habilita en los difentes actores una permutación simbólica que dirija a la exogamia.

La infidelidad de la pareja, no necesariamente rompe el contrato narcisista tampoco, sino que lo pone a trabajar. La crisis emerge en la pareja y  ahí se lanza el conflicto que los llevará a ver cómo lo resolveran. La infidelidad puede ser un acting dirigido al otro, en ese olvido del celular. Muchas veces la infidelidad no tiene que ver con una cuestión de deseo, puede ser una venganza, una respuesta al miedo a sentirse atrapado en un vínculo, un modo de recuperar una complicidad perdida,un refugio narcisista. También habrá que ver qué lugar tiene ello en el plano de la fantasía de la pareja..

Paolo confronta a Simón frente a toda la mesa por su infidelidad. Simón, enojado porque su pareja violó su intimidad y le leyó los mensajes, se va de la casa decidido a separarse. Entre ambos ocurre una pelea a los gritos y Simón finalmente se va de la casa.

Ocurre una seguidilla de venganzas cruzadas: Paolo rompe una foto de la pareja; descorcha y tira por drenaje la colección de vinos de Simón. Cuando Simón y Riccardo van a buscar sus cosas sin avisarle a Paolo, descubre las botellas vacías de su colección de vinos, lo que lo hace enojar. En represalia, él le destruye a Paolo un estimado traje de Prada. Más tarde Paolo nota y llora por su traje destrozado. Paolo contraataca e intenta vender el restaurante que Simón administra. Su hijo lo ve y trata de reconfortarlo, a lo que él le pide que no vea más a su otro padre, pero Leone trata de mantenerse al margen. Lo que detiene la seguidillas de venganzas es el hecho de que Simón y Paolo son citados por su abogado y allí se enteran que la Corte ha fallado en contra de la doble parentalidad de Leone. En Italia rige el principio ius sanguinis, y la ley les pide volver a un estado anterior y pruebas para determinar quién es el progenitor (por ejemplo, un ADN), cosa que ellos ignoran porque no habían querido saberlo cuando hicieron la subrogación. El abogado les advierte que la Justicia puede, en favor del menor, obligarlos a tal prueba.

Aquí encontramos una especificidad en este tipo de familias, que cuestiona la idea de que la pertenencia al parentesco que los hace parientes esté necesariamente determinada por el vínculo de sangre y “lo natural”, conforme a la definición de familia que también menciona Berenstein. En realidad, esta manera de pensar data de la Grecia del siglo V a.C, según Eric Dodds, donde a partir de las invasiones jónicas apareció la idea de la transmisión de las enfermedades por la sangre, como así también la familia vinculada por la sangre (6). Surge también la figura de familia condenada como se ve, por ejemplo, la vemos en la tragedia de Edipo y Antígona. Hasta entonces no existía la idea de “culpa de sangre” en sentido estructural, sino que la culpa era algo individual respecto a los otros.

Si bien Berenstein también ubica para la época estructuralista los lugares familiares de padre, madre, hijo y el tío materno, en este caso encontramos otra figura, que en la película es “la dede”: la mujer que gestó el embarazo (que no es quien puso el óvulo). Se trata de las subrogadas, gestantes, ó portadoras (“carrier”). Tanto en la película como en las familias homoparentales reales que se pueden ver en la clínica, se escucha que estas mujeres muchas veces conservan una relación más o menos estrecha con la familia, aún después de haber dado a luz. En este trabajo no se hará sino más que plantear la pregunta por qué lugar tienen estas mujeres.

Una de las preguntas frecuentemente formuladas en los análisis por los pacientes que constituyen este tipo de familias es qué y cómo transmitir el relato del origen a su descendencia, ya que el proceso de fertilización asistida es de por sí complejo y requiere la participación de diversas personas. [CZ3]  La GS (gestación subrogada) es de gran complejidad e introduce elementos como el dador de los gametos, el gestante y las figuras de crianza. Además, la clínica muestra que no faltan las comparaciones con las parejas heterosexuales, en el sentido que las parejas suelen plantear que falta una madre, sobra un padre, en lugar de plantear que la familia “es así”.  En la familia del caso que estamos analizando, lo que vemos es que hasta ese momento, la familia se manejaba con la siguiente máxima: “El ADN y la sangre no une a la familia, sino el amor y la sinceridad”. Se trata de un pacto denegativo, que implica una restricción al saber. Para lograrlo, en su momento, ambos hombres habían mezclado su semen en lo que ellos llamaban “cóctel” y haciendo silencio respecto al asunto.

El pacto denegativo es una formación inconsciente bifásica que mantiene la ilusión de que el vínculo se burla de la negatividad radical, siendo un pacto que se hace sobre el no-vínculo. Tal acuerdo se hace sobre los mecanismos de represión, desmentida o rechazo. Estos pactos, según Kaës, sirven para la conformación del vínculo y también como modalidad defensiva (7). El caso nos deja ver un pacto formado a la manera de la desmentida, en tanto el conocimiento sobre la filiación de Leone es activamente rechazado. Cumple con la fórmula “Yo sé que, pero aún así…”. Este tipo de pactos, por otra parte, mantienen al hijo excluído de parte de su propia historia.

Roto el mencionado pacto de ignorancia sobre la filiación de Leone, comienza entre los padres una batalla por el ADN, pues cada uno afirma ser el progenitor de Leone en base a los parecidos, los gustos, la personalidad de Leone. Riccardo convence a Simón de tomar pelos del cepillo de pelo de Leone para obtener una muestra y así anticiparse al resultado del ADN, sin Leone saber nada de esto. Paolo secretamente también realiza por su cuenta una prueba de ADN.

Por separado, ambos descubren que no son los progenitores de Leone, pero creyendo recíprocamente que el otro lo es. Comienza una etapa de “paz”: Simón le compra a Paolo un traje nuevo, Paolo le cede el restaurante a Simón. Hablan de lo que han logrado juntos con la crianza de Leone, de lo importante del respeto. Incluso hablan de un régimen de visitas. Pero conforme la charla avanza, ambos se dan cuenta de la realidad: ninguno de los dos es progenitor de Leone.

Ambos confrontan a Leone con los resultados, pero éste se enoja al darse cuenta que lo hicieron sin su consentimiento, recordándoles lo que siempre le han dicho sobre el ADN, el amor y la sinceridad. Los padres terminan confesando que ninguno es su progenitor. Leone huye de la casa, se toma unas pastillas, escala una palestra sin protección y cae desde lo alto sobre unas colchonetas, quedando inconsciente. Es llevado a un hospital por sus amigos.

