sábado, 3 de octubre de 2026

Desplegando la pregunta histérica de "¿Qué es una mujer?"

La fórmula lacaniana respecto a la pregunta histérica «¿Qué es una mujer?», debe quitarse del lugar de una pregunta por la identidad femenina o de una interrogación abstracta sobre la feminidad. «¿Qué es una mujer?» no es necesariamente una pregunta por el ser

En la lectura lacaniana de la histeria, la fórmula suele presentarse como la pregunta por la feminidad: la histérica interroga qué es ser una mujer, y puede hacerlo a través de identificaciones con otras mujeres, de la elección de determinados partenaires o de la construcción de figuras femeninas idealizadas.

Pero, si desplegamos la pregunta, aparece, además de saber qué es una mujer, trata de averiguar cómo se constituye una posición femenina en relación con el deseo, el objeto y el goce. Una de las vías por las que la histérica interroga qué es una mujer consiste en investigar cómo puede alguien sostener el deseo y encontrar satisfacción allí donde está privado del objeto que desea.

Todos hemos escuchado en los consultorios a pacientes interesados por quien tiene algo que desea, pero situamos en la histeria una particular fascinación por quien parece estar privado injustamente de algo que, sin embargo, le corresponde.

Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), menciona el caso de la muchacha del internado para mostrar que la identificación puede producirse a partir de un elemento común, incluso cuando las muchachas no tienen una relación particular con la joven.

La fórmula freudiana es muy interesante: una de ellas recibe una carta que despierta celos y dolor; las demás presentan después los mismos síntomas. Freud dice que se han identificado con ella porque también querrían tener una relación amorosa semejante.

Pero ahí aparece algo paradójico: aquello con lo que se identifican no es necesariamente el objeto amoroso, sino la posición de la otra respecto del objeto.

Pero, ¿De qué índole es esta fascinación por un sujeto que encuentra una modalidad de goce en la propia privación? Porque la pregunta parece ser: ¿Cómo se puede gozar de aquello mismo de lo que se está privado?

El trovador del que hablábamos en esta entrada es un ejemplo casi paradigmático: el amante privado de la dama de su deseo no canta a pesar de no ser correspondido. En cierto sentido, canta porque no es correspondido. La falta del objeto lejos de interrumpir el goce, se convierte en la condición de producción de la canción. El amor imposible entonces produce poesía, música, tragedia, literatura. El objeto está ausente, pero esa ausencia genera una forma de presencia muy particular.

Todos sabemos que la privación de un objeto puede causar sufrimiento, pero algunas personas logran hacer de esa privación -elaboración mediante- una forma de gozar "un poco más". Es decir, alguien está privado de aquello que desea y, sin embargo, no deja de desear; más aún, parece que le extrae a esa privación una satisfacción singular. Entonces, el trobador canta, el escritor escribe y el protagonista trágico hace de su desgracia un destino.

La misma privación deja entonces de ser simplemente un déficit y se convierte en materia de goce. El sujeto histérico podría quedar capturado por alguien que parece haber encontrado una respuesta a una pregunta que lo concierne profundamente: ¿Cómo gozar a pesar de haber sido privado del objeto?

La muchacha del internado no resulta interesante únicamente porque sufre por haber sido abandonada o quieran al novio de ella. Hay algo mucho más enigmático en ella: ¿qué hace con ese abandono? ¿Cuál es ese goce que aparece precisamente cuando el objeto falta?

Edipo, Romeo y Julieta, Madame Bovary, Anna Karenina, Werther, los amantes separados, el amor imposible, el héroe que pierde aquello que más desea... Todos estas tragedias son una máquina de producir esta pregunta.

Una enorme cantidad de relatos se construyen sobre la misma operación: hacer del impedimento una condición del deseo. Si Romeo y Julieta simplemente pudieran casarse, tener hijos y llevar una vida doméstica razonablemente satisfactoria, la historia se terminaría y no tendría "ese condimento" que la vuelve atractiva, que es el obstáculo que mantiene vivo al deseo.

