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lunes, 24 de noviembre de 2025

El “medio” en la lógica borromea: del tercero imposible al instrumento del lazo

Entre los seminarios 20 y 21, Lacan concentra su indagación en precisar la lógica del lazo borromeo. Para ello necesita interrogar su estructura, pues el lazo borromeo no es una imagen ni un modelo: es una forma lógica que define cómo se anudan los registros. La condición borromea —que, si se corta cualquiera de las consistencias, la cadena entera se deshace— implica que el lazo no depende de un punto privilegiado, sino de la forma del anudamiento.

Lacan repite en varias ocasiones que “el tercero anuda a los otros dos”, pero inmediatamente surge la pregunta: ¿cuál es ese tercero? En un lazo de tres consistencias, cuando cada una tiene el estatuto de toro y presenta la misma consistencia, no hay rasgo que permita distinguirlos estructuralmente. A diferencia de la metáfora paterna, donde la diferencia se sostiene en la función del tercero, aquí ninguna consistencia ocupa un lugar privilegiado. La equivalencia entre R, S e I impide fijar una primacía: cualquiera podría funcionar como “tercero”.

Lacan ensaya entonces otro modo de ordenar: no por jerarquía, sino por la función del medio. No se trata de un punto espacial, sino del elemento que media entre los otros dos, volviendo el lazo operable. Esta idea del “medio” resuena con aquella función que Lacan atribuye a la angustia, situada entre deseo y goce como aquello que indica un pasaje sin garantizarlo.

Llevado al terreno de la posición sexuada del sujeto, la pregunta cambia de tonalidad:
¿Con qué “medio” un sujeto hace de medio con un partenaire?

Este punto conecta con un antecedente clave: en “La lógica del fantasma” Lacan afirma que el sujeto sólo entra en relación con un partenaire a través de algo que hace de medio, suplencia de la no-relación. Ese medio no es accesorio, sino condición misma del vínculo.

Esta función del medio reformula profundamente el campo del amor, transformándolo en aquello que media en la relación con el partenaire y que, a la vez, vela la diferencia opaca que estructura lo sexuado. Tal como destaca Rabinovich en Modos lógicos del amor de transferencia, el amor funciona como la envoltura que hace soportable la disimetría fundamental entre los sexos.

Retomado en el inicio del seminario RSI, Lacan precisará esta lógica:
el medio no proviene de una instancia externa ni de un tercero trascendente, sino del modo en que las tres consistencias se anudan. Es en esa forma —y no en un término privilegiado— donde se juega la posibilidad de un lazo.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

El objeto como falla: el partenaire y lo real del síntoma

En Aún, Lacan da un paso decisivo al afirmar que el objeto equivale a la falla, llegando incluso a decir que el objeto es el fallar mismo. Con esta formulación, el objeto a deja de ser una simple causa del deseo para devenir la huella del desfallecimiento del Otro, ese lugar supuesto de garantía que siempre fracasa. El objeto, entonces, no rellena el agujero: lo bordea, lo escribe.

Pensado desde la sexuación, este desplazamiento tiene consecuencias importantes. El objeto a, más allá del falo como letra o función, sostiene la lógica del suplemento de goce, propio del lado del no-todo. De allí que Lacan pueda afirmar que una mujer “cuenta” como objeto a: no por su posición subjetiva ni por un atributo imaginario, sino por encarnar lo que del goce no se deja contabilizar.

Este estatuto la eleva a un lugar singular: la mujer como partenaire por definición, el partenaire de lo imposible. En ese punto, una mujer encarna lo real del partenaire, aquello que no se deja domesticar por la dialéctica del deseo ni por el semblante.

Salir de la necedad —esa persistencia en la ilusión de un Otro consistente— implica inventar un partenaire, no ya sostenido en el fantasma, sino en el síntoma. Un partenaire que no provenga de la repetición, sino de una invención singular.

Por eso Lacan puede decir que una mujer puede ser el síntoma para un hombre. Pero no se trata de un síntoma clínico, interpretable o reducible al sentido; se trata de un síntoma en su vertiente real, un modo de gozar que hace lazo allí donde el Otro ha fallado.

El objeto, entonces, no viene a colmar la falta, sino a testimoniar del fallar mismo, a dar forma a lo que no anda. Y en ese fallar —que es también el del amor, del cuerpo, de la palabra— el sujeto encuentra, paradójicamente, su modo más singular de existir.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Topología, división y la pregunta por el partenaire

La topología se revela fecunda como recurso frente a lo imposible. Su aporte es decisivo en la elaboración de un sujeto definido por su falta en ser, es decir, un sujeto sin inmanencia. Todo intento de “entificarlo”, de hacerlo uno, constituye un esfuerzo de sutura que la historia —incluso la del psicoanálisis— muestra bajo diferentes formas. Frente a esto, la apuesta de Lacan por la topología es demostrar lo que toma el lugar de esa imposibilidad de unidad.

Entre los Seminarios 12 y 13, Lacan trabaja rigurosamente la hiancia, la falta y la falla. Allí introduce la noción de “escotadura” del sujeto, término que remite al escotillón del teatro: una abertura, trampa o compuerta desde la cual algo puede irrumpir en escena. El sujeto, así, se sostiene en una escena fantasmática que lo viste con un papel, un disfraz que responde a la ilusión del deseo del Otro. Pero esa misma escena incluye su trampa: la división es la rajadura por donde lo real se filtra.

En el plano topológico, la banda de Möebius ofrece el soporte para formalizar al sujeto dividido: muestra cómo la estructura del sujeto se define justamente por aquello de lo que carece. De allí, la cuestión se desplaza hacia el partenaire. Si el sujeto se constituye en su falta y el Otro no puede garantizar su lugar, la pregunta se radicaliza: ¿qué es un partenaire allí donde no hay Otro garante?