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viernes, 24 de octubre de 2025

La dirección de la cura: una praxis orientada por lo imposible

El notorio cuidado con que tanto Freud como Lacan delimitan el estatuto del psicoanálisis —tratamiento, más que terapéutica— culmina, en cierto sentido, en la definición que Lacan ofrece en el Seminario 11:

Una praxis, tratamiento de lo real por lo simbólico.

Esta formulación sitúa con precisión la orientación clínica del psicoanálisis.
Orientación implica dirección, y Lacan no deja lugar a dudas:

El analista dirige la cura, no dirige al sujeto.

Pero esta afirmación abre una pregunta decisiva: ¿Cuál es la brújula que orienta esa dirección? ¿Qué orienta la escucha analítica en una praxis que parte, justamente, de la imposibilidad de una ‘cura tipo’?

La imposibilidad de estandarización testimonia la singularidad del hablante, y es el punto de partida de la noción de sujeto del inconsciente, que vuelve inviable cualquier intento de homogeneización técnica.
Por eso Lacan se distancia de toda técnica cerrada: a falta de método universal, la práctica se ordena en torno a una serie compleja de impassesdificultades, contradicciones, callejones sin salida—, aquello que él llama el “tejido” mismo de la práctica analítica.

Si un sujeto adviene a la existencia en la medida en que se sitúa en relación con el deseo como deseo del Otro, la dirección de la cura se interroga por ese punto estructural donde el sujeto queda a la vez habilitado y capturado (alienación).

No es un detalle menor si el sujeto se emplaza como causa del deseo del Otro o si queda reducido al lugar de objeto en esa economía.
De allí la pregunta clínica que orienta la praxis:

¿Qué podría liberar al sujeto de esa captura?

En esta formulación se revela una paradoja estructural: para advenir, el sujeto requiere del deseo del Otro; pero al situarse allí, queda obturado, afectado como objeto del deseoEl fantasma testimonia esa ficción de captura, en la que el sujeto se asegura un lugar al precio de su división.

Lacan introduce aquí una torsión fundamental:
si como causa, el sujeto no coincide con el objeto del deseo del Otro, entonces el análisis apunta a hacer operar esa no coincidencia, esa falla estructural como condición de libertad.
De ahí que pueda decirse que la praxis analítica se orienta, no por el Ideal de una cura, sino por el trabajo mismo de lo imposible, allí donde el deseo —y no el saber— dirige la cura.

viernes, 17 de octubre de 2025

La causa, el objeto y la ley: operaciones lógicas de la existencia del sujeto

Hablar de las operaciones lógicas mediante las cuales un sujeto adviene a la existencia, en tanto operaciones de causación, implica una consideración singular del problema de la causalidad.
Aquí, la causa no es lineal ni mecánica, sino que se juega en la estructura del significante y en el efecto que introduce el objeto a.

Allí donde el significante petrifica, el objeto a divide; y lo hace porque causa el deseo.
Es con ese objeto a que el sujeto puede separarse, ya que se lo lleva consigo: en él se cifra la identificación fantasmática con la que responde al enigma del deseo del Otro.

Lacan, en La angustia y en el Seminario 11, retoma este punto a partir de la etimología indoeuropea de “parir”, que porta un sentido jurídico: el del engendramiento bajo una ley.
Este matiz revela que el goce forma parte esencial del proceso de causación.
Desde ese “parir”, solidario del corte, se habilita la circulación de los objetos, y con ello, el funcionamiento de la ley como principio regulador del goce.
La ley, entonces, instituye un discurso: una estructura que permite que el goce no sea puro exceso, sino que encuentre un límite, una forma de tránsito.

Desde esta perspectiva se abre el camino de retorno que vengo interrogando:
poder perderse es lo que impide extraviarse.
No se extravía porque, en la separación, el sujeto se hace de un lugar —por más ficticio o fantasmático que sea—, sostenido en un valor que actúa como condición de posibilidad de la pregunta.
Desde la posición del objeto a, ese valor rescata al sujeto del fading, permitiéndole sostener una cierta consistencia frente a la desaparición.

La función del valor es, así, la de abrir una respuesta posible ante la opacidad.
¿De qué opacidad se trata?
No sólo de la que implica el objeto a en tanto respuesta misma —ya que su consistencia está hecha de vacío—, sino también de la que proviene de la Otredad radical del Otro, quien, al ser inconsciente de lo que desea, deja al sujeto en una posición de indeterminación.

De allí surge la pregunta final, inevitablemente clínica:

¿Cómo afecta esta opacidad a la confiabilidad del Otro?

El sujeto, sostenido en su objeto causa, se ve entonces forzado a inventar un punto de apoyo simbólico frente a esa inconsistencia del Otro: es desde ese borde entre ley, goce y causa que puede volver a encontrarse como efecto de su propio decir.

El deseo como punto débil del Otro

¿Qué justificaría llamar al deseo un punto débil?
Desde su definición metonímica, el deseo se sitúa del lado de la carencia, solidario de ese agujero que marca el intervalo entre significantes.
Esto no equivale a confundir carencia con agujero, pero sí a reconocer que el deseo se anuda siempre a una serie de términos equivalenciales: falta, vacío, agujero, carencia.

De ahí que el lugar del deseo se ubique precisamente en el punto donde el Otro no puede responder, punto que revela la inconsistencia del campo de la verdad.
Por esta vía, el deseo abre un margen de libertad, entendido no como autonomía del yo, sino como liberación del efecto afanisíaco, es decir, de la petrificación subjetiva.
El deseo, en tanto punto débil, forja el camino para el retorno del sujeto dividido, aquel que se desprende del ideal de completud.

Este trayecto se apoya en una doble contraposición trabajada por Lacan.
En La subversión del sujeto y la dialéctica del deseo, opone el deseo en Freud al de Hegel: el primero no busca el reconocimiento, sino que se orienta por la sexualidad.
La potencia de esa diferencia reside precisamente en que el deseo freudiano es sexual, y por tanto implica una falta estructural, un exceso no domesticable por la dialéctica del saber.

Más tarde, en El Seminario, Libro 10: La angustia, la oposición se reformula: ya no entre Freud y Hegel, sino entre Hegel y el propio Lacan.
El contraste se juega en torno al estatuto del Otro:

  • En Hegel, el Otro no está barrado; es garante del reconocimiento, figura de una conciencia de sí que se busca a través del otro.

  • En Lacan, en cambio, el Otro se caracteriza por su barradura: es inconsciente en la medida de lo que desea y no sabe.

Se trata, entonces, de anudar las perspectivas freudiana y lacaniana del deseo frente a la hegeliana.
¿Cómo se articulan el deseo sexual en Freud y la barradura del Otro en Lacan?
El punto de empalme puede encontrarse en su dimensión económica:

  • El deseo conecta con el “más allá” por su carácter sexual no genital, que desborda toda satisfacción regulada.

  • La barradura del Otro, por su parte, introduce ese mismo exceso, una fractura en el orden de protección y sentido, donde el deseo circula como resto de goce.

Así, llamar al deseo un punto débil es situarlo como fractura del Otro, lugar donde la ley se vacía y el sujeto puede, finalmente, hacerse causa de su propio deseo.

jueves, 16 de octubre de 2025

Entre el sentido y la afánisis: el destino del Vorstellungsrepräsentanz

Lacan realiza, en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, un trabajo particularmente fecundo en torno a ese término a veces oscuro que Freud introduce: el Vorstellungsrepräsentanz.

Su primer gesto consiste en interrogar su estructura, ya que en ella reside su operatoria.
Tomado estructuralmente, el Vorstellungsrepräsentanz da cuenta del primer apareamiento significante en el campo del Otro: ese binarismo inaugural o significante binario que constituye el soporte del sujeto.
Allí se juega el equívoco entre el par significante (S1–S2), en el que el sujeto encuentra su posibilidad de inscripción al mismo tiempo que su borramiento.