Los padres rápidamente aparecen, junto con la tía, quien le aclara que lo del ADN no cambia el hecho de que ellos sean los padres. Tilly, la gestadora subrogada, se hace presente y al ser confrontada, ella confiesa que ante el séptimo embrión que a ella le habían implantado, la mujer temía que tuvieran que volver a empezar. Ella confiesa haberse acostado una vez con su ex marido, Stephen, pese a que el médico le dijo que no lo hiciera. Tilly ya tenía tres hijos con él. Al quedar embarazada supuso que el embrión implantado había sobrevivido, aunque siempre dudó de eso y no lo dijo para conservar la alegría de Paolo y Simón y porque ella sintió que ellos lo deseaban. Ella le dice a Leone que sus padres hicieron de él quien es, no ella ni Stephen. Leone los perdona a todos.

La respuesta sobre el origen de Leone llega: su progenitor es Stephen, a quien no conocerá por haber él fallecido unos años antes. Paolo y Simón logran, con su abogado, adoptar a Leone. Leone cuenta, en un video, que pasa los días viviendo con un padre o con el otro, que no han vuelto a juntarse. Leone rescata el amor que ambos padres le tienen a él y que siempre serán una familia.

Marcas de lo no dicho

Se puede formular la pregunta de si todo el proyecto escolar de Leone de hacer un documental de la familia no se motorizaba a partir de una marca silenciada. Por otro lado, el accidente de Leone se trata de una situación grave que en la clínica podemos catalogar de pasaje al acto, motivada ante una gran angustia, como Lacan señala en el seminario X.

En los casos donde la patología de ciertos sujetos no estuvo marcada por ningún trauma grave en su propia vida, se vuelve necesario revisar los traumas de las generaciones anteriores. ¿Por qué? Si bien el concepto de repetición que Freud menciona en “Recuerdo, repetición y elaboración” (8) se refiere a la tendencia del paciente a repetir una experiencia pasada de su propia vida con un acto, en vez de recordarla, la repetición puede darse también en la generación siguiente, es decir en los hijos o en los nietos. De esta manera, por ejemplo, un hijo puede incorporar ideales y valores de los padres, ó montos de afecto no procesado, que deberán ser ligados de alguna manera.

En Tótem y Tabú leemos que “…habremos, pues, de admitir que ninguna generación posee la capacidad de ocultar a la siguiente hechos psíquicos de cierta importancia(9)

Tisseron aporta que lo indecible, de la primera generación, pasa a ser innombrable a la segunda e impensable en la tercera. (10) El resultado son marcas ausentes de pensamiento, marcas de lo no dicho que tienen que ser tenidas en cuenta al pensar el padecimiento, sobre todo en aquellos no mediatizados por la palabra, que son las patologías del acto.

En cuanto a los secretos, por un lado Piera Aulagnier los relaciona con la estructuración de la vida psíquica, en tanto es posibilidad de crear pensamientos ajenos a la mirada del otro. Dice:

El derecho a mantener pensamientos secretos debe ser una conquista del Yo, el resultado de una victoria conseguida en una lucha que opone al deseo de autonomía del niño, la inevitable contradicción del deseo materno a su respecto(11)

J. Puget, sin embargo, nos habla de otra vertiente del secreto, que no tiene que ver con la subjetivación: “Algunas familias quedan estructuradas en torno a secretos grupales que deben conservarse definitivamente silenciados. La consigna tácita es que sus miembros nunca deben referirse a lo que saben y menos aún a pensarlo o decirlo todos juntos. Fantásticamente se evita así la desintegración familiar que se produciría al difundirse algún hecho penoso o vergonzoso” (12)

En el caso, encontramos un secreto referido a la filiación, donde Leone queda desubjetivado, Ilustrado en el caso como un pasaje al acto que expulsa al joven de la escena; con la suerte de poder armar otra. También podemos pensar en lo no dicho referido a los orígenes de la filiación, filiación que sí está operando en ese hijo con los padres,  pero que indudablemente queda afectada por la desmentida que funcionaba en la trama familiar, sumado a la figura del secreto.

 Recordamos, para concluir, que el Edipo no es otra cosa que la introducción un sistema de parentesco es una estructura simbólica en la cual se introduce y comprende la sucesión de las generaciones, la comprensión de la muerte y el acceso a simbolismos más grandes que lo introducen en otros grupos sociales.

 

Por otro lado, el caso nos ha dejado diferenciar la mentira sostenida en un pacto de pareja (un engaño) que la mentira que involucra a un hijo en un pacto de silencio sobre su filiación.

Bibliografía

(1)Berenstein I (2007)., Del ser al hacer. Curso sobre vincularidad. Paidós)

(2) Ibid, p.100.

(3) Ibid, p. 75.

(4) (Nominé, Bernard (2008) “Estructuras clínicas y salud mental. Memorias” En Cap. 1. La secta: un fenómeno)

(5) Kaes, R. Conferencia del 16 de abril 2007. El malestar del mundo moderno, los fundamentos de la vida psíquica y el marco metapsicológico del sufrimiento contemporáneo.)

(6) Dodds, E (1951) “Los griegos y lo irracional”

(7) Kaes, R. - El pacto denegativo en los conjuntos trans-subjetivos - Rene Kaes. Amorrortu editores)

(8) Freud, S. “Recuerdo, repetición y elaboración” (1914) A. E., XIV.)

(9) Freud, S. “Tótem y Tabu”. (1912) Obras Completas Tomo XIII. Amorrortu Editores. 1979)

(10) S. Tisseron. Las imágenes psíquicas entre generaciones. 1995. En El psiquismo ante la prueba de las generaciones. Amorrortu editores.)

(11) Piera Aulagnier “El derecho al secreto, condición para poder pensar”, en “El sentido perdido”, Ed. Trieb, 1980)

(12) Janine Puget y Leonardo Wender “Los secretos y el secretar” en revista Psicoanálisis ApdeBA. Vol. II)

miércoles, 17 de agosto de 2022

Eso que no puede decirse, no puede callarse

Fuente: Daniel Waisbrot "Eso que no puede decirse, no puede callarse"
Hacía diez años que no tenía noticias de él. Su mudanza a Londres por razones de trabajo había dado un final a su análisis. Habían pasado casi diez años y un día Juan me llamó desde Londres. Su padre había muerto algunos meses atrás y en el momento final le había confesado un secreto largamente guardado. Juan tenía un hermano, 5 años menor, de un matrimonio paralelo que el padre tenía en Montevideo. Juan intentó volver a analizarse en Londres pero no podía hacerlo. Me contó que nunca pudo resolver esa necesidad de tomar unas copas en el sillón como único modo de quedarse dormido. En su análisis habíamos hablado mucho de eso. Sin embargo, en Londres continuó. Cada vez más copas. A partir del impacto de la revelación, volvió a intentarlo, pero otra vez no pudo. “Me di cuenta que hasta que no hable con vos de esto no voy a poder analizarme acá”, me dijo en esa llamada. Lo vi unas cuantas veces en el corto período de ese viaje a Buenos Aires. “Me caen de a mil fichas, eso tenía que hablar con vos, había un montón de cosas que no cerraban y que ahora las entiendo, ¿te acordás que desaparecían cosas, juguetes, libros de mi casa y que no se entendía qué pasaba, si los robaba alguien o qué? ¿Te acordás de que me ponía loco porque desaparecían tomos del LoSeTodo?[1] El se lo llevaba al otro hijo que tuvo con la amante” Pensamientos que iban y venían intentando elaborar, y al mismo tiempo sosteniendo, la convicción que su madre fue la mujer para poner rápidamente a la otra en condición de amante y de esa forma, tranquilizarse con sus categorías conocidas. Aquí no había mujer y amante. Se trataba de dos mujeres en paralelo, en ciudades distintas, ambas sin saber acerca de la otra. Tampoco Juan era el hijo, hijo legal y el otro un bastardo. Los dos eran hijos de matrimonios del padre.

