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martes, 13 de enero de 2026

Sublimación y sinthome: ¿Cuáles son sus similitudes y diferencias?

 El concepto de sublimación y de sinthome parecen sospechosamente parecidos. Es bastante útil preguntarse ¿Cuáles son sus similitudes y diferencias? Justificamos la pregunta en que sublimación y sinthome tocan un mismo problema, pero desde momentos distintos de la enseñanza de Lacan y con lógicas no idénticas. 

Tanto la sublimación como el sinthome son modos de tratamiento del goce. Ninguno de los dos apunta a suprimirlo, ni a normalizarlo, sino a hacerlo soportable, habitable, viable.

En ambos casos hay un excedente de goce, hay un arreglo singular, aunque no hay adaptación normativa ni hay garantía de sentido. En este punto, ambos operan como soluciones, no como resoluciones.

En La ética del psicoanálisis, Lacan define la sublimación como: elevar un objeto a la dignidad de la Cosa

¿Qué quiere decir esto? La Cosa (das Ding) es lo real perdido, lo imposible y la sublimación no toca directamente la Cosa, sino que borda su vacío. Por otra parte, la sublimación se apoya en el campo del Otro, en un lazo social, por lo que supone una mediación simbólica fuerte

La sublimación, de esta manera, crea valor, instituye un objeto, hace lazo y se inscribe en una economía del deseo. Ejemplos clásicos se ven en las personas dedicadas al arte, la ciencia, la invención formal. En todos estos casos el goce queda desplazado, elevado, transfigurado.

En el caso del sinthome, en cambio, la cuestión no está elevar, sino anudar. Con el sinthome (Seminario 23), Lacan ya no está pensando en la Cosa ni en su dignidad, sino en cómo un sujeto se mantiene unido. El sinthome no sublima, no eleva, ni tampoco necesariamente simboliza, sino que anuda lo real, lo simbólico y lo imaginario.

Es un artefacto singular, muchas veces opaco, sin valor social, sin idealización posible.

El sinthome funciona y no hace lazo necesariamente, porque no necesita del Otro y no se evalúa éticamente.  Joyce es el paradigma: su escritura no sublima la Cosa, sostiene el nudo.

Hay una diferencia estructural clave entre la sublimación y el sinthome: la sublimación trabaja con el vacío, bordea la falta y se organiza alrededor de la Cosa, conservando una lógica del deseo.

El sinthome, en cambio, trabaja con la inconsistencia: no bordea, sutura o amarra, respondiendo a una falla del nudo. Se inscribe del lado del goce, no del deseo. Podríamos decir que la sublimación civiliza el goce, mientras que el sinthome lo domestica mínimamente.

Evidentemente, ambos conceptos no son equivalentes, lo cual tiene implicancias clínicas. 
  • La sublimación puede fallar, agotarse, entrar en crisis.

  • El sinthome no se interpreta, se reconoce en el devenir de un análisis. No se analiza, se respeta y eventualmente se afina.

En un análisis avanzado, lo que se aprecia es que puede caer la sublimación, pero quedar el sinthome. Por eso el sinthome no es un ideal, sino un resto irreductible.

Finalmente, he aquí una fórmula para orientarse:

La sublimación hace con el goce algo valioso.
El sinthome hace con el goce algo posible.

Y eso explica por qué se parecen…y por qué no son lo mismo.

sábado, 20 de septiembre de 2025

Mecanismos de defensa: ¿Qué son?

 Los mecanismos de defensa son procesos psicológicos automáticos e inconscientes que las personas utilizan para reducir la ansiedad y protegerse de pensamientos, emociones o impulsos que resultan inaceptables o amenazantes. Son un concepto central en la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud y han sido ampliados por su hija, Anna Freud, así como por otros autores de la psicología dinámica y cognitiva.

Estos mecanismos funcionan como estrategias adaptativas, pero si se usan en exceso o de manera rígida pueden distorsionar la realidad y afectar el bienestar psicológico. Algunos son más inmaduros y pueden generar dificultades interpersonales, mientras que otros son más adaptativos y favorecen la resiliencia.
Ejemplos de mecanismos de defensa:
1. Represión: Bloqueo inconsciente de pensamientos o recuerdos dolorosos para evitar la angustia. Ejemplo: olvidar un trauma infantil.
2. Negación: Rechazo de una realidad evidente porque resulta intolerable. Ejemplo: una persona que sigue actuando como si su relación no hubiera terminado.
3. Proyección: Atribuir a otros pensamientos o emociones que uno mismo no puede aceptar. Ejemplo: una persona que acusa a su pareja de infidelidad cuando en realidad es ella quien siente deseos de engañar.
4. Desplazamiento: Transferir emociones negativas de un objeto o persona a otro menos amenazante. Ejemplo: un jefe te trata mal y, en lugar de enfrentarlo, descargas tu enojo en casa con tu familia.
5. Racionalización: Justificar conductas o pensamientos inaceptables con explicaciones lógicas pero falsas. Ejemplo: "No fui seleccionado para el trabajo, pero en realidad no lo quería."
6. Sublimación: Canalizar impulsos inaceptables en actividades socialmente aceptadas. Ejemplo: transformar la agresión en deporte o arte.
7. Regresión: Volver a comportamientos infantiles ante el estrés. Ejemplo: un adulto que llora o hace berrinches cuando no consigue lo que quiere.
8. Formación reactiva: Actuar de manera opuesta a los impulsos que se intentan reprimir. Ejemplo: una persona con deseos homosexuales que expresa opiniones homofóbicas.
9. Intelectualización: Evitar la emoción de un problema analizando la situación de manera fría y abstracta. Ejemplo: hablar del cáncer de un ser querido con términos médicos sin expresar sentimientos.
10. Identificación: Adoptar características de otra persona para sentir seguridad. Ejemplo: imitar el estilo y la forma de hablar de alguien admirado.
¿Por qué son importantes?
Los mecanismos de defensa nos ayudan a gestionar la ansiedad y adaptarnos a situaciones difíciles. Sin embargo, si se usan de forma desadaptativa pueden generar conflictos emocionales, problemas en las relaciones o incluso síntomas psicológicos.
Identificarlos en uno mismo o en los demás puede ser un primer paso para mejorar la salud mental y desarrollar estrategias más maduras de afrontamiento. 

jueves, 20 de marzo de 2025

Das ding, la paradoja de la satisfacción y el límite ético

En La ética del psicoanálisis, Lacan establece una clara distinción entre el campo de la sublimación y el más allá del principio del placer. La sublimación queda situada en el ámbito de la libido objetal, vinculada a los espejismos del sujeto, es decir, a lo que puede ser investido. Esta diferencia se juega entre Das Ding y los señuelos fantasmáticos.

