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lunes, 2 de junio de 2025

Del amor necesario al amor como invención: entre nudos, suplencias y contingencias

Abordar el campo del amor desde la tensión entre lo necesario y lo contingente permite visibilizar dos formas de su inscripción subjetiva: un amor sostenido en la ilusión de un todo armonioso, garantizado; y otro, más cercano a la ética del psicoanálisis, que toma como punto de partida la falta de garantías, el desencuentro estructural, e incluso, lo imposible mismo. ¿Por qué? Porque aun cuando el encuentro se produce, lo que se halla nunca coincide plenamente con lo esperado —se lo sepa o no—. Allí se inscribe la contingencia del amor.

Este trabajo se ubica primero en una perspectiva modal. Lacan dará un paso más allá al articularlo en clave nodal, donde el amor se piensa como aquello que “media” entre las tres consistencias: Real, Simbólico e Imaginario.

Pero ¿qué implica esa función de medio? ¿Significa acaso una mediación conciliadora? No exactamente. En la lógica borromea, Lacan introduce la idea de que el nudo está siempre amenazado por una falla en el anudamiento —una especie de “lapsus estructural”—. Es allí donde el amor interviene como suplencia, un intento de anudar lo que no logra cerrarse por sí solo. Este recurso, sin embargo, está determinado por la posición que el sujeto ocupa respecto del Otro.

Si el nudo es soporte del sujeto, el encadenamiento que se produce cuando ese Otro ya no opera como garante se convierte en terreno fértil para una invención. Y esto no sólo en el trabajo clínico, sino también en la lectura de la última enseñanza de Lacan.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando el sujeto —en su ambigüedad— consiente, aunque sea precariamente, al desasimiento de ese Otro? Tal vez, sin garantías, se abra la posibilidad de un “nuevo amor”. Uno que no repita el menú fantasmático, sino que lo abandone en favor de un lazo que inventa.

Este amor no se define por el objeto hacia el que se orienta, sino por la forma misma del lazo que se establece. Su diferencia radica en un cambio de dirección: ya no se trata de un circuito autorreferencial o autoerótico, sino de una orientación hacia el Otro sexo —aunque, como sabemos, ello no garantiza su alcance.

En definitiva, se trata de un amor que ya no busca completud ni se sostiene en la garantía del Uno, sino que hace lugar al agujero, al no-todo, y desde allí se inventa. Un amor que, más que colmar, anuda.

viernes, 30 de mayo de 2025

Letra y escritura: marcas del Otro en la historia y en el discurso

El complejo vínculo entre escritura y letra en la enseñanza de Lacan tiene, en principio, una fuente evidente: la historia de las civilizaciones humanas. Es a partir del recorrido por los desarrollos culturales que Lacan comienza a construir esa articulación, que más adelante se sostendrá también en términos lógicos y estructurales.

La evolución de la cultura, que es también la historia de los alfabetos, muestra que la letra se encuentra ligada a dos dimensiones fundamentales, profundamente entrelazadas:

  • Por un lado, a la producción cultural concreta, tal como puede observarse en la alfarería. Allí, las vasijas operan no sólo como objetos de uso cotidiano, sino como superficies donde se inscriben marcas vinculadas a prácticas sociales, costumbres y acciones.

  • Por otro, esas mismas inscripciones funcionan como marcas de procedencia, huellas que indican una pertenencia, al inscribir coordenadas que remiten al lugar del Otro propio de cada momento histórico.

Desde una mirada antropológica, estas marcas pueden leerse como portadoras de significados contextuales: una función connotativa. Pero cuando Lacan se apoya en estos materiales para pensar la relación entre lenguaje y marca, parece introducir otro registro: uno denotativo, que se abre a la cuestión del referente. Esto no sucede al margen del Otro, pero sí más allá de su función como simple "tesoro del significante".

En este giro, Lacan afirma que la letra es un efecto de discurso, lo que lo lleva a declarar que “lo bueno de cualquier efecto de discurso está hecho de letra”. Sin embargo, esta definición no elimina al Otro, sino que lo reinscribe: la letra requiere de un lector, de un agente que produzca el pasaje entre la marca y su borramiento. Es decir, no hay escritura sin Otro.

Esta articulación complejiza el concepto de castración, porque si el discurso es, según Lacan, una forma de lazo social, entonces cabe preguntarse:
¿Qué función cumple la escritura en ese lazo?
La respuesta apunta a una operación de anudamiento. La escritura hace lazo allí donde se evidencia un fallo entre los registros, un punto de inconsistencia donde el Otro responde con una falta. En ese lugar, la escritura actúa como un modo de suplencia, no de cierre, sino de borde: marca un lazo posible donde el nudo amenaza con desanudarse.

viernes, 18 de abril de 2025

El saber en el discurso analítico

La teoría de los cuatro discursos desarrollada por Lacan entre los seminarios 16 y 18 marca un punto clave en su enseñanza. Este esquema permite avanzar desde una noción estructuralista del lazo social hasta una lógica que va más allá del principio de contradicción freudiano, es decir, más allá de la pantalla fantasmática que vela lo real.

El discurso analítico, en particular, introduce algunas cuestiones fundamentales. En primer lugar, al definir el psicoanálisis como un discurso, se evita reducirlo a una simple terapéutica, situándolo en el orden del lazo social. Además, su función se destaca por permitir el tránsito entre los otros tres discursos, posibilitando así un movimiento dentro de la estructura.

En este contexto, el lugar del saber (S₂) cobra especial interés. Lacan parte de la afirmación de que hay un saber en lo real, lo que sugiere la existencia de un automatismo estructural en el lenguaje. Sin embargo, esta noción se problematiza cuando se reconoce que “la relación sexual no cesa de no inscribirse”, lo que implica que en lo real falta el saber que permitiría la complementariedad.

El saber inconsciente no es epistémico: no se trata de un conocimiento cognoscitivo ni atributivo, sino de un saber inconsistente e incompleto. Lacan lo define como “un saber que se soportaría en que no se sepa que se sabe”. Esta formulación no es un simple juego de palabras, sino que señala una falla estructural, un punto de impasse donde el síntoma encuentra su lugar.

Desde esta perspectiva, el saber en psicoanálisis se define como “un decir lógicamente inscribible” en el punto donde el saber no está. Por esta razón, es necesario pasar del saber como elucubración al saber como manipulación: una operación sobre el nudo que se realiza con las manos, allí donde el pensamiento muestra su límite.

jueves, 3 de abril de 2025

“No hay relación sexual”: lazo, goce y deseo

El aforismo lacaniano “No hay relación sexual” es una de las frases más repetidas dentro del psicoanálisis, aunque a menudo se malinterpreta o se toma de manera superficial. Su significado implica una direccionalidad precisa en la enseñanza de Freud y Lacan, señalando un impasse estructural en el sujeto hablante: la imposibilidad de una relación complementaria en el campo de la sexualidad.

El Obstáculo en el Psicoanálisis

La práctica psicoanalítica avanza en dos tiempos. En un primer momento, la palabra parece ofrecer soluciones, generando la ilusión de un progreso en la cura. Sin embargo, más adelante, lo que emerge es el obstáculo: un límite que la palabra no puede franquear y que se manifiesta como una imposibilidad fundamental.

Este límite, según el psicoanálisis, se encuentra en el campo de lo sexual y debe ser abordado desde una perspectiva lógica y topológica, ya que el lenguaje, en sí mismo, no es suficiente para captarlo. El sujeto hablante, al estar capturado por el significante, queda separado de cualquier posibilidad de totalización o complementariedad. En otras palabras, hablar implica perder la relación natural con el goce.

El axioma “No hay relación sexual” señala que la complementariedad plena entre los sexos es imposible para el sujeto estructurado por el lenguaje. En su lugar, lo que existe son relaciones sintomáticas o fantasmáticas, intentos de compensación que nunca alcanzan la armonía idealizada. Es en la distancia entre lo que se busca y lo que se encuentra donde aparece el deseo, impulsando la dinámica del sujeto.