Pero la reconstrucción fue aún más lastimosa. La madre le confesó que ella sabía y que no permitió nunca que él supiera de su hermano. Que fue una condición impuesta por ella al padre para permitirle ver al hijo. El padre trabajaba entre Montevideo y Buenos Aires y así había armado su mundo. Pero un día Marta, la otra mujer, se vino a vivir a Buenos Aires con su embarazo a cuestas y el padre de Juan no pudo sostener el doblete en silenciamiento. Le contó a Lidia, la madre de Juan, que iba a tener otro hijo. Juró que iba a dejarla. Lidia creyó. Pero el hombre vivía con ella tres o cuatro días y con la otra mujer el resto. Mentiras infinitas sostenían lo imposible. Lidia cree todo. Marta, la otra mujer, sabe de Juan pero no de la convivencia con Lidia. Lidia hace como que no sabe nada de nada, a pesar de la infinidad de datos. Juan sospechaba. ¿Por qué le creés a papá que es un mentiroso, dice que viene y no viene nada?, le dijo un buen día a la madre y recibió un cachetazo como toda respuesta. Un buen día, la maestra de Juan llama a los padres. El niño miente todo el tiempo, dice. El niño que nada sabía y todo sospechaba, miente descaradamente, diciendo que su mamá estaba embarazada. “Son cosas que me imagino cuando no me puedo dormir”, decía Juan que de a poco recuerda haber tenido un insomnio pertinaz en la infancia. Quizás el alcohol de hoy día ahogue esas cosas que imaginaba de niño y no lo dejaban dormir. Los tiempos de ese recuerdo del primer grado coinciden con los tiempos del embarazo de la otra mujer, de Marta, la de Montevideo. Juan es una catarata de recuerdos que caen a la conciencia y anudan saberes no sabidos. Al tiempo volvió a Londres y pudo comenzar otro análisis.

Entre el secreto necesario y la pasión alienante

La temática del secreto nos convoca. Recorre un arco que atraviesa desde la condición vital en un niño para la creación de pensamientos nuevos, pasando por la convicción subjetiva del derecho a decidir qué habrá o no de comunicarse y generando así el núcleo de toda intimidad, hasta los riesgos de la alienación por el desconocimiento absoluto de trozos de su propia historia imposibles de ser metabolizados, elaborados, inscriptos en una cadena significante que le permita ser, justamente, parte de esa historia.

Sabemos desde Piera Aulagnier, la función del secreto en la estructuración de la vida psíquica. La posibilidad de crear pensamientos que no estén abiertos a la mirada del otro. “El derecho a mantener pensamientos secretos debe ser una conquista del Yo, el resultado de una victoria conseguida en una lucha que opone al deseo de autonomía del niño, la inevitable contradicción del deseo materno a su respecto[2]”.

Pero si el derecho a guardar íntimamente pensamientos secretos forma parte de un pasaje necesario hacia un proceso de autonomía del sujeto, destino que concierne a su propia constitución subjetiva, muy distintas son las cosas cuando ese sujeto es parte de una situación secreta que se constituye siempre en la vincularidad. Lejos de constituir espacio subjetivante, esos secretos atentan contra él. Y los que nos importan hoy son justamente estos secretos. La paradoja consiste en que eso mismo que es condición subjetivante, cuando el sujeto decide sostener en secreto ciertos pensamientos, se transforma en desubjetivante cuando el sujeto es víctima de ese secreto en un plano vincular.

Son bien conocidos los trabajos que desde Freud plantean que “…habremos, pues, de admitir que ninguna generación posee la capacidad de ocultar a la siguiente hechos psíquicos de cierta importancia[3].”

De allí en mas, fueron muchos los autores que indagaron y complejizaron en la teoría psicoanalítica la problemática de la trasmisión psíquica, “término utilizado en psicoanálisis para designar tanto los procesos, las vías y los mecanismos mentales capaces de operar transferencias de organizaciones y contenidos psíquicos entre distintos sujetos y, particularmente, de una generación a otra, como los efectos de dichas transferencias.”[4]

Desde 1959, los estudios de Abraham y Torok[5] sobre aquello que han denominado secreto inconfesable, una injuria narcisista inelaborable, la transmisión del secreto está asociada a lo que estos autores han denominado: “la tópica de la cripta y el fantasma”, donde eso inelaborable se presenta “en las lagunas dejadas en los descendientes por el secreto de los otros.”[6]

Los trabajos de Haydee Faimberg[7] en los años 70 y que denominó telescopage de generaciones sumaron a la complejización conceptual en esta dirección. Se trataba de entender cómo ciertos contenidos podían pasar de una generación a otra sin haber transitado la palabra, la conciencia, algún nivel de comunicación “racional”. En ese sentido, la idea de la autora acerca de la intrusión narcisista, de contenidos presentes pero clivados del yo en lo que denominó identificación alienada, por las cuales el sujeto se identifica con un conjunto representacional extraño a sí, que no le pertenece a él sino a lo rechazado por otro significativo de su historia, iluminó sectores desconocidos del saber.

Así se va generando eso que S. Tisseron[8] planteaba, en relación a que aquello indecible en una primera generación se transforma en un innombrable en la segunda y en un impensable en la tercera. La idea es que aquello que no puede ser nominado por una generación, no puede ser representado verbalmente en las generaciones siguientes imposibilitando el proceso de historización simbolizante.

Sin embargo fue René Kaës, (que teorizó al respecto durante los años 80) quien generó un movimiento nuevo acerca de la problemática de la trasmisión, al retomar como cuestión, no solo aquello que forma parte de un secreto que atraviesa las generaciones, sino a los efectos de esos secretos aún entre contemporáneos. Al respecto dice Mirta Segoviano[9]: “Se interesó, como Freud lo había hecho, tanto por la transmisión que se opera entre las generaciones como por la que tiene lugar entre los contemporáneos. Distinguió dos modalidades de la transmisión: por una parte, aquélla en la que hay una transformación de lo transmitido, y por lo tanto el sujeto receptor encuentra a la vez que crea lo que recibe en un terreno que es transicional, y por otra parte, aquélla donde lo transmitido no es objeto de transformación y la transmisión resulta entonces traumática. Es siguiendo esta última modalidad que se producen las patologías de la transmisión”.