El estatuto de Das Ding se presenta desde dos términos aparentemente contradictorios: por un lado, como un supuesto necesario para el funcionamiento del aparato psíquico en Freud; por otro, como “lo real último de la organización psíquica.

Desde esta perspectiva, Das Ding como supuesto introduce un componente económico que se oculta y se articula con las ilusiones del fantasma. En el contexto analítico, este componente económico fue evitado mediante un desplazamiento hacia la afectividad.

Aquí emerge la paradoja de la satisfacción: una satisfacción más allá de la meta, o dicho de otro modo, la pulsión encuentra su meta en algo diferente a su meta. Sin embargo, esto plantea una cuestión problemática: ¿cómo puede una pulsión alcanzar una satisfacción más allá de su meta si su meta es precisamente la satisfacción? ¿O el problema radica en el objeto al que se anuda contingentemente?

La pulsión, en este sentido, implica un arreglo, pero un arreglo atravesado por un vacío. Por eso, Lacan la define como aquello de lo real que padece del significante. Existe un modelamiento significante de un vacío estructurante, el cual abre la posibilidad de ser llenado, y es ahí donde se inscribe la dimensión moral.

El análisis verifica la irreductibilidad de lo real, más allá del beneficio moral que el sujeto busca obtener para burlar lo paradojal. Esto sugiere que el proceso analítico podría habilitar un arreglo menos moralizado, en la medida en que el sujeto pierde ese beneficio. Sin embargo, esta pérdida no es sin consecuencias: señala límites éticos que dan cuenta de la estructura misma del deseo y del goce.

miércoles, 19 de marzo de 2025

La paradoja de la conciencia moral y la renuncia al goce

Lo real se vincula estrechamente con un concepto clave: la paradoja. Esta no solo funciona como un soporte lógico para delimitar los impasses, sino que también mantiene una relación intrínseca con el problema del goce y lo real. Lacan, en este contexto, introduce la idea de una paradoja propia de la conciencia moral.

La paradoja establece una separación entre la conciencia moral y el campo de la contradicción, distanciándola de la simple oposición significante. En ella, se revela la incidencia de lo real y, al mismo tiempo, el fracaso de la represión. Este fracaso señala la participación de la pulsión en la conciencia moral y permite afirmar, en palabras de Lacan, que el Trieb se perfila más allá del ejercicio del inconsciente.

Antes de llegar a estas formulaciones, es necesario considerar la sublimación y su papel en el trabajo analítico. Lacan descarta la sublimación como horizonte del análisis precisamente porque ahí se evidencia un límite, algo que no puede ser sublimado. Se trata de un resto, un desecho, un núcleo irresuelto que permanece más allá del principio del placer. Por ello, la interpretación analítica debe abordarse desde la perspectiva del corte.

La paradoja de la conciencia moral también pone en juego la operación de la ley y la cuestión de la renuncia al goce. Cuanto más renuncia el sujeto, más implacable se vuelve la instancia moral (superyó). Esto nos lleva a interrogarnos sobre la renuncia misma: ¿qué implica renunciar? ¿Cómo se hace efectiva?

La paradoja señala que la renuncia, lejos de producir un corte definitivo, no alcanza sus consecuencias esperadas, ya que la lógica del deseo introduce un movimiento inverso: es en el mandato moral donde se juega el goce que se pretende abandonar. En otras palabras, cuanto mayor es la renuncia, mayor es la ferocidad de la instancia moral.

viernes, 22 de noviembre de 2024

Sublimación o productividad.

Lo curativo en un análisis no es otra cosa sino la redistribución de la satisfacción pulsional. No podemos cancelar la fuente de aquello que continuamente empuja, pero sí inventar algo que lo encauce (caso por caso), y que haga que el sujeto le dé algún uso a eso. Fracasados son esos análisis en que el paciente acumula información, pero sigue en la misma posición subjetiva con la que entró. 

Una paciente de 18 años consulta por accesos de ingesta compulsiva (bulimia), ataques de pánico y un fenómeno psicosomático relacionado a una alergia. A las pocas sesiones, el análisis comienza a historizar un funcionamiento familiar psicótico, donde lo que imperaba desde hacía años era la prohibición de salir de la casa, de manera que habían tres generaciones viviendo juntas sin que nadie más que la joven cuestionara nada, cosa que hacía mediante sus síntomas.

Dos simples preguntas del analista generan una serie de cambios: que la paciente se vaya a vivir con su otra abuela, quien estuvo feliz de recibirla y que a la vez encontrara un trabajo. Tales preguntas fueron: "¿Y no podés irte a vivir a lo de tu otra abuela?" y "¿Vos pensaste en trabajar?". La paciente reconoce que esas preguntas le dieron valor para salir de la casa, cosa prohibida para la familia. "Me di cuenta que no era la única que pensaba en esa posibilidad".

Por otro lado, escucho la siguiente queja: Qué difícil encontrar profesionales y métodos no revictimizantes, no normalizadores, ni productivistas o capacitistas. Se trata de una usuaria de Instagram que relata sus continuas decepciones terapéuticas. No hay que seguirla por demasiado tiempo para darse cuenta que se trata de una histeria melancolizada; aún así, las histerias siempre enseñan y en este caso nos permite pensar en la delgada línea entre:

- implicación subjetiva vs. revictimización.

- sublimación vs. productivismo.

¿Y qué define de qué lado de la línea nos paramos? La transferencia del paciente, aunque también los ideales que pueda tener el idealista (como el paciente que debe "amar y trabajar"), que pueden funcionar como resistencias de éste último.


domingo, 25 de agosto de 2024

La sublimación y el fin de análisis

La sublimación, uno de los destinos posibles de la pulsión.

El término sublimación tiene una serie de resonancias que lo acercan a lo sublime, o sea, a lo elevado. Tomado así es utilizado en el ámbito de las artes y refiere a la producción humana en la medida en pudieran quedar revestidas de un valor. Simbólico o estético.

Freud trabaja a la sublimación desde una perspectiva económica y dinámica. Esto le hace posible explicar ciertas actividades sociales, podríamos decir, del sujeto, que están sostenidas en una satisfacción pero que reviste la particularidad de que ha sido separada de su fin sexual. O sea que la sublimación acarrea la desexualización de la meta sexual de la pulsión.