Los Lazos Gozosos y la Triada de Lacan

Si en el campo de la sexualidad no hay naturalidad, algo debe operar como conector en las relaciones. En este punto, Lacan introduce una triada fundamental:

  1. Demanda
  2. Deseo
  3. Goce

Las relaciones entre sujetos pueden organizarse en torno a estas dimensiones, pero en la experiencia analítica se observa que, en la mayoría de los casos, una de ellas predomina sobre las otras.

Un ejemplo recurrente en la clínica es el de los lazos gozosos: relaciones en las que los sujetos se sienten atrapados sin poder abandonarlas, señalando la presencia de un “algo” indeterminado que los retiene. Este algo no se encuentra en la persona del partenaire, sino en el lazo mismo, que se vuelve fuente de goce.

Este goce no es placentero, sino inercial y repetitivo, un punto de satisfacción que escapa a la significación y que sostiene la relación más allá del deseo. Es aquí donde el trabajo analítico consiste en activar la palabra y llevar a cabo una lectura detallada que permita identificar el rasgo singular que sostiene ese lazo.

Finalmente, el proceso lleva al sujeto a reconocer que el verdadero vínculo no es con el partenaire, sino con un Otro primario, origen de su estructura psíquica. Es este desplazamiento lo que abre la posibilidad de un cambio en la relación con su propio deseo.

viernes, 27 de diciembre de 2024

Psicoanálisis y psicosis: perspectivas sobre la transferencia y el tratamiento.

Freud adoptó una postura clara frente a la aplicación del psicoanálisis en el ámbito de la psicosis. Consideró, de entrada, que no era efectivo, argumentando que el psicótico no establecería transferencia, elemento central en el psicoanálisis.

Sin embargo, Lacan cuestionó esta posición desde temprano, proponiendo que en la psicosis la transferencia no está ausente, sino que opera de manera distinta. No adopta la forma del Sujeto Supuesto Saber, característica de la neurosis, pero abre la posibilidad de un tratamiento que puede pensarse desde diferentes ángulos. Aquí exploraremos dos enfoques complementarios.

En primer lugar, una posible dirección del tratamiento en la psicosis es trabajar en la constitución de un sinthome en el sujeto. Este síntoma actuaría como un punto de anclaje que permita cierta estabilidad frente a la ausencia del Nombre del Padre, un elemento estructurante del inconsciente.

En segundo lugar, una línea cada vez más relevante consiste en enfocar el tratamiento en la inserción del sujeto en un lazo social. Esto implica favorecer conexiones sociales que den sentido y estabilidad, dejando de lado la perspectiva clásica que otorga un valor central al delirio como elemento restitutivo.

Ambas perspectivas pueden converger, ya que una vía privilegiada para que el sujeto participe del lazo social es precisamente a través de un síntoma, estableciendo un puente entre la estructura del discurso y la dimensión social.

sábado, 14 de diciembre de 2024

El discurso como fundamento del lazo social

 El símbolo no solo organiza, sino que “crea un nuevo orden de existencia en las relaciones humanas”. Esto significa que, para el psicoanálisis, los vínculos sociales están mediados por la función del Otro primordial, fundante de la posición del sujeto, al que Lacan denomina el Otro con mayúscula. Este concepto resuena con la lógica del esquema L, en el cual lo simbólico dirige y estructura lo imaginario.

Desde esta base, se introduce el concepto de discurso como herramienta para explorar y definir la particularidad del inconsciente. En términos estructurales, lo que el psicoanálisis encuentra en el inconsciente es su esencia ligada al lenguaje. Sin embargo, para comprender la singularidad del inconsciente de cada sujeto, es necesario un entramado discursivo o significante que conecte con su historia personal. Es en este nivel donde el inconsciente se revela como "el discurso del Otro".

Lacan avanza aún más en su teoría, interrogando la posibilidad de un discurso sin palabras. ¿Qué implicaría esta idea? En psicoanálisis, un discurso se define como una estructura que posiciona ciertos elementos de manera tal que produce efectos específicos. Basándose en esta elaboración, Lacan delimita cuatro discursos principales: el discurso del amo (o discurso inconsciente), el discurso universitario, el discurso histérico y el discurso analítico.

En un momento posterior, Lacan destaca la particularidad del discurso analítico, diferenciándolo de los demás. Este discurso permite la transición entre diferentes modos discursivos, refiriéndose a las distintas etapas del proceso terapéutico y a la posición del analista dentro de ellas.

Estructuralmente, cada discurso es una modalidad de lazo social. Esto implica que el sujeto se integra al lazo social adoptando un semblante, una posición sexuada que lo conecta con los otros a través de un rasgo identificatorio. Este rasgo actúa como sostén y proviene del Otro que ha sido determinante en su origen.

domingo, 31 de julio de 2022

Toxicomanías y lazo social

 Desde que empecé a beber me convertí en una alcohólica. Siempre he  

sabido que si me metía con la heroína la escalada sería más rápida...  

Carecemos de un Dios. Este vacío que se descubre un día en la  

adolescencia, nada puede hacer que jamás haya tenido lugar. El alcohol ha  

sido hecho para soportar el vacío del universo, el mecimiento de los  

planetas, su rotación imperturbable. El alcohol nos consuela, no amuebla  

los espacios psicológicos del individuo, sólo sustituye la carencia de Dios... 


Margerite Durás. El alcohol. La vida  

material

 

Diego Moreira 

damoreira@yahoo.com 

Rita Pousa 

Psicología UBA

 


Toxicomanías - subjetividad - lazo social - verdad


Introducción 


Nos demoramos en este escrito para la indagación —y no es una empresa fácil— de conceptos y juicios que dan cuenta de la producción, la distribución y la interdicción de gozo en las toxicomanías. ¿En qué contexto? En el de las sociedades de control, en términos de Deleuze, lo molecular y lo molar, —la micro y la macropolítica—, exigidas por el discurso capitalista —una inversión del discurso del amo. (Lacan, 1969/70)

La Resolución de Frankfurt de Ciudades Europeas sobre política de drogas de 1990 es reducible a una frase tan consabida por todos que casi es innecesaria: el fracaso de la sociedad de consumo ante la ingesta y el abastecimiento de sustancias. A esa resolución pertenece el siguiente párrafo: 

"El intento de eliminar tanto el suministro como el consumo de drogas en nuestra sociedad ha fracasado. La demanda de drogas continúa al día de hoy, a pesar de todos los esfuerzos educativos, y todo indica que tendremos que seguir conviviendo con la existencia de drogas y consumidores de drogas en el futuro". 

Pero esta sagaz observación ¿era acaso inevitable? O la vertiginosa adicción de masas en su telaraña ¿es una situación lógica e inherente a la sociedad de consumidores, propia del capitalismo financiero o ficticio?

(...) 

Subjetividad y economía 


Es aquel, a lo que parece, el lugar para las preguntas sobre el horizonte de la época. Incluye en principio a un sujeto contable, sin lazo comunitario, que no puede menos que recalar en la teología de un capitalismo que procura la concentración, al mejor estilo del Urvater freudiano o padre terrible. Así, para la OXFAM (Confederación internacional) el proceso de acumulación de capitales sigue el siguiente itinerario: hacia el año 2010, 288 personas tenían la misma riqueza que la mitad más pobre; luego 177 en el año 2011, 159 en 2012, 92 en 2013, 80 en 2014 y 62 en 2015. Pero en el 2017 solo 8 personas (8 hombres y sus familias) tenían la misma riqueza que 3.600 millones de personas, la mitad más pobre de la humanidad. La concentración de riquezas prosigue de manera inexorable.

¿Qué significa exactamente este proceso de transferencia y acumulación de riquezas? 