Así, la idea de Kaes[10] es que aquéllo que es objeto de trasmisión, en sus diferentes vertientes -transicional o traumática-, impondrá a los sujetos una exigencia de trabajo psíquico para hacerle un lugar a dicha trasmisión. Al diferenciar entre transmisión transpsíquica e intersubjetiva, plantea que no es lo mismo aquello que se transmite entre los sujetos que lo que se transmite a través de ellos.

Entre nosotros, J. Puget sostiene que: “Algunas familias quedan estructuradas en torno a secretos grupales que deben conservarse definitivamente silenciados. La consigna tácita es que sus miembros nunca deben referirse a lo que saben y menos aún a pensarlo o decirlo todos juntos. Fantásticamente se evita así la desintegración familiar que se produciría al difundirse algún hecho penoso o vergonzoso”[11]

Me resulta interesante esta línea de pensamiento, ya que piensa al secreto como una producción vincular. Desde esta perspectiva, un miembro de ese vínculo queda excluido por otro, de un saber que les pertenece a ambos.

Dice al respecto, Miriam Soler[12]: “La función inconsciente del secreto remite a evitar el dolor psíquico inherente a develar actos que conllevan la ruptura de ideales personales, familiares o grupales, y que podrían acarrear la afectación o la pérdida de la pertenencia a nivel familiar, social o grupal. “Se conforma así una modalidad vincular, caracterizada por la exclusión de unos, los que “saben”, de aquellos que “no saben”. El grupo queda así escindido en una organización dualista y opuesta. Esa modalidad vincular puede llevar a la producción de diversas alteraciones en el funcionamiento familiar”.

Históricamente distinguimos tres espacios en que la vida humana pareciera fluir, espacios organizados en torno a tres características diferenciales. Lo íntimo, girando alrededor de la opacidad, lo público, más del lado de la trasparencia y en una zona de fronteras blandas, con poca consistencia, lo privado, organizado alrededor de cierta discreción. El secreto rompe con esa lógica: la intimidad es poder, la transparencia catástrofe, la discreción peligro. Lo mejor será absolutizar el silencio.

Pero como de todas formas, eso que no puede decirse tampoco puede callarse, una clínica que trabaje con los secretos familiares, deberá preguntarse por los tiempos de elucidación y develamiento de aquéllo que ha sido objeto de dicho secreto. No hay al respecto respuesta univoca y allí se abre la difícil articulación entre intimidad y secreto. Se tratara de generar las condiciones para que su develamiento sea metabolizable.

“Se observa -dirá Miriam Soler- que una vez que el secreto se ha hecho explícito, la fuerza que se adscribía al contenido se desvanece: “lo secreto” deja de serlo y simplemente “cae” de tal manera que un secreto puede ser válido en un tiempo preciso, y con el paso del tiempo pierde vigencia”[13]

El saber no sabido

Mis recuerdos del análisis de Juan no tardaron en aparecer al calor de la intensidad emocional del reencuentro. Me impresionó la hipótesis de que aquellos contenidos secreteados habrían impedido a Juan volver a analizarse en Londres, y que fuera necesaria una nueva vuelta transferencial conmigo para ponerlos en circulación significante. El síntoma “alcohol-insomnio” insistía y se multiplicaba en los últimos tramos del análisis en Buenos Aires. Pensé en aquel momento en algo relacionado, al final recurrí, quizás tontamente, a las categorías conocidas, tranquilizadoras y elaboré interpretaciones ligadas a la reacción terapéutica negativa, al recrudecimiento de algunos síntomas al final del análisis como modalidades de la resistencia, en fin, nuestro arsenal conceptual ya-sabido. No sirvió de mucho. No imaginé que ese análisis iba a tener otro desenlace.

Juan no sabía por qué no podía analizarse allí con otro analista. La idea se hizo clara al morir el padre. Faltaba algo, alguna pieza del rompecabezas. Había un secreto familiar de cuyo silenciamiento ambos padres fueron cómplices. Juan estaba contento en esas sesiones que tuvimos, como aliviado, en el sentido que decíamos antes con Miriam Soler, el secreto al ser develado, muchas veces “cae” como si en realidad, su contenido no hubiera sido tan importante como la condena a quedar silenciado. A Juan hasta le pareció interesante esto de tener “un hermano a los cincuenta”. Le costó más entender lo del doble casamiento, dejar de pensar a su hermano como hijo bastardo de una relación ilegítima. El necesario reparto de la herencia confirmó la paridad fraterna. No se siguieron viendo después de algún tiempo, “no tenemos nada en común, ni a mi viejo compartimos”, decía con cierta pena. Lo revelador fue la emergencia del recuerdo de la mentira sobre la madre embarazada y la dificultad para dormir, recuerdo ahogado al calor de un cachetazo. Juan entendió que de eso no podría hablar nunca más y no fui yo quien hiciera la interpretación acerca de la relación entre este recuerdo y su síntoma, sino su propio recorrido. Hoy día se que Juan puede dormir sin tomar, aunque su alcoholismo insiste en otros momentos del día.

Me resultó interesante esta situación clínica porque podemos asistir al armado de un secreto in statu nascendi, como se trasmite en este caso entre los sujetos y no aún a través de ellos. Seguramente esto hubiera sucedido si aquello que fue un indecible en la generación de los padres de Juan y que se transformó en innombrable para él, hubiera devenido impensable en la generación siguiente de haber quedado silenciado. Juan tuvo que retomar el trabajo de pensar en su vínculo con el padre. “…a veces mi viejo me parece un turro, como me ocultó eso… y otras… hasta me parece que me hizo un último regalo al poder contarme…”.
Bibliografía

[1] LoSeTodo era una enciclopedia de 12 tomos publicada en Buenos Aires en los años 60
[2] Piera Aulagnier “El derecho al secreto, condición para poder pensar”, en “El sentido perdido”, Ed. Trieb, 1980
[3]Freud, S. “Tótem y Tabu”. (1912) Obras Completas Tomo XIII. Amorrortu Editores. 1979
[4]Mirta Segoviano “Trasmisión psiquica. Escuela francesa” en Psicoanálisis & Intersubjetividad. Nº 3 en www.intersubjetividad.com.ar
[5] Abraham, N. y Torok, M. (1978) La corteza y el núcleo. Buenos Aires: Amorrortu, 2005.
[6] Alicia Yerba “Transmisión entre generaciones. Los secretos y los duelos ancestrales” en www.apdeba.org/publicaciones/2002/01-02/(link is external)
[7] Haydee Faimberg. “El telescopage de generaciones”. Amorrortu Editores 2005
[8] S. Tisseron. Las imágenes psíquicas entre generaciones. 1995. En El psiquismo ante la prueba de las generaciones. Amorrortu editores.
[9] Ibid. Este trabajo constituye una notable investigación sobre el tema de la trasmisión
[10] Rene Kaës. “ Transmisión de la vida psíquica entre generaciones”. El sujeto de la herencia. Amorrortu Editores. 1996
[11] Janine Puget y Leonardo Wender “Los secretos y el secretar” en revista Psicoanálisis ApdeBA. Vol. II
[12]Myriam Alarcón de Soler “Secretos, vínculo y contratransferencia” Presentado en el Congreso de la Federación Psicoanalítica de America Latina Septiembre 23 AL 25 de 2010 Bogotá – Colombia
[13] Idem op.cit.

