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jueves, 5 de febrero de 2026

La culpa como brújula clínica: deseo, goce y transgresión

 ¿Cuál es el valor clínico de la culpa? ¿En qué medida podría servir como brújula en la escucha analítica?

Una de las cuestiones más relevantes en la práctica del psicoanálisis es que el analista, al menos en principio, no orienta su intervención a liberar al sujeto de su culpa. Su apuesta es otra: interrogar tanto el origen de la culpa como el momento y las condiciones de su emergencia.

Resulta clave, en este punto, atender a la particularidad del término francés faute, cuyo campo semántico no se reduce a la culpa, sino que incluye la falla, el error, la falta, el pecado y la infracción. En esta constelación de sentidos se vuelve visible la articulación entre la falta —incluso aquella que es propia de la estructura— y la culpa como efecto subjetivo. La culpa no aparece entonces como un dato puramente moral, sino como una respuesta del sujeto frente a una falla que lo concierne.

El eje que permite ordenar esta problemática puede encontrarse en el planteo del Seminario 7, donde Lacan formula que “solo se puede ser culpable de haber cedido en su deseo”. Sin embargo, esta afirmación es deliberadamente equívoca y abre una serie de interrogantes: ¿qué significa ceder en el deseo? ¿De qué deseo se trata? ¿Del deseo del Otro o de haber cedido al deseo del Otro? ¿Implica haber abandonado un deseo propio para responder al deseo del Otro en el fantasma? ¿Y en qué consiste ese ceder: en realizar el deseo o en no realizarlo?

Es precisamente esta ambigüedad la que confiere a la culpa su valor clínico. La culpa funciona como una brújula en tanto permite al analista delimitar y escuchar un punto en el que el sujeto empuja hacia la transgresión de un límite, aunque sin lograr atravesarlo efectivamente. Allí donde el acto no se consuma, la culpa señala la tensión.

Por eso, en el Seminario 7, a diferencia del deseo, Lacan sitúa el goce del lado de la transgresión. El goce se vincula al intento de franquear la prohibición, y la culpa emerge como efecto del fracaso de ese intento. El punto de surgimiento de la culpa coincide entonces con ese borde donde la transgresión se intenta, pero no se realiza.

A partir del lazo fantasmático entre deseo y goce, se hace evidente que el valor clínico de la culpa reside en su función de indicador de frontera. La culpa señala un borde, un litoral, un punto cercano al cual el sujeto se instala en el fantasma. Es en esa proximidad —ni del todo dentro ni del todo fuera— donde el trabajo analítico puede encontrar su orientación.

lunes, 15 de diciembre de 2025

La prohibición del incesto y la constitución significante del sujeto

El retorno a Freud encuentra uno de sus apoyos estructurales más decisivos en el abordaje significante de aquello que resulta nuclear en el complejo de Edipo. En gran medida, esto explica la apoyatura inicial de Lacan en los desarrollos de Lévi-Strauss, donde la organización de las relaciones humanas se piensa a partir de un sistema de prohibiciones y permutaciones sostenido por el campo del lenguaje.

La prohibición del incesto delimita el espacio mismo en el que la subjetividad puede advenir, al tiempo que orienta el modo de la sexuación. Pensada de este modo, la ley podría parecer operar en un registro sincrónico; sin embargo, Lacan subraya que dicha ley sólo se vuelve legible en sus modulaciones singulares, en lo que denomina una lógica subjetiva.

Se distingue así entre la ley en su estatuto textual —inherente a su condición lenguajera— y su versión discursiva, aquella que se articula con la historia de un sujeto. Es en esta lógica discursiva, en la composición del inconsciente como discurso del Otro, donde se hacen oír los efectos de la castración en la posición subjetiva.

Por esta razón, Lacan no duda en afirmar que la prohibición del incesto funciona como un pivote subjetivo: un punto de apoyo, un sostén, a partir del cual un sujeto puede hacer pie allí donde no hay garantía previa. No se trata de un simple límite externo, sino de una condición estructurante.

Los términos implicados en esta operación deben ser leídos desde la perspectiva del significante. No se trata de los personajes empíricos involucrados, sino del modo en que, a través de ellos, la prohibición se vehiculiza. Estos elementos significantes conforman la trama de las relaciones, el tejido de los vínculos generacionales. En este sentido, la historia no se reduce a una sucesión biográfica de acontecimientos, sino que se constituye como una red de marcas.

Es en ese entramado donde un sujeto puede advenir. Para ello se requiere una matriz, una estructura que delimite un lugar posible de existencia. De este modo, se evidencia la solidaridad entre el sujeto y la falta: la ley no sólo ordena y prescribe, sino que, de manera más radical, constituye al sujeto en su relación con el deseo.

viernes, 28 de noviembre de 2025

Tres y cuatro: la restricción como operador lógico del nudo en RSI

En RSI, desde las primeras clases, Lacan comienza a interrogar de manera sistemática la cantidad de consistencias implicadas en un anudamiento. Esta preocupación no surge de la nada: ya en Aún había aparecido la cuestión al poner en primer plano la especificidad del modo de lazo, lo que le permitió comparar cadenas compuestas por distintos números de anillos y diferenciar, por ejemplo, una cadena borromea de una thomeana.

A lo largo del seminario, esta indagación adquiere un estatuto central. El punto clave es la diferencia estructural entre una cadena de tres y una de cuatro consistencias.