El espectador sabe que el obstáculo existe y, sin embargo, goza de contemplar cómo los personajes gozan de su propio sufrimiento. La histérica tropieza con la insatisfacción y de alguna manera, investiga la insatisfacción del Otro. ¿Cómo hace ella para seguir deseando después de haber perdido? ¿Cómo puede él seguir amando si sabe que nunca será correspondido?

El histérico se pregunta por el goce, pero no cualquiera. Un goce que se presenta enigmáticamente en el punto donde, desde el sentido común, "no debería haber goce": la pérdida, el abandono, la espera, la imposibilidad, la renuncia, la injusticia. El que goza porque tiene el objeto resulta relativamente poco enigmático. En cambio, quien goza sin tenerlo o incluso porque no lo tiene, resulta fascinante.

De esta manera, en la histeria la fascinación es la posibilidad de hacer existir un goce allí donde el objeto ha sido perdido. Ahí la privación deja de ser una desgracia contingente y adquiere una función en la economía del deseo. El "trovador" y todos sus sucesores hasta la música de nuestros días son una figura tan potente, porque el objeto perdido no clausura el deseo sino que lo hace cantar.

La histérica puede quedar fascinada por alguien que parece haber encontrado una respuesta al enigma de la privación. Alguien que, aun cuando ha sido abandonado, rechazado o injustamente despojado de aquello que le correspondía, consigue mantener una relación intensa con su deseo.

Esto es más que identificarse con la víctima por el mero hecho de que sea víctima. Se trataría de interrogar qué sucede en esa posición y qué satisfacción la sostiene. La otra mujer —la abandonada, la no correspondida, la que ha perdido aquello que amaba— se vuelve interesante porque su posición contiene un enigma: ¿cómo puede continuar deseando desde ahí?

¿Qué es una mujer? ¿Qué hace con aquello que no tiene?

Si seguimos esta vía, la pregunta lacaniana podría adquirir una inflexión singular.

No sería simplemente: «¿Qué atributos definen a una mujer?», ni tampoco: «¿Qué objeto desea una mujer?».

Sería, más bien, una interrogación por la relación entre la posición femenina, la falta y el goce. La histérica busca respuestas en otras mujeres, en sus semblantes, en sus modos de amar, en sus sufrimientos y en las soluciones que inventan para sus imposibilidades.

Pero ninguna respuesta termina de cerrar la pregunta. Una mujer puede encarnar, durante cierto tiempo, una respuesta posible; otra mujer puede ofrecer una respuesta distinta y hasta contradictoria. La identificación permite explorar esas posiciones sin que ninguna de ellas resuelva definitivamente el enigma.

Desde esta perspectiva, la figura de la mujer abandonada puede ser tan reveladora como la de la mujer amada; la mujer que renuncia, tan fascinante como la que conquista; la que espera, tan enigmática como la que obtiene.

No porque la feminidad consista en la privación, sino porque la relación de una mujer con la privación puede revelar algo del modo en que se anudan deseo y goce.

En el discurso de la histérica, tal como lo formaliza Lacan en el Seminario XVII, el sujeto dividido se dirige al amo y lo pone a trabajar para producir un saber. La insatisfacción no es simplemente una falla que habría que corregir: también puede funcionar como motor de la interrogación.

Si trasladamos esta lógica al problema que estamos trabajando, la fascinación por quien goza en la privación puede leerse como una búsqueda de saber: ¿qué sabe esa persona sobre el deseo?, ¿qué encontró en su sufrimiento?, ¿cómo consigue sostener una satisfacción allí donde parecía imposible?

La histérica no necesariamente quiere reproducir la solución del otro. Puede querer descifrarla, ponerla a prueba o descubrir su insuficiencia. Porque si una mujer particular pudiera encarnar de manera definitiva qué es una mujer y cómo goza, la pregunta perdería su razón de ser.

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