sábado, 23 de julio de 2022

Violencias en familias con niños y adolescentes

 Autor: María Cristina Rojas. Psicóloga. (Universidad de Buenos Aires, Argentina). Miembro titular de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo

RESUMEN

Este trabajo, referido a familias con niños y adolescentes, plantea algunas conceptualizaciones acerca de la violencia intrafamiliar, a la cual pone en relación con distintas modalidades socioculturales. Analiza en especial la violencia de los discursos sacralizados y formas actuales ligadas a violencia y desamparo, incluyendo en ambos casos escenas clínicas. 

Propone una clínica de enfoques complejos, apta para develar las violencias invisibilizadas. 


Palabras llave: dominio- reconocimiento- indefensión- diversidad- complejidad- desamparo.


En las familias se espera de los otros amor y apuntalamiento, es decir, sostén, apoyo, regulaciones. Cuando las figuras significativas actúan con violencia en forma reiterada, se organizan verdaderas paradojas vinculares, que exacerban los efectos propios de las violencias: las ambivalencias, la perplejidad, el enloquecimiento. Sufrimiento, dolor. Pensemos en especial en la posición del niño, cuando es maltratado por aquel de quien espera amor y sin cuyos cuidados no sobrevive. 

Entonces, cuando la violencia física y/o emocional es perpetrada precisamente por quienes tienen la responsabilidad social y legal de ejercer cuidados, es más devastadora. Además, la violencia intrafamiliar se inserta en un contexto semántico de justificación que mistifica las claves por las cuales es posible reconocerla. (“Me provocó", "Es por su propio bien" “Busca ser castigado”). “Esta transformación del carácter protector en carácter violento ocurre en un contexto y en un discurso que destruye o falsea los significados y deniega esta transformación.” (C. Sluzki,1994, pág 351). 

La violencia, más allá del ataque físico, se expresa a través de palabras denigratorias que lastiman los procesos de construcción del psiquismo, a expensas de la autoestima y la creencia en el propio pensamiento del niño o adolescente víctima. 

A menudo, en grupos así afectados, la palabra, vaciada de sentido, puede adquirir valor de proyectil (cosa que hiere), manteniéndose fuera del discurso. Ya no se sostiene en la dimensión tierna del lazo, sino en el territorio del dominio. (Ulloa, F. 1995)

Para que el discurso violento obre en toda su eficacia afectando la conformación subjetiva del niño, deben cumplirse las condiciones que Bateson (Bateson, G. 1976) propone para la paradoja y que hago extensivas a otras modalidades: que sea reiterativa; que se dé en un vínculo asimétrico, como es el parentofilial; que no sea posible la reacción modificadora (denuncia, humor). Todo ello puede dar lugar a algún modo de distorsión del pensamiento propio, a fin de sostener al otro como incuestionable, ya que para quien depende ese otro es también objeto de necesidad. 

En relación con esto, algunos enfoques terapéuticos, también los vinculares, al enfatizar la circularidad de la violencia pueden ratificar, sin advertirlo, las asignaciones del sometedor. Me refiero, por ejemplo, a la insistencia en señalar a la víctima como desencadenante de la irrupción violenta: es castigado quien no aprende a no provocar, es decir, quien se somete.

El niño tiende por sí mismo a someterse a sus maltratadores, al padecer esa encerrona trágica vincular, ya que, pese a todo, busca el reconocimiento de las figuras cuya asistencia necesita. Señala Benjamin: “Esta lucha por ser reconocido por un otro, y de tal modo confirmarnos, constituye el núcleo de las relaciones de dominación” (J. Benjamin, 1994, pág. 24)


VIOLENCIA Y NIÑEZ

La niñez, por su dependencia e indefensión, ha sido destinataria privilegiada de diferentes formas de violencia. Brujas, ogros y otros desalmados devoran niños desde el fondo mismo de los tiempos. El propio infanticidio fue una práctica entre ignorada y tolerada hasta el siglo XVII.

Alrededor del advenimiento del segundo milenio, la Iglesia impuso a la población rural europea, y después a la aristocracia, el cumplimiento de la monogamia y la exogamia; esto último, con la prohibición del casamiento entre primos. Así, tendía a la construcción de un marco estable, la familia, en el cual se pudiera criar y defender a los hijos, como señalan estudios históricos.  Ese marco se ha ido transformando en el devenir de los tiempos.

 Es en la era moderna tardía, y particularmente a partir del siglo XVIII, en que se inaugura el reconocimiento social de la niñez como período diferenciado y específico y se formula al niño como sujeto de derecho. Surge entonces, al decir de Lasch: “...un nuevo concepto de la familia como refugio frente al mundo comercial e industrial, altamente competitivo y frecuentemente brutal.” (C.  Lasch, 1996, pág. 28).

 La familia burguesa, sostenedora fundamental de un espíritu de época, situó al niño en una posición que Freud conceptualizó como “His Majesty the baby”, puntal del narcisismo parental; continuidad y trascendencia de sus progenitores, eslabón en la cadena entre antepasados y descendientes (Freud, S.,1914). Sin embargo, estos modos del lazo familiar generaron sus propias formas violentas, algunas socialmente legitimadas, como lo era el castigo corporal de los niños, tanto en la familia como en la escuela, y otras encubiertas, como castigos mayores, abuso sexual o excesos discursivo/ emocionales. Las formas autoritarias que desfavorecían las elecciones por fuera de los mandatos familiares también tenían consenso epocal. Familia cerrada, autoprotegida, no mostraba en su fachada las fisuras de la violencia y su “interior” era considerado no accesible. En un contexto donde el mundo adulto era todavía casi inimputable en cuanto a su trato con niños y adolescentes.


DIVERSIDAD DE VIOLENCIAS EPOCALES

A lo largo de los años, trabajando y pensando en relación con las violencias en el seno de la clínica familiar, fuimos visitando distintas modalidades predominantes, entretejidas en cambiantes tramas epocales. 

Ya en las décadas del ´60 y ´70 del siglo XX, algunas investigaciones afirmaban que un altísimo porcentaje de los agresores físicos en los casos de maltrato infantil estudiados eran padres u otros familiares allegados. Habían nacido los especialistas en infancia y familia, que hurgaban en un grupo familiar ya no tan cerrado; la sociedad irrumpía en el sacralizado espacio familiar e interpelaba el poderío patriarcal incuestionable. Se asomaban a la transformación de la familia burguesa, que en la clínica pudo advertirse, en Argentina, al promediar los años ´80.