En esta lógica, el Vorstellungsrepräsentanz traza la vía por la cual el sujeto adviene en el Otro en la misma medida en que desaparece.
Ese término freudiano, leído por Lacan, queda entonces situado entre el sentido y la afánisis, en la zona misma donde el sujeto se constituye al precio de su desaparición.

Freud ya había indicado que el Vorstellungsrepräsentanz cae bajo la represión primaria, lo cual hace coincidir su inscripción con la constitución del inconsciente.
Lacan, al ligarlo al binarismo significante, lo entramará en el problema de la entrada del sujeto al campo del Otro.
Allí, en el punto del vel alienante, el sujeto se instituye al mismo tiempo que queda petrificado, capturado en un significante, es decir: desapareciendo.

Pero entonces surge una pregunta de orden clínico:

¿Cómo retorna el sujeto?

La pregunta misma es equívoca, pues depende del modo en que se articule con el efecto de deseo que produce la separación.
El retorno puede leerse como el camino que se abre desde la petrificación hacia el deseo, una travesía entre extraviarse y perderse, cuyos efectos son radicalmente distintos.

En este punto, Lacan retoma la pregunta ya formulada en La subversión del sujeto y la dialéctica del deseo:

¿Qué saca al niño del lugar de a-sujet en que queda respecto del deseo de la madre?

No se trata sólo del deseo, sino del hecho de que la separación introduce un punto de fuga, un “punto débil” que abre una posibilidad de salida frente a la ley de hierro del Otro.
Es en esa fisura donde el sujeto puede retornar —no como sustancia recuperada, sino como resto que habla, resto que se separa para hacerse lugar en el campo del deseo.

La separación: del corte a la pregunta por el deseo del Otro

La separación, como segunda operación lógica en la causación del sujeto, no sólo implica su advenimiento sino también la puesta en juego de la causa del deseo.
Esta operación puede escribirse en términos de intersección, o de producto entre los campos del sujeto y del Otro, lo cual nos lleva a interrogar aquello que les es común.

Como operación, la separación evoca el corte y lo que de allí se desprende o precipita.
Se trata de una superposición de faltas: a la primera, vinculada al significante que otorga al sujeto su ser, se suma una segunda, ligada al deseo del Otro.

El sujeto se separa en la medida en que, al dirigirse al Otro en busca de respuesta —como quien consulta un oráculo—, se encuentra con una pregunta: la que indica precisamente la falta en que consiste el deseo del Otro.
No sólo “¿qué desea?”, sino también “Che vuoi?”, esto es, “¿de qué modo quedo yo concernido allí, como objeto?”.

El niño capta rápidamente esta dimensión a partir de las vacilaciones del discurso del Otro: en sus tropiezos, en los lugares donde el saber se interrumpe o el sentido se desarma.
Allí se instala el enigma, que da consistencia al lazo entre el sujeto y la pregunta.

La separación es entonces correlativa de la constitución de un enigma, el del deseo del Otro, que superpone su falta a la del sujeto.
Y es retroactivamente que esta falta primera se vuelve operativa, a partir del valor que la pregunta le confiere: una pregunta que aloja, que introduce la posibilidad misma de la pérdida.

Ese pasaje —de la falta a la pérdida— abre el campo del deseo y se cifra en una interrogación fundamental:

“¿Puedes perderme?”

Con esta pregunta se inaugura el espacio donde el sujeto puede alojarse como tal, entre la falta que lo funda y la pérdida que lo separa.

martes, 29 de julio de 2025

¿Puedes perderme? La cuenta del sujeto entre la falla y el significante

 ¿Puedes perderme? es la pregunta que el niño dirige al Otro en el momento en que el significante, mediante la operación de alienación, lo aloja al precio de una petrificación subjetiva. Lacan encuentra en la literatura —en particular en El diablo enamorado— un modo privilegiado de ilustrar esta interrogación que constituye la matriz del “Che vuoi?”, pregunta que no solo apunta al deseo del Otro, sino que también habilita la operación de la separación. Este movimiento introduce un redoblamiento de la falta: la falta del sujeto (como efecto de la alienación) es redoblada por la falta en el deseo del Otro, y este doble borde delimita una relación topológica entre sujeto y significante.

Sabemos que el sujeto, en términos lacanianos, es lo que un significante representa para otro significante. Esto implica una serie lógica: el primer significante (S1) va al lugar del representante, pero debido a la falla estructural del conjunto significante, este movimiento debe completarse con un segundo significante (S2), que introduce la dimensión del saber. Así se abre el intervalo entre significantes que permite el advenimiento del sujeto como efecto de significación.

Sin embargo, este efecto no está exento de equívocos. Podríamos afirmar, siguiendo esta vía, que el sujeto es el efecto de sentido que se produce cuando el Otro significa el llanto o la palabra del niño. En este sentido, el sujeto no preexiste a la significación, sino que se constituye como división en el seno de la demanda.

Ahora bien, ¿es el sujeto solo un efecto de sentido? ¿No hay, además, un intervalo —una hiancia— entre causa y efecto, que se abre precisamente por la falla estructural del lenguaje y por el deseo que introduce el Otro?

Lacan se vale aquí de dos referencias fundamentales para repensar al sujeto en su relación con el lenguaje: por un lado, la función del trazo, y por otro, la lógica fregeana, especialmente en lo que concierne a la distinción entre Sinn (sentido) y Bedeutung (referente). Esta bifurcación permite asociar el campo del lenguaje con la cuestión de la cuenta: ¿qué es contar? ¿Cómo se cuenta un sujeto?

Contar implica la posibilidad de ser incluido en una serie. Pero si el referente falta —y esto es lo que ocurre en el campo del Otro—, debe haber algo que opere en su lugar, una marca, un significante, un trazo, que permita que el sujeto entre en la cuenta del Otro, es decir, cuente para él. Esa operación no garantiza sentido, pero ofrece una inscripción: una forma mínima de existencia simbólica.

Así, el sujeto se constituye no sólo como efecto de sentido, sino como efecto de una falla: una falta que no se reduce a lo que no está, sino que estructura lo posible. Entre el deseo del Otro y el lugar que el sujeto ocupa, entre el trazo que borra y la lógica que cuenta, se juega la existencia misma del sujeto como tal.

jueves, 26 de junio de 2025

Del espejo al Otro: la imagen del cuerpo entre ilusión y soporte simbólico

En el Seminario 5, Lacan plantea la idea de un pasaje de lo imaginario a lo simbólico. A primera vista, esto puede resultar paradójico, ya que lo simbólico no solo no aparece después, sino que preexiste estructuralmente a lo imaginario y lo sostiene. Para entender esta formulación, es necesario situarla en su contexto específico: Lacan está abordando aquí el recorrido que va desde la constitución de la imagen del cuerpo —en el vínculo temprano del niño con la madre— hasta la conformación del moi bajo el efecto de la identificación idealizante, que se expresa en la función del I(A), el Ideal del yo.

En este trayecto, cobra especial relevancia la articulación que Lacan elabora en el esquema Rho, que enlaza el estadio del espejo con el complejo de Edipo. El espejo no es solo una superficie de reflejo, sino la escena donde el niño se encuentra con una realidad virtual —no hay otra, dice Lacan— en la que cristaliza una imagen de sí. Este precipitado imaginario inaugura la organización del yo, pero solo puede producirse si hay un soporte simbólico previo, representado por la presencia del Otro primordial.

Esto se observa en un gesto que Lacan subraya: el niño, frente al espejo, gira la cabeza para buscar al adulto que lo sostiene. Este movimiento —aparentemente anecdótico— es una metáfora precisa de lo que ocurre en un plano estructural: la imagen sólo se estabiliza si hay un significante que la respalde, una mirada del Otro que la legitime.