Lacan retoma el problema de la sublimación, y puntualmente en el seminario 7, el seminario no casualmente dedicado a la ética.

Allí da una definición muy interesante de la sublimación, dice que consiste en elevar un objeto a la dignidad de la Cosa.

La sublimación ya implica una sustitución, lo que nos señala su carácter tributario de la operación del significante. Con lo cual la sublimación conlleva necesariamente el establecimiento de la cadena porque es a partir de ella que la sustitución podrá llevarse a cabo. La sublimación es entonces un efecto discursivo.

Por esto la sublimación es tributaria del semblante, y hace posible tramitar en el sujeto determinadas satisfacciones pulsiones con metas socialmente toleradas.

Pero hay un punto fundamental que Lacan interroga allí. Se cuestiona si pudiera hacerse coincidir el fin de análisis con la sublimación. Pareciera que Lacan no es, en este punto, contundente. El fin de análisis no puede subsumirse en la sublimación, aun cuando la sublimación pudiera ser parte del trabajo del análisis, y será frente a esa insuficiencia de la sublimación que toma lugar allí el concepto de corte.

Alcances y límites de la sublimación

 La sublimación es definida por Freud como uno de los destinos posibles de la pulsión. A diferencia de los otros, pone en juego una tramitación del componente sexual, pulsional, que haría de este impulso algo “tolerable socialmente”.

Cabe además la interrogación respecto de en qué medida, para Freud, la sublimación total sería posible, cuestión que es discutible y que seguramente tiene distintas respuestas según la consideremos antes o después del más allá del principio del placer.

Lacan, como se expuso, puntualmente a la altura del seminario sobre la ética del psicoanálisis, pone en interrogación la cuestión de si la sublimación podría ser un modo del fin de análisis. Habría que considerar este interrogante entramado en la discusión que sostiene con gran parte del medio psicoanalítico que le es contemporáneo.

Además, en ese seminario, está embarcado en un trabajo que lo lleva, entre otras cuestiones, a reformular de un modo decisivo el registro de lo real, asociándolo no solo al campo de la pulsión, sino esencialmente a lo paradojal de su satisfacción.

La sublimación es definida allí como algo del orden de una elevación: “elevar el objeto a la dignidad de la Cosa”, y esta elevación es una operación del significante. La elevación es un recurso para referirse a la latencia que el significante introduce al desnaturalizar el cuerpo del hablante.

A partir de esto y en función del contexto, o sea de ese impacto que lo real comienza a significar en el planteo de Lacan, es que, necesariamente, descarta de plano que la sublimación pudiera considerarse como un final de análisis por cuanto la sublimación toda es imposible.

Esta posición traza el camino al no-todo, dado que, si bien hay un alcance de la sublimación en el sentido de lo que esta pudiera tramitar del componente sexual de la pulsión, el límite está dado por el hecho de que no todo el componente económico es ligable, o lo que es igual: no todo el campo del goce es elevable, con lo cual el límite marca la incidencia del significante.

La sublimación en la ética del psicoanálisis

 El seminario 7 dedicado a la ética del psicoanálisis constituye una bisagra en las elaboraciones de Jacques Lacan. Es el momento de un viraje que inicia la formulación de un real propio de la experiencia analítica, asociado al impasse de la sexualidad en el hablante y que es considerado en primer término en relación con lo perturbador de la pulsión en el sujeto.

De este modo abandona esa consideración inicial por la cual el registro de lo real quedaba asociado a esa necesidad biológica que se pierde por la acción desnaturalizante del significante sobre el cuerpo. En esta línea, y casi como una formulación axiomática, comienza por definir al goce, término que explicita la satisfacción de la pulsión, en función del vocablo “paradoja”.

Esta palabra, con fuertes resonancias lógico-matemáticas viene a emplazar una aporía en el campo mismo de la satisfacción del hablante. La paradoja aquí es que se trata, en la pulsión, de una satisfacción que en nada es tributaria del principio del placer, con lo cual el goce y el placer se deslindan como dos campos diferenciados.

En función de estos planteos, y de otros tomados del seminario anterior dedicado al estatuto del deseo, es que emprende la consideración de un campo propio de la ética en psicoanálisis, de su diferencia con el registro de la moral, y también del concepto de la eticidad en general. Para ello se sirve de uno de los destinos que, respecto de la pulsión, definió Freud: la sublimación.

Ésta está involucrada en el campo de la ética y la moral, precisamente porque conlleva el cambio de meta respecto de la satisfacción. Tanto moral como ética (no entraremos en detalle en el desarrollo de esa diferencia) involucran a la relación del sujeto con el objeto tal como el psicoanálisis la considera, o sea como una relación de demanda, de deseo o de goce.

miércoles, 5 de octubre de 2022

Desenredar el malestar: un estudio de la felicidad

El 27 de agosto, en el marco del Ciclo de conferencias de redpsiBA, "(a)portes psicoanalíticos" se dictó "DESENREDAR EL MALESTAR" por Violaine Fua Púppulo. 

¡¡Queremos notas de esa conferencia!!

Actualmente, respecto a la felicidad se escuchan dos grandes posturas: el mandato a ser feliz (ahora y de la forma que dice el Otro), por un lado; y los discursos que sostienen que la felicidad es estructuralmente imposible. 

El texto El malestar en la cultura, en un comienzo iba a llamarse Un estudio de la felicidad. En la Conferencia: Freud en el siglo. Clase 19 Seminario 3. Jacques Lacan dice:

Quiero comenzar diciendo aquello que, por aparecer bajo el nombre de Freud, supera el tiempo de su aparición, y escamotea su verdad hasta en su revelación misma: el nombre de Freud significa alegría.

Freud mismo era consciente de ello, como lo testimonian muchas cosas, cierto análisis de un sueño —dominado por una suma de palabras compuestas, especialmente por una palabra de resonancia ambigüa anglófona y germanófona—donde enumera los encantadores rinconcitos de los alrededores de Viena.

Esto está mandado a hacer para recordarnos que, a través de la asimilación cultural de los significantes ocultos, persiste la recurrencia de una tradición puramente literal, que nos lleva hasta muy adentro sin duda del núcleo de la estructura con la que Freud respondió a sus preguntas.

Ciertamente, para percibirlo en forma adecuada, sería necesario evocar desde ya hasta qué punto el reconocía su pertenencia a la tradición judía y a su estructura literal, que llega, dice Freud, hasta imprimirse en la estructura de la lengua. Freud pudo decir, de modo deslumbrante en oportunidad de su sexagésimo aniversario, en un mensaje dirigido a una comunidad confesional, que reconoce en ella su más íntima identidad.