 La familia nuclear moderna ocultaba en su interior mil secretos; cuando la sociedad transformada penetrara su recinto, esa llamada “célula básica de la sociedad” estallaría en complejas diversidades.

Aun así, el abuso sexual permanecía todavía casi innombrable, y en el seno del psicoanálisis protegido por la idea de fantasía. (S. Freud, 1897, pág. 301)

La familia burguesa iba detonando, las manifestaciones clínicas del sufrimiento se transformaban y esto fue dando lugar también a la transformación de múltiples referentes conceptuales. Se fueron generando otras conceptualizaciones y abordajes clínicos, habilitados a la vez por cambios de los paradigmas de pensamiento, como la epistemología de la complejidad, aportes filosóficos y el pasaje de una lógica de la diferencia, binaria, a otra, de la diversidad. 

El término violencia, de intensa connotación afectiva y usos coloquiales múltiples, requería ser situado en el cuerpo del psicoanálisis a través de precisiones conceptuales pensadas en clave vincular. 

Dentro de la investigación sobre el tema, en el seno del psicoanálisis vincular, caracterizamos como violencia al ejercicio absoluto del poder de uno o más sujetos sobre otro, que queda ubicado en un lugar de desconocimiento; esto es, no reconocido como sujeto de deseo y reducido, en su forma extrema, a un puro objeto. Considerábamos así a la violencia por su eficacia, la de anular al otro como sujeto diferenciado, sumiéndolo en una pérdida de identidad y singularidad que señala el lugar de la angustia. (Rojas y otros, 1990); concepción que retomé en el Diccionario de Psicoanálisis de las Configuraciones Vinculares. (Pachuk, Friedler comps., 1999)

En la familia nuclear o conyugal moderna, como en numerosas consultas actuales, encontramos problemáticas ligadas a excesos en las formas disciplinarias: me ocuparé aquí en especial de distintas formas de violencia emocional y discursiva. Si el golpe lesiona a veces en forma irreparable, la violencia también denominada psicológica, a su vez cosifica al otro al desconocerlo en su singularidad deseante y produce daños psíquicos que, en sus formas extremas, suelen ser condición de emergencia de problemáticas severas, como la psicosis, la enfermedad psicosomática grave, el accidente-suicidio, o las patologías del acto y la pulsión. Por lo demás, la palabra y el acto violentos pueden ser rastreados en algunas familias como modo de relación privilegiado a través de varias generaciones. Nos referirnos entonces a una trasmisión intergeneracional del maltrato.

Podemos así pensar a la violencia familiar tanto en términos de vinculaciones actuales como conectada con fenómenos de descontextualización y trasmisión de aconteceres transgeneracionales. Es decir, enfocando a los personajes violentos y sumisos en tanto expresivos de determinaciones concernientes también a otros tiempos y contextos. 

 Las violencias no metabolizadas del pasado funcionaron en tales casos a la manera del trauma, es decir, como impacto psíquico desorganizante, productor de dolor, a la vez que de fallas en las barreras represivas y de contención. Es así que modos actuales de violencia familiar pueden articularse con sucesos de otros tiempos, desplegados en la red social y familiar propia de los antepasados; aunque aparezcan hoy bajo figuras novedosas, acordes al ideario de la época. Se presentifican aconteceres que, por fuera de la significación, no lograron devenir pasado, conservaron actualidad y siguen produciendo efectos. Ello transforma a la construcción/ reconstrucción de la historia en herramienta del análisis.


DISCURSO SAGRADO

En relación con el maltrato psicológico, el discurso sagrado me parece un exponente paradigmático de la violencia emergente en grupos endogámicos y totalitarios, que constituyeran un prototipo de época cuando el acatamiento incuestionable del discurso encarnado en el patriarca era parte de esa producción cultural llamada “normalidad”.  Si retomo este tema aquí, cuando la familia devino “las familias” y se percibe abierta y entramada en la red sociocultural, es porque estas problemáticas continúan, con formas singulares, apareciendo en la clínica, particularmente de las violencias y patologías graves.

Se trata de un discurso incuestionable, caracterizado por certezas compartidas que impiden las diferencias y la singularidad. Se transmite transgeneracionalmente, tendiendo a mantenerse tan sólido y estable como los dogmas religiosos y a perpetuarse por vía de la repetición. Puede así apoderarse de los sujetos restringiendo su libertad, aun la del pensamiento.

  De tal modo, se propone a sí mismo como yo ideal y congela las significaciones, instaurando la primacía absoluta de un único sentido sobre el significante. Además, contiene aseveraciones que avalan al propio discurso, así como descalifican a cualquier otro que no acuerde con su verdad. Es sostenido por los adultos y se espera de los niños la adhesión incondicional. 

A fin de sostener cerrados sus umbrales, los grupos así conformados rechazan los intercambios con los otros que puedan contradecir el modo en que el propio argumento familiar describe y explica el mundo, la vida, la plenitud supuesta de los interrogantes y respuestas. A su vez el hijo, en tanto “nuevo”, resulta inquietante, tiende a ser especialmente controlado, debe ser firmante de las alianzas y decretos preexistentes, pues su posible alteridad amenaza al statu quo. 


“Sácame el algodón”

  Relataré la apertura de una entrevista familiar diagnóstica realizada durante un proceso de consulta por un niño. Se trata de una familia que llega derivada por el Jardín de Infantes al que el hijo concurre; el mismo ha presionado para la realización de un diagnóstico, poniéndolo como condición de pertenencia a la institución. Ellos son la madre, su marido, denominado “padre” ante el alejamiento del padre biológico, y Facundo, hijo único, de 5 años. 

  Facundo llega semidormido, con un gran tapón de algodón en el oído.

  Madre: (a la terapeuta, agresivamente) ¿cuántas veces faltan?

 Padre: como dijo cinco más o menos ¿van cuatro?

  Madre (a Facundo) ¿Te sigue doliendo el oído?

  Facundo: no.

  Padre: (al niño) Toma,  dibuja un Papá Noel. (Le da los materiales, él y la madre hablan entre sí en voz muy baja, de modo que no puedo escucharlos)

Facundo: (angustiado) sácame el algodón 

Madre: No, déjalo que te da calorcito

Facundo: (Se cubre la oreja con la mano, me mira fijamente y empieza a llorar pidiendo que le saquen el algodón) ¡así no puedo escuchar!

  Madre: Si te lo sacas te va a doler más, mamá sabe.

  Facundo: Entonces quiero ir al médico. Pero papá ¿me aseguras que después vamos a ir a comprar la careta?

  Poco después, se saca el algodón con violencia, mientras mira a la madre desafiante. De pronto empieza a llorar muy angustiado, gritando: ¡me duele muy fuerte!