En una cadena borromea de tres toros, ningún elemento limita el intercambio de posiciones entre los registros. Las consistencias pueden permutarse sin restricciones, lo cual tiene una consecuencia precisa: un nudo de tres no es orientable. La falta de una orientación estable remite directamente al problema del sentido, que permanece flotante mientras nada opere como freno o detención.

Cuando en cambio la cadena cuenta con cuatro anillos, la situación cambia radicalmente. La función del cuarto elemento consiste en restringir ciertos movimientos posibles entre los registros: algunos intercambios quedan permitidos, pero otros se vuelven imposibles. Como indica la RAE al definir restringir —“ceñir, circunscribir, constreñir”—, se trata de una operación de prohibición, una limitación estructural. Y es precisamente esta restricción la que hace posible orientar el nudo, imprimirle un sentido.

Este pasaje —de la libre permutación a la orientación por efecto de la prohibición— muestra todo el espesor lógico de la enseñanza lacaniana. No es casual que Lacan conecte esta función del cuarto anillo con una formulación temprana, en Las psicosis: “El significante ser-padre hace de carretera principal hacia las relaciones sexuales con una mujer”.

Más allá de la distancia temporal y conceptual entre esos momentos, el hilo que los enlaza es claro:
la operación del padre —tomada aquí en su estatuto lógico— constituye el dispositivo que orienta al sujeto en el campo de la sexualidad.

sábado, 25 de octubre de 2025

La elección trágica y el borde del Superyó

La elección a la que puede conducir un análisis —aquella que se juega entre las posiciones del deseado y del deseante— está, por su naturaleza, cargada de paradojas.
No hay en ella pureza alguna: se trata de un punto donde interviene inevitablemente el Superyó, como instancia moral del ser que habla.

El hecho de que el sujeto se entrelace en esa diferencia entre deseado y deseante es efecto de una precipitación estructural, la misma que Freud denomina declinación edípica.
Allí se instaura el Superyó, que testimonia una prohibición, íntimamente ligada al mandato moral y, por tanto, al destino trágico. Esta prohibición, sin embargo, vela una imposibilidad. Y es precisamente en la discrepancia entre prohibición e imposibilidad donde Lacan irá trazando una de sus divisiones fundamentales de campos.

A lo largo de su enseñanza, esta división adopta diversos modos, pero mantiene una constante: su relación con el trabajo de reformulación del estatuto del Nombre del Padre.
En cada momento, la operación consiste en rearticular una frontera:

Desde esta perspectiva, el Superyó puede concebirse como la instancia que pone en acto un borde, un punto de litoralización entre esos campos.
Más que un simple mandato, el Superyó delimita el espacio donde la moral tropieza con lo imposible, el lugar donde la exigencia de goce se confunde con la prohibición que la sostiene.

La diferencia entre impotencia e imposibilidad introduce entonces la dimensión de un riesgo absoluto.
Llamarlo así no es dramatizar, sino reconocer que el riesgo pertenece al acto mismo: es la soledad del sujeto ante el acto, la confrontación con el hecho clínico —tan sobrio como decisivo— de que “hay nadie”.

De este modo, la prohibición, más allá de su función limitante, se revela solidaria de una ilusión del Otro.
Esa ilusión justifica la forma en que el Otro aparece en la fórmula de la metáfora paterna, como garante imaginario de una ley que vela su propio vacío.
La imposibilidad, en cambio, denota al Otro barrado, despojado de consistencia, y con ello, restituye al sujeto su relación con el deseo como falta estructural.

viernes, 29 de agosto de 2025

El sujeto como efecto del corte en la cadena significante

Si no hay inconsciente sin lógica —dejando provisoriamente de lado la cuestión de si existe sin el cuerpo, lo que abriría el problema de la superficie—, este se instituye como cadena significante desplegada en el escenario del Otro. En este marco, Lacan precipita la pregunta: “¿Qué clase de sujeto podemos concebirle?”

Esa pregunta puede situarse en el campo conceptual y temporal que se abre entre los escritos La instancia de la letra… y Subversión del sujeto…. Allí se dibuja la posición del sujeto a partir de dos imposibilidades fundamentales:

  • No hay nadie que pueda decir je en la enunciación.

  • No existe en el enunciado un significante que represente al sujeto de la enunciación.

De este modo, solo queda un shifter, que señala y designa el lugar desde el cual se habla, sin por ello representar al sujeto ni significarlo.

De aquí se sigue que un sujeto será lo que un significante representa para otro significante. Esta oposición funda el intervalo en el que el sujeto puede advenir, bajo la forma de corte o discontinuidad. La formalización del par significante expone así la división del sujeto: entre uno y otro, se revela indeterminado y solidario de lo interdicto, con todo el equívoco que ello implica. Surge entonces la pregunta: ¿qué debe permanecer prohibido para que el objeto ofrecido al deseo del Otro deje paso a la emergencia de un sujeto dividido?

Si el sujeto habita en el intervalo, se vuelve crucial interrogar: ¿Quién habla? cuando alguien toma la palabra. El sujeto no es nunca el agente de la cadena, sino apenas su efecto. Yendo aún más lejos: si se entiende la barra del algoritmo como escritura del corte, el sujeto aparece como significante tachado, inscripción de lo que no hay. Dicho de otro modo: no hay sujeto sin corte.

jueves, 22 de mayo de 2025

El problema del Agente

Si aceptamos que Lacan deja sin resolver en La relación de objeto un problema vinculado a la operación del Padre y que luego lo aborda de manera más precisa en el seminario sobre los cuatro discursos, podemos concluir que el punto central es la definición del agente.