No lo sabemos y no lo hemos sabido nunca es la respuesta. Pero quizás, entre las cosas más notorias de Milton Friedman —premio nobel de economía— esté el extraño enlace que este establece entre Estado y cartel de drogas. Efectivamente, hacia 1991, en una entrevista llevada a cabo en el Foro Americano sobre Drogas, Friedman sostuvo que si se observa la guerra contra las drogas (se refiere al gobierno de Estados Unidos) desde un punto de vista puramente económico, el papel del gobierno es proteger al cartel de las drogas. Esta es la realidad, literalmente. En un libre mercado normal hay miles de importadores y exportadores. Cualquiera puede entrar en el negocio. Pero es muy difícil que un pequeño empresario pueda dedicarse al negocio de importación de drogas, porque nuestros esfuerzos por impedirlo esencialmente lo hacen enormemente costoso. Así que la única gente que puede sobrevivir en ese negocio es ese tipo de gente como el cartel de Medellín, que tienen suficiente dinero como para tener flotas de aviones, métodos sofisticados y cosas así. Además de eso, al no permitir esos productores y arrestar, por ejemplo, a los cultivadores locales de marihuana, el Gobierno mantiene alto el precio de esos productos. ¿Qué más querría un monopolista? Tiene un gobierno que se lo pone muy difícil a todos sus competidores y mantiene alto el precio de sus productos. Es como estar en el cielo. 

Es, pues, oportuno recordar que Friedman consideró que en la actualidad con el oro blanco acontece algo similar a lo que ocurría en la época de la prohibición del alcohol (Zaiat, 2009). 

Lacan (1953, p. 309) en "Función y campo de la palabra y del lenguaje" recurre a un sintagma singular que incluye en un conjunto el discurso social y la subjetividad: 

"Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época. Pues ¿cómo podría hacer de su ser el eje de tantas vidas aquel que no supiese nada de la dialéctica que lo lanza con esas vidas en un movimiento simbólico? 

Que conozca bien la espira a la que su época lo arrastra en la obra continuada de Babel , y que sepa su función de intérprete en la discordia de los lenguajes."

Establecemos una historia de las toxicomanías, cuyo inicio podemos fechar y relacionar, de acuerdo a una lectura macro política, con la invasión de Indoamérica y con la constitución de la droga en mercancía. De esta manera, el concepto de toxicomanías se torna fenomenológicamente relevante.

El acceso privilegiado de las toxicomanías corresponde a su condición de mercancia —valor de cambio— y la consecuente fetichización de la droga en el contexto de la globalización de 1492. Al hacer esta aclaración y de esta suerte la droga como mercancía se ve enfrentada al problema cardinal, esto es, a la pregunta por el sentido de las toxicomanías en cuanto tal. 

Se ve, pues, con claridad que la droga, ya desde la invasión europea de América, se ha constituido en un incansable hilo sutil, en una mercancía presente en la acumulación primitiva de capitales y, desde luego, en los atesoramientos posteriores, vinculados al plusvalor, identificado estrechamente con un plus de gozar.

Ahora bien, en la época de las invasiones europeas los conquistadores encontraron que los tesoros no eran solo de minerales como el oro y la plata, sino también botánicos, como el tabaco (en quechua: sayri), la coca (en quechua: kuka) y la yerba mate (en guaraní: Ka’a). Sobre estos tres tesoros botánicos y sus cultos de veneración ha recaído una prohibición capitalista que encarece su valor en el mercado y regula el azar de la fortuna. 

Empero, esta lógica requiere necesariamente de niños, adolescentes y familias desnutridas, enfermas y/o traumatizadas por los diversos genocidios acaecidos en nuestro devenir histórico. Hay aquí, en estas forclusiones o desestimaciones, un singular anudamiento para una neurosis traumática (de guerra) colectiva en términos freudianos, o al llamado trastorno por estrés postraumático, de acuerdo con el DSM IV y V, que afectó y aún afecta a un sector importante de la comunidad indoamericana. Ante esto se apela a singulares quitapenas que en su decurso intangible procuran aliviar el sufrimiento: el alcohol y la droga. Así, el parlétre —hablanser— se encuentra atado principalmente a las drogas legales —como el vino y la cerveza— que el Estado promueve para sostener un estado de pacificación, de pobreza, de gozo tranquilizante, y que los fuerza a desvivirse por su gloria en desmedro de la comunidad.  


Prohibición, medicalización y legalización 


Ante el imperativo al consumo —y su universalización, con sus vacilaciones y matices— de las denominadas sustancias psicoactivas (SPA), la sociedad solo pudo y puede dar dos respuestas que lo perpetúan: una, la prohibición, y otra, la medicalización. Ambas convergen y se constituyen en los discursos dominantes. En los últimos años han cobrado valor otras dos respuestas: la denominada regulación por parte del Estado y la regulación —irresponsable— por parte de un mercado sujeto al ideal numérico de la pura ganancia y el endeudamiento, que ha recurrido a los recursos transgénicos aportados por la biotecnología. Así, algunas instituciones multinacionales procuran la generación de semillas transgénicas de marihuana —en un principio— con el objetivo de monopolizar su producción y comercialización. 

Nos es consabido que los mercados de drogas sostienen la producción. Mientras los mercados de las drogas tradicionales se estabilizan (cocaína, heroína y cannabis), se incrementa el consumo de los estupefacientes sintéticos.

Pero vayamos a las dos primeras respuestas propias del pensamiento eurocéntrico. El paradigma prohibicionista, según el “Diario de sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación” de marzo de 1989, considera que “el adicto suele ser un medio de difusión del vicio [del lat.: vitíum. “Hábito de obrar mal” (RAE, 2011)] a quien no se le puede dar ventajas”. Por lo tanto, es necesario proteger a la comunidad de uno de los más “terribles azotes” que atentan contra la salud pública. 

Pero ¿cómo operaría este flagelo? Un grupo de especialistas de la Organización Mundial de la Salud, en 1957, explicó que este actúa por “contagio psíquico”. Entonces, como se trata de una enfermedad contagiosa —del lat.: contagiosus. “1. adj. Dicho de una enfermedad: que se pega y comunica por contagio” (RAE, 2011)— se transpone el método epidemiológico correspondiente, se legisla y se procede en consecuencia.

Hacia la década del treinta en Argentina se abrió la puerta a los procesos represivos. Esa puerta que se abrió a la represión dio entrada a los diversos errores de abordaje posteriores. Así, a un problema de salud mental se lo retiró de su contexto y se le otorgó una naturaleza penal. Artificios y candor cierran toda posibilidad de resolución. Y ahí está el decir de Eugenio Zaffaroni (2012): la solución penal no funciona. 

Por otra parte, en los sesenta se destacó una contracultura cuyo texto más límpido y comprensible se oponía al oscurantismo del paradigma prohibicionista. 

Mientras Argentina sigue en su laberinto, tuvo de todo: "La época legal hasta los años veinte, la etapa de seudocontrol hasta los sesenta, la persecución al consumidor hasta fines de los ochenta y la llegada de los cárteles a partir de los noventa” (Federico, M. y Ramírez, I, 2015). 

Sobre el paradigma prohibicionista, y desde la teoría del derecho, Eugenio Zaffaroni (2012/13) afirma: "Los tóxicos han traído una serie de problemas pero no sé si los problemas son más de los tóxicos que de su prohibición (...) El resultado de la política prohibicionista a lo largo de décadas es nefasto".

Por su parte, la medicalización, una invariante cultural occidental —enlazada al eurocentrismo—, se basa en un criterio médico-epidemiológico por el cual las toxicomanías son el resultado de la articulación de tres factores: a] el agente, b] el huésped y c] el medio en el que estas se desarrollan. La droga cumple la función de agente, el consumidor es el huésped y el contexto familiar, social, económico y cultural conforman el medio. 

Entonces, y con audacia, el pensamiento eurocéntrico y liberal argentino enlazado a la medicalización y, desde luego, a la prohibición, se organiza en función del imperativo de Sarmiento. Este considera al continente americano como el cuerpo y a Europa como el espíritu que, en su afán y con sutileza —yo diría, incluso, con astucia—, construye la historia y su centro.

(...) 

Ahora bien, para estos discursos dominantes la droga es la que genera daño (dependencia y deterioro físico, psíquico y social) y, en ese sentido, se comporta como un virus que ataca y destruye el organismo. En esta misma concepción se piensa al adicto como esencialmente adicto. Esta esencia se incluye en su organismo y en sus condiciones biológicas. 

Los medios masivos de comunicación y las estrategias políticas y discursivas de diferentes modalidades de la salud pública también suelen ocuparse de la droga como si se tratase de un problema ligado a minorías sociales y étnicas (“villeros”, inmigrantes y/o extranjeros) o a determinados momentos anímicos, como la adolescencia y la adultez joven. 