La primera imagen que se constituye —a la que Lacan se refiere con el término alemán Urbild— representa lo primordial, lo inaugural. Es una imagen anticipatoria, ilusoria, que produce una primera “conquista” del cuerpo, pero siempre bajo una forma asintótica, ya que el dominio nunca es completo ni definitivo. El niño se imagina entero, coordinado, pero aún no lo es. Esta ilusión es sostenida por su posibilidad de responder al deseo del Otro, es decir, de encontrar allí un lugar.

La dificultad se presenta cuando esa posición no puede ser dialectizada —cuando el niño queda fijado como objeto del deseo del Otro sin poder atravesar esa captura. Y es precisamente en la salida edípica donde se hace visible la diferencia: no es lo mismo una salida fundada en lo imaginario que una vía organizada por lo simbólico. En el primer caso, predomina la identificación especular, con sus efectos de alienación; en el segundo, se inscribe la castración simbólica como posibilidad de subjetivación.

viernes, 28 de marzo de 2025

¿De qué se trata las operaciones de alienación y separación?

1. Algunas aclaraciones preliminares

Es conveniente tener presente que el cociente de la división subjetiva forjado en El Seminario 10 como formalización lógica que le resulta adecuada a Lacan para calificar al sujeto como efecto del significante producido en el campo del Otro, en cuanto lugar abstracto independiente de sus encarnaduras, tiene una clara incidencia en las elaboraciones de El Seminario 11. Al comienzo de la clase XVI es utilizado por Lacan como brújula orientadora para la lectura de las operaciones de alienación y separación: "Puse el acento en la repartición que constituyo al oponer [...] los dos campos del sujeto y del Otro. El Otro es el lugar donde se sitúa la cadena del significante que rige todo lo que, del sujeto, podrá hacerse presente, es el campo de ese ser viviente [el parlêtre en tanto ser vivo vinculado con un cuerpo biológico no determinante] donde el sujeto tiene que aparecer". Es en esta relación del sujeto con el Otro que se articulan la alienación y la separación.

Cabe anotar que el término alienación en Lacan tiene referencias psiquiátricas y filosóficas. Las primeras ligadas a la psiquiatría francesa del siglo XIX que concebía la enfermedad mental como aliénation mentale -por ejemplo en el sistema de Ph. Pinel-. Las segundas, vinculadas sobre todo a Hegel y Marx por la vía del término alemán Entfremdung. De modo general, en filosofía caracteriza la transformación de fenómenos y relaciones, cualesquiera que sean, en algo distinto de lo que en realidad son, la alteración y deformación, en la conciencia de los individuos, de sus auténticas relaciones de vida. Las fuentes de la idea de alienación pueden encontrarse también de manera simbólica en los representantes románticos de la ilustración francesa (Rousseau) y alemana (Goethe, Schiller). Estas ideas hicieron eco en la filosofía clásica alemana, pese a que en ella se hacía hincapié en otras cuestiones. Fue Hegel quien la utilizó por primera vez como negación, en relación con lo real. Por su parte, Marx, deudor de la filosofía hegeliana, toma el término y lo aplica a la materialidad; concretamente a la explotación del proletariado y a las relaciones de propiedad privada. En el enfoque marxista alienación alude a las distorsiones que causaba la estructura de la sociedad capitalista en la naturaleza humana. Aunque era el actor el que padecía la alienación en la sociedad capitalista, Marx centró su análisis en las estructuras del capitalismo que causaban tal alienación.

No abundaremos más aquí en este tema, tan solo dejamos aclarado que el concepto lacaniano tal como es empleado en El Seminario 11 y en Posición del inconsciente, dista mucho de ser equivalente a las tradiciones psiquiátricas y filosóficas -principalmente en cuanto que para Lacan no se trata de un accidente que puede acontecer en la vida de un ser hablante sino una operación constitutiva fundamental de la subjetividad.

Además, es preciso aclarar que este concepto es distinto del concepto de alienación que encontramos desde los más tempranos escritos de Lacan hasta los primeros años de su enseñanza, vinculado a la constitución del yo mediante la identificación con la imagen del semejante. Es lo que reiere Lacan por ejemplo en El Seminario 3: "el yo humano es el otro, y al comienzo el sujeto está más cerca de la forma del otro que del surgimiento de su propia tendencia [...] y la primera síntesis del ego es esencialmente alter ego, está alienada". Vale decir que podemos definir esta alienación como imaginaria -tal como lo hace el mismo Lacan: "La alienación es constituyente en el orden imaginario. La alienación es lo imaginario en tanto tal" - y distinguirla de la alienación de El Seminario 11 como operación lógica, simbólica, articulada a la operación de separación, en conjunto nombradas por Lacan como las "operaciones de la realización del sujeto en su dependencia significante respecto del lugar del Otro".
Debemos distinguir entonces el nivel imaginario en el que Lacan considera que la significación de la alienación, constitutiva del yo, aparece en la relación de exclusión que estructura, en el sujeto, la relación dual de yo a yo. Lo cual supone que la exclusión "tú o yo" es consecuencia de la alienación: "tú es yo". De todos modos, es correcto afirmar que hay relaciones de homología entre la lógica del estadio del espejo y la lógica de la alienación significante. Sobre el final del próximo apartado daremos una mínima indicación.

Por último, es conveniente aclarar que hay una tendencia muy difundida en los comentadores de Lacan que lee las operaciones de alienación y la separación en una temporalidad cronológica y lineal, que culmina en una imaginarización que hace de la primera en el tiempo el sometimiento al Otro, del que se sale, gracias a la segunda: el ansiado logro de la independencia del mismo. Este modo de concebir la relación del sujeto con el Otro instaura una secuencia de dos tiempos en evolución: primero anudamiento, segundo desanudamiento.

Que Lacan defina dichas operaciones como lógicas conlleva una temporalidad diferente, que es la de la simultaneidad, por una parte: anudamiento y desanudamiento operan en simultáneo; y la de la anticipación retroactiva, por otra: que la consistencia supuesta del Otro (alienación) opera cuando asoma su inconsistencia (separación). La definición lacaniana canónica de sujeto respeta esa lógica de modo implacable: "un significante es lo que representa a un sujeto para otro significante". Allí alienación y separación operan en simultaneidad: alienación en la medida en que el sujeto ha de pasar por los significantes del Otro, no hay sujeto sin Otro, no hay autofundación subjetiva; y simultáneamente, el sujeto no es ninguno de esos significantes del Otro. Es decir: el sujeto no es sin los significantes del Otro (alienación), a la vez que no es ningún significante del Otro (separación).

2. Alienación
En las clases XVI y XVII de El Seminario 11 Lacan trabaja con estos conceptos entendidos como las operaciones lógicas que dan cuenta de la causación del sujeto.
Con la primera operación se indica que el sujeto se constituye, "nace en el campo del Otro". Situación para la cual resulta muy pertinente el término extimidad acuñado por Lacan para designar la esencia de la alienación, en la medida en que esta implica que la alteridad más radical habita el núcleo más íntimo del sujeto. En efecto, la etimología del término nos revela este aspecto: alius, alia, aliud significa otro, otra. Alienus, aliena, alienum se ha transformado al pasar al español en ajeno, con la misma gama de significados. Y existe también en latín el verbo alieno, alienare, alienatum, que se corresponde con los significados de enajenación tanto de bienes como de la mente y del ánimo, aunque con una gama más amplia. Y el participio perfecto pasivo alienatus, alienata, se usaba ya en latín con el valor de enajenado, extraviado mental, que no es dueño de sí mismo. Se usaba también este participio en medicina para expresar respecto al cuerpo humano la insensibilidad (como si los golpes, cortes, etc. los recibiese otro). Se trata en cualquier caso de ser otro, empezando por la sensibilidad física, pasando por la anímica y acabando en la toma de decisiones. Es decir que se considera alienado al que no es él mismo actuando, sino que es otro (aliusalienus, ajeno a sí mismo).