María Moliner define al agente como aquello que actúa o tiene la capacidad de actuar, asociándolo a la “causa agente”, es decir, a lo que produce un efecto. Esta idea resuena con el concepto de “representante de la representación”, que Lacan trabaja en múltiples ocasiones, llegando incluso a referirse a él como “agente representante”. Esto nos lleva a considerar que el agente no es solo alguien que ocupa un lugar, sino aquel que viene a sustituir a otro en una función determinada.

En los cuatro discursos, Lacan se pregunta qué significa ser agente, y su respuesta no se orienta hacia una función de dominio o control, sino hacia la forma en que se transmite la castración entendida como prohibición. Para esclarecer este punto, propone un paso del mito a la estructura. Mientras que el mito es un enunciado de lo imposible, su interés radica en construir una escritura de la prohibición, alejándose de la narrativa mítica para centrarse en su estructura.

Al releer el mito freudiano de la castración, Lacan introduce una distinción clave: su objetivo es desplazar el S1 más allá del lugar del Amo, concebido como función de dominio. Al separar este término de la figura del Amo que Hegel plantea, Lacan lo redefine como un significante-letra, con el cual se puede escribir la posibilidad de un inicio lógico. Así, el problema del agente es replanteado desde la perspectiva de la suplencia, abriendo nuevas vías para pensar la transmisión y el orden simbólico.

viernes, 16 de mayo de 2025

El padre como referencial: más allá del referente

Llevar al Padre al nivel de un referencial implica un desplazamiento respecto del planteo freudiano. La Real Academia Española define lo referencial de tres maneras:

  1. Como base de comparación, es decir, un marco de referencia.
  2. Como testimonio referencial, vinculado a la narración o relación de hechos.
  3. Como aquello relativo a la referencia en sí.

Estas acepciones permiten diferenciar un referencial de un referente y plantear que el Padre, como suplencia, es un referencial en lugar del referente ausente.

El Padre en la Interpretación y la Numeración

Lacan señala que el referencial, y con él el Padre, juega un papel fundamental en la interpretación. Esto retoma su planteo en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, donde señala que la interpretación opera al llevar los significantes a su sin sentido, revelando el vacío dejado por la falta de un referente.

Desde esta perspectiva, el Padre no debe ser entendido en términos imaginarios o patriarcales, sino en función de su rol en la numeración. Esto tiene dos consecuencias:

  1. Desimaginarización del Padre: Se despejan las valoraciones ligadas a lo patriarcal.
  2. Ordenación de la serie: Como numeral, el Padre es un ordinal, no solo constituye, sino que ordena. Lacan ilustra esto con las dinastías papales y reales.
Del Nombre del Padre a la Litoralización del Borde

Más allá del efecto de desimaginarización, este enfoque también desplaza la función del Padre hacia una operación de designación. Es decir, el Padre marca un borde, permitiendo litoralizar el espacio entre lo simbólico y lo real.

En este marco, la prohibición no es más que un artificio que encubre un imposible. Lo que aparece como un límite impuesto desde el Padre es, en realidad, una forma de velar la imposibilidad estructural que define la relación del sujeto con el lenguaje y el goce.

martes, 18 de febrero de 2025

Las lágrimas de Eros - Georges Bataille

Marco Teórico y Contexto: Ensayo filosófico-erótico sobre la relación entre el erotismo, la muerte, la violencia y lo sagrado.

Las lágrimas de Eros de Georges Bataille (publicado póstumamente en 1961) es una obra singular y provocadora que explora la intersección entre el erotismo, la muerte, la violencia y lo sagrado. Bataille, un pensador heterodoxo y transgresor, se sitúa fuera de las corrientes filosóficas dominantes, y desarrolla una reflexión personal y radical sobre la experiencia humana en sus dimensiones más extremas y contradictorias (Bataille, 1961).
La obra se inscribe en la tradición del pensamiento libertino y anti-religioso, pero va más allá de la mera celebración del placer o la negación de Dios. Bataille busca comprender la profunda conexión entre el erotismo y la muerte, entre el deseo y la transgresión, entre la belleza y el horror.
Las lágrimas de Eros no es un tratado sistemático, sino una colección de reflexiones, imágenes y fragmentos que iluminan diferentes aspectos de la experiencia erótica, desde la pintura prehistórica hasta el arte moderno, pasando por la literatura, la religión y la etnología. La obra está profusamente ilustrada con reproducciones de obras de arte de diferentes épocas y culturas, que complementan y enriquecen el texto.