Las toxicomanías: un enigma sombrío 

(...) 

Ahora bien, para la teoría freudiana no es en la psicofarmacología de las drogas donde se encuentra el fundamento de las adicciones, ni tampoco en una supuesta esencia adictiva, ni en minorías sociales y/o étnicas, o en ciertos momentos del desarrollo, sino en la supresión de la subjetividad, mediante la implantación y la prevalencia de ciertos gozos, que son exóticos, sucesivos, y que no sirven para nada. Gozos que no son ajenos a un mercado único que consume a sus propios sujetos. Por eso la prohibición, la medicalización, incluso la legalización, son meras expresiones de la razón especuladora de oligopolios bancarios que regulan la democracia y sus valores, basados en el imperativo al endeudamiento y a las ganancias, donde el consumidor releva al ciudadano; de allí el fracaso de sus políticas. 


El amparo sombrío de la ingesta puede constituirse en el recurso —quitapenas— más descarnado y efectivo con que cuenta un sujeto para aliviar el sufrimiento del cuerpo (Freud, 1930a). Pero este método tiene para el psicoanálisis freudiano solo un valor descriptivo o fenomenológico, en tanto remite a una éstasis pulsional previa del sujeto (endógena), de carácter autoerótico, al que se le adjunta un interlocutor particular [psicótico] que ejerce su vasallaje [Freud, 1950a, 1911]. 


Se me ha abierto la intelección de que la masturbación es el único gran hábito que cabe designar “adicción primordial”, y las otras adicciones sólo cobran vida como sustitutos y relevos de aquélla. (Freud, 1950a. p. 314).

(...) 

En la incertidumbre que nos deja el enigma de las toxicomanías, en la “Sesión de Clausura de las jornadas de carteles”, ¿cómo considera Lacan a la droga? Como aquello que permite romper el matrimonio del cuerpo con el “petit-pipí”.  

Pero ¿en qué estructura se puede desplegar el acto toxicómano? En cualquiera, a saber: neurosis, perversión y psicosis, e incluso en las denominadas psicosis no desencadenadas, al estilo de James Joyce: un alcohólico. 

(...) 

Conclusiones 

Entonces —y el interrogante es inevitable— ¿qué acontece cuando el Estado procura resolver lo imposible de educar y de gobernar en nuestros niños y adolescentes mediante el recurso a la medicación? No es absurdo pretender resolver la imposibilidad de estas tareas, y menos aún en el contexto de un conjunto de estrategias y tácticas de saber y relaciones de poder que Foucault denominó biopolítica. 

(...) 

Fuente: GUÍA TEÓRICO 10-11- Pousa, R., Moreira, D. (2018). Toxicomanías y lazo social. Ficha cátedra

Glosario de términos

Verdad: La verdad es solo un residuo de los efectos del lenguaje, por lo que dice a medias sobre el gozo, ya que, si la verdad pudiera decirse, nombraría el gozo, lo cual es imposible. En este contexto, la verdad será llamada por Lacan (1969/70) “hermana del gozo”.

sábado, 28 de mayo de 2022

Kaes: El malestar del mundo moderno, los fundamentos de la vida psíquica y el marco metapsicológico del sufrimiento contemporáneo.

I.- MALESTAR DEL MUNDO MODERNO Y TRATORNOS PSIQUICOS: UN INTERROGANTE DEL PSICOANALISIS.

La interrogación sobre el malestar del mundo moderno no es nueva en el Psicoanálisis: lo que cambia son el contexto y los términos de la interrogación. Desde 1908 Freud asocia la génesis de los trastornos neurótico s modernos con la moral sexual civilizada, Propone la siguiente explicación: "la influencia nociva de la civilización se reduce esencialmente a la represión nociva de la vida sexual de los pueblos civilizados por la moral sexual "civilizada" que los domina" (p.31), Dos ideas importantes aparecen en este texto. La primera será desarrollada a posteriori, de 1927 a 1939: "las fuerzas utilizadas para el trabajo cultural son (...) adquiridas, en gran medida, por la represión de esos elementos de la excitación sexual llamados 'perversos' ". La segunda idea importante concierne la transmisión de los trastornos psíquicos: la represión sexual en la pareja no deja de tener efectos en la estructuración de la psiquis de sus hijos: hiperprotección, excitación., confrontación precoz con el odio y los celos, educación severa. El conflicto entre la severidad y la represión de la vida sexual excitada a tal edad "contiene todo lo necesario para provocar la enfermedad nerviosa que dura toda la vida", y además "la neurosis sabe hacer fracasar el proyecto civilizador y así promueve justamente el trabajo de las fuerzas mentales reprimidas, enemigas de la civilización" (p .44-45).

En este texto, corno en aquellos que desarrollan sus premisas, Freud pone el acento en el marco social y cultural de la enfermedad neurótica. Pero en ese momento, ni su aparato teórico ni su clínica lo llevan a encarar el problema del narcisismo y de las pulsiones de auto-conservación del Yo en la génesis de la enfermedad psíquica. Cuando en 1914 aborda la cuestión crucial de las pulsiones de auto-conservación (Introducción del narcisismo) la cuestión está planteada de manera teórica, pero algunos años más tarde, la guerra, la confrontación con las neurosis traumáticas y con el trabajo de la pulsión de muerte lo llevará a retomarla más cerca de la clínica y en una renovación de su teoría. Cuando Freud emprenda su crítica a una sociedad y una moral cuyo rol percibe en la formación y las deformaciones de la vida psíquica, perfeccionará su modelo inicial, apuntará al costo, a los beneficios y los perjuicios del trabajo de la cultura. Pero no tomará en consideración ninguna otra forma de enfermedad psíquica " que no sea la neurosis, aunque él había explorado otras configuraciones, psicóticas y , perversas. 

La clínica psicoanalítica nos convenció, desde hace mucho tiempo, que la neurosis no es el único modelo que puede dar cuenta de las enfermedades del alma. Y si retornamos la cuestión freudiana inicial, debemos preguntamos cómo el malestar en la cultura de nuestro tiempo hace emerger otras configuraciones psicopatológicas. Pero debemos plantear el asunto de otra manera, porque la misma práctica del psicoanálisis se transformó bajo el efecto de los factores socio-culturales y de las formas de sufrimiento psíquico que de ellos dependen. El trabajo psicoanalítico en situación plurisubjetiva, con los grupos, las familias y las parejas, transformó las condiciones de acceso al conocimiento del inconsciente y de sus efectos de subjetividad, porque el tratamiento de algunos trastornos psíquicos requería otros dispositivos de análisis, ya que resultaban inaccesibles por medio de la cura. individual y sus sucesivas modificaciones.

Debemos entonces considerar una hipótesis más radical y aceptar que nuestra concepción endógena de la psiquis, tal como la sostiene la serie neurosis - sueño - síntoma - dispositivo de la cura, desconoce ampliamente las condiciones a la vez culturales e intersubjetivas de la vida psíquica. Las investigaciones sobre la transmisión intergeneracional de los trastornos psíquicos puso en cuestión la concepción de una psiquis sometida únicamente a los conflictos intrapsíquicos. La confrontación de los psicoanalistas con los traumatismos y los duelos colectivos que quedaron sin elaboración revelaron la importancia de las funciones simbolizantes extra-subjetivas. Esto alteró totalmente nuestra misma concepción de la psiquis, de su génesis, de sus límites y de su funcionamiento. La relación entre malestar del mundo moderno y trastornos psíquicos no es solo un interrogante para el psicoanálisis, es también un cuestionamiento del psicoanálisis (1).

Nuevas perspectivas: la crisis de los garantes metapsíquicos 

El enfoque psicoanalítico de los grupos puede clarificamos sobre algunas formas de caos identitarios, de faltas de simbolización y de fallas en la subjetivación, principales características de los trastornos de la vida psíquica en nuestras sociedades post-modernas.