Strachey, por su lado, también dice que freude significa júbilo, alegría, dicha. Él hace una referencia a fröhliches Haus (casa de la alegría, prostíbulo) y fröhliches Mädchen (muchacha feliz, prostituta). Es notorio que en Freud la referencia permanente a ala sexualidad.

En "El psiconálisis y su enseñanza", Lacan dice:

...a partir de su técnica Freud nos muestra que su alegría propia reside en hacernos participar en la dominancia del significante sobre las significaciones más pesadas de llevar de nuestro destino.

En el seminario I, Lacan dice que La dimensión de la alegría supera la categoría del goce”.

El texto El malestar en la cultura es una pregunta sobre la felicidad. Freud no hace de la falta una excusa para pensar que la felicidad es un imposible creado por un superyó del liberalismo a ultranza. Esta sería una salida fácil. No es el liberalismo el que crea la idea de felicidad, aunque sí es cierto que el liberalismo sostiene la idea de una felicidad plena y permanente. Aún así, no se trata de desterrar el concepto de la felicidad y naturalizar el malestar.

Antes de El malestar en la cultura, Freud había cerrado, dos años antes, el texto El provenir de una ilusión con esta frase:
No, nuestra ciencia no es una ilusión. En cambio, sí lo sería creer que podemos obtener en otra parte cualquiera lo que ella no nos pueda dar.

La ilusión de la que habla Freud allí es la de liberarse del sufrimiento y la muerte. Para Freud es lícito ser optimista respecto al futuro de la humanidad, porque el hombre cuenta con su intelecto. Para Freud la felicidad es en este mundo y hoy, aunque hay que trabajar por ella. 

La felicidad y la alegría son tan enigmáticas como la neurosis. En El malestar... Freud describe que las drogas, el enamoramiento, el eremita, son formas de conseguir la felicidad. Pero en suma, de lo que se trata es de buscar la felicidad o de evitar el displacer. Las primeras teorías económicas de evitar el displacer van en línea con esto, ¿Pero es lo mismo felicidad que evitar el displacer?

Freud dice:
Se descubrió que el ser humano se vuelve neurótico porque no puede soportar la medida de frustración que la sociedad le impone en aras de sus ideales culturales, y de ahí se concluyó que suprimir esas exigencias o disminuirlas en mucho significaría un regreso a posibilidades de dicha

Esto es un deslizamiento imaginario: menos obstáculos es más felicidad. El sujeto cree no poder soportar estos obstáculos. Freud prosigue:
los seres humanos han hecho extraordinarios progresos en las ciencias naturales y su aplicación técnica, consolidando su gobierno sobre la naturaleza en cuna medida antes inimaginable. Los detalles de estos progresos son notorios; huelga pasarles revista. Los hombres están orgullosos de estos logros, y tienen derecho a ello. Pero creen haber notado que esta recién conquistada disposición sobre el espacio y el tiempo, este sometimiento de las fuerzas naturales, no promueve el cumplimiento de una milenaria añoranza, la de elevar la medida de satisfacción placentera que esperan de la vida; sienten que no los han hecho más felices.

No hay que deslizarse tan pronto a la idea de que si las cosas fueran fáciles, entonces seríamos más felices. Lo que falta en el malestar, hay que construirlo, no es del orden de lo natural. La felicidad exige un trabajo para conseguirla, al menos en sus condiciones de posibilidad.

Freud se pregunta:
La perspectiva de averiguar algo nuevo no parece muy grande ni aun si la continuáramos preguntando por qué es tan difícil para los seres humanos con seguir la dicha. Ya dimos la respuesta cuando señalamos las tres fuentes de que proviene nuestro penar: la hiperpotencia de la naturaleza (podremos decir "lo real"?), la fragilidad de nuestro cuerpo (Lo imaginario, los fantasmas de desintegración) y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad (lo simbólico)Respecto de las dos primeras, nuestro juicio no puede vacilar mucho; nos vemos constreñidos a reconocer estas fuentes de sufrimiento ya declararlas inevitables.

Más adelante:

Diversa es nuestra conducta frente a la tercera fuente de sufrimiento, la social. Lisa y llanamente nos negamos a admitirla, no podemos entender la razón por la cual las normas que nosotros mismos hemos creado no habrían más bien de protegernos y beneficiarnos a todos.

Es decir, el sujeto crea las leyes que luego, retroactivamente, nos enferman. Freud marca que solo el enfrentamiento contra la pulsión de muerte, como el superyó ó también el apetito de destrucción que proviene del sentimiento inconsciente de culpa. Freud concluye que para que el sujeto sea feliz, no se trata de que tenga menos exigencias, sino que se dirija al polo motor del aparato: la construcción de un saber hacer allí, frente a la pulsión de muerte que nos habita.

No se trata de que el mundo debiera presentar menos obstáculos, eso sería heredero del narcisismo. Cuando alguien dice "Yo no merezco eso", de alguna manera supone que otro sí. Habría que acotar el narcisismo planteando por qué no habría de pasarme eso a mí. Y de por qué estoy tan seguro de que no podría yo con eso. Entre narcisismo y malestar hay una relación de correspondencia directa: a mayor narcisismo, mayor malestar.

La felicidad no viene de que no nos pase nada, sino de atravesar lo que nos suceda armando un borde con esa culpa de existir (o ir más allá que nuestros padres), o por haber logrado la felicidad luego de haber tenido algo terrible. En la clínica, el sentimiento inconsciente de culpa es difícil de pesquizar, aparece como algo que le dice al sujeto "No tenés derecho". 

El texto posterior al Malestar es Construcciones, porque a ese malestar infinito le corresponde construir un nudo singular, que tenga la posibilidad de la sublimación. Cuando Freud enuncia las distintas maneras en que los sujetos creen encontrar la felicidad, hace una mención a la sublimación, que en su obra está más o menos definida de la misma manera. No obstante, en El Malestar dice algo más:

Otra técnica para la defensa contra el sufrimiento se vale de los desplazamientos libidinales que nuestro aparato anímico consiente, y por los cuales su función gana tanto en flexibilidad. He aquí la tarea a resolver: es preciso trasladar las metas pulsionales de tal suerte que no puedan ser alcanzadas por la denegación del mundo exterior. Para ello, la sublimación de las pulsiones presta su auxilio. Se lo consigue sobre todo cuando uno se las arregla para elevar suficientemente la ganancia de placer que proviene de las fuentes de un trabajo psíquico e intelectual.