Análisis de los Conceptos Clave: Una Deconstrucción Filosófico-Erótica
Erotismo: La Transgresión de los Límites y la Continuidad del Ser:
Para Bataille, el erotismo no es simplemente la sexualidad, sino una experiencia más amplia y profunda, que implica la transgresión de los límites que separan al individuo de los demás y de la continuidad del ser. El erotismo es una ruptura del orden establecido, una disolución de la identidad individual, una apertura a lo desconocido y a lo prohibido.
El erotismo es fundamentalmente ambiguo: es a la vez placentero y doloroso, creador y destructor, sagrado y profano. Es en esta ambigüedad donde reside su fuerza y su misterio.
Muerte: La Conciencia de la Finitud y la Fascinación por lo Prohibido:
La muerte es una presencia constante en la obra de Bataille. La muerte no es solo el fin de la vida, sino una dimensión fundamental de la experiencia humana. La conciencia de la muerte es lo que nos distingue de los animales, y es también lo que nos conecta con el erotismo.
La muerte es fascinante y repulsiva a la vez. Es el límite absoluto, lo desconocido por excelencia, y, por lo tanto, un objeto de deseo y de temor. El erotismo, en su dimensión transgresora, se acerca a la muerte, juega con ella, la desafía.
Violencia: La Ruptura del Orden y la Experiencia del Exceso:
La violencia, para Bataille, no es solo la agresión física, sino una fuerza más general que rompe el orden establecido, que desgarra los límites y que libera las energías reprimidas. La violencia puede ser destructiva, pero también puede ser creativa, catártica y reveladora.
La violencia está íntimamente ligada al erotismo y a la muerte. En el acto sexual, en el sacrificio ritual, en la guerra, la violencia se manifiesta como una fuerza que transgrede las prohibiciones y que acerca al individuo a la experiencia del exceso.
Lo Sagrado: La Experiencia de lo Prohibido y la Comunicación con lo Trascendente:
Bataille reinterpreta el concepto de lo sagrado, alejándose de las definiciones religiosas tradicionales. Lo sagrado no es lo divino, lo puro o lo bueno, sino lo prohibido, lo ambiguo, lo peligroso, lo que desborda los límites de la razón y de la moral. Lo sagrado es la experiencia de la transgresión, del exceso, de la continuidad del ser más allá de la discontinuidad de la existencia individual.
El erotismo, la muerte y la violencia son vías de acceso a lo sagrado, momentos en los que el individuo experimenta la ruptura de su identidad y la comunicación con una realidad que lo trasciende.
"La petite mort": Bataille utiliza esta expresión francesa (literalmente, "la pequeña muerte") para referirse al orgasmo, como una experiencia que simula la muerte, una disolución temporal del yo en la continuidad del ser.
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Críticas y Debates: La Tensión entre la Transgresión y la Responsabilidad
La obra de Bataille ha sido objeto de controversias y críticas:
¿Apología de la Violencia?: Se le acusa de hacer una apología de la violencia, de glorificar el sadismo, el masoquismo y otras formas de perversión sexual (Sontag, 1969).
¿Nihilismo?: Se argumenta que su pensamiento es nihilista, que niega cualquier valor o sentido a la existencia humana, y que conduce a la desesperación o al cinismo.
¿Oscurantismo?: Se critica su estilo oscuro, críptico y provocador, que dificulta la comprensión de sus ideas y que puede parecer elitista o incomprensible para el público en general.
Propuesta superadora de críticas: Se propone entender a Bataille no como un moralista que busca justificar o condenar determinadas prácticas, sino como un filósofo que busca comprender la complejidad y la ambigüedad de la experiencia humana. Su obra no es una apología de la violencia, sino una exploración de sus raíces y de su significado en la cultura humana. Su pensamiento no es nihilista, sino trágico: reconoce la finitud, la contingencia y el sufrimiento de la existencia, pero también afirma la posibilidad de la experiencia extática, de la comunicación con lo sagrado y de la creación de sentido. Su estilo oscuro y provocador es una estrategia deliberada para desafiar las convenciones del pensamiento y para obligar al lector a reflexionar por sí mismo.
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Cuestiones Abiertas en Filosofía, Ética y Estudios Culturales:
¿Cuál es la relación entre el erotismo y la muerte? ¿Por qué la experiencia erótica se asocia a menudo con la violencia, la transgresión y lo prohibido?
¿Es posible una ética de la transgresión? ¿Cómo podemos conciliar la búsqueda del placer y la experiencia del exceso con la responsabilidad por los demás y con el respeto a la dignidad humana?
¿Qué significado tiene lo sagrado en la sociedad contemporánea? ¿Hemos perdido la capacidad de experimentar lo sagrado, o lo sagrado se ha transformado y se manifiesta de nuevas formas?
¿Cómo se relaciona la obra de Bataille con otras corrientes de pensamiento como el surrealismo, el existencialismo, el psicoanálisis y la filosofía de Nietzsche?

domingo, 16 de junio de 2024

La relación del padre con su hijo y su hija

La relación padre-hijo

El psicoanálisis hace del padre un significante, en tanto tal opera como nombre.

Con lo cual se hace posible separar la función paterna, asociada a la instauración de una versión de la ley de prohibición del incesto; del personaje que lo encarna.

En este sentido, la relación del niño con el padre no es, podríamos decir, una relación primaria. La relación primaria es siempre del niño, con independencia de su sexo, con su madre, quien funciona como el Otro primordial. Allí se constituye ese primer esbozo de cadena significante, y el primer vínculo libidinal.

Por ello es lógico entonces que, en la relación con el niño, el nombre del padre entre a jugar, en primer término, como un obstáculo.

En el contexto del retorno a Freud Lacan interroga la trama simbólica de esos vínculos primarios. A partir de lo cual retoma cierto planteo de Freud en cuanto a que los vínculos libidinales del niño con la madre, por un lado; y con el padre, por otro coexisten en paralelo.