El trabajo psicoanalítico en situación de grupo muestra en efecto cómo lo que denomino garantes metapsíquicos de la vida psíquica forman el marco y el trasfondo de ésta. Quiero decir con esto las prohibiciones fundamentales y las leyes estructurantes, las marcas identificatorias y las representaciones imaginarias y simbólicas, las alianzas, los pactos y los contratos que aseguran a la vez los principios organizadores del psiquismo y de las condiciones intersubjetivas sobre las que se apoya. El trabajo psicoanalítico en situación de grupo abre un acceso directo al conocimiento de esos garantes y al tratamiento de sus disfunciones o de su caída.

Sin embargo, para tomar en consideración toda la complejidad del proceso de desorganización, debemos también estar atentos a una dimensión más amplia de las transformaciones que estamos enfrentando. Las transformaciones que alteran totalmente las sociedades modernas y post-modernas no sólo afectan el entorno psíquico, es decir los garantes metapsíquicos sobre los cuales se apuntala y se estructura la psiquis de cada sujeto, y, con ellos, la naturaleza del sufrimiento psíquico de nuestro tiempo. Esas transformaciones conciernen también las grandes estructuras que enmarcan y regulan las formaciones y el proceso social: mitos e ideologías, creencias y religión, ritos e instituciones, autoridad y jerarquía. Las caídas, las desorganizaciones y las recomposiciones de esos garantes metasociales de la vida social afectan los garantes metapsíquicos, y constituyen el malestar del mundo moderno.

 II. LA CAIDA DE LOS GARANTES METASOCIALES DE LA VIDA SOCIAL.

En las sociedades post-modernas, el lazo social está en crisis: al mismo tiempo el lazo de los individuos con los distintos componentes de la vida social y cultural, y el lazo entre los individuos. Digo individuos y no sujetos, porque lo que efectivamente está en dificultades es el proceso de subjetivación. La noción de sociedad de los individuos es seguramente una emergencia histórica del sujeto singular en nuestra sociedad de masa, pero señala al mismo tiempo la ilusión individualista, el riesgo de su reducción a un átomo social desprovisto de vínculos, a un individuo que se definiría por una función univoca y parcial de consumidor o de productor.

Este surgimiento contradictorio de un nuevo espacio de libertad y de la reducción del sujeto a un individuo parcial no es sin consecuencias sobre la estructuración de la vida psíquica y particularmente sobre la actividad simbolizante cuando se asocia a la crisis del lazo social. Denomino actividad simbolizante al proceso que trabaja en el descubrimiento del sentido en la complejidad. Esta actividad es esencial si se admite que permite elaborar la heterogeneidad y la brecha entre la experiencia del mundo interno y la del mundo circundante. 

El concepto de garantes metasociales fue creado por A Touraine en 1965 para designar las grandes estructuras que enmarcan y regulan la vida social y cultural. Su función es la de garantizar una estabilidad suficiente de las formaciones sociales y de esa manera dotadas de una legitimidad incuestionable. 

Para ofrecer un ejemplo, en Francia bajo el Antiguo Régimen, la figura del Rey encarnaba y unificaba el conjunto de esos garantes metasociales. Bajo el efecto de la Revolución francesa, esos garantes se segmentaron en varios elementos, el nacionalismo, el capitalismo, las revoluciones sociales, los Ideales democráticos y liberales del siglo XIX contribuyeron a estructurar los grandes macizos ideológicos del siglo XX.

Cuando esos garantes sociales cayeron a su vez, o cuando se transformaron bajo el efecto de la industrialización, de la urbanización y de los movimientos migratorios inducidos por esas mutaciones, las sociedades post-industriales se vieron enfrentadas a nuevas inestabilidades. Las grandes ideologías y las religiones del progreso ya no enmarcaron las certezas, los sistemas de representación, los valores y las marcas de la acción colectiva: en esas condiciones las leyes y las prohibiciones que regulan las relaciones sociales e interpersonales se volvieron laxos, contradictorios, paradojales e inoperantes. Fueron descalificados. La psicopatología moderna y los hospitales psiquiátricos nacen de esta crisis de los garantes metasociales. Pero también el psicoanálisis. 

Las sociedades post-modernas terminaron esta fragmentación generadora de incertidumbre en las marcas de pertenencia, en las marcas simbólicas, en la función y la confiabilidad de las instituciones, en los sistemas metainterpretativos. Esas marcas y esos sistemas ya son múltiples, más o menos mestizados, abierta o sordamente conflictivos. No son necesaria y automáticamente los signos de una sociedad en las que se asuman las diferencias. 

Con la caída de los garantes metasociales, vivimos la crítica transformación de las grandes matrices de simbolización que son la cultura, la creación artística, las marcas de sentido, en pocas palabras, todo lo que es conquistado por las sublimaciones y por lo que Freud denominó en 1929 el trabajo de civilización (die Kulturarbeit).

Un elemento decisivo de la modernidad fue el derrumbe de las creencias y de los "grandes relatos" CM.Serres) que ofrecían las marcas identificatorias necesarias para las estabilidades sociales y psíquicas. Numerosas expresiones mentales de la post-modernidad producen también significaciones paradojales, en el seno de las cuales coexisten los contrarios o que reivindican la ausencia de marcas privilegiadas. Estas profundas alteraciones ponen gravemente en cuestión la identidad de los grupos y de las colectividades, pero también los procesos de la socialización de los individuos. Al mismo tiempo causas y efectos, la violencia social e individual, la exclusión, las conductas desviadas y la marginalidad son las expresiones manifiestas de la crisis de los garantes metasociales y, por ende, requieren proyectos suficientemente compartibles para constituir el vector de una dinámica social creadora de nuevos procesos de socialización. 

Nuevas conjunciones históricas redefinen entonces el "malestar en la civilización", y correlativamente, la estructuración y los trastornos de la vida psíquica. Esta se ve amenazada por la inestabilidad de sus zócalos, por las fracturas de los receptáculos, habitualmente silenciosos, que enmarcan y sostienen los procesos de su desarrollo.

III. GARANTES METAPSIQUICOS DE LA ESTRUCTURACION DEL PSIQUISMO.

Aunque una parte de la realidad psíquica inconciente escapa a cualquier determinación social o intersubjetiva, la vida psíquica no puede desarrollarse más que sobre la base de la exigencia de trabajo psíquico que impone a la psiquis su inscripción en los vínculos intersubjetivos primarios y en los lazos sociales

Vuelvo a mi definición de los garantes metapsiquicos. Denominé así las formaciones y los procesos del medio psíquico circundante sobre los que se apuntala y se estructura la psiquis de cada sujeto. Consisten esencialment- en las prohibiciones fundamentales y en las leyes estructurantes, las. marcas Jentificatorias y las representaciones imaginarias y simbólicas, las alianzas, los pactos y los contratos que aseguran a la vez los principios organizadores del psiquismo y de las condiciones intersubjetivas sobre las que se apoya. Esos garantes forman el marco y el trasfondo implícitos de nuestra vida psíquica. 

Estas ideas surgieron de los datos clínicos que nos trae la clínica de! trabajo psicoanalítico en nuevos dispositivos de tratamiento de los trastornos psíquicos. El trabajo grupal, en particular, puso en evidencia cómo la vida psíquica "individual" se halla enmarcada por los garantes metapsíquicos de la vida psíquica. Lo es tanto más cuanto el grupo es a la vez un lugar privilegiado de emergencia de lo arcaico pero también el lugar de la simbolización del asesinato y del trabajo de la cultura. 

En los límites de esta conferencia, me centraré en algunas alianzas, pactos y contratos que ejercen esta función méta para cada psiquis singular y para todos los sujetos de un conjunto (examinaré esas alianzas de manera más profunda en la conferencia del viernes). Las alianzas intersubjetivas como organizadores (metapsíquicos) de la estructuración del psiquismo.

Para vinculamos debemos entrar en el régimen de las alianzas, y esto por dos motivos principales: Para formar parte de la comunidad y para asegurar nuestros sistemas de defensa a un nivel meta-individual.

Denominé alianza inconsciente una formación psíquica intersubjetiva construida por los sujetos de un vínculo para reforzar en cada uno de ellos algunos procesos, algunas funciones, o algunas estructuras surgidas de la represión, 'de la renegación o de la desmentida. Cada uno obtiene de la alianza un beneficio tal que el vínculo que los une asume para su vida psíquica un valor decisivo. El conjunto así ligado (el grupo, la familia, la pareja) toma su realidad psíquica de las alianzas, de los contratos y de los pactos que sus sujetos establecen y que su lugar en el conjunto los obliga a mantener. La idea de alianza inconsciente implica las de una obligación y de un sujeción. 