La alienación es el "vel de la primera operación esencial que funda al sujeto". El término "vel" indica su estructura lógica: una conjunción disyuntiva ligada con la conectiva "o" y sus modalidades ("o" exclusiva que excluye la verdad simultánea de los dos términos de la alternativa y "o" no exclusiva que valida uno u otro término o ambos) destinadas a definir las formas de conjunción-disyunción de la relación del sujeto con el Otro. Esa primera operación fundante del sujeto consiste en que este sólo aparece en esa división que Lacan define así: "si aparece [el sujeto] de un lado como sentido producido por el significante, del otro aparece como afánisis".  Por una parte, se advierte que hay un cambio en relación al uso común del término alienación: aquí no es simplemente la alienación como dependencia del Otro sino una división lógica que produce el significante sobre el sujeto; por otra parte, se observa que la alienación plantea la estructura del vel "o bien - o bien", que presenta una elección obligada entre el ser y el sentido.

Esta propuesta se sostiene en la lógica matemática de la reunión, que se distingue en la teoría de conjuntos de la suma de los elementos de dos conjuntos. La reunión consiste en una operación lógica entre dos conjuntos de elementos que implica considerar la pertenencia de esos elementos a cada conjunto. Veamos: si contamos con dos conjuntos de letras cada uno con tres elementos, A={a,b,c} y B={c,d,e}, en la suma la operatoria es 3+3=6, mientras que en la reunión debemos tener en cuenta que hay un elemento que pertenece a ambos conjuntos {c}, y que por lo tanto, la reunión de ambos conjuntos resulta AUB={a,b,c,d,e}, es decir un total de 5 elementos.
De aplicar esta lógica a la operación de alienación resulta aquello que Lacan grafica en la página 219 así:

De ello se deduce una elección consistente en saber que alguien se propone retener una cosa a sabiendas de que pierde la otra irremediablemente. ¡La bolsa o la vida! Alternativa falsa pues, uno de los elementos, si se lo elige, acarrea como consecuencia que se pierde todo: "Si elijo la bolsa, pierdo ambas. Si elijo la vida, me queda la vida sin la bolsa, o sea, una vida cercenada". Así, dirá Lacan, se aplica esta lógica al ser del sujeto: "si escogemos el ser, el sujeto desaparece, se nos escapa, cae en el sin-sentido; si escogemos el sentido, este sólo subsiste cercenado de esa porción de sin-sentido que [...] constituye el inconsciente". Aquí la alienación es: "o el ser - o el sentido". Y permite entonces logicizar una definición de sujeto afectado por el significante, cuyo factor letal es responsable del efecto alienante, con la consecuencia de que el sujeto no tiene ni ser ni sentido en sí mismo. Vale decir que esta elección conlleva una pérdida y, como dirá Lacan: "no hay sujeto sin que haya, en alguna parte, afanisis del sujeto, y esa alienación, en esa división fundamental se instituye la dialéctica del sujeto".

El vel denota la imposibilidad de conservar ambos términos al mismo tiempo y también la de su desaparición simultánea. Digamos entonces que si el sujeto eligiera el ser, perdería el sentido -no puede en absoluto elegir el ser, es un sin-sentido-. Pero si el sujeto escogiera el sentido, si aceptara esa significación engendrada por un significante, se produciría su afánisis y perdería el ser. Ese sentido no subsistiría más que recortado (écorné) de esa parte de sin-sentido que es lo que constituye, en la realización del sujeto, el inconsciente. Eso es lo que se dibuja entre el campo del sujeto y el campo del Otro: el sin-sentido donde se alojará el inconsciente. Relación necesaria entre la realización del sujeto y esta parte de sin-sentido por la cual Lacan da cuenta del planteamiento lógico de un núcleo del inconsciente y por lo tanto de la concepción de un sujeto del inconsciente.

Ahora bien, si el sujeto no tiene ni ser -digamos: S1 - ni sentido -digamos: S2 -, podemos afirmar que es representado por un significante para otro significante. Es decir que la alienación supone que en ese nacimiento del sujeto en el campo del Otro resulta alienado a la cadena significante, reducida a un binarismo -como plantea Lacan en Posición del inconsciente. "La alienación está ligada de manera esencial a la función del par de significantes", se ordena como operatoria en función de ese binarismo significante.

Dado esto por sentado, identifiquemos precisamente sus implicancias para la concepción del sujeto. Primeramente, al representar el S1 al sujeto para otro significante S2, el sujeto se reduce a un significante. En efecto, "al producirse en el campo del Otro, el significante hace surgir el sujeto de su significación. Pero sólo funciona como significante reduciendo al sujeto en última instancia a no ser más que un significante, petrificándolo con el mismo movimiento con que lo llama a funcionar, a hablar, como sujeto. Esta es propiamente la pulsación temporal en la cual se instituye lo característico del punto de partida del inconsciente como tal -el cierre-". La división del sujeto se produce por la operación significante, y el S1 produciéndose en el campo del Otro hace surgir al sujeto que no tiene aún la palabra, al precio de fijarlo: la marca S1 entraña como consecuencia la petrificación y la concomitante imposibilidad de acceso a la palabra: "El significante, produciéndose en el lugar del Otro todavía no delimitado, hace surgir allí al sujeto del ser que no tiene todavía la palabra, pero el precio de coagularlo".

Esto nos permite concluir que el S1 designa el sujeto sin otorgarle ningún sentido, lo designa en su ser. Mientras que el S2 le da sentido pero, al hacerlo, eclipsa su ser produciendo la afánisis o fading del sujeto. Es decir que el significante segundo es el significante afanisíaco que al hacer cadena con el primero introduce su afánisis, la del significante S1, significante del ser del sujeto. Podríamos, consecuentemente, calificar la alienación como un tiempo -lógico, sincrónico- de oscilación pulsátil entre petrificación y afánisis.

Cabe notar que Lacan se encuentra constituyendo una noción de represión originaria y, al mismo tiempo, el inconsciente, sin conferir, no obstante, ningún ser al sujeto. O más precisamente, restándole el ser, probando que la realización del sujeto no es del orden del ser.

La concatenación significante S1-S2 es graficada por Lacan en El Seminario 11 con el siguiente esquema (pág. 206):


Donde la línea punteada alude a los dos lados del cociente de la división del año anterior: "Esto esclarece la relación del sujeto con el campo del Otro [...] Si el sujeto es [...] determinado por el lenguaje y la palabra, esto quiere decir que el sujeto, in initio, empieza en el lugar del Otro, en tanto es el lugar donde surge el primer significante [lado izquierdo del esquema, siendo entonces el lado derecho el del sujeto]". Esto se encuentra mencionado en Posición del inconsciente como el "llamado hecho en el Otro al segundo significante".

Una analogía puede hacerse con lo que acontece en el registro de lo imaginario. La insuficiencia orgánica inicial (de un tiempo que lógicamente es, podríamos decir, pre-subjetivo) se transforma, retroactivamente a la constitución del sujeto, en esa alienación estructural del Urbild del yo (la identificación a una imagen en el estadio del espejo), en una falta-en-ser que atenta contra la integridad de la imagen, y en tanto tal se revela como una significación mortal esencial. Lo que se dejar ver en el seno de esa alienación, es la muerte como el verdadero referente que obliga, fuerza, en la elección, al camino de la alienación, al tiempo que es la que "separa" al sujeto de esa misma alienación. La estructura de la alienación constituyente del Urbild del yo puede reconducirse a, o pensarse desde, la lógica del vel de la alienación que encontramos clara y ampliamente desarrollada en 1964. El "o tu - o yo" de lo imaginario puede ordenarse desde el "o bien - o bien" simbólico. Ambas entrañan como correlato una lógica que denuncia la insuficiencia de todo ser propio.