Hasta que en un momento lógicamente posterior esa coexistencia da paso al conflicto.

Establecido el conflicto, lo que no es otra cosa que el desarrollo de la trama edípica, el padre devendrá en un obstáculo que hace de impedimento a cierta posición que el niño asume respecto del Otro materno.

Es la posición de objeto del niño como falo lo que queda en cuestión. Tal como la fórmula de la metáfora paterna la evidencia, el nombre del padre entra en relación con esa posición del niño a través del Deseo de la Madre.

La prohibición recae entonces sobre esa posición del niño respecto del cuerpo materno, prohibición que conmueve el goce en juego. O sea, no prohíbe el amor (¿por qué lo haría?), y tampoco el deseo, el cual se funda por la prohibición.

Sumariamente se determina en el niño una pérdida, de resultas de la cual se instalará en el sujeto no solo una posición sexuada con una lógica que la soporte, sino también, y esencialmente, un síntoma que le haga de sostén.

La relación padre-hija

Anteriormente mencionábamos esa particularidad, esa operación central que el psicoanálisis produce sobre el estatuto del padre, llevándolo en primer término a la dimensión de ser un significante que sustituye al Deseo de la Madre en la operación metafórica.

Finalmente, luego de un largo recorrido, será llevado a la dimensión del síntoma, hace del padre un síntoma el que, por supuesto, no se subsume en el síntoma clínico.

En el caso de la relación del padre como significante con la niña, podemos marcar una discrepancia respecto de lo que acontece con el niño. Diría que, a diferencia de lo que pasa con el niño, no se trata tanto del padre como obstáculo, rival, sino que el padre deviene un objeto concernido en una transferencia.

El padre aparece en este vínculo, y ya desde el planteo de Freud, como aquel horizonte hacia el cual la niña se dirige. Y ese dirigirse al padre se produce por cuanto la madre devino el primer agente de la privación.

Esa primera incidencia de la privación constituye una operación complicada, diría. De borde incluso, por lo que de ello podría precipitar como no dialectizable. Tomado en términos de la dialéctica fálica la niña no obtiene, en ese primer vínculo, aquello a lo que aspira.

A raíz de lo cual entonces en la niña se produce, y a diferencia del varón, un pasaje que conlleva un cambio de objeto: de la madre al padre. Esta transferencia se entrama en el anhelo de un encuentro esperado.

O sea que la niña se dirige al padre en función de una promesa. De una promesa que no va a llegar, no va a ser efectivamente satisfecha (aun cuando se la suple de un modo lógico) y que es importante en cuanto a las consecuencias que esto tiene respecto del campo del amor. Por ello, por la función del amor allí, es que Freud puede encontrar una respuesta al problema de la amenaza de castración en la niña.

sábado, 30 de diciembre de 2023

El padre real: ¿Dónde ubicarlo?

¿Donde ubicar los puntos de impasse en los cuales Lacan leerá al Padre Real en el mito de la horda primitiva?

Freud se enfrenta allí con algo problemático, irrepresentable en el origen, sin sentido. Es esto lo que lo lleva a interrogar el estatuto de la exogamia, en la medida en que no puede sostenerse sin la ley. Y a eso irrepresentable Freud, recurriendo a la ley de prohibición del incesto, le pone palabras: el horror al incesto, articulando indisolublemente ley y nominación, aunque no lo piense con este término. En este punto ubico, si se quiere, dos campos.

Horror /// Horror al incesto

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Padre Real ///Padre Simbólico

Del lado del horror al incesto ubicamos: la prohibición, la exogamia, lo predicable y la promesa, en resumen: el complejo de Edipo, o sea, el Padre Muerto.

Del otro lado, el horror, a secas, si bien es una metáfora, puede servir para dar cuenta en la obra freudiana de ese real insituable, impredicable que es ese Padre al que Freud no puede dejar de definir atributivamente: tiránico, feroz, violento.

Esto no fechable, lo llamo atemporal, es lo concernido en la pregunta acerca del origen del monoteísmo. Me parece que un obstáculo que encontramos en la obra freudiana es el intento de responder a este obstáculo con la serie: “trauma temprano-latencia-estallido de la neurosis-retorno parcial de lo reprimido” . Se trata de una operación en dos tiempos que da cuenta del retorno de lo reprimido. Este modo de pensar es acabadamente válido para el síntoma clínico, el problema es si sirve para pensar el modo de retorno de lo traumático cuantitativamente definido. El mismo Freud nos señala el estatuto de este problema, no habla de Verdrangung sino de Untergang, que significa, sepultamiento o, como lo define, “irse al fundamento”, algo distinto que la represión.

martes, 27 de octubre de 2020

¿Cuál es la diferencia entre represión y prohibición?

Conviene que diferenciemos prohibiciones externas y represión. No hay padres represores, sí hay padre prohibidores o castigadores. La represión es un fenómeno intrapsíquico. Los padres pueden prohibir ciertas ideas o acciones y aún castigar al niño por tenerlas o llevarlas a cabo, pero eso no necesariamente elimina el deseo de la conciencia. El niño, por adecuación a fines, se puede ver forzado a no hablar o hacer ciertas cosas, pero eso no genera un quiebre en su psiquismo. Hace falta una condición masoquista, la aceptación de parte del niño de esas prohibiciones y castigos para incorporarlos y alimentar a su superyó. Si no hay una condición masoquista las compulsiones externas no se transforman en internas.

