En el Seminario 5, Lacan aborda la estructura del grafo del deseo distinguiendo tres niveles fundamentales, que pueden entenderse como tres modos de articulación entre el sujeto y el Otro.
El primero pone de relieve la estrecha relación entre la captura narcisista y el campo del fantasma. En la medida en que el estadio del espejo constituye el ámbito privilegiado de lo especular, este registro proporciona la vertiente imaginaria del fantasma. De este modo, frente al enigma que representa el deseo del Otro, el sujeto encuentra una respuesta posible a través de una identificación imaginaria sostenida por las insignias fálicas; es decir, se presenta revestido de aquellos atributos mediante los cuales busca hacerse deseable para el Otro.
Un segundo nivel se refiere a la constitución del deseo a partir de la demanda. El Otro sólo adquiere estatuto de deseante en la medida en que la demanda se organiza y despliega sus rodeos significantes. El deseo emerge entonces como efecto de esos desvíos y excedentes producidos por la demanda. Es en este contexto donde el niño comienza a interrogarse por los movimientos del Otro, por sus idas y venidas, por aquello que en su conducta aparece incluso como caprichoso. El deseo se configura así como un más allá de la demanda, como aquello que el sujeto supone detrás de lo que el Otro dice o solicita.
Finalmente, un tercer nivel corresponde al lugar de la enunciación dentro de la estructura del grafo. Aquí se pone en juego la articulación entre el significante de la falta en el Otro y el significante fálico. No basta con que el Otro sea experimentado como deseante; es necesario además que esa dimensión deseante quede inscripta en la estructura simbólica. Esta inscripción resulta una condición esencial para que el síntoma pueda desempeñar la función que le corresponde dentro de la economía subjetiva.
En términos generales, estas tres líneas permiten formalizar los diferentes modos mediante los cuales la neurosis procura responder y dar tratamiento a ese real insoportable que constituye la barradura del Otro.
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