 El ámbito familiar cierra los oídos a los no pertenecientes. La careta y el oído tapado de Facundo lo aíslan del mundo que como terapeuta represento y se contraponen a la función analítica de develación y conocimiento.  El analista, a su vez, no debe escuchar, no debe saber.

 Dominio, encierro, dogmas. El hijo deberá asociarse a esta convicción, desmentir que hubo - ¿hay? - otro padre (Papá No (es) él). Aprender qué es en esta familia lo que más duele. Saber que el sometimiento se premia con lo que ellos denominan amor, por eso es aconsejable aceptar el mandato y abolir el desafío. Si me duele más fuerte es que mamá sabe.

  El discurso de certeza genera una angustia que lleva al sometimiento o a la rebeldía, esta última debe ser aniquilada, pues es evidencia de deseo.  En esta patria monolítica, el deseo en tanto singularidad es “extranjero,” aquel que torna al otro potencialmente indominable, hasta enemigo. 

   El psicoanálisis del discurso sagrado interviene los dogmas, esa suerte de penumbra contrapuesta a todo descubrimiento. ¿Puede aquello que se repite perder hegemonía dando paso a intersticios de opción, al despliegue de singularidades deseantes? ¿serán ellos capaces de enunciar al menos una interrogación que profane la religiosidad de los enunciados?


VIOLENCIA Y DESAMPARO

Hoy, cuando la sociedad transparente exhibe los ocultos interiores, tan resguardados en la era burguesa al amparo de la privacidad, se diluyen gran parte de las fronteras casi infranqueables que sacralizaran la familia, se modifican las vinculaciones y los modos de circulación de los afectos y el poder. Entonces aparecen en las consultas otras formas predominantes de violencia familiar, que no destierran totalmente formas anteriores, ya que coexisten en la multiplicidad.

Algunas familias, como antes señalé, presentan sufrimientos y patologías ligados a problemáticas del desamparo, y relacionados con cierta fragilización de los lazos que afecta el sostén e interdicción que el psiquismo infantil requiere. Se supone a veces una paridad adulto-niño que deja a los menores en crecimiento librados a su albedrío, esto es, conlleva en algunos casos vivencias de abandono, desborde pulsional, inhibiciones. Del discurso completo y cerrado pasamos a otro, vaciado y lacunar. 

 En relación con esto, en las consultas por niños y adolescentes encontramos problemáticas de separación y dificultades en la inserción extrafamiliar: niños requeridos de acompañamiento para desplegar el quehacer propio de su momento vital. Lo que aparece de manera manifiesta como trastorno del desprendimiento puede relacionarse con carencias o disfunciones en los apegos vinculares que sustentan y regulan. Una rápida autonomía de los hijos, favorecida por el consenso social, obvia a veces los apoyos que habilitan los procesos elaborativos del desasimiento.

Cuando estas modalidades epocales se extreman, devienen violencia desamparante. Las alteraciones en los cuidados ligados a la autoconservación y la empatía amorosa afectan la construcción de la capacidad para estar solo y las formas de conexión con los otros. Se resquebraja el “yo piel” familiar como envoltura protectora, representación de un espacio de contención que sostiene la conformación yoica. Un borde familiar evanescente conlleva así fallas en la constitución del narcisismo, dando lugar a vulnerabilidad y vacíos subjetivos, en relación también con falta de otras pertenencias consistentes. (Rojas, 2009)

Pocas cosas tan fácilmente invisibilizadas como las carencias en el amparo, encubiertas por ideologías epocales que las convalidan: sociabilidad y autonomía tempranas, valor de la autodeterminación y el manejo en el mundo social; igualación generacional, levedad de las prohibiciones y la contención. Así encontramos niños/ grandes, aparentemente tiránicos, pero profundamente desamparados. Estoy destacando entonces que la ausencia de una posición adulta que asuma el poder y la responsabilidad de contener y prohibir, en casos extremos produce efectos de violencia.  La disminución de la autoestima oscila respecto de un ideal grandioso que intenta compensarla y las patologías del acto emergen, a menudo, como defensa ante la depresión. 

Claro está que en las familias se han modificado los modos de circulación del poder, antes cristalizado en el patriarca, sin que esto constituya una patología. Por el contrario, cuando el poder circula de modo heterárquico los niños pueden construirse en tanto singulares, escuchados y apuntalados por el mundo adulto. Heterarquía: circulación del poder en grupos humanos donde cada uno lo ejerce cuando está mejor posicionado para hacerlo, con liderazgos alternantes. Es cuando estas modalidades se exceden y distorsionan, por ejemplo, en lo que denomino “asimetría invertida” –cuando el poder cristaliza en los hijos- que emergen estos modos de violencia y desamparo que aquí analizo.

Aun sin llegar al extremo legal abarcado por la figura de la negligencia, encontramos faltas a veces severas de sostén e interdicción que llevan a los hijos al desvalimiento afectivo. En un mundo exigente, hostil, que también desprotege a los adultos, estos suelen encontrar dificultades en satisfacer los requerimientos del psiquismo infantil. Se produce una cierta presencia/ ausencia del adulto que no es privativa del mundo familiar, aunque me ocupe de las familias especialmente en este punto. 


“La niña que iba a la escuela en camisón”

Recibo una familia, integrada por los padres y dos hijas de 8 y 5 años, la menor se halla en tratamiento individual por crisis de ira y dificultades de desprendimiento de los padres y en cada salida de la casa. Lograda la separación, ella se muestra contenta en distintas situaciones sociales. Abro la puerta, la pequeña, gruñendo, trata de embestirme tirando puntapiés, con más histrionismo que fuerza. La evito e ingresan al consultorio. La hermana mayor, vestida y sentada como una mujer adulta, comienza a relatar los problemas de la hermanita, que se arroja contra mí para golpearme, mientras los padres se limitan a mirar la escena en que yo la detengo con gestos y palabras. Digo a los adultos que en nuestros encuentros no puede haber golpes, ni entre ellos ni conmigo, esa sería una condición para compartir esta situación terapéutica. El padre reacciona, alza a la niña y la sostiene abrazada, con fuerza, pero sin violencia; en pocos minutos ella se calma, comienza a dibujar y a sonreír. Allí se inicia nuestro trabajo, en buena medida una construcción del sostén y la regulación adultas que habiliten la ruptura de la polaridad sobreadaptación/ descontrol representada por las dos hijas.

Más adelante, el padre relata las resistencias de la niña cada día al levantarse, sus gritos y enojos y las dificultades para vestirla, peinarla y prepararla para ir al Jardín. Por esto, papá y mamá, impotentes, suelen llevarla al colegio en camisón, dejando la ropa en el Jardín para que el personal del mismo se haga cargo de la vestimenta.

La impotencia parental deviene desprotección, la niña se encuentra carente de bordes para sus desbordes, que las reglas del Jardín y los brazos de los adultos -maestra, asistentes- allí contienen.