Solemos exagerar el valor o el papel del superyó en la represión. Hay dos factores que influyen en la génesis: uno estructural y otro económico. Para el origen estructural de la represión la condición masoquista está siempre.

viernes, 7 de agosto de 2020

La mujer y la degradación de la vida erótica.

La degradación de la vida erótica no es privativa del varón. Hoy vamos a hablar de la forma en que se juega en la mujer. Rodearemos el problema a partir del complejo de castración.

En nuestro recorrido por los textos freudianos sobre sexualidad, vimos el artículo —“La degradación de la vida erótica en el varón”— para ver cómo se da la degradación de la vida erótica desde el lugar del varón a partir de la pregunta por la impotencia psíquica.

Freud responsabiliza por la impotencia psíquica a dos factores: la intensa fijación incestuosa en la infancia y la frustración real en la adolescencia.

Surgieron preguntas de parte de ustedes sobre el camino de la mujer en este recorrido. ¿Cómo se da esto en la mujer?

Para las mujeres podemos ubicar dos motivos para la aparición de la frigidez: que el varón no cuente con toda la potencia o que luego de la sobreestimación por el enamoramiento, a partir la relación íntima, surja el menosprecio.

Vamos a hacer un breve recorrido que nos va a situar en un marco. Para rendir cuentas del devenir hombre o mujer, Freud convoca al Edipo. El mito funda la pareja sexual por la vía de las prohibiciones y los ideales de cada sexo.

¿Qué es una mujer para Freud?
El proceso de sexuación está determinado por el hecho de que para la niña la castración tuvo lugar (la madre no le dio, la hizo incompleta), y por eso surge la envidia del pene o penissneid. Así, se dirige al padre para que le dé, ya que él lo posee. La niña espera el falo, o sea, el pene simbolizado, del que lo tiene.

Se trata de cómo se ha subjetivado el “no tener” y los efectos de esta posición en la vida: cómo se las arregla la mujer con ese “menos”, dando lugar a inhibiciones, por ejemplo en el estudio o en lo laboral, a un sentimiento de inferioridad y menoscabo, a cierta posición de pobreza, de falta de recursos.

La feminidad de la mujer deriva, entonces, de su “ser castrado”.

La posición femenina la detenta la mujer cuya falta fálica la lleva a dirigirse hacia el amor de un hombre. En principio es el padre, después la pareja. El padre es el heredero del amor que primeramente dirigió a la madre.

Posición sexual y castración
En el ensayo “La significación del falo”, Lacan nos plantea la prevalencia del complejo de castración en el inconsciente y su consecuencia para la asunción de la posición sexual.

Dice así: “el complejo de castración inconsciente tiene una función de nudo, primero en la estructuración […] de los síntomas […], segundo en una regulación del desarrollo […], a saber la instalación en el sujeto de una posición inconsciente sin la cual no podría identificarse con el tipo ideal de su sexo, ni siquiera responder sin graves vicisitudes a las necesidades de su partenaire en la relación sexual, e incluso acoger con justeza las del niño que es procreado en ellas”.

La relación a la castración condiciona el lazo de una mujer con el hombre.

Dentro de lo que escuchamos en la actualidad las mujeres pueden evitar a los hombres, y cada vez más, hasta llegar a una maternidad sin hombres, donde la ciencia se pone a su servicio. En cualquier caso, esto no implica una liberación de la problemática fálica, o sea, no quedan fuera de la problemática de la castración.

Degradación de la vida erótica
Vamos a tomar el texto “El tabú de la virginidad” de Freud de 1927 para ver la degradación de la vida erótica desde el lado de la mujer.

Freud nos dice allí que el tabú se encuentra enlazado a las fobias que sufren los neuróticos.

Trae investigaciones sobre los primitivos: ahí donde hay un tabú, es donde se teme un peligro, un peligro psíquico. Freud ubica la importancia de la virginidad en el inconsciente, más allá de los cambios culturales, unido a la presencia de este tabú.

¿Por qué es importante la virginidad? El primer coito es un acto especial, ya que por la desfloración puede aparecer sangre. Por el horror a la sangre, podemos pensar una articulación entre virginidad y menstruación.

Freud nos muestra que no sólo el primer coito con la mujer es tabú, sino que la mujer en un todo es tabú. El varón tiene miedo de ser debilitado por una mujer, a quedar contagiado por su feminidad y no comportarse de manera viril. Esto se conserva hasta nuestros tiempos en los fantasmas neuróticos bajo enunciados como “me dejaste agotado”, “me hacés perder la cabeza”, etc.

Desde el lado de la mujer, el primer acto sexual tiene consecuencias que no son esperadas por ella. Muchas veces, permanece fría e insatisfecha, y necesita un largo tiempo para obtener satisfacción del acto.

Hay una razón de desengaño con respecto al primer coito, donde la expectativa —muy cargada por la prohibición— no coincide con lo que efectivamente ocurre. Cuando hablo de prohibición, me refiero mucho más allá del comienzo muy temprano de la mujer en el encuentro sexual, en los ecos inconscientes de la prohibición a la pérdida de la virginidad.

Se escucha también en algunas novias, que quieren mantienen oculta la relación y así sostienen el valor de una relación secreta.

La prohibición, lo secreto, como formas de expresión del tabú.

