jueves, 29 de enero de 2026

La pregunta como eje de la formación analítica

Es indiscutible que, cualquiera sea el campo del que se trate, cuando atravesamos procesos de estudio o de formación solemos ir en busca de una serie de respuestas que no sólo orienten el trabajo, sino que —seamos honestos— también nos tranquilicen.

Sin embargo, en psicoanálisis, más allá de que las respuestas puedan ser importantes, necesarias e incluso inevitables, hay un valor central que no puede ser soslayado: el valor de la pregunta. Y no se trata de una cuestión meramente epistemológica, sino de algo que concierne tanto al cuerpo teórico del psicoanálisis como a su práctica.

Uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis es el de sujeto, y éste es solidario de la dimensión de la pregunta. En este campo, la pregunta no pone en juego únicamente un interrogante o un no-saber circunstancial, sino que se dirige a aquello que es, estructuralmente, imposible de saber. Es en ese punto donde la pregunta se separa de la demanda de respuestas tranquilizadoras.

En Lacan, esta dimensión de la pregunta se despliega bajo distintos nombres: lo aún no existente, lo que se escabulle, lo no resuelto, la inexistencia. La pregunta tiene valor en la medida en que pone en marcha un trabajo. Es más ordenadora precisamente porque traza un recorrido allí donde la respuesta, aun siendo valiosa, tiende a funcionar como punto de llegada. La respuesta calma, clausura; la pregunta, en cambio, abre. En este sentido, la pregunta es un punto de partida, y esto resulta decisivo en la formación analítica.

La formación del analista no se reduce a la adquisición de conocimientos ni al aprendizaje de técnicas que pudieran aplicarse de modo uniforme a todos los casos. La dificultad propia de la práctica analítica reside en que el analista debe ser uno para cada quien. Lacan nombra “acomodación” a esa posición singular del analista respecto del sujeto que escucha en cada ocasión.

Pero no hay posibilidad alguna de tal acomodación si quien escucha no da lugar a la función de la pregunta, con independencia —y no en exclusión— de las respuestas que eventualmente puedan producirse. Es en ese sostener la pregunta, más que en la posesión de respuestas, donde se juega algo esencial de la ética y de la formación del analista.

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