En estos casos se hace prioritario y urgente el trabajo psicoanalítico con el grupo familiar y sesiones con los adultos, para trabajar psicoanalíticamente las funciones de la parentalidad. Ya que el niño, un ser dependiente y en crecimiento, requiere para organizar su vida psíquica sentir la mirada, la potencia y la responsabilidad del mundo adulto. Este mensaje, que calma, que apacigua, está desdibujado en esta familia, como en otras de hoy con distintos grados y matices. 

Esa cierta ausencia del adulto, vinculada a condiciones epocales que merecen análisis transdisciplinarios, favorece las respuestas médico psicológicas, que inundan familias y escuelas, mientras estas tienden cada vez más a tercerizar sus funciones en profesionales de la salud, auspiciando así la patologización de la infancia y de la vida misma. Los adultos, con frecuencia “desatentos e hiperactivos”, en una sociedad de alta complejidad y exigencia, miran hacia múltiples lugares más allá de los hijos. Digo “desatentos e hiperactivos” parafraseando los más que frecuentes diagnósticos y sobrediagnósticos infantiles de trastorno de desatención con o sin hiperactividad.


VIOLENCIAS IMPERCEPTIBLES

Junto a estas familias afectadas en la línea del apuntalamiento, con tendencia a la simetrización de los vínculos, coexisten otras donde las problemáticas de la era disciplinaria insisten, con mayor encubrimiento que en épocas previas, dado que son otras las políticas y los consensos de regulación, por ejemplo, acerca de los castigos corporales en la infancia. 

A partir de la clínica de familias con niños y adolescentes he venido trabajando acerca de los modos de la detección y formas de acotar ciertas violencias que denomino imperceptibles. (Rojas, M. C, 2014) Formas de control abusivo, discursos desvalorizantes, a veces golpes y otras formas de abuso emocional de efectos avasallantes del psiquismo infantil suelen ser no reconocidas como tales por el grupo familiar, y desatendidas por los entornos, que parecen a su vez no percibir ni decodificar lo que, no obstante, está a la vista. Violencias imperceptibles sostenidas como tales por complicidades o implícitos pactos de negación.

 Solía pensarse que el ocultamiento de las violencias era factible en especial en familias en aislamiento: la clínica muestra que este no es un requisito para la invisibilización, muchas veces sostenida sobre dichos pactos familiares y sociales de desmentida.

La escuela y otros grupos e instituciones en las que niños y adolescentes participan, son espacios aptos para la detección de violencias y sufrimiento; también lo es la consulta médica, en especial pediátrica.


PROPUESTAS CLINICAS: “más allá de la piel”

En relación con la consulta psicoanalítica, entiendo que es preciso seguir construyendo una clínica situacional, que considera el aquí y ahora, y a la vez toma en cuenta al niño o adolescente en el conjunto de sus circunstancias, sociales, vinculares, subjetivas. Una clínica de perspectivas complejas que desbordan la piel del paciente designado, y con enfoques múltiples se descentran de él para tomar en cuenta la diversidad de condiciones operantes. De tal modo, habilita ir más allá de la fantasía infantil, para abarcar por ejemplo al conjunto conviviente: el dispositivo analítico familiar es apto muchas veces para hacer perceptibles los índices de la violencia. 

Las violencias se invisibilizan también por su alto grado de naturalización, que conlleva no solamente el “de eso no se habla”, también sostenido en el miedo y el sojuzgamiento de los maltratados, sino una normalización de la violencia que en ocasiones llega a desestimarla como tal. 

En las situaciones de violencia familiar deben jugarse otros apuntalamientos que contribuyan a la elaboración de la situación, es allí donde otras pertenencias y redes sociales constituyen recurso fundamental: la clínica vincular tiende a desarmar complicidades que liberen a los sometidos, pero también la escuela y otros dispositivos sociales habrían de ofrecer soportes y respuestas.

Una supuesta neutralidad frente a situaciones de violencia y abuso podría asociarse con mecanismos que favorecen la complicidad. No olvidemos que en tanto sujeto social el analista se halla también sujetado a regulaciones, leyes de la cultura y otras propias de la sociedad y época que habita, que exceden su singularidad y se entretejen en la escena clínica.

 El psiquismo humano cuenta con condiciones elaborativas y pensantes que pueden, en situaciones extremas, que son ocasión de dolor psíquico, preservar una supervivencia más allá aún de lo autoconservativo. Creación e ilusión, productividad representacional transformadora del mundo, son intrínsecas a la condición humana, constituida en la producción simbólica, que trasciende su sustrato productivo, el cuerpo biológico. No obstante, en situaciones amenazadoras cotidianas, como implica la violencia familiar, es posible la afectación del pensamiento, el cuerpo y la palabra; se trataría de una situación traumática acumulativa y persistente.

Tomar en cuenta los indicios de posible victimización, emocional y/o corporal, y el recurso del diagnóstico familiar está en nuestras manos, así como el trabajo en red con la escuela, con otros profesionales asistentes y posibles grupos de pertenencia de los niños. 

En relación con la clínica de las violencias subrayaré algunos ejes, entre los ya mencionados, a tener especialmente en cuenta en tan vasta cuestión: uno, el valor del trabajo en equipo, intra e interdisciplinario, por las distintas formas de contención y las regulaciones que la red proporciona a los profesionales intervinientes. Otro, la importancia de la detección de aquellas formas de violencia que han sido invisibilizadas, a través de su naturalización, desmentida e instalación de la clandestinidad. Y por fin, el valor de los dispositivos analíticos vinculares que a menudo facilitan dicha detección; por lo demás, el análisis de las vinculaciones de familia y pareja puede transformar los diagnósticos de una presunta patología “individual”. Aun cuando sabemos que los ámbitos clínicos compartidos resultan contraindicados en formas extremas de violencia, cuando la presencia del maltratador deviene inhibitoria y riesgosa.

Pese a que la escena vincular puede favorecer la detección de las violencias destaco que dicha escena deviene reveladora si la percibimos e interpretamos a través de ciertos anteojos cognitivos, esto es, conceptualizaciones que condicionan aquello que observamos y pensamos. Los modelos teóricos y nuestras creencias, pertenencias institucionales, ideologías, también actúan como esquemas de percepción de la realidad, determinan lo que vemos, naturalizan o desmienten algunos observables. Destaco entonces que la incorporación dentro de nuestros referentes teóricos de ideas tales como el fluir constante de un psiquismo abierto siempre vinculado con otros, la productividad constructiva de los vínculos actuales, además de los primarios y fundantes, la consideración de la frecuencia especialmente intrafamiliar de los abusos y maltratos de adultos sobre niños, y de categorías como “producción patriarcal de subjetividades y vínculos”, “violencia del género y de género”, constituyen anteojos cognitivos transformadores de los análisis y operaciones en la clínica. 

La detección e interdicción de las violencias forma parte de nuestra responsabilidad, no solamente como adultos y profesionales sino como sujetos sociales y éticos.


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