Con la primera relación sexual, se actualizan antiguos impulsos reprimidos y surgen elementos contrarios a la satisfacción sexual que espera la mujer.

La envidia fálica, que apunta al anhelo de un significante de la completud imaginaria.
El deseo inconsciente de castrar a un hombre, dejarlo impotente.

La hostilidad contra el varón.
Todos estos factores tienen como fundamento la historia del desarrollo libidinal. Los deseos sexuales infantiles persisten, fijados al padre o a un hermano que lo sustituye. El partenaire nunca es más que un varón sustituto. Nunca es el genuino.

Para que se desautorice a la pareja por insatisfactoria, importa la intensidad de la fijación a la figura paterna.

Desde el punto de vista del desarrollo, dice Freud, la fase masculina o de envidia fálica de la mujer, de envidia al varón, debe ser la que permite la hostilidad de la mujer hacía el varón, siempre presente en las relaciones entre los sexos.

El tabú de la virginidad no se ha sepultado a través de las épocas, permanece en el inconsciente. Está anudado a la historia del desarrollo libidinal de la mujer, a su posición frente a la castración: cómo fue tramitada la envidia fálica, qué montante de hostilidad y hostigamiento hacia el varón. 

La clínica también nos muestra mujeres a las cuales no les resulta problemática la impotencia de su partenaire; es más, les viene bien. Puede existir una reacción de hostilidad, por ejemplo, en la que la mujer permanece en pareja, muy distanciada del hombre, donde no se juega para nada el deseo por él, pero sí la ternura.

Hostilidad, venganza, goce… problemáticas del complejo de castración para la mujer.

sábado, 31 de agosto de 2019

¿Qué del padre nos importa en la clínica?


Vamos a hacer un recorrido con la metáfora paterna para acercarnos a lo que fue para Lacan abordar cuestiones de estructura.

La metáfora paterna concierne a la función del padre y esta función tiene un lugar amplio en la historia del análisis. Se encuentra en el corazón de la cuestión del Edipo y ahí está presentificado. Freud lo introdujo muy al comienzo de su teoría, en La interpretación de los sueños, inmediatamente después de la muerte de su propio padre, lo que revela que el inconsciente es, de entrada, el complejo de Edipo. Lo importante es la amnesia infantil que afecta a los deseos por la madre y al hecho de que esos deseos sean primordiales. Esto quiere decir, siempre presentes.

Jaques Lacan hizo un gran esfuerzo, a lo largo de su enseñanza, para ubicar a los padres del Edipo más allá del mito: en una lógica. Pensar en una lógica nos ahorra creer que los padecimientos de la infancia pueden explicarse con categorías simples, tal como decir que un niño ha tenido mucha o poca madre y entonces esa es la causa de toda la problemática. Eso es una lectura psicologista y no alcanza, hay que ubicar el lugar de los padres en la estructura, la operación necesaria de los padres para cada tiempo de la infancia. 

¿Qué es un padre? El concepto de padre ingresa al psicoanálisis como preocupación en la teoría de Freud. recién fue encontrando un sitio relevante en la enseñanza de Lacan, al darle otro estatuto al complejo de Edipo. Lacan hizo un pasaje del mito a la lógica, hasta llegar a la función nominante del padre. La función nominante no solo reafirma el lugar nombrante del padre, es decir, el dar un nombre a su hijo, sino que el nombre hace de él mismo padre. Esto es, el nombre que le es dado al padre. Un sujeto es padre por ser nombrado como tal, su lugar se hace dependiente del nombre. Al decir "tu eres padre" no solo nombra hijo al hijo que ha tenido con su mujer, sino que también hace que su deseo pierda anonimato. Entonces, hablar de Edipo es hablar de la función del padre.

¿Qué nos interesa respecto al padre en la clínica? Si estaba o no estaba, si viajaba, si se ausentaba, si era proveedor o no. Si se llevaba bien con su mujer, etc. Se podría pensar que algún exceso de presencia del padre generaría todos los males. La imagen de un padre terrorífico era considerado entonces lesional. En la neurosis, sin embargo, se consideró que era más grave cuando era demasiado amable. Entonces, nos dice Lacan, están los padres débiles, sumisos, sometidos, castigados por su mujer, los padres viciados, ciegos, etc. 

El padre existe incluso sin estar. El Edipo puede constituírse también cuando el padre no está presente, porque de lo que se trata es del padre como función y de su lugar en la familia. No hay que confundir, dice Lacan, el padre en tanto normativo que el padre en cuanto normal. La normalidad del padre es una cuestión y la de su posición normal en la familia es otra. 

Vamos a introducir el papel del padre. Al principio el padre terrible, un padre que interviene en distintos planos. ¿Qué es lo que prohíbe el padre? De entrada, prohíbe a la madre, que en cuanto objeto es suyo y no del niño. Este es el principio del complejo de Edipo, donde el padre está vinculado con la ley primordial de la interdicción del incesto, el padre encargado de representar esta interdicción. A veces se manifiesta de una manera directa, pero su papel está más allá de esto. Lacan nos dice que es mediante toda su presencia, por sus efectos en el inconsciente como lleva a cabo la interdicción con la madre. 