En conclusión, la alienación no es simplemente la condición del sujeto de tener que aparecer en el campo del Otro sino que designa una relación mucho más precisa del sujeto con el significante: "No es pues que esta operación tome su punto de partida en el Otro lo que hace que se la califique de alienación. Que el Otro sea para el sujeto el lugar de su causa significante...". Más bien, la alienación consiste en no poder sostenerse ahí -pues hay o bien petrificación a un significante, o bien afánisis, cuando el segundo se le encadena- sin una operatoria segunda, que justamente será la separación en cuanto "cierra la causación del sujeto".

3. Separación
Esta segunda operación está basada según Lacan ya no en la lógica de la reunión, propia de la alienación, sino en la de la intersección o producto, que supone que la intersección de dos conjuntos es el conjunto de elementos comunes que pertenecen a esos dos conjuntos. Podemos reconocer dos casos: 

1) cuando dos conjuntos tienen algunos elementos comunes:


2) cuando todos los elementos de un conjunto pertenecen a otro conjunto:


Si aplicamos la intersección sobre los dos conjuntos utilizados precedentemente para ejemplificar la reunión, A={a,b,c} y B={c,d,e}, resulta A∩B={c}.

Ahora bien, la separación, según Lacan "surge de la superposición de dos faltas". Es el resultado de la intersección de la falta del conjunto del sujeto con la falta del conjunto del Otro (S1-S2), vale decir: el objeto a, ese resto del organismo que no se transforma en cuerpo, que no es apresado en el proceso de significantización -demostración efectuada en El Seminario 10 a partir del cociente de la división subjetiva- y que aquí se define como el producto de la superposición de ambas faltas:

En suma Lacan está indicando que esos dos campos, el sujeto y el Otro, no pueden articularse -pues son fundamentalmente heterogéneos- sino por su falta. Habrá por lo tanto dos faltas que van a articularse: la del sujeto y la del Otro. Del lado del sujeto, el sin-sentido, su desaparición como sin-sentido; del lado del Otro, la falta del sentido son los intervalos del discurso y el enigma de su deseo: "El sujeto encuentra el camino de regreso del vel de la alienación en la operación que denominé separación. Mediante la separación el sujeto encuentra el punto débil de la pareja primitiva de la articulación significante, en la medida en que es, por esencia, alienante. En el intervalo entre estos dos significantes se aloja el deseo que se ofrece a la localización del sujeto en la experiencia del discurso del Otro, del primer Otro con que tiene que vérselas [...] El sujeto [...] vuelve, entonces, al punto inicial, el de su falta como tal, el de la falta de su afanisis".

Ahora bien, a partir de lo planteado, puede afirmarse que esta operación implica la separación de la cadena significante S1-S2 , que acarrea una pérdida de goce, inscripción de una pérdida llamada objeto que no hace otra cosa que nombrar un vacío. Así lo había anticipado unos capítulos antes en su seminario: "...afirmo que el interés del sujeto por su propia esquizia está ligado a lo que la determina -a saber, un objeto privilegiado, surgido de alguna separación primitiva, de alguna automutilación inducida por la aproximación mismo de lo real, que en nuestra álgebra se llama objeto a". Consecuentemente, esa pérdida que es el objeto a devendrá causa. Momento lógico de constitución del deseo como deseo del Otro puesto que se produce en la articulación del sujeto con el intervalo en la cadena significante del Otro donde Lacan localiza el enigma de su deseo. De allí la producción del a como resto, perdido, operación que en de una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis Lacan nombra "extracción del objeto a". En este sentido, la separación implica la entrada de la estructura del deseo como deseo del Otro, que rescata al sujeto del efecto letal del significante porque adviene como posible objeto del deseo. Veremos cómo se opera y demuestra esta formulación.

Lacan afirma: "El sujeto encuentra una falta en el Otro, en la propia intimación que ejerce sobre él el Otro con su discurso. En los intervalos del discurso del Otro surge en la experiencia del niño algo que se puede detectar en ellos radicalmente -me dice eso, pero ¿que quiere? Este intervalo que corta los significantes, que forma parte de la propia estructura del significante, es la guarida de lo que [...] he llamado metonimia. Allí se arrastra, allí se desliza, allí se escabulle, como el anillo del juego, eso que llamamos el deseo. El sujeto aprehende el deseo del Otro en lo que no encaja, en las fallas del discurso del Otro, y todos los por qué del niño no surgen de una avidez por la razón de las cosas -más bien constituyen una puesta a prueba del adulto, un ¿por qué me dices eso? resuscitado siempre de lo más hondo -que es el enigma del deseo del adulto" [las itálicas son del original]. Párrafo brillante en el que se propone que en esta segunda operación, que se funda sobre la intersección de dos faltas, ya no cuenta más la relación con el significante mismo, sino lo que está en juego es el intervalo, la distancia entre los significantes donde juega el enigma del deseo del Otro. Es pues en la separación donde se produce la realización del sujeto del deseo en su relación con el deseo del Otro, en tanto lo decisivo es el enigma del deseo del Otro, interpelado por los "¿por qué?" infantiles que apuntan a demostrar que le es imposible responder a todo. Vale decir: el "¿por qué?" en verdad pregunta por el deseo del Otro. En este sentido, podemos afirmar que en la separación se trata de una pregunta dirigida no al Otro como tesoro de significantes -como en la alienación- sino al Otro del deseo.

Ahora bien, el encuentro con el deseo del Otro supone una respuesta: "para responder a esta captura, el sujeto [...] responde con la falta antecedente, con su propia desaparición, que aquí sitúa en el punto de la falta percibida en el Otro. El primer objeto que propone a ese deseo parental cuyo objeto no conoce, es su propia pérdida - ¿Puede perderme?" [las itálicas son del original]. Es decir, el primer objeto que propone el sujeto a ese deseo parental cuyo objeto le es desconocido, es su propia pérdida. Desde luego, es con los objetos a (como el nieto de Freud con su carretel) que se va a poder jugar esta pérdida. Pero es preciso distinguir ese primer objeto, esta suerte de "pérdida a secas" del sujeto, ligada al significante, como un tiempo primero, anterior al tiempo de los objetos a.
Para que el sujeto pueda "fantasmatizarse" como perdido por el Otro, hace falta ese primer tiempo de la represión originaria, que al Otro le falte. Pues si no le faltara nada el niño podría preguntarse: ¿cómo podría perderme? Hay entonces el significante instaurando una falta, y objetos a que son objetos de separación, de pérdida, pérdidas que van a constituirse en falta secundariamente. No debe confundirse la pregunta ¿Puede perderme? que Lacan propone para la separación, con la pregunta ¿Ché vuoi?, que habría que dejar más bien del lado de la alienación. "El fantasma de su muerte, de su desaparición -prosigue Lacan-, es el primer objeto que el sujeto tiene para poner en juego en esta dialéctica y, en efecto, lo hace -como sabemos por muchísimos hechos, la anorexia mental, por ejemplo. Sabemos también que el niño evoca comúnmete el fantasma de su propia muerte en sus relaciones de amor con sus padres". Consecuentemente, una falta cubre a la otra. La dialéctica de los objetos del deseo articula el deseo del sujeto con el deseo del Otro, y entonces: "no hay respuesta directa. Una falta generada en el tiempo precedente sirve para responder a la falta suscitada por el tiempo siguiente".

En el escrito Lacan lo formula en estos términos: "Lo que se va a colocar allí [en el intervalo significante del Otro] es su propia carencia bajo la forma de la carencia que produciría en el Otro por su propia desaparición. Desaparición que, si puede decirse tiene a mano, de la parte de sí mismo que le regresa de su alienación primeraDos faltas, una producida por la pérdida de ser en la alienación, el $, y otra, su ausencia como objeto a causa del deseo del Otro. Esta última planteada por Lacan en términos de juego, jugar con la ausencia de su ser para explorar la reacción del Otro ante su falta¿Puede perderme? Jugueteo fantaseado que, encontrando la dimensión del deseo del Otro, da cuenta de la constitución del fantasma como resultado de la reunión de $ y a.

