Está fuera de toda duda la importancia que lo imaginario reviste en el devenir del sujeto. No solamente en lo que concierne a las vestiduras fálicas, esas marcas que permiten al niño engalanarse y sostenerse, de algún modo, como aquello que puede causar el deseo del Otro. También la dimensión imaginaria de la imagen resulta fundamental, en principio, para la consistencia del cuerpo. Para el ser hablante, el cuerpo no constituye un dato de partida: requiere de una operación que permita otorgarle cierta unidad y consistencia, y en ella la imagen desempeña un papel decisivo.
Sin embargo, rápidamente se vuelve evidente que, para Lacan, la imagen por sí sola no alcanza para dar cuenta de aquello que sostiene la consistencia del cuerpo. Esto puede situarse en el matema i(a), tal como aparece en el grafo del deseo. Allí, la imagen no aparece simplemente como una representación del objeto, sino que cumple una función libidinal precisa: se sostiene a partir de la posición del objeto a, indicado por los paréntesis que lo enmarcan. La i vela, recubre y engalana una determinada posición del sujeto respecto del objeto; posición que es, precisamente, la del fantasma, mediante la cual el sujeto responde al enigma del deseo del Otro.
La articulación entre estos dos elementos —la imagen y la posición del objeto— permite interrogar distintas coyunturas clínicas.
¿Qué ocurre cuando se produce una falla en las vestiduras que recubren esa posición? ¿Qué efectos puede tener sobre el sujeto la caída de aquello que lo engalanaba?
Pero también cabe formular la pregunta en sentido inverso: ¿qué sucede cuando aquello que encontramos entre los paréntesis está vacío? Es decir, cuando la imagen no logra sostenerse de una posición de objeto. Si la imagen no encuentra allí su punto de anclaje, ¿de dónde obtiene entonces su consistencia?
La dimensión imaginaria de la imagen es solidaria de una cierta idealización. En tanto tiende a velar la falta, puede funcionar como un tapón frente a la vacilación del sujeto. Pero no resulta indiferente aquello que sostiene ese taponamiento. No es lo mismo que la imagen se encuentre sostenida por la posición desde la cual el sujeto puede ofrecerse como causa del deseo del Otro, que cuando ese lugar de la causa queda vacante.
En este último caso, la idealización inherente a la imagen puede adquirir una dimensión particularmente problemática. Al quedar desanudada de la posición del objeto, la imagen corre el riesgo de constituirse como un soporte que pretende bastarse a sí mismo, desligado de aquello que podría introducir una falta y, con ella, una apertura al deseo. Es allí donde puede pensarse su dimensión mortífera: al modo de Narciso, la imagen deja de ser un velo que recubre una falta para convertirse en aquello que captura al sujeto.
Esto permite interrogar una cuestión particularmente actual: ¿en qué medida la contemporaneidad promueve una forma de idealización de la imagen que pretende prescindir del Otro? ¿Qué sucede cuando la imagen ya no parece requerir de un otro que la mire, la confirme o la invista, sino que se presenta como una imagen que busca sostenerse por sí misma?
Podríamos entonces preguntarnos si ciertas formas contemporáneas de relación con la imagen no llevan a un desplazamiento decisivo: de una imagen sostenida por una posición subjetiva respecto del deseo del Otro, hacia una imagen que pretende constituirse como autosuficiente. Y, en ese pasaje, habrá que interrogar qué ocurre con el lugar del objeto a, es decir, con aquello que debería quedar velado pero que, al mismo tiempo, constituye el punto desde el cual la imagen puede adquirir consistencia libidinal.
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