Como sabemos, la relación del niño con su madre es, en el mejor de los casos, muy estrecha. El niño se convierte en objeto de satisfacción para esa madre. La interdicción del padre a modo de "¡Basta con ese niño, aquí estoy yo, volvé conmigo!" coloca un límite al goce materno. O sea, a la satifacción. En esta etapa, tanto para el niño como para la niña, se establece una rivalidad con el padre, que por sí misma genera una agresión. El padre es el padre simbólico, aquella posibilidad de producir metáfora. Una metáfora es un significante que viene al lugar de otro significante. 

Entonces, ¿de qué se trata la metáfora paterna? De lo que se ha constituido como primordial de una simbolización entre el niño y su madre. O sea, poner al padre como símbolo en el lugar de la madre. Es el padre en el complejod e Edipo. La posición del padre como simbólico no depende del hecho de una serie de acontecimientos como un coito y un alumbramiento. La posición del nombre del padre, la calificación del padre como procreador, es es un asunto en el nivel simbólico.

El deseo de la madre, del gran Otro, tiene un más allá. Para alcanzar este más allá se necesita una mediación, que la da precisamente la posición del padre simbólico. La relación del niño con el falo, que es el significante de la falta, se establece a nivel imaginario porque el niño es el objeto de deseo de la madre. El padre, en la medida que priva a la madre del objeto de su deseo, desempeña un papel escencial. Es en el plano de la privación de la madre donde en un momento dado de la evolución del Edipo se plantea, para el sujeto niño, la cuestión de aceptar, de registrar o de rechazar esa privación materna. Cuando el padre entra como privador de la madre, lo que se castra no es el sujeto, sino la madre. Si el niño no franquea ese punto nodal y no acepta la privación de la madre operada por el padre, mantiene una determinada forma de identificación con ese objeto de la madre, el falo. En este nivel, se plantea ser o no ser el falo para ella. 

La etapa siguiente del complejo de castración será pasar del tener o no tener. Lo importante no es la relación entre el padre y la madre, sino las relaciones de la madre con la palabra del padre: que la madre fundamente al padre como mediador con lo que está más allá de su ley, la de ella, y la de su capricho: la ley del padre propiamente dicha. O sea, ahí queda el niño con un límite frente al capricho materno. El padre tiene que sacar al niño de la ley de ella. Se trata del padre en tanto nombre del padre, en tanto enunciación de la ley. Es en este nivel que es aceptado o no por el niño como aquel que priva a la madre como objeto de su deseo. El vínculo de la castración con la ley es esencial. 

¿Qué es el temor a la castración? El objeto privilegiado del niño es la madre y le está prohibida, entonces la agresividad va dirigida al padre. ¿De qué se trata la amenaza de castración? Se trata de la intervención real del padre con respecto a una amenaza imaginaria. El padre prohibe a la madre y al niño. Teniendo todo esto presente, vamos a ubicar los tiempos del Edipo:

Primer tiempo: Lo que el niño busca, en tanto deseo de deseo es poder satisfacer el deseo de su madre, es decir, ser o no ser el objeto de ella. El sujeto se identifica en espejo con el objeto de deseo de la madre. Es la etapa fálica primitiva. Al estar la primacía del falo, el niño capta que para gustarle a la madre basta y es suficiente con ser el falo. El falo sería el objeto precioso que ella desea. El no poder constituirse como objeto de deseo para ella tiene la problemática de la psicosis. Podemos pensar en el nombre del padre y la inscripción fálica para esa madre, dónde está allí la dificultad.

Segundo tiempo: El padre interviene n calidad de mensaje para la madre: le dice no, mensaje de interdicción. Si no se juega la entrada del padre como interdictor, nos encontramos con la perversión. El padre está como metáfora si y solo si la madre lo convierte cuya sola presencia sanciona la existencia del lugar de la ley. 

Tercer tiempo del Edipo: de esta etapa depende la salida del Edipo. El falo, el padre solo demostraba que lo daba en la medida que era portador de la ley. Puede dar o negar porque tiene el falo. El padre interviene, en este tercer tiempo, como el que tiene el falo y no como quien lo es. Por eso, reinstaura la instancia del falo como objeto deseado por la madre. El padre puede darle a la madre lo que ella desea porque lo tiene e interviene ahí el plano de la potencia. Por eso, la relación de la madre con el padre vuelve al plano real, o sea, al plano genital: un más allá del niño. Si puede establecerse esta relación -que es fecunda- es porque el niño es desalojado de esta posición ideal, donde él y su madre podían satisfacerse. Esto es lo mejor que puede pasarle a al niño: salir de ese lugar. Esta etapa supone, para el niño, aquella identificación con el padre y el título en el bolsillo para ser usado más adelante. 

¿Qué quiere decir tener los títulos en el bolsillo? Los títulos para ser hombre, para la virilidad, que todavía el niño no puede poner en juego. Así, el complejo de Edipo, desde el tiempo llamado pre-edípico hasta el final, implica la relación al lugar del padre y es fundamental para ubicar la neurosis, la perversión y la psicosis. Como lo planteamos anteriormente, en la psicosis y en la perversión se juega lo preedípico. En la neurosis, por la posibilidad de la intervención paterna, se pone en juego ese pasaje al padre, que no es sin fallas y eso hace a los síntomas neuróticos. 

Para la psicosis, queda forcluído el nombre del padre, no hay inscripción fálica.

Para la perversión, el nombre del padre entró en lo simbólico, pero toda la cuestión se juega con el falo al no darse la intervención paterna.