Para concluir, y tender el puente con la importancia que estos conceptos tendrán en los seminarios de los años 1966-68, dejamos indicado que en El Seminario 14 la elección entre el ser y el sentido que impone la alienación como vel lógico en El Seminario 11, se plantea como una elección forzada entre el "no pienso" y el "no soy".

El corte, la escritura y la pérdida del ser

No basta con reconocer la importancia clínica del corte, tanto en su dimensión fundante como en sus efectos interpretativos. Por ello, Lacan se embarca en la búsqueda de un recurso que posibilite su escritura.

En un primer momento, plantea un abordaje lógico del problema a través de las fórmulas del fantasma y la pulsión. Destaca aquí el valor del losange, un operador que permite escribir un borde al articular lógicamente las operaciones de alienación y separación.



Dentro de esta lógica, Lacan introduce una reflexión novedosa sobre la función del vel (o). En términos lógicos, el vel es una conjunción disyuntiva, es decir, una elección mediada por un “o” que puede adoptar dos formas:

  1. Elección exclusiva: Se elige entre una opción u otra, perdiendo necesariamente uno de los términos.

  2. Elección inclusiva: Ambas opciones pueden darse, aunque no simultáneamente.

Sin embargo, Lacan introduce una tercera posibilidad: el vel alienante. En este caso, la elección opera como una reunión, en la que uno de los términos se conserva porque el otro ya está perdido.

Así, la decisión fundamental es entre ser o sentido. Pero el ser ya ha sido perdido por efecto del significante, por lo que el sujeto solo puede optar entre conservar el sentido o perderlo todo. Sin embargo, el sentido que se mantiene siempre estará atravesado por el sinsentido que constituye el inconsciente.

En este proceso, el sujeto no puede sino devenir dividido, un ser en falta que nunca logra su propia síntesis. Con el losange, Lacan logra escribir lo que se pierde en el devenir del sujeto, conectándolo con la libido freudiana, pero reconsiderada topológicamente en términos de lo ultraplano.

En este marco, la pregunta inevitable es: ¿qué es el cuerpo aquí?

miércoles, 29 de enero de 2025

La causalidad en el psicoanálisis: más allá del determinismo

La causalidad, entendida como la forma de abordar y conceptualizar la causa en el sujeto, tiene un papel central en el psicoanálisis. A menudo, se tiende a reducirla erróneamente al objeto a, en tanto real, como causa del deseo. Sin embargo, para Lacan, el problema de la causalidad trasciende esta definición y constituye una interrogación fundamental sobre lo que posee un valor causal.

Desde su perspectiva, alineada con un planteo creacionista que postula la preexistencia del orden simbólico, Lacan introduce la idea de la eficacia simbólica como causa, en oposición a lo que denomina el "órgano-dinamismo". Este enfoque le permite más adelante conceptualizar al significante como causa material del inconsciente, subrayando que el inconsciente existe por el hecho de que somos seres hablantes.

Además, la causalidad se entrelaza con las operaciones fundamentales que posibilitan el devenir del sujeto. La alienación y la separación, por ejemplo, son procesos que Lacan formula en una coordinación lógica y topológica, inseparables en su desarrollo. Estos movimientos del sujeto implican una falta o hiancia entre la causa y su efecto, otorgando a esta ausencia un valor causal en sí misma.

Este planteamiento permite desvincular la causalidad del determinismo, abriendo nuevas posibilidades para pensar la eficacia clínica del psicoanálisis. Así, se establece que no hay causa sin pérdida: la falta no solo media entre causa y efecto, sino que también constituye el eje desde el cual se comprende la causalidad en su relación con el sujeto y su deseo.

martes, 1 de octubre de 2024

Los fundamentos de las creencias

 El campo de las creencias de un sujeto consiste no sólo en aquellos “contenidos”, o sea aquellas significaciones en las cuales el sujeto pudiera apoyarse o a partir de las cuales puede sostener un mundo, uno que no está dado, sino que es tributario del marco fantasmático.

A partir de esto podemos decir que estas creencias del sujeto son las coordenadas simbólico-imaginarias del mundo en el cual el sujeto se mueve.

En el seminario 11 Lacan hace un trabajo detallado en orden a situar cuáles son sus fundamentos, los de las creencias.

Puntualmente, y no casualmente en el contexto de las operaciones llamadas de causación del sujeto, la alienación y la separación, es que puede dar cuenta cómo es la operación del Otro en la medida en que puede habilitar, o fundamentar, aún forjar la posibilidad del campo de las creencias en el sujeto. Sumariamente podemos decir que si éste no se instituye, la certeza domina en el sujeto.

Una dimensión estructural del campo de las creencias es la operatoria del intervalo significante. Sin intervalo no se constituye, y ese intervalo quedará, en un segundo momento lógico, poblado por eso simbólico-imaginario antes referido.

No casualmente entonces los dos términos del fantasma se sitúan en el intervalo. La creencia, por su plafond fantasmático, está puesta en orden a velar o mantener al sujeto a distancia de la castración. Lacan puede hablar incluso allí de un no creer que es un no querer… saber, por el horror que conlleva.

Si la creencia, por el intervalo, implica entonces el carácter discreto del vínculo de S1 con S2, hablar de lo discreto es hablar del corte. Con lo cual en la creencia ya está en juego la separación.

martes, 29 de marzo de 2022

El cuerpo en peligro ¿Por qué las Patologías del Narcisismo son un problema clínico?

Las patologías del narcisismo
Las patologías del narcisismo no son psicosis, donde está en juego la forclusión en una parte central de la estructura y un fracaso de una falta fundamental, sino que se trata de forclusiones parciales que se da en alguna de las operaciones fundantes que veremos: el espejo, la alienación-separación o en la pulsión. 

Las patologías del narcisismo no son subsidiarias del inconsciente, de manera que su eficacia no está puesta en juego debido a esa forclusión parcial. Son pacientes que aparecen representados por vía la actuación (pasajes al acto, compulsiones) y del ello, no por las formaciones del inconsciente. 

En estos cuadros se requieren intervenciones precisas, porque no se puede descifrar (interpretar) lo que no está cifrado, así que lo que hay que hacer es justamente cifrar. La intervención fundamental es que eso que les ocurre tiene un sentido y el analista debe tomar aquello que no tiene derivación psíquica (como decía Freud en 1895) y armar construcciones en el análisis. 

El diagnóstico diferencial entre psicosis y patologías del narcisismo es complejo y hay que tomarse un tiempo en hacer esta distinción. Estos cuadros suelen confundirse porque en ambos hay una forclusión, pero en las patologías del narcisismo es parcial. Es decir, no encontramos la forclusión del Nombre del Padre, donde no habría significante fálico que ponga en juego a la estructura. No hay que apurarse por hacer esta distinción, porque lo que marca cómo intervenir es el propio discurso del sujeto. No hay que olvidarse que es el analista quien cree que está ante una psicosis o una patología del narcisismo, pero lo importante acá es apuntar al discurso del paciente, se trate de lo que se trate. En ambos casos, el analista apuesta que mediante la construcción haya una eficacia inconsciente y un modo de anudar a la estructura.

El cuerpo en peligro
No todos los discursos entienden al cuerpo de la misma manera. Para la filosofía, el cuerpo siempre estaba en oposición con la mente y estudiaba las relaciones entre ambos. El discurso médico arraiga esa concepción. La medicina estudia alguna incidencia que la menta pueda tener sobre el cuerpo. Si alguien consulta por una afección, luego de los estudios que pueden dar bien, puede devolverse que de lo que se trata es de estrés ó directamente "No tenés nada". Son oportunidades que allí se pierden de ubicar aquella afección, pero resulta el mejor aliado del psicoanálisis si es que él médico puede hacer un pasaje de ese padecimiento que va de médico en médico a un analista.