La sublimación aparece privilegiada en el fenómeno de la cultura:
La sublimación de las pulsiones es un rasgo particularmente destacado del desarrollo cultural; posibilita que actividades psíquicas superiores —científicas, artísticas, ideológicas desempeñen un papel tan sustantivo en la vida cultural. Si uno cede a la  primera impresión, está tentado de decir que la sublimación es, en general, un destino de pulsión forzosamente impuesto por la cultura.

La novedad del texto, en cuanto a la sublimación, es que:
no puede soslayarse la medida en que la cultura se edifica sobre la renuncia de lo pulsional, el alto grado en que se basa, precisamente, en la no satisfacción (mediante sofocación, represión, ¿o qué otra cosa?) de poderosas pulsiones.

La histérica tiene claro el punto de insatisfacción y de que no va a poder, incluso sabe que al encontrarse con la felicidad ésta no va a durar. En cambio, al obsesivo, no ser feliz se le arma como un casillero vacío y se tortura por ello, porque el sentimiento de culpa en esa neurosis es mayor. 

Es decir, es con la propia sexualidad sublimada (y no reprimida) con la que el sujeto logra estar con el mundo. Y acá va el consejo para la clínica:
Sobre este punto no existe consejo válido para todos; cada quien tiene que ensayar por sí mismo la manera en que puede alcanzar la bienaventuranza.'

Es decir, hay una salida al goce que no implica la represión. El psicoanálisis crea las condiciones de calma de ese malestar cotidiano para que advenga la posibilidad de felicidad sin que el sujeto se castigue por sentirla.

Freud propone, en Introducción al narcisismo, a la sublimación como algo contrario a la idealización. En la medida que empezamos a idealizar, otra vez empieza el sentimiento de culpa. Es decir, se trata de que el objeto a resto sea objeto a causa, a condición de que no idealice. 

En Freud siempre hay una voluntad de trabajo, cosa que no se lee en posiciones actuales sobre el tema. Hay que vérselas con ese exceso de lenguaje, ese exceso de alienación, sin meterse nuevamente bajo un amo al que hay que obedecer. 

El malestar es una nave que parte desde El porvenir... y encuentra su nuevo puerto en el planteo de la construcción, en Construcciones en Psicoanálisis. ¿No nos hará falta a todos creer en la posibilidad de construir lo nuevo? Escribir lo nuevo, deshacerse de los significantes amo, desalienarse, hacer caer el enaltecimiento del Otro, ¿No hace caer ese destino que estaba supuestamente decidido para nosotros? 

lunes, 30 de mayo de 2022

¿Qué es "la cosa" (das Ding)?

La cosa es el objeto del incesto. Lo que hay de más íntimo para un sujeto, aunque extraño a él, estructuralmente inaccesible, significado como interdicto (incesto) e imaginado por él como el soberano Bien: su ser mismo.

Lacan señala en dos textos de Freud, separados por treinta años de elaboración, el mismo término alemán: Ding (cosa).

En el Proyecto (1895), la cosa (das Ding) designa la parte del aparato neuropsíquico común tanto a la configuración neuronal investida por el recuerdo del objeto como a la configuración investida por una percepción actual de ese objeto. En una serie de equivalencias donde hace intervenir explícitamente el papel de la lengua, Freud identifica esta parte inmutable, la cosa, con el núcleo del yo, con lo que es inaccesible por la vía de la rememoración y, por último, con el prójimo (el objeto en tanto que es al mismo tiempo semejante al yo y radicalmente extraño a este, y la única potencia auxiliadora: la madre).

En su artículo La negación (1925), Freud retoma el mismo término Ding para distinguir, como en el Proyecto, la cosa de sus atributos. La negación es un juicio. Freud nos dice entonces que la función de todo juicio es llegar a dos decisiones: pronunciarse sobre si una propiedad pertenece o no a una cosa (Ding); conceder u objetar a una representación la existencia en la realidad.

Efectivamente, <<la experiencia ha enseñado que no sólo es importante saber si una cosa (Ding; una cosa objeto de satisfacción) posee la propiedad buena, y por lo tanto merece ser admitida en el yo, sino también saber si está allí en el mundo exterior, de modo que uno pueda apoderarse de ella si hay necesidad>>. En esta segunda decisión, el yo ha cambiado: el yo-placer deviene yo-real. Freud emplea por lo tanto el término Ding cuando insiste en el carácter real del objeto.

En La cosa freudiana ( 1956), Lacan no se refiere explícitamente a das Ding, sino a la palabra latina res: ¿de qué cosa [quoi} se trata en el psicoanálisis? El acento está puesto allí en la experiencia del inconciente estructurado como un lenguaje (rebus [término latino que significa «cosas», y también alude a un juego cifrado de palabras, letras y dibujos como metáfora del aspecto cifrado del sueño]) a través de una práctica de la palabra: «Yo, la verdad, hablo», y el artículo termina con <<la deuda simbólica de la que el sujeto es responsable como sujeto de la palabra>>.

Es en el seminario La ética del psicoanálisis (1959-60) donde Lacan introduce la Cosa a partir del das Ding de Freud. Al mismo tiempo, el acento va a desplazarse de lo simbólico a lo real: <<Mi tesis es que la moral se articula en la perspectiva de lo real( ... ) en tanto esto puede ser la garantía de la cosa>>.

Lacan muestra en primer término que el advenimiento de la fisica newtoniana pone en peligro la garantía que los hombres han situado siempre en lo real concebido como el retorno eterno de los astros al mismo lugar. Por eso Kant intenta refundar la ley moral fuera de toda referencia a un objeto de nuestra afección, no en un bien (Wohl), sino en una voluntad buena (gute Willen): <<Haz de modo que la máxima de tu voluntad pueda siempre valer como principio de una legislación universal>. La Cosa se confunde así con el imperativo de una máxima universal cuya verdad latente pronto mostrará Sade. Si, en efecto, esta tiene como consecuencia perjudicar nuestro amor a nosotros mismos, se podrá muy bien tomar como máxima universal: «tengo el derecho de gozar de tu cuerpo, puede decirme cualquiera, y ejerceré ese derecho sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exacciones que tengo el gusto de saciar en él» (Ecrits, pág. 769).

