En distintas oportunidades hemos retomado en este espacio aquella afirmación de Lacan según la cual el psicoanálisis no es una terapéutica como las demás. Conviene subrayar que esta formulación no establece una jerarquía ni supone una valoración comparativa, sino que apunta a delimitar una especificidad. La diferencia concierne tanto a los medios de los que se sirve como a los fines que orientan su práctica. En tanto dispositivo de tratamiento del malestar, el psicoanálisis se sostiene en categorías propias y se orienta hacia horizontes que le son particulares.
Uno de los terrenos en los que esta singularidad se vuelve más evidente es el de la temporalidad. El tiempo del inconsciente no responde a una lógica lineal ni a una sucesión progresiva, y esta particularidad tiene consecuencias directas sobre la temporalidad de la interpretación. Si consideramos a esta última como una de las modalidades privilegiadas de la intervención analítica —sin desconocer que el analista opera también por otras vías—, se vuelve necesario interrogar qué es aquello que permite definir una intervención como interpretación.
No es la intención del analista la que garantiza el carácter interpretativo de su acto. La interpretación se verifica por sus efectos, en la medida en que logra producirlos. No existe, entonces, un a priori que permita establecer de antemano el valor de una intervención. Interpretar no equivale a ejecutar un acto voluntario cuyo sentido y alcance estarían bajo el dominio de quien lo realiza; por el contrario, sus consecuencias pueden exceder las intenciones del analista y adquirir un valor que solo se vuelve legible a posteriori.
Desde esta perspectiva, podemos sostener que una intervención adquiere un carácter analítico en la medida en que introduce una dimensión de división subjetiva o produce una escansión en la demanda. Se trataría, entonces, de una intervención capaz de propiciar una novedad, de abrir la posibilidad de una diferencia allí donde parecía imponerse la repetición de lo mismo. A veces, esa diferencia no requiere una explicación extensa ni una elucidación del sentido: puede consistir, sencillamente, en la emergencia de una pregunta que hasta ese momento no había tenido lugar.
La intervención analítica no apunta necesariamente a aclarar, completar o volver comprensible aquello que se presenta en el discurso. En ocasiones, su eficacia reside precisamente en lo contrario: en interrumpir una continuidad, introducir una discontinuidad y producir una escansión que haga posible un corte. No se trata tanto de agregar un saber como de generar las condiciones para que algo del sujeto pueda ponerse en cuestión. Y es allí, quizás, donde una intervención encuentra su alcance propiamente analítico.
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