Para el psicoanálisis, el cuerpo subvierte esta cuestión filosófica y médica del dualismo mente-cuerpo. El psicoanálisis ubica otras cuestiones, que a Freud le tomó toda su obra. Él comenzó ubicando en las neuronas el padecimiento de la histeria, pero se encontró con el inconsciente, que no tiene una localización concreta sino que es una legalidad que se organiza como un lenguaje. Freud también atendió padecimientos que se ubican en el cuerpo, los síntomas conversivos, que son formaciones del inconsciente. También descubrió que esos síntomas conversivos eran mensajes cifrados inconscientes. De esta manera, el dualismo cuerpo-mente desaparece y el cuerpo y la mente se incluyen dentro de lo que él llamó psiquismo. 

Pensemos en este ejemplo: Un niño de 10 años comienza con un tic nervioso, un parpadeo constante y repetitivo. Ese niño se acababa de mudar a una ciudad y todo era nuevo: el colegio, los amigos, el club, la dinámica familiar. El padre le dice "Me parece que estás viendo muchas cosas, es difícil ver tanto y no parpadear". El nene, inmediatamente, se pone a hablar de que todo era muy lindo. El síntoma conversivo no siempre tiene que ver con lo traumático negativo, sino con que todo esto era demasiado para ese niño y solo había que ponerlo en palabras aquello que el cuerpo estaba diciendo.

El mensaje inconsciente del síntoma está cifrado y la interpretación puede descifrarlo. El cuerpo está totalmente entrelazado con el lenguaje, es un sistema que opera igual que el lenguaje y tiene sus mismas leyes. Esto le permite a Lacan afirmar, en el seminario de la angustia, que el cuerpo es un lugar donde encarna el significante. 

El cuerpo es un lugar donde encarna el significante (simbólico), que se constituye como una unidad totalizante (imaginario) y que sin embargo aloja la falta, lo que permita que sea un cuerpo libidinal (real). Vamos a tratar de desplegar estas tres cuestiones.

Para que se constituya un cuerpo va a ser necesario que se produzcan tres operaciones que lo funden. Estas operaciones, sin embargo, pueden tener accidentes. Lo que de entrada tenemos es un organismo; el cuerpo se funda y no siempre lo hace. Estas operaciones son:

1) La identificación narcisista que se da en el estadío del espejo.
2) La operación de alienación y separación que lacan despliega en el seminario 11.
3) La constitución de las zonas erógenas y el cuerpo pulsional. 

En las patolgías del narcisismo, hay accidentes en estas operaciones, en donde la falta no está disponible y el pasaje de la pulsión, en vez de pasar por el inconsciente, pasa directamente al cuerpo. Desarrollemos el tema:

La primera operación de la constitución del cuerpo es el Estadío del Espejo, que tiene que ver con la identificación narcisista. Hasta los 18 meses, el niño no tiene un cuerpo constituido (una unidad cerrada de sí mismo). Lo que hay es una suerte de fragmentación del cuerpo, de manera que si uno le dice a un bebé "Te saco la nariz", el bebé se toca la nariz para verificar si la tiene o no la tiene. El niño, hasta entonces, tampoco tiene dominio motor.

La experiencia del espejo es lo que le da al niño un cuerpo. El niño se ve reflejado en el espejo y vive con júbilo esa experiencia. Se reconoce en el espejo, pero con la ayuda del Otro de los cuidados. Ese Otro sanciona que ese reflejado es la imagen del cuerpo del niño. Se trata de un asentimiento, una confirmación de que ese que está en el espejo es el reflejo del cuerpo del niño. Se produce, entonces, la identificación narcisista. Esa unidad totalizante le anticipa al niño la unidad en el cuerpo.

El niño está en en el espacio real, mientras que su reflejo en el espacio virtual. Lo importante es que tiene que haber un Otro que sostenga esta operación. Ese Otro le habla al niño con palabras amorosas, en el mejor de los casos. El Otro se vuelve sobre la imagen real, acaricia y besa al niño real.

Una vez que se produjo esa identificación narcisista, se gana un cuerpo pero se pierde el organismo. El cuerpo se presenta como unidad totalizante y se va a fundar también en el lenguaje por la próxima operación que veremos.

En el seminario de la angustia, Lacan dice algo que es un forzamiento a las leyes de la óptica, al decir que hay algo que no se especulariza. A eso lo va a llamar objeto a, eso que se va a notar como falta. Esa unidad total no lo es tanto, porque algo no se refleja. Esa imagen totalizante está atravesada por una falta y esa falta es la que organiza. En los pacientes graves se contacta la falta de esta falta.

La segunda operación tiene que ver con el significante, que se encarna en el cuerpo. Un paciente consulta por su impotencia sexual, que le sobreviene cuando se separó de su mujer repentinamente. Él no entiende nada, busca una casa y cuando está a punto de mudarse la mujer se arrepiente y él vuelve con ella. En ese momento, sobreviene el síntoma de la impotencia sexual. Él no entiende por qué, pero plantea una fantasía que le aparece cada tanto, que es que el motivo por el cual la mujer le planteó una separación fue el encuentro de ella con un tercero. Él tiene un sueño: estaba planchando y aparece la mujer y muy risueña y dice que la mujer no tenía cara.

Con "sin cara", el paciente asocia y dice "Mi mujer es una descarada", vinculado a esa fantasía. Con plancha, asocia planchado y "hacer la plancha". La interpretación es que él hace la plancha porque la mujer es una descarada. Para que esto ocurra y que el síntoma de la impotencia sexual sea un mensaje inconsciente, metaforizado con hacer la plancha, algo tiene que estar funcionando como significante, respetando el intervalo: que un significante pueda remitir a otro. Si la persona se maneja con un sistema de signos (y no significantes), plancha es el aparato para planchar la ropa y no hay modo que pueda significar la impotencia sexual. 

Cuando decimos que el cuerpo se funda en el lenguaje y tiene su estructura, lo que estamos diciendo es que hay un S1 que desliza hacia un S2 porque hay un intervalo entre ambos:
Plancha - Hacer la plancha - Impotencia sexual.

Para que esto ocurra, tiene que darse esta segunda operación, que es la de la alienación. Básicamente, esta operación implica que el sujeto recibe el lenguaje como un todo. El bebé tiene la disposición para hablar cualquier idioma. En la separación, algo se pierde: el lenguaje pasa de ser un todo y se constituye como un sistema significante. Se pierde el signo, no se puede hablar todo y como falta algo comienza el movimiento de los significantes. Si no hay un vacío ó algo operando como pérdida, no hay estructura ni movimiento y el lenguaje queda ubicado como un sistema de signos. Si la falta no está en un punto central de la estructura, tenemos la psicosis. Si la no-falta afecta una parte del cuerpo, tenemos la psicosomática, donde se afecta la piel, los pulmones, el aparato digestivo. En estos casos, los significantes no se ponen el juego para esa parte del cuerpo y funcionan como signos. Por ejemplo, en la piel se puede tener psoriasis y eso aparece como un signo, que es un significante que no se ha despegado (holofrase). 

La tercera cuestión que tiene que ocurrir es que el Otro erogenice ese cuerpo. Las zonas erógenas son la fuente de la pulsión, el lugar desde donde parte la pulsión a hacer su recorrido. La pulsión parte de la fuente, contornea al objeto (que puede ser cualquiera) y vuelve a la fuente. La pulsión, en el mejor de los casos, se pone en movimiento para recuperar una falta. Por ejemplo, para comer algo rico es necesario haber perdido el pecho. Si no está perdido el pecho, tenemos casos como la anorexia. Las pulsiones también se organizan alrededor de una falta. Las zonas erógenas se constituyen porque hay una falta, algo caído de la boca como zona erógena, o de la piel, la mirada. 