El movimiento de Freud, nos dice Lacan, consiste en «mostrarnos que no hay soberano Bien: que el soberano Bien, que es das Ding que es la madre, el objeto del incesto, es un bien prohibido y que no hay otro bien». En efecto, la Cosa está perdida como tal, puesto que para volver a encontrarla habría que volver a pasar exactamente por todas las condiciones contingentes de su aparición, hasta la punzadura de la primera vez. Aparece así como lo real más allá de todas las representaciones que de ella tiene el sujeto, o sea, de lo que vehiculiza la cadena significante. Por eso, hacer uno con la Cosa sería salir del campo del significante y por ende de la subjetividad. La desdicha de la existencia no es entonces de ninguna manera contingente. La madre, en tanto ocupa el lugar de la Cosa, induce el deseo de incesto, pero este deseo no podría ser satisfecho puesto que aboliría todo el mundo de la demanda, es decir, de la palabra y, por lo tanto, del deseo. De este modo, la prohibición del incesto con la madre, aunque universal, no es objeto tradicionalmente de ninguna interdicción escrita. Hay sí toda una serie de otras prescripciones (en nuestra cultura, el Decálogo) que suscitan otros deseos con relación a la cosa, pero a distancia de ella, y tienen por función preservar la palabra (incluso en su trasgresión).

El espacio de la Cosa sigue siendo sin embargo el de la creación, el de la sublimación en el sentido freudiano. Por esta vía es posible una incursión más allá del principio de placer. Así, la sublimación es definida por Lacan como lo que «eleva un objeto a la dignidad de la Cosa». Esto quiere decir que el objeto elegido de nuestras pulsiones abandona su carácter espontáneamente narcisista para ser el lugar-teniente de la Cosa. Esto lo ilustra especialmente la Dama en el fenómeno del amor cortés y también la obra de arte. Así, el objeto que en la sublimación viene en lugar de la Cosa no es la cosa, se distingue por su carácter de ser Otra cosa. El arte tiene la función de reproducir la aparición ex nihilo del significante y, en consecuencia, de la Cosa como perdida, y por eso es creación. En este sentido puede cuestionarse que evolucione: él crea.

En ausencia del soberano Bien, dice Lacan, «no hay otro bien que el que puede servir para pagar el precio por el acceso al deseo ( ... ) definido como la metonimia de nuestro ser». Metonimia porque el deseo no mira a un nuevo objeto sino que reside en el cambio de objeto en sí. Este objeto cedido para el acceso al deseo (por medio de la castración) es el que Lacan había introducido el año anterior bajo el nombre de objeto a, que, alojado en el vacío de la Cosa, viene a tender el cebo del fantasma como sostén del deseo. Puede entreverse aquí de qué modo la experiencia analítica revela el fundamento real de la ética para un sujeto: nunca se es culpable sino de haber cedido en el propio deseo.

Fuente: Chemama, Roland (1996) "Diccionario de Psicoanálisis". Amorrortu editores.

sábado, 17 de julio de 2021

El concepto de sinthome, ¿Es útil para la clínica?

El término sinthome es una forma arcaica de la palabra síntoma (symptome), que Lacan propuso en 1975 como título al seminario 23.
Un año antes había dicho que el síntoma solo podía definirse como el modo en que cada sujeto goza de su inconsciente, en la medida que el inconsciente lo determina. De esta manera, estableció un pasaje del síntoma como mensaje a descifrar al síntoma como puro goce que no se dirige a nadie. En este sentido, el sinthome es una formulación significante inanalizable, se trata de un núcleo de inmune a la eficacia de lo simbólico.

En el seminario del 23, el sinthome aparece como un cuarto anillo a la tríada de los registros real, simbólico e imaginario en el nudo borromeo. 


La función de este cuarto anillo es la de mantener unido a un nudo que permanentemente amenaza con deshacerse. Lacan lee a la escritura de Joyce, como un sinthome, un cuarto término que mantenía unido al nudo norromeo RSI, evitando el desencadenamiento de la psicosis. Es decir, aquí el arte de la escritura le servía a Joyce como suplencia.

El sinthome es lo que permite vivir y organizar singularmente el goce, por lo que no requiere una disolución analítica. Todo lo contrario, la tarea del análisis es llevar a la identificación con el sinthome.

Ahora, el concepto de Sinthome, ¿sirve para atender en la clínica? ¿nos suma algo para pensar el tratamiento de nuestros pacientes? ¿supera al concepto de sublimación en Freud?

El concepto de sinthome orienta episetomológicamente, como también nos orientan los conceptos de neurosis, psicosis y perversión. En realidad, no hay estructuras clinicas netamente separadas con bordes y diferencias claramente establecidas y con direcciones a la cura diferentes. El seminario 23 intenta plantear una dinámica de continuidades entre la neurosis, la psicosis y la perversión. Ahora, ¿En qué supera esto la formulación de Freud de 1927 en El fetichismo? Freud dijo allí que no era tan correcto hacer una división tajante entre neurosis y psicosis a la manera de un modelo botánico que pone etiquetas. Las distinciones no son tan netas y hay que tener cuidado si estas clasificaciones no determinan que un tratamiento sea efectivo o no.

Uno de los maestros de Freud, Wilhelm Griesinger, en 1845 dijo que hay que tratar al enfermo y no a la enfermedad. Tratamos con personas y no con estructuras. Tampoco tratamos con sujetos, pues este es un concepto técnico para hablar de la sujeción inconsciente. Lo mismo pasa con el fantasma, que no es algo que existe a priori sino que se construye, o con el significante, que es algo que se produce por la intervención del analista en la transferencia, cuando interpreta y "entromete significante" (Televisión).

Ahora, ¿Qué aporta el sinthome? No demasiado... Podríamos pensar que la formación reactiva de un neurótico obsesivo es un sinthome, porque le coagula su identidad e imaginariamente le arma una forma de ser, pero de manera defensiva contra algo que hay que descubrir qué es. Otro de los puntos es que el sinthome se suele utilizar en la clínica de la psicosis y no en la clínica general. Si seguimos la idea lacaniana, resulta que el síntoma también nos anuda, aunque la tarea analítica sea el desanudamiento. En el caso de Joice, un desanudamniento implicaría el desencadenamiento.

También se habla del sinthome como un saber hacer con el goce del síntoma, lo cual en nada agrega al concepto de sublimación, que tiene que ver con el momento de atravesar el fantasma. Veamos de qué manera.