Las alianzas inconscientes se inscriben así de manera fundamental en la formación psíquica del vínculo intersubjetivo: el concepto de la intersubjetividad puede encontrar allí su materia y la realidad psíquica del vínculo su consistencia. Las alianzas inconscientes producen sus efectos más allá de los sujetos, de las circunstancias y del momento que las volvieron necesarias y que las formaron: son el agente y la materia de la transmisión de la vida psíquica entre generaciones y entre contemporáneos. Las alianzas inconscientes construyen una parte del inconsciente de cada sujeto: cada uno de nosotros es sujeto del inconsciente bajo el efecto de tales alianzas. 

Entre estas alianzas, algunas son estructurantes: el contrato de renuncia a la realización directa de los fines pulsionales, el contrato con la función paternal, el contrato narcisista, contienen los principios organizadores del psiquismo. Esas alianzas suponen las prohibiciones fundamentales, están al servicio del "proyecto civilizador", según la expresión de Freud. Pertenecen a la segunda categoría las alianzas defensivas, en particular el pacto denegativo (Kaés 1989a) y sus desvíos alienantes y patológicos, entre los cuales la comunidad de renegación y el contrato perverso. Una tercera categoría de alianzas está formada por las alianzas ofensivas, que sellan el acuerdo de un grupo para llevar adelante un ataque, una hazaña o ejercer una supremacía.

Ya sean estructurantes, ofensivas o defensivas o que deriven en trabas alienante s y psicopatológicas, las alianzas inconscientes son el cemento de la materia psíquica que nos liga los unos a los otros, el espacio psíquico común y compartido por los miembros de una familia, de una pareja, de un grupo o de una institución. Preexisten al recién nacido y se anudan o se reanudan con todos los contemporáneos. Las alianzas inconscientes son organizaciones metapsiquicas: contribuyen a la estructuración de la psiquis en su organización narcisista y objetal, en sus modalidades de realización del deseo, en sus formaciones defensivas o alienantes. Son sensibles a las estructuras profundas de la vida social y cultural. Se puede detectar las funciones metapsíquicas de esas alianzas fundamentalmente cuando están en crisis o cuando se quiebran.

El pacto de renuncia a la realización directa de los fines pulsionales. 

En el Malestar en la Cultura, Freud sostuvo la idea de que la renuncia a la satisfacción pulsional (narcisística y objetal) directa es la condición del pacto del que se benefician los miembros de una comunidad. De esta proposición, retengamos lo siguiente: el pacto de renuncia a la realización directa de los fines pulsionales funda la comunidad de derecho que nos protege contra la violencia, impone el trabajo de cultura y hace posible el amor. Renuncia pulsional y advenimiento de la comunidad de derecho tienen así una función y una significación a la vez en el espacio psíquico del sujeto singular y en el espacio psíquico de los agrupamientos sociales e institucionales. Freud nos describe simultáneamente la base psíquica de la fundación jurídica de la institución y de la afiliación legítima de sus sujetos a un conjunto social.

El pacto de renuncia a la realización directa de los fines pulsionales instaura la no-inmediatez: el desvío impuesto es la obra de la autoridad que emana de la renuncia, y la obra de la autoridad es hacer advenir el pensamiento en lugar-del cuerpo a cuerpo. El trabajo de la cultura y sus adquisiciones son una conquista sobre las pulsiones mortíferas y sobre el narcisismo. Cada vez que el narcisismo se ve gravemente amenazado, peligran estas conquistas. 

El contrato narcisista 

El concepto de contrato narcisista propuesto por P. Aulagnier (1975) describe las apuestas psíquicas contenidas en otra formación metapsíquica fundamental. La modernidad descubrió la herencia y la dimensión psíquica de la transmisión del legado en el momento en que estas categorías estaban en crisis. La modernidad descubrió el vínculo que construye el sujeto en su sujeción al orden de las generaciones, nos permitió damos cuenta de lo que éste hereda sin que siempre pueda volverse sujeto de esta herencia. Podemos fechar estos descubrimientos en el periodo de las Luces, pero se acentuó en Europa a lo largo de todo el siglo XIX y se desplegó en el siglo xx. Esas transformaciones "laicisizaron" la concepción de la locura, y en segundo plano, la del hombre: la locura puede transmitirse, de la misma manera que las bases fundadoras de la psiquis se hallan bajo el efecto de las determinaciones trans e intergeneracionales. Aquí también, es en el momento en que el sufrimiento narcisista se abría sobre el fracaso de las civilizaciones, cuando surgieron las categorías y los conceptos por medio de los cuales fue posible pensarlos. Actualmente podemos comenzar a comprender cómo se efectúa - o no se efectúa - la transmisión de lo inelaborado entre las generaciones, de los objetos enigmáticos, de los silencios, de la depresión y de las denegaciones colectivas. Comenzamos a comprender cómo se anudan las relaciones del sujeto, de la familia, del grupo y de las sociedades.

Para P. Castoriadis-Aulagnier, el contrato narcisista designa lo que se halla en el fundamento de toda relación posible sujeto-sociedad, individuo-conjunto, discurso singular-marca cultural. Cada recién nacido llega al mundo como portador de la misión de tener que asegurar la continuidad de la generación, según un modo particular que le es asignado de acuerdo a los términos de un contrato determinado por la economía narcisista. Este contrato asigna a cada sujeto un cierto lugar en el grupo, un lugar que le es significado por el conjunto de las voces que, antes que él tuvieron un cierto discurso conforme al mito fundador del grupo. Este discurso incluye los ideales y los valores; transmite la cultura y la palabra de certeza del conjunto social. Cada sujeto debe, en cierto modo, hacerse cargo de este discurso. Es por este discurso que el sujeto está ligado al ancestro fundador. Para asegurar su propia continuidad, el conjunto debe a su vez investir narcisisticamente este elemento nuevo. 

El concepto de contrato narcisista da cuenta del hecho de que la investidura narcisista que, en cada individuo, hace posible la realización de su propio fin, sólo puede ser realmente sostenida en la medida en que la cadena inviste narcisisticamente a ese sujeto como portador de una continuidad del Conjunto. Es así como los padres hacen del hijo, al principio, el portador de la realización de sus deseos no satisfechos, y que lo reaseguran así en su narcisismo, de la misma manera como es a través de ellos que el deseo de las generaciones anteriores sostuvo, en forma positiva o negativa, su llegada al mundo y su anclaje narcisista.

Este contrato se halla dotado de otra función capital: la de mantener una temporalidad de proyecto y de futuro para el grupo y para los sujetos que son a la vez sus eslabones, sus servidores, sus beneficiarios y sus herederos. Esta dimensión de la temporalidad del devenir es un importante escollo del malestar del mundo moderno. 

La constancia del contrato narcisista a través de la historia de la humanidad es indudable, la especie no habría podido perpetuarse sin una tal institución psico-cultural. Pero su intensidad, sus formas y sus apuestas, son tributarias de los garantes metasociales. 

Se abren entonces una serie de cuestiones. Si el contrato narcisista supone un proyecto imperativo de transmisión de valores y de ideales estructurantes, debemos preguntamos qué apremios y qué condiciones de posibilidad encuentra en el campo social y cultural. La cuestión reviste varias dimensiones, desde las expresiones demográficas del deseo de tener un niño (descenso de la fecundidad) hasta las expresiones sociales de la investidura del niño como portador de un futuro en el conjunto, y ante todo para los padres. En este trayecto de contingencias, hay que mencionar también la desagregación de los ideales compartidos, de los mitos de origen y significantes (los "grandes relatos"), de las figuras identificatorias mayores, de la auto estima que un grupo (una sociedad) atribuye a sus propios valores, de la suficiente adhesión a los saberes y a los valores transmitidos. La crisis en la transmisión de los modelos identificatorios se expresa en un hiato entre 16 que se desea transmitir y lo que se duda o se teme transmitir: ya no se sabe 10 que hay que transmitir, ya no hay palabra de certeza.