En el ello habitan las pulsiones. Freud dice en El yo y el ello que el contenido del ello puede pasar al yo pasando por el inconsciente reprimido; o bien de un modo directo, como en las compulsiones. En las compulsiones la pulsión opera como puro drang (empuje). Freud explica a las compulsiones como que el contenido del ello, que son las pulsiones, pasan directamente al cuerpo, al yo. No hay un pasaje por el inconsciente reprimido.

Estas son las tres operaciones que fundan el cuerpo como unidad totalizante, como lugar donde encarna el significante y como cuerpo libidinal. En estas tres operaciones tiene que haber una falta, que es la que le da consistencia al cuerpo, término que usa Lacan en el seminario 23 para hablar del cuerpo. El cuerpo no se desintegra, es consistente. La consistencia del cuerpo no siempre es la misma: en algunas psicosis, como en la esquizofrenia, no está. En la película El cisne negro, el cuerpo de la protagonista no es consistente, a partir de algo que le pasa a Mina, tiene un cuerpo que se desintegra y no es consistente. Pero en la neurosis, el cuerpo es consistente.

En las patologías del narcisismo, el cuerpo es consistente, pero estas operaciones que vimos van a tener accidentes y van a hacer que este cuerpo se presente fragmentado, sin brillo, lastimado, compulsivo, afectado, extraño... que lo ponen en peligro.

Caso 1
El paciente trae un fenómeno hipocondríaco en una neurosis. Consulta por insomnio, le cuesta mucho conciliar el sueño, duerme pocas horas, se recuesta en la cama con los ojos abiertos y no sabe por qué le pasa esto ni desde cuando. Le demanda a la analista que le diga cómo conciliar el sueño. por lo que la analista lo deriva a psiquiatría, cosa que él rechaza diciendo que no puede tomar medicación porque ya lo ha probado y le cae mal.

Al tiempo, produce un acto fallido. Queriendo decir "Tengo miedo de no dormir", dice "Tengo miedo de dormir". La analista se lo señala y él dice que quiso decir otra cosa. La analista no abandona ese fallido; lo pone en relación con cosas que él venía contando de su historia. Él había vivido una escena muy traumática, pues siendo pequeño y estando con su padre en la puerta de la casa, unas personas asesinan al padre delante de él simulando un asalto. No era un asalto, sino de un ajuste de cuentas. Él no sabía qué había pasado, pero la versión que él tenía era que por su trabajo el padre se había acercado a gente muy oscura y no había hecho ese cálculo al hacer negocios. La analista toma esta historia y el fallido y lee que "Tengo miedo de dormir" es "Tengo miedo de dormirme, de ser un dormido". (En Argentina, ser un dormido es no ver las cosas como son, olvidarse cosas). La intervención no produjo ninguna eficacia. 

Además de este insomnio, el paciente tenía muchas afecciones en su cuerpo. Le dolía el estómago, tenía diarreas, le dolían las cervicales, tenía acidez... Iba desplazando ese dolor en su cuerpo a distintos lugares, sin detenerse en uno. El paciente se desesperaba, quería saber qué tenía, iba rápido al médico y siempre pensaba algo potencialmente terrible. Lo que está en juego en estos casos es que esa falta que antes situábamos está obturada y no está disponible. Está forcluída, pero no en un punto central de la estructura, sino parcialmente. De esta manera, se le presenta como signo y no como un significante que remite a otro. El signo no remite a nada, de manera que si uno le lee el fallido no engancha con otro significante. Es lo que pasa con la psicosomática, pero a diferencia de ésta, donde fracasa el intervalo entre significantes y el signo se deposita en una parte del cuerpo, aquí se desliza de una parte del cuerpo a otra. El hipocondríaco es quejoso y tiene miedo, el paciente con una psicosomática quizá ni habla de eso. 

En estos casos, aparecen los órganos libidinizados. Un ejemplo es El enfermo imaginario de Molliere, donde se ve la gran libidinización que se hace sobre el órgano afectado momentáneamente (en la psicosomática es permanente). En ese momento, podemos decir que no hay cuerpo, sino organismo. 

Caso 2
La paciente es derivada por una psiquiatra, porque tenía un síntoma muy peculiar e infrecuente. Tenía episodios de regresión a la infancia. La psiquiatra recorta que la regresión la hacía a sus tres años. Cambiaba su cuerpo, le cambiaba la voz y su modo de hablar, transformándose en una niña de tres años. Recuerda a los primeros historiales freudianos ó a las manifestaciones espectaculares que describe Breuer. Con la psiquiatra, todo esto se transformaba en llantos y gritos, cosa que la psiquiatra no sabía qué hacer con eso.

Un caso
Cuando Juana llega al consultorio, lo hace de manera muy afectada, diciendo que tenía miedos, que no podía salir a la calle sola porque sentía que los objetos se le venían encima. No había en ella una diferenciación entre su cuerpo y el afuera, de manera que se le venían encima los objetos externos. Sentía su cuerpo extraño, escuchaba silbidos y veía sombras. Esto comenzó a pasarle al separarse de su marido, con quien tiene un hijo de doce años.

En su historia, ella había sido cedida por su madre a la abuela, quien la crió. Esta la abuela la tenía como a una princesa, transmitiéndole que un gusto por el arte: el baile, la música, pintar. Todo esto estaba muy desarrollado en la paciente. Ella ubicada que la separación había sido el desencadenante de esta afección que había tenido en el cuerpo. Al despedir a la paciente, vuelve a los dos minutos y toca el timbre a su analista. Estaba absolutamente desencajada. Era otra cara. Se sienta y comienza a hablar como una nena, diciendo cosas que no se entendían, a los gritos, llorando, moqueando... Esto es una urgencia en el consultorio que obliga a intervenir. La analista trata de calmarla con palabras amorosas, pero lloraba cada vez más. En un momento, la analista le dice "Juana, escuchame: ni vos tenés tres años ni yo soy tu abuela". Esa intervención surge de la lectura del caso. La paciente se repone. Este tipo de intervención produce un corte.

Juana tenía muchos problemas con los cortes. cada vez que ella se separaba de algo, respondía con síntomas donde el cuerpo se enloquecía. Cada vez que el hijo cumplía años se ponía mal, tenía una relación fusionada a su hijo. Más allá de esta regresión, cuando sufría una separación ó la rechazaban, su cuerpo respondía de una forma muy particular: con fragmentación, al punto de llegar a verse en el espejo como un cadáver. Llamaba diciendo que un bicho enorme le recorría dentro el estómago, se lastimaba mucho. 

Para Freud, los síntomas ligados a las neurosis actuales no tienen derivación psíquica, es decir, no remiten al inconsciente. Hay un pasaje directo del ello pulsional al cuerpo. A diferencia de lo que planteaba Freud en 1895, actualmente sabemos que la apuesta en estos casos es a que haya una eficacia inconsciente, a que haya algo que pueda operar desde la construcción que despegue eso que funciona como signo. El analista tiene que trabajar con lo que hay, no son pacientes que asocian con un fallido. En esta paciente, la construcción tenía que ver con señalarle que cada vez que había un corte o una separación, ella respondía de esa manera.

Un día la paciente llega con una mano vendada, porque había tenido una discusión con el hijo y agarró un cuchillo y en vez de clavarlo en una madera, se lo clavó en la mano. La analista le dice "Yo creo que vos querés cortar con ese hijo, pero cortás en el lugar equivocado". 

La paciente, por vía sublimatoria del arte, se anudó, formando un sinthome. Pasados los años, su cuerpo ya no derrapaba con las separaciones, de manera que la paciente se fue con otra cara y otro cuerpo. El cuerpo es el lugar donde encarna el significante, de manera que el análisis incide en el cuerpo. De manera que mediante un análisis, es esperable que el cuerpo deje de estar en peligro y que en los neuróticos ese cuerpo cambie. 

Fuente: Notas del Taller Clínico Virtual "El cuerpo en peligro ¿Por qué las Patologías del Narcisismo son un problema clínico?", a cargo de la Lic. Vanesa Starasilis.