El fantasma es una fórmula lógica que intenta dar cuenta de la pluralidad de fantasias que tenemos los neuróticos y que articulan una posición inconsciente (sujeto) con una modalidad de sufrimiento:

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El objeto a, antes que nada, significa la angustia y la satisfacción pulsional, el goce. El fantasma muestra la posición subjetiva, que es simbólico, imaginaria y real. Por la repetición de ciertos patrones, nuestras vidas están determinadas y al fantasma hay que atravesarlo muchísimas veces para que en cada vuelta se reduzca, con suerte, el sufrimiento implicado en esa posición. Y esto no es un tema de racionalización, no se trata tan solo de saber el porqué, sino de un cambio real interno en la posición de esa persona.

Recordemos, finalmente, que el concepto de sublimación apunta a la cuestión energética, porque es un destino de la pulsión. El ello no es una entidad abstracta ni racional, sino que es orgánico, corporal y tiene un punto de intraducibilidad. La idea de "ello" es que algo está por fuera de la palabra y el lenguaje. En e caso de la psicosmática, vemos que el ello se manifiesta en una enfermedad física y que la operatoria tiene que ser simbólica para poder hablar de eso como un conflicto interno.

domingo, 11 de julio de 2021

El fútbol, ¿sublimación de la pulsión ó estupidez popular?

El sábado pasado, los argentinos tuvimos "la" alegría de que la Selección de fútbol saliera campeona de la Copa América. Y digo "la" porque el 2021 no ha traído grandes alegrías para los argentinos: al momento de ese partido, el país estaba por llegar a las 100.000 muertes de COVID-19, en un contexto de inflación, pobreza (60%), cansancio y desánimo. 

Borges dijo que el fútbol era estúpido y si era el deporte más popular era "porque la estupidez es popular". En una nota publicada en el diario La Razón sobre la Copa del Mundo 1978, Borges conversa sobre fútbol con Roberto Alfiano ( quien luego publicó un libro sobre Borges, en el que incluyó este diálogo).
- ¿Fuiste alguna vez a ver un partido de fútbol?
- Sí, fui una vez y fue suficiente, me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorín - que era uruguayo-. Jugaban Argentina y Uruguay. Empezó el partido y nosotros hablábamos de otra cosa, creo que de Literatura. Luego pensamos que había terminado y nos fuimos. "Bueno, le voy a hacer una confidencia: esperaba que ganara Uruguay". Nunca nos enteramos del resultado. Nuestra amistad estaba por encima de esa pobre circunstancia que es un partido de fútbol, un deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial. Estéticamente horrible y zonzo. Once jugadores detrás de una pelota, para tratar de meterla en un arco. Algo absurdo, pueril, y esa calamidad, esa estupidez, que apasiona a la gente. A mí me parece ridículo.

Rampoco se le pasó a Quino la chance de expresar, desde su humor, algo de esta postura que tenía Borges:

Hay otra anécdota de Borges del mismo año. Un futbolista argentino muy respetable, quien al final de su carrera, jugó para el equipo "Estudiantes de Mérida" en Venezuela, que siendo un niño, reconoció al gran Borges, justo después del título mundial de Argentina 1978, y le dijo: "Maestro. somos más grandes que Holanda".-"Para ser más grandes que Holanca tenemos que tener un Erasmo De Roterdam".

El fútbol tiene algo sumamente distractor que de alguna forma le ha sido funcional a muchísimos políticas, como fue el caso de Argentina en el '78, motivo por el cual traigo a Borges.

En esta entrada, apenas se dijo que los deportes eran sublimaciones o desplazamientos de los deseos primitivos de poseer a la mujer y los bienes y eliminar al rival. Raúl Courel, recientemente manifestó algo más sobre esta lectura clásica que se hace desde el psicoanálisis:
El fútbol es un juego que facilita la unión, bajo una misma camiseta o bandera, de personas que pertenecen a grupos muy distintos entre sí y que responden a los más diversos idearios.
La satisfacción que ofrece es hacer entrar la bola en un agujero del otro mientras éste trata de hacerla entrar en el de uno. Se dedica la mayor energía e inteligencia a darse este gusto, que sería vivido con temor o angustia si no fuera porque las reglas del juego prohíben dañar físicamente al rival. De este modo se diferencia el entretenimiento de la guerra.
El gusto por los enfrentamientos deportivos y lúdicos, de los que el fútbol hoy es un paradigma, se remonta a las sociedades más lejanas en el tiempo. La lucha deportiva es una alternativa inventada para sublimar las pulsiones que Freud llamaba de destrucción. Así el fútbol puede dar cauce a las inclinaciones a agredir sin los estragos que produce la violencia.

Otro gran cauce que da el fútbol es a los deseos homosexuales. Aquello de meter algo en el agujero del otro pero que no se lo metan (o si) es el guión de varias fantasías que los pacientes masculinos cuentan en sus consultas. Basta escuchar las expresiones que suelen decirse en esos ámbitos para convencerse.

Sublimación de esto, de aquello, facilitación de la unión... ¡Con qué poco se contentan las masas! Lo popular está producido. A lo popular hay que popularizarlo. La trampa de lo popular es que al criticarlo el emisor puede quedar como elitista o facho... para quienes no tienen en cuenta que la misoginia o el transodio también pueden ser populares. También bajo la categoría de "popular" cae nuestra economía doméstica, precarizada e informal.

miércoles, 3 de febrero de 2021

Arte y sublimación

Quizás convenga separar sublimación de arte. No todo destino sublimatorio de un instinto crea una obra de arte ni toda obra de arte es fruto de la sublimación. En la sublimación, lo que está valorado socialmente no es su producto sino la desexualización del instinto que implica. Así, por ejemplo, podemos decir que la obra de arte de Vincent van Gogh es hermosa, pero lo decimos ahora, cuando él las pintó no tenía casi ninguna aceptación social. Y entonces no podemos decir que esta obra es fruto de la sublimación ahora y entonces no lo era. 

Cuando hablamos de sublimación se suele confundir el valor social del destino instintivo con la obra producida. Görlitz, un maestro que compartió la vivienda con van Gogh durante un período, decía: "...era feo, pero cuando se ponía a hablar de religión o de arte y se entusiasmaba, cosa que siempre sucedía de inmediato, sus ojos comenzaban a brillar y sus facciones me producían honda impresión; su rostro se transfiguraba: se lo veía hermoso". 

Y en una carta a su hermano: "...soy un hombre apasionado, capaz de hacer - y propenso a ello - cosas más o menos tontas, de las cuales luego me arrepiento más o menos. Cuando estaba en otro ambiente, en medio de cuadros y objetos de arte, sabes bien cuánta pasión sentía por ellos, una pasión violenta que llegaba a la cima del entusiasmo." No se ven en esas escenas expresiones de la desexualización.