El contrato narcisista no responde solamente a las exigencias de la auto-conservación del Yo y del conjunto. La situación intersubjetiva del sujeto impone a la psiquis exigencias de trabajo psíquico que marcan la economía narcisista entre las generaciones, y ante todo entre los padres y los hijos. 

Esta exigencia de trabajo conoce una amplificación y un cambio de escala en el pasaje a la adolescencia. Entre la exigencia de "ser para sí mismo su propio fin", la de adecuarse a los mitos fundadores y ocupar el lugar prescripto, y las exigencias contradictorias de la modernidad, la cultura adolescente se ve proyectada frente a la herencia. El adagio goethiano retornado por Freud parece sin efecto: "lo que heredaste de tus Padres, para poseerlo, gánalo". Hace fallar la triple función del contrato narcisista: asegurar un origen, establecer una continuidad, asegurar al niño, en contraparte de su investidura del grupo, "el derecho de ocupar un lugar independiente del único veredicto parental". 

Las fallas y las rupturas de este contrato suscitan experiencias dolorosas de traición, de falta de herederos y de ser desheredados. Puede ser interesante pensar el problema del exilio, del nomadismo, de la errancia y de los desplazamientos como el síntoma de una dislocación del contrato narcisista. Dislocación entendida como esa pérdida de lugar psíquico, el de la localización cultural de la que hablaba Winnicott en 1967: veía en ella una extensión de la noción de fenómeno, de objeto y de espacio transicionales: "Al utilizar la palabra cultura, pienso en la tradición que heredamos. Pienso en algo que es el lote común de la humanidad al que individuos y grupos pueden contribuir, y del que cada uno de nosotros podrá obtener algo, si tenemos un lugar para poner lo que encontramos". Pienso que es posible caracterizar el malestar del mundo moderno por la dificultad de constituir ese "lugar donde poner lo que encontramos". 

La cuestión es precisamente encontrar esos lugares y creados, para que se reanuden los términos estructurantes del contrato narcisista. Encontrar-crear esos lugares es tanto más dificil cuanto el mundo moderno destruye los espacios de proximidad y de intimidad de diversas maneras. La errancia psíquica y social, las formas de nomadismo y de desterritorialización que engendra en las' personas "sin domicilio fijo", van a la par con la externalización de la intimidad psíquica vuelta "anónima" en los espectáculos de la tele-realidad. El contrato narcisista no se concluye sobre bases estructurantes cuando el narcisismo se halla que ese punto destruido, estallado o fetichizado en el imaginario antropófago.

Clínica de las situaciones extremas 

Quisiera detenerme un momento en las situaciones de extrema precariedad psíquica y social en la que viven los sin techo, los errantes, algunos refugiados y solicitantes de asilo. Esas personas se hallan excluidas de su cultura de origen como lo son de la nuestra. El proceso de desnarcisización que se desarrolla en esas condiciones es sin duda un factor de sobre-exposición de esas personas a las enfermedades, a la violencia y a la muerte.

Este proceso debe ser comprendido como uno de los mecanismos de defensa contra el dolor psíquico cuando la crisis aguda, el caos y el desamparo requieren del Yo que no perciba, que no sienta, que no rememore, que no piense. Otros mecanismos de defensa vitales son también utilizados, entre los cuales la apatía, la destrucción, el borramiento o rechazo de los significantes, exportados fuera de la psiquis o, como mínimo, mantenidos en la psiquis, pero fuera de tiempo, fuera de relato, con el riesgo de volverse tóxicos porque no habrán sido digeridos. 

Sucede que las medidas tomadas en esas condiciones para volver a tejer los lazos intrapsíquicos e intersubjetivos, para restablecer un dispositivo de apuntalamiento de la vida pulsional y de los procesos de pensamiento sobre un medio circundante continente y reestructuran te, encuentran considerables obstáculos. Fueron señalados por numerosos observadores: el rechazo hostil de una escucha, el mantenimiento de la ruptura del vínculo, la reivindicación de una soledad radical. Todas estas medidas aparentemente paradojales intentan tratar el dolor extremo con la destrucción de la vida psíquica y el rechazo del vínculo. 

Los trabajos de los clínicos mostraron que partes de la psiquis on desplazadas masivamente en el espacio exterior mientras que otras permanecen en el espacio interno, pero a costa de ciertas mutilaciones psíquicas y de la exclusión del sujeto fuera de su psiquis. El retorno a zonas de indiferenciación yo/no-yo y el fracaso del espacio transicional desarrollan patologías que evolucionan hacia una destrucción de la vida psíquica, ,social y somática. 

Frente a este callejón sin salida, es urgente prestar una atención sostenida a los dispositivos de recepción de los que solicitan asilo, cuando intentan reconstruir apuntalamientos y contenedores de pensamiento, cuando intentan restablecer los contratos intersubjetivos de base: por ejemplo creando espacios de encuentro temporariamente protegidos de las únicas relaciones de fuerza, o también poniendo en marcha dispositivos de mediación.

Tales dispositivos muestran como, en los sujetos errantes y carentes de herencia, el proceso de psiquización puede reconstituirse a partir de tres fuentes (corporal, grupal y cultural) del apuntalamiento. Para que este proceso se ponga en marcha, es importante tener en cuenta que el traumatismo incorporado, enquistado en la psiquis y en el cuerpo, debe poder, en algún momento, desplegarse, descondensarse . y reconstituir el pensamiento doloroso de lo que fue fuera de tiempo, fuera de representación, desafectado, fuera de memoria. 

La crisis aguda, el caos, la catástrofe requieren entonces, para ser pensados, una pluralidad de voces que atestiguan, que escuchan y que dotan, a cada historia singular, de posibilidad de sentido. La pluralidad de versiones, de relatos, de narraciones, solicita y sostiene identificaciones plurales, capaces de contener fragmentos de experiencia y de ligarlos. El proceso mayor consiste en reconstituir las condiciones de un reapuntalamiento del Yo, reconstruir elementos de historia restableciendo la polisemia de los relatos cruzados. 

Es a partir de estas consideraciones como bay que examinar el concepto de contrato narcisista, en relación con un cierto estado de la cultura y funciones metasociales más o menos vacilantes. Se puede evaluar aquí en qué medida los garantes metapsíquicas están encajados con los garantes metasociales. La transmisión del contrato narcisista implica hoy todos los problemas que determinan nuestro futuro: mundialización y universalidad, pluralismo de los sistemas de pensamiento, diferenciación de los íntimo y lo público, diversidad cultural, biotecnología, etc.

IV. EL MALÉSTAR DEL MUNDO MODERNO Y ALGUNOS TRASTORNOS DE LA VIDA PSIQUICA.

Para precisar mis ideas, quisiera evocar algunas formas de caos identitarios y de fallas de simbolización características de nuestras sociedades post-modernas. Describiré cuatro modalidades. 

La cultura del control: apunta a la perfecta integración de todos los elementos de la sociedad, de manera tal que todo lo que llegara a escaparse al control pueda ser detectado y regulado. Este tipo de cultura produce una violencia regulada cuando funciona y una violencia descontrolada cuando se disgrega. Este tipo de cultura estaba fracasando mucho antes del 11 de septiembre 2001 y después del 11 de marzo 2004, que fueron sus manifestaciones aterrorizadoras. Uno de los efectos de la violencia social descontrolada es la cultura de la anomia: ninguna ley puede ser impuesta a nadie, ya que todas se volvieron arbitrarias o equivalentes, es decir indiferenciadoras. 

La cultura de lo ilimitado y de los limites extremos: caracteriza la afinidad de nuestra cultura con lo traumático y con la experiencia catastrófica. Es a la vez una cultura del peligro, pero también de la hazaña trascendente. Sobresalir, "desfondar" (en el trabajo, el logro o la droga, pero también en las formaciones del narcisisimo de muerte) es un valor negativo cuyo zócalo común es la heroicización de la muerte. Tiene como fundamento el rechazo de la castración simbóiica y el triunfo del goce sin límites al servicio de un Ideal fetichizado.