La sublimación existe antes del psicoanálisis y existirá después de él. De los famosos artistas no se puede tener idea si su creación artística era por sublimación o no. De van Gogh, pareciera que no. La actividad producida por la sublimación es emocionalmente light, tipo cero calorías, y van Gogh era un tipo apasionado, loco por el arte, y por lo tanto su actividad estaba sexualizada y en conflicto intenso. La persona que sublima puede darle valor o no a su actividad, el que sí le da valor es el superyó, que instiga o a la represión y sus sustitutos o a la sublimación. Esta última, al ser una desexualización, muestra la hilacha de ser una meta superyoica más lograda por la desexualización, y por lo tanto incapaz de producir sintomatología, lo que no ocurre con los instintos reprimidos pues los síntomas son un retorno de esos instintos.

Un indicio del sometimiento al superyó en la sublimación es el incremento de autoestima que tienen las personas que subliman mucho. Se sienten superiores a los que no lo hacen, a las personas que no tiene ideales tan elevados.

El único modo de saber si son sublimaciones es conocer el estado anímico en el momento en que realizan su obra. Si se lee la biografía de Ignacio de Loyola se ve que su paso del descontrol bravucón de una vida desorganizada al de Santo frugal era una formación reactiva lograda. Armó una organización cuasi perfecta, una de los más perfectos sistemas organizativos del mundo: la compañía de Jesús.

Recomiendación del caso: Ignacio de Loyola, solo y a pie. José Ignacio Tellechea Idígoras.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

A propósito del día del humorista, el humor.

El 26 de noviembre se festeja el día del humorista en Argentina. Es un día que se eligió por ser el cumpleaños del Negro Fontanarrosa. Un humorista es capaz de presentar o comentar la realidad, sacándole el lado sarcástico y cómico. En esta ocasión, veremos qué es lo que el humor le aporta a la clínica psicoanalítica.



Freud, quien tenía un humor extraordinario y además de las citas bibliográficas sobre El chiste y su relación con lo inconsciente, leyó mucho no sólo acerca del humor, sino también mucho humor. Tenía colecciones de revistas humorísticas, leia a Wilhelm Busch, a Fucks, a Lichtenberg, a Twain, disfrutó del humor de Ariosto, Auerbach, fue visitado por Norman Douglas (autor de un libro de obscenidades humorísticas); leyó las piezas humorísticas del fisico Gustav Fechner; admiraba el humor del cientifico Haldane, quién escribió un poema cómico durante su enfermedad terminal. Una de las colecciones de las revistas humoristas era la Fliegende Blätter, de dónde sacó: "No haber nacido nunca sería lo mejor para los mortales. Pero entre 100.000 personas difícilmente pueda sucederle a una”.

Freud nos dice: “no todos los hombres son capaces de la actitud humorística, es un don precioso y raro, muchos son hasta incapaces de gozar el plan humorístico que se les ofrece”. Si el humor es un don precioso y raro, si sólo es para algunos, ligado a las pulsiones de vida y de muerte, se tratará de una sublimación.

El humor en la clínica

La teoría de los humores de Hipócrates, sostenía que el cuerpo estaba dominado por cuatro humores: la sangre, la bilis, la flema y la bilis negra. La predominancia de un humor u otro imponía un tipo de personalidad, y las enfermedades se explicaban por su presencia desbalanceada. Humor y enfermedad, entonces, están unidos, y el mal o buen humor es lo que transmite disposición o estado de ánimo, cuál es el talante en la ocasión.

En el texto “El humor”(1927), Freud lo describe como una “defensa frente a la posibilidad de sufrir, ocupa un lugar dentro de la gran serie de aquellos métodos que la vida anímica de los seres humanos ha desplegado a fin de sustraerse de la compulsión del padecimiento, una serie que se inicia en la neurosis y culmina en el delirio, y en la que se incluyen la embriaguez, el abandono de sí, el éxtasis”.

El humor mitiga a la angustia. "El humor es el instinto de tomarse el dolor a broma.", dijo Max Eastman.

En su esencia, el humor consiste en ahorrarse sentimientos dolorosos, colocándole un freno al padecimiento, a la pulsión de muerte, al goce. El humor, como recurso, se opone al sufrimiento: es un triunfo del principio del placer en medio de los momentos penosos. El humor conlleva q una ganancia de placer que proviene del ahorro de un gasto de sentimiento.

Poder reír de las miserias de la vida y de la muerte, es la frontera donde puede transitar el superyó en la subjetividad, frontera entre la angustia y la risa. El superyó, que es conjunción entre Edipo y pulsión, ríe libre de culpa y censura mediante la actitud subjetiva del humor, posibilitando éste un ahorro “del gasto de la compulsión de solemnidad”. El superyó es una instancia de censura y castigo, heredera del complejo de Edipo, que en el humor tiene una versión insólita: le habla de una manera benévola y cariñosa al yo. El humor no hace feliz a nadie, pero sí permite una cuota menor de infelicidad.

Lograr una cuota de humor a lo largo de la cura es un modo de atenuar la crueldad del superyó, de acotar el goce para ganancia del placer. El sentido de humor facilita la conexión con lo inconsciente, y la conexión con lo inconsciente facilita el sentido de humor. 

Diferencias entre los conceptos de humor y chiste
El humor se diferencia del chiste. En el texto “El chiste y su relación con el inconsciente”, aprendemos que el chiste tiene la estructura de las formaciones del inconsciente, siendo producto de un equívoco, de un tropiezo que ocurre al nivel del lenguaje. El desplazamiento del doble sentido del significado de las palabras y su valor metafórico; o la condensación, son las fuentes del chiste. Mientras que el chiste se hace, lo cómico se descubre y éste último es un efecto no buscado. En lo cómico, se privilegia la escena.

El humor es más bien una posición, una actitud frente al sufrimiento. Freud describió el carácter del humor como una actitud subjetiva, como una “operación elevada” que no depende de propósitos conscientes, sino de una necesidad inconsciente, tanto en quién lo genera como en quién lo recibe.

El humor no sólo es liberador, como el chiste y lo cómico, sino que además tiene algo de grandioso y patético. Lo grandioso está en relación al narcisismo: el yo rehúsa sentir los embates de la realidad, rehúsa dejarse tomar por el sufrimiento y muestra que pueden ser ocasiones de ganancia de placer. El humor tiene una dignidad que no tiene el chiste y es un recurso que no entra en el terreno de la patología.