La cultura de la urgencia. Vivimos en la urgencia porque el horizonte temporal se achicó debido a los otros tres componentes de la cultura contemporánea: el hipercontrol, la indiferenciación y la fascinación por lo extremo. La Cultura de la urgencia y de la inmediatez interroga el status de la temporalidad en el malestar de la cultura post-moderna. En la post-modernidad, la relación con el tiempo privilegia el encuentro sincrónico, aquí ahora: el tiempo corto prevalece sobre el tiempo largo, como el zapping y el nomadismo sobre la continuidad. El vínculo se mantiene en lo actual, escapa a la historia porque la certeza de que el futuro es indecidible es la única certeza. 

Esta cultura se manifiesta en las relaciones que mantenemos con el sentido, las certezas y los proyectos. Con el sentido y la significación. El malestar del mundo moderno es a la vez el exceso de signos, de significación y la falta de sentido. C. Castoriadis destacó este aumento de la Insignificancia. Asociadas a esta característica, las ideas post-modernas, en parte surgidas del psicoanálisis, de la crítica del humanismo y del desconstructivismo, sitúan al hombre en una relación de radical incertidumbre en relación a las creencias, a las representaciones y a las marcas identificatorias. En cuanto a la posibilidad de impulsar proyectos, éstos suponen la inscripción de una acción concertada en un tiempo por venir, y en el cual está incluido un riesgo y una incertidumbre. Un proyecto sólo puede imaginarse si podemos no rechazar el presente y pensar activamente una relación con el pasado. Muchos de nuestros proyectos no son proyectos, sino escenarios de salida del marasmo, en el imaginario. Esta dificultad para concebir y pensar un proyecto contribuye a la desorganización del pensamiento que suscita la cultura de la urgencia y de la catástrofe. 

Finalmente, una cultura de la melancolía caracteriza el fondo de duelo interminable e inelaborado de las catástrofes del siglo pasado. La post-modernidad acentúa los efectos persecutorios y maníacos de esta pérdida de los garantes metafisicos, metasociales y metapsíquicos. Un duelo planetario: las muertes de Dios y del Hombre, el "fin" de la historia. Contra el "desencanto" melancólico del mundo, la post-modernidad cultiva a la vez el catastrofismo, las promesas maníacas y los sueños de dominio y de controL 

Estas cuatro características sombrías de la post-modernidad son efectos de los cambios estructurales que afectaron el campo social y cultural También modificaron la organización y el funcionamiento intrapsíquico, y nuestra tarea es detectar sus incidencias sobre las formas de subjetividad que generan.

Habrá que poner en marcha un nuevo campo 'de investigaciones sobre la psicopatologia. Este instalaría en el corazón del sufrimiento corrtemporáneo tres grandes fallas en la estructuración de la vida psíquica, que debemos concebir en su estrecha relación con las fallas de los VÍnculos intersubjetivos. 

1) - Las fallas de la estructuración de los apuntalamientos de la vida psíquica. Estas fallas se pueden detectar en la falta de dispositivos intersubjetivos de para-excitación y de represión. En lugar de objetos internos estables y confiables, el sujeto desarrolla formaciones c1ivadas y no-subjetivadas, desfavorables a los procesos de simbo1ización y de sublimación. Un sufrimiento narcisista intenso se halla en la base de las conductas antisocial es que se desarrollan en esas condiciones. Estas fallas afectan las condiciones de formación del inconsciente y del preconsciente. 

2) - Las fallas en los procesos de formación de las identificaciones y los contratos intersubjetivos. Intenté mostrar que esos contratos funcionan corno condiciones y garantes metapsíquicos del espacio en el que "el Yo puede advenir". Esas formas contractuales son los marcos o los zócalos de la formación de la vida psíquica y de la subjetividad. Rigen la transmisión de la vida psíquica entre las generaciones. Corresponden a lo que Freud describió como comunidad de renuncia a la realización directa de los fines pulsionales. Corresponden también a lo que P. Aulagnier describió como el contrato narcisista. Su falta o su falla atestiguan el malestar en los vínculos tanto como las dificultades en la constitución de una alteridad interna subjetivada. 

La regresión de las formas contractuales del vínculo hacia relaciones de fuerza en provecho de los grupos que detentan el poder de definir las normas sociales y el lugar de cada uno, el orden y los valores dominantes, llevan a los que las sufren, a deterioros sociales y psíquicos radicales que generan el fracaso de la cultura del control, la cultura de 10 extremo, la destrucción de los marcos temporales y la anomia. Esta imposición de la violencia está sostenida por las formas neo-liberales' - . del economismo. Está sostenida por el trabajo de la muerte en el proceso de la cultura.

3) - Las fallas en los procesos de transformación y de mediación. 

Se puede verificar, en relación a las situaciones extremas que lo que es más frágil en toda organización viviente, y no solamente psíquica, son las formaciones intermediarias y los procesos de articulación. Son las condiciones de posibilidad del trabajo psíquico de simbolización y de formación de la alteridad, pero también la capacidad de amar, de trabajar, de jugar y de soñar. Son las formaciones y los procesos más amenazados por las crisis de los' garantes metapsíquicos que generalmente sostienen la actividad de simbolización, el proceso de la subjetivación y la construcción del sentido en el vínculo intersubjetivo. Se traía principalmente de las alianzas estructurantes que incluyen los cuidados necesarios para la vida, el contraía narcisista y las prohibiciones fundamentales sobre los que descansan la seguridad y la identidad. La consecuencia mayor de su falla es el derrumbe y la puesta fuera de circuito del Preconciente, es decir el derrumbe de la capacidad de pensar por derrumbe de las representaciones verbales sobre el borramiento o la renegación de las experiencias perceptivas y sensoriales. El trabajo del Preconciente se halla siempre estrechamente asociado a la actividad de simbolización y a la construcción del sentido en el vínculo intersubjetivo. 

En su obra-sobre el Yo-piel, D.Anzieu resumió los puntos comunes a todos estos sufrimientos de los límites: "incertidumbres sobre las fronteras entre el Yo psíquico, el Yo realidad y el Yo ideal, entre lo que depende de Sí y lo que depende del otro, bruscas fluctuaciones de esas fronteras, acompañadas de caídas en la depresión (... ), indistinción p·msional que hace sentir la subida de una pulsión como violencia y no como deseo, vulnerabilidad a la herida narcisista debido a la debilidad o a las fallas de la envoltura psíquica, sensación difusa de malestar, sentimiento de no habitar su propia vida, de ver funcionar su cuerpo y su pensamiento desde afuera, de ser espectador de algo que no es la existencia propia." (1985, p.29). 

CONCLUSION 

He organizado la presentación de esta conferencia alrededor del encastre de una doble transformación crítica que altera profundamente el marco del proceso social y del proceso psíquico. Propuse situar en un nivel meta el análisis del malestar del mundo moderno en sus relaciones con el sufrimiento psíquico de nuestro tiempo. Es en ese nivel donde puede aparecer la complejidad del problema, pero también los principios eficaces para su tratamiento. 

El trabajo psicoanalítico en situación de grupo muestra que la vida psíquica no puede desarrollarse más que .sobre la base de la exigencia de trabajo psíquico que impone a la psiquis su inscripción en los vínculos intersubjetivos primarios y en los lazos sociales, y que esta inscripción se efectúa a través de un conjunto de contratos, de pactos y de alianzas, de naturaleza y objetivos diversos. La falta, la falla o la desorganización de esos contratos, pactos y alianzas ponen en crisis los garantes metapsíquicos. Afecta las organizaciones psíquicas más sensibles 'a los efectos de la intersubjetividad: las prohibiciones fundamentales implicadas en la formación de las identificaciones y de los procesos de sirnbolización, en el acceso a la palabra y al pensamiento, en la transmisión de los saberes y de los ideales, en la constitución de una a1teridad interna y externa. Pero afecta ante todo la formación de vínculos intersubjetivos suficientemente estructurado s y estables, condición necesaria para la construcción de lo que P.Castoriadis Aulagnier llama "el espacio en que el Yo puede advenir".

Fuente: Kaes, R. Conferencia del 16 de abril 2007. El malestar del mundo moderno, los fundamentos de la vida psíquica y el marco metapsicológico del sufrimiento contemporáneo.